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La vida en el centro 6/8

Hemos de modificar radicalmente nuestra cultura, nuestras formas de habitar y de consumir en este planeta para hacerlo de una forma más justa y sostenible. Tendríamos que construir comunidades resilientes, que se opusiesen a la supremacía blanca, a la colonialidad, a la norma patriarcal, a la xenofobia, ecologistas, en las que LGTBQIA+ y quienes tenemos diferentes capacidades nos sintiésemos a gusto, que fuesen autosuficientes, redujesen sus emisiones de gases de efecto invernadero y resistiesen frente a los daños provocados por el caos climático. En ellas deberíamos poner la vida en el centro y cuidarnos unxs a otrxs. Tareas de las que se encargaron tradicionalmente las mujeres, como son las de cuidados, deberían ser asumidas por toda la comunidad.

Para que todo ello funcionase hay que aprender a disfrutar de la vida con menos objetos y menos dinero. Una solución sería seguir el ejemplo de quechuas con la Sumaq Kawsay y de aymaras con la SumaKamaña, dos formas de hacerlo que priman el buen vivir y el bienestar comunitario frente al consumir.

El notable aporte cultural ancestral indígena del Sumak Kawsay o Buen Vivir (Vivir Bien en Bolivia), de acuerdo con muchos autores que ponen por escrito la antigua tradición oral de diversos pueblos de Nuestra América, tiene cinco principios: Sin conocimiento o sabiduría no hay vida (Tucu Yachay), Todos venimos de la madre tierra (Pacha Mama), La vida es sana (Hambi Kawsay), La vida es colectiva (Sumak Kamaña) y Todos tenemos un ideal o sueño (Hatun Muskuy).  

Estos se sustentan en tres principios de la filosofía andina: Reciprocidad como solidaridad entre los seres humanos (el “prestamanos” individual y familiar al construir una vivienda o la “minga” como acción colectiva de interés comunitario), incluyendo los mandamientos de no ser ladrón, ni mentiroso, ni flojo.1

Los gobernantes europeos y norteamericanos siempre han hostigado a indígenas de Abya Yala, África, Asia, Oceanía, al pueblo Inuit y a otros alrededor del Polo Norte para imponer su propio modelo: un sistema que daña la naturaleza. Ahora necesitamos de los saberes ancestrales de estos pueblos para aprender a vivir dentro de los márgenes planetarios.

Sería conveniente darle más importancia a comunidades indígenas, sociedades de convivencia comunales, ecoaldeas… en fin, a nuevas relaciones sociales que no estén lastradas por los prejuicios clásicos.

La vida suele estar más amenazada en aquellos lugares en los que viven más personas pobres. Es muy obvio que no somos tratadxs como iguales alrededor del globo terráqueo, ni tenemos las mismas oportunidades. También lo es que si la industria ha de ocasionar «accidentalmente» desastres medioambientales y humanos, las élites empresariales prefieren que estos ocurran en Estados empobrecidos y apartados del foco mediático como en el caso de Bophal (India)2.

La Congregación del Infinito ha de actuar en los desastres ecológicos y proteger la vida en general, tanto la de lxs diversxs seres no humanxs que habitan nuestro planeta, como la de quienes sí lo somos. Una herramienta muy útil para este último fin son los Derechos Humanos, por ejemplo los recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, aunque también están descritos en otros sitios. Escoger esa organización, aunque es criticada desde las derechas y las izquierdas, manifiesta la voluntad de partir de unos mínimos consensos. Intentará salvaguardar unos derechos que, a raíz de las revoluciones de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, ya fueron proclamados y se comenzaron a considerar para los varones cisheterosexuales de la etnia dominante (casi siempre blanca), pero que para el resto de sujetxs solo empezaron a ser respetados en ciertos territorios durante la segunda mitad del siglo pasado y todavía hoy no se admiten en muchas partes del mundo.

Poner la vida en el centro igualmente significaría proteger el medio ambiente y la existencia de animales, plantas y de otrxs seres vivxs. Habría que conseguir que la ONU publicase una Declaración de Derechos de lxs Seres Vivxs que complemente a la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Las representaciones clásicas de las religiones teístas y erigidas sobre la subyugación de las mujeres suponen un rechazo de esta vida que conocemos, en favor de otra supuesta vida después de la muerte. Nietzsche, en su Ecce Homo escribe:

Todo lo que hasta ahora se llamó «verdad» ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de «mejorar» a la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica. Moral como vampirismo. Quien descubre la moral ha descubierto también el no-valor de todos los valores en que se cree o se ha creído; no ve ya algo venerable en los tipos de hombre más venerados e incluso proclamados santos, ve en ellos la más fatal especie de engendros, fatales porque han fascinado¡El concepto «Dios», inventado como concepto antitético de la vida en ese concepto, concentrado en horrorosa unidad todo lo nocivo, envenenador, difamador, la entera hostilidad a muerte contra la vida! ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíritu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «santo»–, para contraponer una ligereza horripilante a todas las cosas que merecen seriedad en la vida, a las cuestiones de alimentación, vivienda, dieta espiritual, tratamiento de los enfermos, limpieza, clima!3

Sin embargo, otro tipo de moral que parta de la igualdad de derechos y de la no discriminación entre las criaturas humanas, del hecho de tomar distancia del antropocentrismo acercándose al antiespecismo o de intentar que se extiendan la democracia participativa, la justicia social y los valores ecológicos es muy positiva. Se puede añadir que es muy lícito intentar mejorar a la humanidad, aunque prescindiendo ya de los manidos y anticuados conceptos denunciados por el filósofo alemán.

Todos esos de cambios solo se deben plantear a través de medios pacíficos. La Congregación del Infinito no puede creer más que en la paz, al contrario que las grandes y viejas religiones místicas y de las revelaciones, que validan la noción de guerra santa, una noción anterior a la aparición del cristianismo y el islam. Como dice Michel Onfray en su Tratado de ateología: “A los palestinos [Dios]les prometió la destrucción total, la guerra santa según la expresión aterradora hipermoderna del libro de Josué (6:21)4. Las guerras de religión —a menudo entre distintas sectas dentro de una misma creencia—, que han causado numerosas víctimas a lo largo de la historia, se hacen realmente por motivos económicos. Incluso si con esta nueva estructura provocásemos la ira de amplios sectores de la sociedad, no deberíamos participar en guerras, que, por otra parte, nunca podrán ser ni santas ni justas.

Habría que darle a la paz una oportunidad, como pedían en 1969 Yoko Ono (1933) y John Lennon (1940-1980) en su “encamada por la paz” y que de hecho grabaron en una canción en la habitación de su hotel. Es mejor intentar resolver los conflictos con resistencia pasiva, desobediencia civil y con acciones no violentas.

Las organizaciones feministas se han centrado siempre en poner la vida el centro, tarea muy difícil cuando hay que enfrentarse a los múltiples daños que causan los conflictos bélicos. Entiendo el feminismo como un movimiento esencialmente pacifista.

Es fácil que ante la Gran Escasez que sufriremos los próximos años se disparen en los Estados las actitudes beligerantes. La guerra y la destrucción es el destino que seguro nos espera si nuestros dirigentes siguen poniendo en práctica la máxima business as usual. Ya estamos viendo el daño que causan en las noticias las invasiones de Rusia a Ucrania, los ataques de Israel a distintos territorios y podemos encontrar multitud de guerras, como la de Yemen, la del Congo, la de Sudán o varios conflictos en África, Asia, Abya Yala y Oceanía que aparecen poco en los medios de comunicación. No hay que olvidar que hay diferentes Estados que albergan potentes armas de destrucción masiva y que algunos de ellos podrían provocar el invierno nuclear y la desaparición de gran parte de la vida que hay en este planeta. ¿De verdad vamos a dejar que esos horribles líderes mundiales tiren sus bombas y acaben con nuestra posibilidad de vivir en él? No podemos permitirlo. Es indispensable reactivar un movimiento pacifista que se mostró muy fuerte en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, antes de la caída del bloque formado por la Unión Soviética y sus países aliados. Hay que apoyar la Campaña Internacional para abolir las Armas Nucleares (ICAN) y tendríamos que conseguir que más Estados firmasen el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW).

1 Artículo aparecido en el periódico ecuatoriano El Telégrafo https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/que-es-el-sumak-kawsayx

2  El accidente de Bhopal tuvo lugar en 1984 en esta localidad del estado de Madhya Pradesh en India, cuando un escape de gas venenoso utilizado en la fabricación de plaguicidas por la empresa Union Carbide causó la muerte de entre 7.000 y 25.000 personas (si se cuentan las que fueron muriendo con el tiempo por los efectos del envenenamiento de aquel día) causando 500.000 heridxs de diversa gravedad.

3 Nietzsche, Friedrich: Ecce Homo. Madrid: Tecnos, 2017

4 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.

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La vida en el centro 5/8

Lxs bebés y peques de hoy día tendrán que aprender a vivir en una Tierra sumida en un gran caos climático, con unos entornos naturales muy contaminados, con la amenaza de unas armas nucleares que siempre están ahí, susceptibles de ser utilizadas de forma que afecten a través de la lluvia radiactiva a sectores lejanos entre sí; con el cierre de zonas por alta radioactividad en torno a las centrales nucleares siniestradas de Fukushima y Chernobyl o en otras partes del globo por ensayos o accidentes con armamento nuclear; con una gran deforestación, con una biodiversidad cada vez menor debido a la desaparición o reducción a la triste categoría de “especies en peligro de extinción” —condición que implica que existan menos ejemplares y solamente en determinadas áreas— de gran cantidad de animales1, plantas y hongos, al tiempo que con una mayor escasez de energía y materiales. A esto hay que añadir las nuevas pandemias que puedan aparecer, los conflictos nacionales e internacionales que en ocasiones acaban en guerras y las luchas interseccionales de siempre (raza, género, orientación sexual, clase…). Estamos dejando el espacio que habitamos mucho peor de lo que lo encontramos.

Parece que lxs adolescentes actuales habrán de hacerse adultxs en medio de un capitalismo en descomposición, cayendo frecuentemente en las redes de la ultraderecha.

Es un desastre de herencia la que legamos. Es muy injusto. 

El capitalismo tecnoindustrial que hoy se muestra tan triunfante se ha edificado sobre unas columnas con una base de mantequilla que se está empezando a derretir, pero casi nadie lo quiere reconocer y en los países centrales todavía no se nota tanto como en los periféricos. 

Los problemas a los que nos enfrentaremos al final de esta década y que nos perseguirán en las siguientes se han producido en un mundo gobernado casi siempre por hombres cis principalmente heterosexuales (se conocen excepciones con otras preferencias) y mayoritariamente blancos2 —aunque ahí han estado las anomalías de Claudia Sheinbaum, Dilma Rousseff, Cristina Fernández, Margaret Tatcher, Giorgia Meloni, Ángela Merkel, Benazir Bhutto o Indira Gandhi, entre muchas otras lideresas de países que han decidido nuestro destino—. Ellos son los que nos han traído a esta situación. Han demostrado a la humanidad una gran incompetencia. Es hora de que otras subjetividades políticas con conciencia de clase tomen el relevo hasta que logremos construir una realidad en la que nadie domine.

Hemos de ser conscientes de que el supremacismo blanco fue una de las fuerzas que condujo la historia. Provocó (y sigue provocando) demasiadas hambrunas, torturas y muertes. Es hora de que intentemos seriamente pararlo, más allá de proclamas y buenas intenciones.

Carlos Taibo reflexiona, en Ecofascismo. Una introducción (2022), sobre las conclusiones del libro de 2002 de Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Y sostiene que el nazismo solo fue una etapa en un proceso mucho más largo por el que los hombres blancos lograron oprimir a lxs habitantes de los países del Sur global y a las poblaciones no blancas de los del Norte. El escritor y profesor jubilado exhibe una opinión que no solo es suya:

Claro es que en relación con el argumento que ahora despliego no sería muy saludable concentrar toda la atención en Hitler y sus crímenes. Por detrás está —lo reitero— la trama del mundo occidental en general. La dominación de este sobre el planeta no surge, o no surge solo, de las revoluciones vinculadas con la ciencia, la industria y la política: se ha levantado sobre la base del genocidio, de la esclavitud y del colonialismo, todos ellos asentados en la supuesta superioridad del hombre blanco y de su racionalidad científica e ilustrada. Estos tres factores permitieron con el paso del tiempo el auge, cierto que relativo, del proletariado revolucionario de los países del Norte y, después, el de los propios Estados del Bienestar. En un escenario tan complejo como ese no parece en modo alguno injustificada la conclusión de que el ecofascismo bien puede ser una deriva natural de las propias democracias  liberales.3

En el mundo considerado occidental tenemos muy presente los horrores nazis del Holocausto, pero no somos lo suficientemente conscientes de otros genocidios que produjeron los blancos al colonizar los subcontinentes sur, central y norte de Abya Yala, las islas del Caribe o las tierras de África, Asia y Oceanía. Mientras escribo estas líneas se sigue cometiendo uno en Palestina, a pesar de la firma de la primera fase de un Plan de Paz 

Trevor Noah, en este extracto de su libro de memorias infantiles Prohibido Nacer, medita sobre el hecho de que hubiese en Sudáfrica tantos chicos que se llamaban Hitler y en la poca importancia que dan a ese nombre la mayoría de sus compatriotas no blancxs:

A menudo conozco a occidentales que insisten en que el Holocausto ha sido la peor atrocidad de la historia de la humanidad. Sí, fue horrible. Pero a menudo me pregunto: las atrocidades cometidas en África, por ejemplo la del Congo, ¿cómo de horribles fueron? Una cosa que no tienen los africanos pero sí tuvieron los judíos es documentación. Los nazis llevaban registros meticulosos, hacían fotos y grababan películas. Y al final la cosa se reduce a eso. Las víctimas del Holocausto cuentan porque Hitler las contó. Mató a seis millones de personas. Podemos mirar esa cifra y sentirnos horrorizados con razón. Pero cuando lees la historia cometida contra los africanos, no hay cifras, solo conjeturas. Y es más difícil que te horrorice una conjetura. Cuando Portugal y Bélgica estaban saqueando Angola y el Congo, no se dedicaron a contar cuántos negros mataban ¿Cuántos negros murieron recogiendo caucho en el Congo? ¿Y en las minas de oro de Transvaal?4

Sabemos que las culturas occidentales se dedicaron a explotar diferentes tierras, cometieron muchos genocidios y ahora un sector significativo de su población se opone a que la gente que allí habitaba venga a vivir al Norte. Hemos de confrontar a ese sector para evitar que sea mayoritario. Necesitamos nuevos e inesperados modos de presentar batalla —más allá de partidos políticos, asociaciones y colectivos— para lograr vencer a una ultraderecha racista y especialmente xenófoba que hoy quiere excluir a lxs migradxs, no reconoce las violencias machistas y fomenta el odio a la gente LGTBQIA+ hablando de lobby gay y lobby trans. Una que todavía niega la emergencia climática antropogénica pero que no tardará en admitir que nos hallamos en una gran crisis ecológica —cuando ya se haga demasiado evidente como para seguir negándolo— y estará interesada en incluir toques de ecofascismo en los sistemas de los países centrales del capitalismo para intentar mitigarla.

En la política y en general en la cultura se percibe a menudo un fuerte eurocentrismo, entendiéndolo como una preferencia por las cosmovisiones generadas en Europa occidental o en el norte de Abya Yala. Hemos de luchar para escapar de esa mirada, pero especialmente quienes nos consideramos occidentales, aunque eso nos haga perder privilegios. Se conoce como Occidente a las naciones de Europa occidental y central, EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda. México, el centro, el sur de Abya Yala y las islas del Caribe son consideradas por ciertxs autorxs como Extremo Occidente o como parte de otra división mundial, debido al menor IDH de sus países. Esto siempre sin contemplar las ricas culturas de los pueblos que habitaban esas tierras antes de la llegada de los colonizadores, grupos étnicos que en numerosas áreas siguen teniendo una notable presencia.

Europa, las sociedades que surgieron a raíz de ella y los hombres blancos —-recordemos que hoy todavía manda el patriarcado (cada día que pasa un poco menos)—, actúan de facto como si fueran las fuentes de la civilización. Ciertamente, construyeron impresionantes monumentos en los últimos siglos, colonizaron y dominaron a otros pueblos. No obstante, hay que tener siempre presente que este continente estuvo durante milenios formado por bosques helados mientras la cultura de la humanidad se producía en otros lugares y lo hacían otras personas. ¿Quién nos podría asegurar con certeza que las impresionantes estructuras de Göbekli Tepe5 (Turquía) no fueron dispuestas por una casta de sacerdotisas que resultasen ser mujeres negras?6

En todos los Estados con un porcentaje significativo de población blanca, o donde esta ocupa las posiciones de poder, podemos encontrar una versión ligera y disimulada de doctrinas a favor del supremacismo blanco, pero en los países occidentales y en el ámbito eslavo o ruso las encontramos sin ningún disimulo y tienen más fuerza política cada día.

A pesar de que la nuestra sea una cultura que se edificó hasta la Ilustración partiendo de la desigualdad y a la falta de libertad7, el hecho es que desde la segunda mitad del siglo XX, en Occidente —y progresivamente de manera global— fueron cobrando fuerza reivindicaciones como la de los derechos humanos, los feminismos, el movimiento por los derechos civiles, el Black Power, el movimiento indigenista, el ecologismo o lo que se llamó el Gay Power y que derivó en el respeto y la no discriminación de disidentes sexuales y de género. Sin embargo, en demasiados países no son escuchadas. El antirracismo surgió en los lugares donde se sufrió la colonización, nace de lxs que fueron objeto del desprecio, el maltrato, la despersonalización, la esclavitud y otras injusticias que cometieron los colonos procedentes de Europa o sus descendientes. La Congregación del Infinito podría lograr fortalecer los cambios en nuestras vidas que, gracias a estos movimientos sociales, se han ido produciendo en las últimas décadas.

1 Es enorme la reducción de insectos —aunque en ocasiones solo nos damos cuenta al contemplar el parabrisas tras un viaje largo—, con la pérdida de las funciones polinizadoras que desarrollan.

2 Evidentemente, no es el caso de Barack Obama ni de tantxs líderes de países del Asia Oriental que sin ser blancxs influyen y han influido en la construcción de la realidad mundial.

3 Taibo, Carlos: Ecofascismo. Una introducción. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2022.

4 Noah, Trevor: Prohibido nacer. Memorias de racismo, rabia y risa, Barcelona: Blackie Books, 2021

5 Göbekli Tepe es un yacimiento arqueológico ubicado en el sudeste de Turquía, cerca de la frontera con Siria, cuyos monumentales edificios (seguramente templos) fueron levantados en el X milenio a.e.c.

6 Seguramente el norte de África no era hace 12.000 años tan blanco como es hoy y, esta zona del Este de Turquía cercana a la frontera con Siria, no se encuentra tan lejos de Egipto.

7 En su libro El amanecer de todo, David Graeber (1961-2020) y David Wengrow (1972) sostienen que para asumir que podíamos vivir con mayores cotas de libertad e igualdad fue clave el contacto con los pueblos indígenas americanos. Algo que, sin desdeñar la importancia de las ilustraciones europeas y norteamericana, así como de la revolución inglesa del siglo XVII, debió de resultar determinante en el hecho de que la libertad ganase peso en las cosmovisiones de estas culturas y en que la revolución norteamericana precediese en más de diez años a la francesa.

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La vida en el centro 4/8

En una situación de tanta injusticia redistributiva como la actual, cuando hay un sector de la población que obtiene una porción mínima en el reparto de la riqueza, es previsible que quienes pertenecen a esa colectividad originen importantes disturbios si llegan a asumir la perspectiva de que dicha porción vaya a menguar con el paso del tiempo. Por eso el mundo de los negocios se niega a contemplar escenarios catastróficos y acusa de alarmistas a quienes los plantean. Pero la gente tiene derecho a saber a lo que se va a enfrentar en unos años.

Como se plantea Jorge Riechmann en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, el futuro no va a caracterizarse por la generalización de los avances tecnológicos que siempre habíamos esperado:

Y sin embargo esas expectativas de producción creciente, consumo creciente y automatización creciente chocan de manera frontal contra las duras realidades del descenso energético, la escasez de materiales básicos y la agudización de los conflictos socioambientales que caracterizan nuestro futuro —ya nuestro futuro inmediato—. Ciertamente, las relaciones de producción vigentes no propician ni el pleno empleo ni el trabajo decente; pero el porvenir no será una continuación del pasado. Creo que “sociedad del conocimiento” y “automatización de la producción” no van a ser no van a ser precisamente los conceptos adecuados para orientarnos en los decenios que vienen. Quizá lo que nos aguarda no sea ese “futuro robótico que ni cabe imaginar”. Cierto que las cuestiones de justicia y distribución seguirán siendo altamente conflictivas, pero probablemente no -o no principalmente- bajo la forma que espera este sentido común dominante: ¿cómo repartir la riqueza en un sistema de producción cada vez más tecnificado en el que los procesos de gestión se controlan por un grupo cada vez más reducido de personas?1

Riechmann sostiene, como varixs autorxs, que a lo largo del siglo XXI —al que él alude como “el siglo de la Gran Prueba” sufriremos, primero solo en ciertas áreas pero después globalmente, un gran descenso energético que provocará una gran crisis de nuestro actual modo de vida a la que solamente lograremos hacer frente con lo que él denomina ecosocialismo descalzo2

Hemos establecido nuestra sociedad termo-industrial a partir de la extracción de hidrocarburos y otros minerales y poco a poco van a empezar a escasear, aunque no se agoten todavía.

La mayoría no cree que vaya a haber ningún tipo de aminoramiento energético, únicamente una transición de las energías obtenidas por combustibles fósiles a otras limpias. Aun cuando alguien no estimase que tal disminución fuese a ocurrir, parece interesante dejar atrás el individualismo neoliberal que se ha extendido desde mediados del siglo XX, ya que las consecuencias de que se diese tal calamidad serían demasiado graves. No habrá problema si finalmente no hay descenso energético, sin embargo por pura precaución, convendría tomar medidas. El apoyo mutuo podría volverse esencial para la supervivencia y la felicidad, y donde más florece es precisamente en las comunidades. Lo que ocurre es que la mayor parte de las pocas que tenemos hoy día fomentan el antropocentrismo, la supremacía blanca —aunque esto no será fácil que sus integrantes lo confiesen—, menosprecian a las mujeres, no reconocen la existencia de las personas con géneros no binarios y rechazan a disidentes sexuales y de género. El caso es que necesitamos unas nuevas. Es indispensable que se formen otras cuanto antes y bien podrían hacerlo en torno al símbolo del uroboros y poniendo la vida en el centro.

Incluso en el supuesto de que se encontrase la forma de obtener una energía prácticamente inagotable y limpia —como ciertas empresas y gobiernos prometen con la energía de fusión nuclear o con la geotérmica de perforación muy profunda—, habría que cambiar las formas de consumirla, ya que todo no se puede electrificar. Además, la crisis ecológica seguiría vigente.

Estamos destruyendo a pasos agigantados las condiciones para que las criaturas humanas habiten el planeta. Al cambio climático hay que añadir el resto de límites planetarios traspasados, entre los que destacan la contaminación y la destrucción de los ecosistemas salvajes, hechos que están provocando la extinción de numerosas especies de animales y plantas, o sea una gigantesca pérdida de biodiversidad, produciendo un evento que se conoce ya como la Sexta Extinción Masiva. Siempre hemos despreciado la vida salvaje, reduciendo su espacio de distribución en beneficio de la vida domesticada, y hemos construido las culturas que hoy son hegemónicas —tanto la occidental, como las orientales, la islámica o cualquier otra— partiendo de un antropocentrismo determinante que, logra que minusvaloremos la fauna y flora silvestres. Poner la vida en el centro también es alejarse de él y contemplar todas las formas de vida como dignas de protección. Solo conformamos una especie más de mamíferos. Hemos erigido diversas civilizaciones y siempre hemos padecido delirios de grandeza, pero no somos tan importantes como para que un dios nos observe.

En vez de dedicar tanto esfuerzo y dinero a multitud de proyectos ecológicamente dañinos, deberíamos preocuparnos más por mitigar y adaptarnos al caos climático que estamos provocando, así como por solucionar el despropósito que supone vivir en una Tierra con materias primas finitas mientras la economía nos exige un crecimiento  continuo.

El desequilibrio entre cuánto nos hace falta para vivir y las “necesidades” demandadas por la órbita de los negocios3 es una situación que está provocando ya desastres como la contaminación ambiental de más volúmenes de agua, aire y espacios de tierra, la inmensa producción de desechos que vemos en los basureros, la sexta gran extinción de especies, el caos climático o la enorme disminución de todo tipo de materias primas. Puede suponer la causa del final de una civilización sustentada por el crecimiento económico. Seguiremos viviendo si nos lo permiten el clima y los demás límites planetarios, pero lo haremos de otro modo. Y para conseguirlo sería muy útil una organización que estimulase fuertes vínculos comunitarios, como La Congregación del Infinito.

En los países enriquecidos, el tiempo del crecimiento se ha acabado. Dado que estamos agotando los recursos del planeta y hemos superado su biocapacidad4, eventualmente llegará una gran contracción económica —alcanzando a todos los territorios, queramos o no— que afectará de manera muy intensa a la población. Hay que saber gestionarlo porque de lo contrario, las fuerzas de ultraderecha aprovecharán los incumplimientos de los planes de crecimiento para reforzar su poder. Si nos vamos a enfrentar a una gran crisis no será debido al Gobierno de turno y no se solucionará cambiándolo.

Desde la segunda mitad del siglo XX en el globo terráqueo se vivió una Gran Aceleración. Por contra, en las próximas décadas es probable que produzca un importante frenazo.

La crisis climática, el deterioro de los ecosistemas y la finitud de los recursos llevarán a que en los próximos años se produzca un retroceso y los indicadores macroeconómicos sean desfavorables de manera irreversible a largo plazo. Ignorar estas condiciones y obsesionarse con corregir estos índices solo conseguirá que se elijan para gobernarnos “salvapatrias”, más allá de lo neoliberal, al estilo de los presidentes Javier Milei, Nayib Bukele o Donald Trump. La única manera de conseguir una optimización de esos datos, mas allá de una mejora coyuntural, es lograr un mejor reparto de los puestos de trabajo, de los salarios, de los recursos naturales y de los impuestos.

Es destacable la explicación que da Flavia Broffoni (1982), en su libro Colapso, del fenómeno del auge de las figuras que se ocupan de dar la impresión de que pueden cambiar la situación: 

En momentos de reconfiguración estructural, las sociedades piden nuevas referencias culturales. En la superficie de las pantallas esos ídolos son influencers. En las profundidades de los anhelos hay toda una “demanda insatisfecha” de legitimidades políticasque respondan a estos cambios difíciles de leer. Pueden darse entonces peligrosos engendros fascistas disfrazados de outsiders de los partidos políticos tradicionales que atraigan a todos esos públicos que quizás no coincidan en agenda con el candidato en cuestión, pero que ven atractivo en ese que rompa con “lo que venían siendo las cosas”5.

Durante el segundo mandato de Trump se está produciendo una todavía mayor potenciación de las fuerzas internacionales de la ultraderecha. Esto, unido a lo mal que va a ir la economía,  las convertirán en fuerzas imparables. Debemos conseguir pararlas y creo que para ello es necesario organizarse de otra manera. Hemos de quitarles los gobiernos a esos “salvapatrias”. Uno de los modos de hacerlo es construyendo una comunidad que a la hora de votar pueda lograr que se reduzca mucho la abstención (especialmente la femenina), de forma que se pueda echar a los que han llegado al gobierno y marginar a la ultraderecha internacional que no haya conseguido llegar.

Estoy seguro de que la Congregación del Infinito puede ser una opción muy válida para conseguirlo.

1 Riechmann, Jorge: ¿Derrotó el “smartphone” al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2016.

2  De hecho tiene sobre ello un libro: Riechmann, Jorge et al.,  Ecosocialismo descalzo. Tentativas. Icaria, Barcelona, 2018.

3 En realidad no necesitamos de tanta energía como disponemos en 2025, para vivir cómodamente, solo es necesario potenciar los servicios importantes y dejar que se pierdan los superfluos.

4 La biocapacidad de un territorio es la capacidad que tiene para abastecer a su población de recursos y absorber sus desechos. La de Europa, por ejemplo, es muy baja para una enorme población que además, consume muchos recursos y produce grandes cantidades de desechos. Dicho sea de paso que este concepto esta íntimamente relacionado con el de huella ecológica.

5 Broffoni, Flavia: Colapso, Buenos Aires: Sudamericana, 2024