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La vida en el centro 6/8

Hemos de modificar radicalmente nuestra cultura, nuestras formas de habitar y de consumir en este planeta para hacerlo de una forma más justa y sostenible. Tendríamos que construir comunidades resilientes, que se opusiesen a la supremacía blanca, a la colonialidad, a la norma patriarcal, a la xenofobia, ecologistas, en las que LGTBQIA+ y quienes tenemos diferentes capacidades nos sintiésemos a gusto, que fuesen autosuficientes, redujesen sus emisiones de gases de efecto invernadero y resistiesen frente a los daños provocados por el caos climático. En ellas deberíamos poner la vida en el centro y cuidarnos unxs a otrxs. Tareas de las que se encargaron tradicionalmente las mujeres, como son las de cuidados, deberían ser asumidas por toda la comunidad.

Para que todo ello funcionase hay que aprender a disfrutar de la vida con menos objetos y menos dinero. Una solución sería seguir el ejemplo de quechuas con la Sumaq Kawsay y de aymaras con la SumaKamaña, dos formas de hacerlo que priman el buen vivir y el bienestar comunitario frente al consumir.

El notable aporte cultural ancestral indígena del Sumak Kawsay o Buen Vivir (Vivir Bien en Bolivia), de acuerdo con muchos autores que ponen por escrito la antigua tradición oral de diversos pueblos de Nuestra América, tiene cinco principios: Sin conocimiento o sabiduría no hay vida (Tucu Yachay), Todos venimos de la madre tierra (Pacha Mama), La vida es sana (Hambi Kawsay), La vida es colectiva (Sumak Kamaña) y Todos tenemos un ideal o sueño (Hatun Muskuy).  

Estos se sustentan en tres principios de la filosofía andina: Reciprocidad como solidaridad entre los seres humanos (el “prestamanos” individual y familiar al construir una vivienda o la “minga” como acción colectiva de interés comunitario), incluyendo los mandamientos de no ser ladrón, ni mentiroso, ni flojo.1

Los gobernantes europeos y norteamericanos siempre han hostigado a indígenas de Abya Yala, África, Asia, Oceanía, al pueblo Inuit y a otros alrededor del Polo Norte para imponer su propio modelo: un sistema que daña la naturaleza. Ahora necesitamos de los saberes ancestrales de estos pueblos para aprender a vivir dentro de los márgenes planetarios.

Sería conveniente darle más importancia a comunidades indígenas, sociedades de convivencia comunales, ecoaldeas… en fin, a nuevas relaciones sociales que no estén lastradas por los prejuicios clásicos.

La vida suele estar más amenazada en aquellos lugares en los que viven más personas pobres. Es muy obvio que no somos tratadxs como iguales alrededor del globo terráqueo, ni tenemos las mismas oportunidades. También lo es que si la industria ha de ocasionar «accidentalmente» desastres medioambientales y humanos, las élites empresariales prefieren que estos ocurran en Estados empobrecidos y apartados del foco mediático como en el caso de Bophal (India)2.

La Congregación del Infinito ha de actuar en los desastres ecológicos y proteger la vida en general, tanto la de lxs diversxs seres no humanxs que habitan nuestro planeta, como la de quienes sí lo somos. Una herramienta muy útil para este último fin son los Derechos Humanos, por ejemplo los recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, aunque también están descritos en otros sitios. Escoger esa organización, aunque es criticada desde las derechas y las izquierdas, manifiesta la voluntad de partir de unos mínimos consensos. Intentará salvaguardar unos derechos que, a raíz de las revoluciones de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, ya fueron proclamados y se comenzaron a considerar para los varones cisheterosexuales de la etnia dominante (casi siempre blanca), pero que para el resto de sujetxs solo empezaron a ser respetados en ciertos territorios durante la segunda mitad del siglo pasado y todavía hoy no se admiten en muchas partes del mundo.

Poner la vida en el centro igualmente significaría proteger el medio ambiente y la existencia de animales, plantas y de otrxs seres vivxs. Habría que conseguir que la ONU publicase una Declaración de Derechos de lxs Seres Vivxs que complemente a la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Las representaciones clásicas de las religiones teístas y erigidas sobre la subyugación de las mujeres suponen un rechazo de esta vida que conocemos, en favor de otra supuesta vida después de la muerte. Nietzsche, en su Ecce Homo escribe:

Todo lo que hasta ahora se llamó «verdad» ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de «mejorar» a la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica. Moral como vampirismo. Quien descubre la moral ha descubierto también el no-valor de todos los valores en que se cree o se ha creído; no ve ya algo venerable en los tipos de hombre más venerados e incluso proclamados santos, ve en ellos la más fatal especie de engendros, fatales porque han fascinado¡El concepto «Dios», inventado como concepto antitético de la vida en ese concepto, concentrado en horrorosa unidad todo lo nocivo, envenenador, difamador, la entera hostilidad a muerte contra la vida! ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíritu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «santo»–, para contraponer una ligereza horripilante a todas las cosas que merecen seriedad en la vida, a las cuestiones de alimentación, vivienda, dieta espiritual, tratamiento de los enfermos, limpieza, clima!3

Sin embargo, otro tipo de moral que parta de la igualdad de derechos y de la no discriminación entre las criaturas humanas, del hecho de tomar distancia del antropocentrismo acercándose al antiespecismo o de intentar que se extiendan la democracia participativa, la justicia social y los valores ecológicos es muy positiva. Se puede añadir que es muy lícito intentar mejorar a la humanidad, aunque prescindiendo ya de los manidos y anticuados conceptos denunciados por el filósofo alemán.

Todos esos de cambios solo se deben plantear a través de medios pacíficos. La Congregación del Infinito no puede creer más que en la paz, al contrario que las grandes y viejas religiones místicas y de las revelaciones, que validan la noción de guerra santa, una noción anterior a la aparición del cristianismo y el islam. Como dice Michel Onfray en su Tratado de ateología: “A los palestinos [Dios]les prometió la destrucción total, la guerra santa según la expresión aterradora hipermoderna del libro de Josué (6:21)4. Las guerras de religión —a menudo entre distintas sectas dentro de una misma creencia—, que han causado numerosas víctimas a lo largo de la historia, se hacen realmente por motivos económicos. Incluso si con esta nueva estructura provocásemos la ira de amplios sectores de la sociedad, no deberíamos participar en guerras, que, por otra parte, nunca podrán ser ni santas ni justas.

Habría que darle a la paz una oportunidad, como pedían en 1969 Yoko Ono (1933) y John Lennon (1940-1980) en su “encamada por la paz” y que de hecho grabaron en una canción en la habitación de su hotel. Es mejor intentar resolver los conflictos con resistencia pasiva, desobediencia civil y con acciones no violentas.

Las organizaciones feministas se han centrado siempre en poner la vida el centro, tarea muy difícil cuando hay que enfrentarse a los múltiples daños que causan los conflictos bélicos. Entiendo el feminismo como un movimiento esencialmente pacifista.

Es fácil que ante la Gran Escasez que sufriremos los próximos años se disparen en los Estados las actitudes beligerantes. La guerra y la destrucción es el destino que seguro nos espera si nuestros dirigentes siguen poniendo en práctica la máxima business as usual. Ya estamos viendo el daño que causan en las noticias las invasiones de Rusia a Ucrania, los ataques de Israel a distintos territorios y podemos encontrar multitud de guerras, como la de Yemen, la del Congo, la de Sudán o varios conflictos en África, Asia, Abya Yala y Oceanía que aparecen poco en los medios de comunicación. No hay que olvidar que hay diferentes Estados que albergan potentes armas de destrucción masiva y que algunos de ellos podrían provocar el invierno nuclear y la desaparición de gran parte de la vida que hay en este planeta. ¿De verdad vamos a dejar que esos horribles líderes mundiales tiren sus bombas y acaben con nuestra posibilidad de vivir en él? No podemos permitirlo. Es indispensable reactivar un movimiento pacifista que se mostró muy fuerte en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, antes de la caída del bloque formado por la Unión Soviética y sus países aliados. Hay que apoyar la Campaña Internacional para abolir las Armas Nucleares (ICAN) y tendríamos que conseguir que más Estados firmasen el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW).

1 Artículo aparecido en el periódico ecuatoriano El Telégrafo https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/que-es-el-sumak-kawsayx

2  El accidente de Bhopal tuvo lugar en 1984 en esta localidad del estado de Madhya Pradesh en India, cuando un escape de gas venenoso utilizado en la fabricación de plaguicidas por la empresa Union Carbide causó la muerte de entre 7.000 y 25.000 personas (si se cuentan las que fueron muriendo con el tiempo por los efectos del envenenamiento de aquel día) causando 500.000 heridxs de diversa gravedad.

3 Nietzsche, Friedrich: Ecce Homo. Madrid: Tecnos, 2017

4 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.

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La vida en el centro 5/8

Lxs bebés y peques de hoy día tendrán que aprender a vivir en una Tierra sumida en un gran caos climático, con unos entornos naturales muy contaminados, con la amenaza de unas armas nucleares que siempre están ahí, susceptibles de ser utilizadas de forma que afecten a través de la lluvia radiactiva a sectores lejanos entre sí; con el cierre de zonas por alta radioactividad en torno a las centrales nucleares siniestradas de Fukushima y Chernobyl o en otras partes del globo por ensayos o accidentes con armamento nuclear; con una gran deforestación, con una biodiversidad cada vez menor debido a la desaparición o reducción a la triste categoría de “especies en peligro de extinción” —condición que implica que existan menos ejemplares y solamente en determinadas áreas— de gran cantidad de animales1, plantas y hongos, al tiempo que con una mayor escasez de energía y materiales. A esto hay que añadir las nuevas pandemias que puedan aparecer, los conflictos nacionales e internacionales que en ocasiones acaban en guerras y las luchas interseccionales de siempre (raza, género, orientación sexual, clase…). Estamos dejando el espacio que habitamos mucho peor de lo que lo encontramos.

Parece que lxs adolescentes actuales habrán de hacerse adultxs en medio de un capitalismo en descomposición, cayendo frecuentemente en las redes de la ultraderecha.

Es un desastre de herencia la que legamos. Es muy injusto. 

El capitalismo tecnoindustrial que hoy se muestra tan triunfante se ha edificado sobre unas columnas con una base de mantequilla que se está empezando a derretir, pero casi nadie lo quiere reconocer y en los países centrales todavía no se nota tanto como en los periféricos. 

Los problemas a los que nos enfrentaremos al final de esta década y que nos perseguirán en las siguientes se han producido en un mundo gobernado casi siempre por hombres cis principalmente heterosexuales (se conocen excepciones con otras preferencias) y mayoritariamente blancos2 —aunque ahí han estado las anomalías de Claudia Sheinbaum, Dilma Rousseff, Cristina Fernández, Margaret Tatcher, Giorgia Meloni, Ángela Merkel, Benazir Bhutto o Indira Gandhi, entre muchas otras lideresas de países que han decidido nuestro destino—. Ellos son los que nos han traído a esta situación. Han demostrado a la humanidad una gran incompetencia. Es hora de que otras subjetividades políticas con conciencia de clase tomen el relevo hasta que logremos construir una realidad en la que nadie domine.

Hemos de ser conscientes de que el supremacismo blanco fue una de las fuerzas que condujo la historia. Provocó (y sigue provocando) demasiadas hambrunas, torturas y muertes. Es hora de que intentemos seriamente pararlo, más allá de proclamas y buenas intenciones.

Carlos Taibo reflexiona, en Ecofascismo. Una introducción (2022), sobre las conclusiones del libro de 2002 de Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Y sostiene que el nazismo solo fue una etapa en un proceso mucho más largo por el que los hombres blancos lograron oprimir a lxs habitantes de los países del Sur global y a las poblaciones no blancas de los del Norte. El escritor y profesor jubilado exhibe una opinión que no solo es suya:

Claro es que en relación con el argumento que ahora despliego no sería muy saludable concentrar toda la atención en Hitler y sus crímenes. Por detrás está —lo reitero— la trama del mundo occidental en general. La dominación de este sobre el planeta no surge, o no surge solo, de las revoluciones vinculadas con la ciencia, la industria y la política: se ha levantado sobre la base del genocidio, de la esclavitud y del colonialismo, todos ellos asentados en la supuesta superioridad del hombre blanco y de su racionalidad científica e ilustrada. Estos tres factores permitieron con el paso del tiempo el auge, cierto que relativo, del proletariado revolucionario de los países del Norte y, después, el de los propios Estados del Bienestar. En un escenario tan complejo como ese no parece en modo alguno injustificada la conclusión de que el ecofascismo bien puede ser una deriva natural de las propias democracias  liberales.3

En el mundo considerado occidental tenemos muy presente los horrores nazis del Holocausto, pero no somos lo suficientemente conscientes de otros genocidios que produjeron los blancos al colonizar los subcontinentes sur, central y norte de Abya Yala, las islas del Caribe o las tierras de África, Asia y Oceanía. Mientras escribo estas líneas se sigue cometiendo uno en Palestina, a pesar de la firma de la primera fase de un Plan de Paz 

Trevor Noah, en este extracto de su libro de memorias infantiles Prohibido Nacer, medita sobre el hecho de que hubiese en Sudáfrica tantos chicos que se llamaban Hitler y en la poca importancia que dan a ese nombre la mayoría de sus compatriotas no blancxs:

A menudo conozco a occidentales que insisten en que el Holocausto ha sido la peor atrocidad de la historia de la humanidad. Sí, fue horrible. Pero a menudo me pregunto: las atrocidades cometidas en África, por ejemplo la del Congo, ¿cómo de horribles fueron? Una cosa que no tienen los africanos pero sí tuvieron los judíos es documentación. Los nazis llevaban registros meticulosos, hacían fotos y grababan películas. Y al final la cosa se reduce a eso. Las víctimas del Holocausto cuentan porque Hitler las contó. Mató a seis millones de personas. Podemos mirar esa cifra y sentirnos horrorizados con razón. Pero cuando lees la historia cometida contra los africanos, no hay cifras, solo conjeturas. Y es más difícil que te horrorice una conjetura. Cuando Portugal y Bélgica estaban saqueando Angola y el Congo, no se dedicaron a contar cuántos negros mataban ¿Cuántos negros murieron recogiendo caucho en el Congo? ¿Y en las minas de oro de Transvaal?4

Sabemos que las culturas occidentales se dedicaron a explotar diferentes tierras, cometieron muchos genocidios y ahora un sector significativo de su población se opone a que la gente que allí habitaba venga a vivir al Norte. Hemos de confrontar a ese sector para evitar que sea mayoritario. Necesitamos nuevos e inesperados modos de presentar batalla —más allá de partidos políticos, asociaciones y colectivos— para lograr vencer a una ultraderecha racista y especialmente xenófoba que hoy quiere excluir a lxs migradxs, no reconoce las violencias machistas y fomenta el odio a la gente LGTBQIA+ hablando de lobby gay y lobby trans. Una que todavía niega la emergencia climática antropogénica pero que no tardará en admitir que nos hallamos en una gran crisis ecológica —cuando ya se haga demasiado evidente como para seguir negándolo— y estará interesada en incluir toques de ecofascismo en los sistemas de los países centrales del capitalismo para intentar mitigarla.

En la política y en general en la cultura se percibe a menudo un fuerte eurocentrismo, entendiéndolo como una preferencia por las cosmovisiones generadas en Europa occidental o en el norte de Abya Yala. Hemos de luchar para escapar de esa mirada, pero especialmente quienes nos consideramos occidentales, aunque eso nos haga perder privilegios. Se conoce como Occidente a las naciones de Europa occidental y central, EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda. México, el centro, el sur de Abya Yala y las islas del Caribe son consideradas por ciertxs autorxs como Extremo Occidente o como parte de otra división mundial, debido al menor IDH de sus países. Esto siempre sin contemplar las ricas culturas de los pueblos que habitaban esas tierras antes de la llegada de los colonizadores, grupos étnicos que en numerosas áreas siguen teniendo una notable presencia.

Europa, las sociedades que surgieron a raíz de ella y los hombres blancos —-recordemos que hoy todavía manda el patriarcado (cada día que pasa un poco menos)—, actúan de facto como si fueran las fuentes de la civilización. Ciertamente, construyeron impresionantes monumentos en los últimos siglos, colonizaron y dominaron a otros pueblos. No obstante, hay que tener siempre presente que este continente estuvo durante milenios formado por bosques helados mientras la cultura de la humanidad se producía en otros lugares y lo hacían otras personas. ¿Quién nos podría asegurar con certeza que las impresionantes estructuras de Göbekli Tepe5 (Turquía) no fueron dispuestas por una casta de sacerdotisas que resultasen ser mujeres negras?6

En todos los Estados con un porcentaje significativo de población blanca, o donde esta ocupa las posiciones de poder, podemos encontrar una versión ligera y disimulada de doctrinas a favor del supremacismo blanco, pero en los países occidentales y en el ámbito eslavo o ruso las encontramos sin ningún disimulo y tienen más fuerza política cada día.

A pesar de que la nuestra sea una cultura que se edificó hasta la Ilustración partiendo de la desigualdad y a la falta de libertad7, el hecho es que desde la segunda mitad del siglo XX, en Occidente —y progresivamente de manera global— fueron cobrando fuerza reivindicaciones como la de los derechos humanos, los feminismos, el movimiento por los derechos civiles, el Black Power, el movimiento indigenista, el ecologismo o lo que se llamó el Gay Power y que derivó en el respeto y la no discriminación de disidentes sexuales y de género. Sin embargo, en demasiados países no son escuchadas. El antirracismo surgió en los lugares donde se sufrió la colonización, nace de lxs que fueron objeto del desprecio, el maltrato, la despersonalización, la esclavitud y otras injusticias que cometieron los colonos procedentes de Europa o sus descendientes. La Congregación del Infinito podría lograr fortalecer los cambios en nuestras vidas que, gracias a estos movimientos sociales, se han ido produciendo en las últimas décadas.

1 Es enorme la reducción de insectos —aunque en ocasiones solo nos damos cuenta al contemplar el parabrisas tras un viaje largo—, con la pérdida de las funciones polinizadoras que desarrollan.

2 Evidentemente, no es el caso de Barack Obama ni de tantxs líderes de países del Asia Oriental que sin ser blancxs influyen y han influido en la construcción de la realidad mundial.

3 Taibo, Carlos: Ecofascismo. Una introducción. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2022.

4 Noah, Trevor: Prohibido nacer. Memorias de racismo, rabia y risa, Barcelona: Blackie Books, 2021

5 Göbekli Tepe es un yacimiento arqueológico ubicado en el sudeste de Turquía, cerca de la frontera con Siria, cuyos monumentales edificios (seguramente templos) fueron levantados en el X milenio a.e.c.

6 Seguramente el norte de África no era hace 12.000 años tan blanco como es hoy y, esta zona del Este de Turquía cercana a la frontera con Siria, no se encuentra tan lejos de Egipto.

7 En su libro El amanecer de todo, David Graeber (1961-2020) y David Wengrow (1972) sostienen que para asumir que podíamos vivir con mayores cotas de libertad e igualdad fue clave el contacto con los pueblos indígenas americanos. Algo que, sin desdeñar la importancia de las ilustraciones europeas y norteamericana, así como de la revolución inglesa del siglo XVII, debió de resultar determinante en el hecho de que la libertad ganase peso en las cosmovisiones de estas culturas y en que la revolución norteamericana precediese en más de diez años a la francesa.

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La vida en el centro 4/8

En una situación de tanta injusticia redistributiva como la actual, cuando hay un sector de la población que obtiene una porción mínima en el reparto de la riqueza, es previsible que quienes pertenecen a esa colectividad originen importantes disturbios si llegan a asumir la perspectiva de que dicha porción vaya a menguar con el paso del tiempo. Por eso el mundo de los negocios se niega a contemplar escenarios catastróficos y acusa de alarmistas a quienes los plantean. Pero la gente tiene derecho a saber a lo que se va a enfrentar en unos años.

Como se plantea Jorge Riechmann en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, el futuro no va a caracterizarse por la generalización de los avances tecnológicos que siempre habíamos esperado:

Y sin embargo esas expectativas de producción creciente, consumo creciente y automatización creciente chocan de manera frontal contra las duras realidades del descenso energético, la escasez de materiales básicos y la agudización de los conflictos socioambientales que caracterizan nuestro futuro —ya nuestro futuro inmediato—. Ciertamente, las relaciones de producción vigentes no propician ni el pleno empleo ni el trabajo decente; pero el porvenir no será una continuación del pasado. Creo que “sociedad del conocimiento” y “automatización de la producción” no van a ser no van a ser precisamente los conceptos adecuados para orientarnos en los decenios que vienen. Quizá lo que nos aguarda no sea ese “futuro robótico que ni cabe imaginar”. Cierto que las cuestiones de justicia y distribución seguirán siendo altamente conflictivas, pero probablemente no -o no principalmente- bajo la forma que espera este sentido común dominante: ¿cómo repartir la riqueza en un sistema de producción cada vez más tecnificado en el que los procesos de gestión se controlan por un grupo cada vez más reducido de personas?1

Riechmann sostiene, como varixs autorxs, que a lo largo del siglo XXI —al que él alude como “el siglo de la Gran Prueba” sufriremos, primero solo en ciertas áreas pero después globalmente, un gran descenso energético que provocará una gran crisis de nuestro actual modo de vida a la que solamente lograremos hacer frente con lo que él denomina ecosocialismo descalzo2

Hemos establecido nuestra sociedad termo-industrial a partir de la extracción de hidrocarburos y otros minerales y poco a poco van a empezar a escasear, aunque no se agoten todavía.

La mayoría no cree que vaya a haber ningún tipo de aminoramiento energético, únicamente una transición de las energías obtenidas por combustibles fósiles a otras limpias. Aun cuando alguien no estimase que tal disminución fuese a ocurrir, parece interesante dejar atrás el individualismo neoliberal que se ha extendido desde mediados del siglo XX, ya que las consecuencias de que se diese tal calamidad serían demasiado graves. No habrá problema si finalmente no hay descenso energético, sin embargo por pura precaución, convendría tomar medidas. El apoyo mutuo podría volverse esencial para la supervivencia y la felicidad, y donde más florece es precisamente en las comunidades. Lo que ocurre es que la mayor parte de las pocas que tenemos hoy día fomentan el antropocentrismo, la supremacía blanca —aunque esto no será fácil que sus integrantes lo confiesen—, menosprecian a las mujeres, no reconocen la existencia de las personas con géneros no binarios y rechazan a disidentes sexuales y de género. El caso es que necesitamos unas nuevas. Es indispensable que se formen otras cuanto antes y bien podrían hacerlo en torno al símbolo del uroboros y poniendo la vida en el centro.

Incluso en el supuesto de que se encontrase la forma de obtener una energía prácticamente inagotable y limpia —como ciertas empresas y gobiernos prometen con la energía de fusión nuclear o con la geotérmica de perforación muy profunda—, habría que cambiar las formas de consumirla, ya que todo no se puede electrificar. Además, la crisis ecológica seguiría vigente.

Estamos destruyendo a pasos agigantados las condiciones para que las criaturas humanas habiten el planeta. Al cambio climático hay que añadir el resto de límites planetarios traspasados, entre los que destacan la contaminación y la destrucción de los ecosistemas salvajes, hechos que están provocando la extinción de numerosas especies de animales y plantas, o sea una gigantesca pérdida de biodiversidad, produciendo un evento que se conoce ya como la Sexta Extinción Masiva. Siempre hemos despreciado la vida salvaje, reduciendo su espacio de distribución en beneficio de la vida domesticada, y hemos construido las culturas que hoy son hegemónicas —tanto la occidental, como las orientales, la islámica o cualquier otra— partiendo de un antropocentrismo determinante que, logra que minusvaloremos la fauna y flora silvestres. Poner la vida en el centro también es alejarse de él y contemplar todas las formas de vida como dignas de protección. Solo conformamos una especie más de mamíferos. Hemos erigido diversas civilizaciones y siempre hemos padecido delirios de grandeza, pero no somos tan importantes como para que un dios nos observe.

En vez de dedicar tanto esfuerzo y dinero a multitud de proyectos ecológicamente dañinos, deberíamos preocuparnos más por mitigar y adaptarnos al caos climático que estamos provocando, así como por solucionar el despropósito que supone vivir en una Tierra con materias primas finitas mientras la economía nos exige un crecimiento  continuo.

El desequilibrio entre cuánto nos hace falta para vivir y las “necesidades” demandadas por la órbita de los negocios3 es una situación que está provocando ya desastres como la contaminación ambiental de más volúmenes de agua, aire y espacios de tierra, la inmensa producción de desechos que vemos en los basureros, la sexta gran extinción de especies, el caos climático o la enorme disminución de todo tipo de materias primas. Puede suponer la causa del final de una civilización sustentada por el crecimiento económico. Seguiremos viviendo si nos lo permiten el clima y los demás límites planetarios, pero lo haremos de otro modo. Y para conseguirlo sería muy útil una organización que estimulase fuertes vínculos comunitarios, como La Congregación del Infinito.

En los países enriquecidos, el tiempo del crecimiento se ha acabado. Dado que estamos agotando los recursos del planeta y hemos superado su biocapacidad4, eventualmente llegará una gran contracción económica —alcanzando a todos los territorios, queramos o no— que afectará de manera muy intensa a la población. Hay que saber gestionarlo porque de lo contrario, las fuerzas de ultraderecha aprovecharán los incumplimientos de los planes de crecimiento para reforzar su poder. Si nos vamos a enfrentar a una gran crisis no será debido al Gobierno de turno y no se solucionará cambiándolo.

Desde la segunda mitad del siglo XX en el globo terráqueo se vivió una Gran Aceleración. Por contra, en las próximas décadas es probable que produzca un importante frenazo.

La crisis climática, el deterioro de los ecosistemas y la finitud de los recursos llevarán a que en los próximos años se produzca un retroceso y los indicadores macroeconómicos sean desfavorables de manera irreversible a largo plazo. Ignorar estas condiciones y obsesionarse con corregir estos índices solo conseguirá que se elijan para gobernarnos “salvapatrias”, más allá de lo neoliberal, al estilo de los presidentes Javier Milei, Nayib Bukele o Donald Trump. La única manera de conseguir una optimización de esos datos, mas allá de una mejora coyuntural, es lograr un mejor reparto de los puestos de trabajo, de los salarios, de los recursos naturales y de los impuestos.

Es destacable la explicación que da Flavia Broffoni (1982), en su libro Colapso, del fenómeno del auge de las figuras que se ocupan de dar la impresión de que pueden cambiar la situación: 

En momentos de reconfiguración estructural, las sociedades piden nuevas referencias culturales. En la superficie de las pantallas esos ídolos son influencers. En las profundidades de los anhelos hay toda una “demanda insatisfecha” de legitimidades políticasque respondan a estos cambios difíciles de leer. Pueden darse entonces peligrosos engendros fascistas disfrazados de outsiders de los partidos políticos tradicionales que atraigan a todos esos públicos que quizás no coincidan en agenda con el candidato en cuestión, pero que ven atractivo en ese que rompa con “lo que venían siendo las cosas”5.

Durante el segundo mandato de Trump se está produciendo una todavía mayor potenciación de las fuerzas internacionales de la ultraderecha. Esto, unido a lo mal que va a ir la economía,  las convertirán en fuerzas imparables. Debemos conseguir pararlas y creo que para ello es necesario organizarse de otra manera. Hemos de quitarles los gobiernos a esos “salvapatrias”. Uno de los modos de hacerlo es construyendo una comunidad que a la hora de votar pueda lograr que se reduzca mucho la abstención (especialmente la femenina), de forma que se pueda echar a los que han llegado al gobierno y marginar a la ultraderecha internacional que no haya conseguido llegar.

Estoy seguro de que la Congregación del Infinito puede ser una opción muy válida para conseguirlo.

1 Riechmann, Jorge: ¿Derrotó el “smartphone” al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2016.

2  De hecho tiene sobre ello un libro: Riechmann, Jorge et al.,  Ecosocialismo descalzo. Tentativas. Icaria, Barcelona, 2018.

3 En realidad no necesitamos de tanta energía como disponemos en 2025, para vivir cómodamente, solo es necesario potenciar los servicios importantes y dejar que se pierdan los superfluos.

4 La biocapacidad de un territorio es la capacidad que tiene para abastecer a su población de recursos y absorber sus desechos. La de Europa, por ejemplo, es muy baja para una enorme población que además, consume muchos recursos y produce grandes cantidades de desechos. Dicho sea de paso que este concepto esta íntimamente relacionado con el de huella ecológica.

5 Broffoni, Flavia: Colapso, Buenos Aires: Sudamericana, 2024

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La vida en el centro 3/8

En todas las configuraciones posibles —incluso en el supuesto de que se encontrase una fuente limpia e inagotable de energía (algo harto improbable)—, en los próximos años sufriremos, queramos o no, un gran descenso energético. Hoy día utilizamos masivamente los combustibles fósiles y son los elementos que han dado forma a casi todas nuestras actividades cotidianas en la sociedad actual. Su densidad energética es mucho mas alta de la que nos pueden aportar las energías “limpias” (tienen una mayor TRE). Ahora van siendo más difíciles de extraer y la humanidad se verá forzada a abandonarlos debido al caos climático que produce su utilización. Si la civilización pretende seguir disfrutando de los regalos que nos da este planeta, va a tener que llevar a cabo una enorme adaptación decrecentista, principalmente en el Norte Global. De todas formas, al tiempo que decrece la industria, ciertos sectores como la sanidad pública, la educación pública o los servicios sociales han de seguir creciendo.

Tradicionalmente se han asociado los decrecimientos con momentos de recesión y de crisis, en los que quienes ocupan las capas más bajas de la sociedad son lxs que más sufren. Pero como explica Jason Hickel en su artículo El decrecimiento: la teoría de la abundancia radical, esto no tiene por qué ser así:

La característica central de la economía del decrecimiento es que requiere un reparto progresivo de las rentas existentes, lo que invierte la lógica política habitual del discurso del crecimiento. A menudo, en su búsqueda de mejoras del bienestar humano, los economistas y los políticos han considerado el crecimiento un substituto de la equidad. Es más fácil desarrollar políticas que aumentan el total de las rentas y esperar que caigan suficientes migajas que mejoren la vida de la gente común que repartir las rentas existentes de forma más equitativa, pues lo segundo requiere atentar contra los intereses de la clase dominante. Pero si el crecimiento puede sustituir a la igualdad, por la misma lógica la equidad puede sustituir al crecimiento (Dietz y O’Neill, 2013). Si logramos un reparto más justo de las rentas existentes, podemos mejorar el bienestar humano y lograr objetivos sociales sin crecimiento —y por lo tanto sin un flujo añadido de materia y energía. Los mecanismos centrales para lograrlo, tal y como se ha explicado, son una semana más corta de trabajo, una garantía de empleo y una política de salarios dignos, así como inversión en servicios públicos. Al aumentar el acceso a la cobertura sanitaria generosa y de alta calidad, la educación, la vivienda a precios asequibles, el transporte, el agua y la luz y la infraestructura de ocio, se puede proporcionar a las personas los bienes que necesitan para vivir bien sin que necesiten disponer de ingresos elevados para disfrutarlos.1

Como le he escuchado decir a Antonio Turiel solo podemos hablar de decrecimiento si es realmente democrático y está planificado. Si no concurren estas condiciones estamos hablando de un empobrecimiento. Ciertamente bajará el PIB per capita pero hemos de compensarlo logrando que bajen mundialmente también los indicadores de desigualdad.

Se podría argumentar que esta medida solo ha de ser una receta para las poblaciones del Norte Global, que en otros países todavía hay margen para el crecimiento. No podemos esperar de ellos que la adopten pero sí que mejoren en la redistribución de bienes y prestación de servicios. En cualquier caso, la gente rica del Sur también ha de decrecer en sus consumos.

El capitalismo industrial fosilista —tanto el establecido siguiendo las doctrinas liberales, como el de Estado que se práctica en la Federación Rusa, la República Popular China y muchos países más—, se ha desarrollado gestionando una Tierra con una gran abundancia y fomentando una falsa sensación de escasez. Este modelo económico no va a ser de utilidad en los próximos años, cuando lo que haya que gestionar sea la insuficiencia de energías y minerales, una contaminación cada vez mayor, el deterioro en general del medio ambiente y el caos climático. En su versión neoliberal planteó que no había que intervenir en un mercado que fue capaz de atomizarnos, para el que solo fuimos trabajadorxs-consumidorxs. Ahora está entrando en la que será su crisis definitiva. Deberemos luchar para que los sistemas que lo sucedan respeten los derechos de las mujeres, de la gente que migra, de LGTBQIA+, actúen en favor del antirracismo y sean ecológicamente positivos. Han de ser las personas —sean consideradas ciudadanxs con derecho a voto en las principales elecciones o no—, en vez del mercado, las que decidan el destino de la energía que se consiga.

Kate Raworth (1970) es una economista inglesa conocida por su texto, Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI. En él desarrolla la idea de que nos tenemos que mover en un espacio en el que tengamos como techo los límites planetarios y como suelo una serie de mínimos imprescindibles para llevar una vida plena. Estas condiciones mínimas tendrían que estar aseguradas. Incluyen educación, sanidad, alimento, agua, energía, vivienda, redes, igualdad de género, igualdad social, capacidad de decisión política, paz y justicia, así como disponibilidad de empleo. Estos mínimos no están asegurados en muchos países del Sur. Expresa este modelo mediante un diagrama en forma de rosquilla, dónut o salvavidas.

En cualquier caso, nos tenemos que ir haciendo a la idea de que vamos a pasar a un contexto de postcrecimiento. En él será necesaria una organización fuertemente aglutinadora. En esa post-sociedad de consumo, tan grandes serán las dificultades a las que nos enfrentaremos como los cambios con los que tendremos que responder.

Estamos en la antesala de una gran crisis civilizatoria que todavía solo contextualizan algunxs. “En la antesala” si nos referimos a los territorios más privilegiados, en otros hace tiempo que ya se encuentran en ella. Como advierte Yayo Herrero en La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas:

Atravesamos una crisis grave y multidimensional. Es una crisis ecológica, económica, de reproducción social, de legitimidad política y de valores. A pesar de toda la información disponible, la maquinaria de la economía global continúa devorando territorio y exprimiendo las últimas gotas de vida que quedan por saquear, explotando y generando sufrimiento a las personas y a los animales no humanos, alterando gravemente los ciclos naturales que organizan lo vivo y obligando a que, mayoritariamente mujeres, sostengan como puedan la vida humana en este sistema que la ataca.

Es más que una crisis global, hablamos de una verdadera crisis de civilización porque, a pesar de su manifiesta gravedad, pasa social y políticamente inadvertida para las mayorías sociales. Es la crisis de una civilización que, incapaz de activar el freno de emergencia, cree que progresa cuando en realidad se destruye a sí misma.2

La mayor parte de la población no lo quiere ver, a pesar de las numerosas evidencias. Pueden admitir que, al igual que pasa con el caos climático, el consumo desaforado de las sociedades de las zonas de privilegio le hace mal al planeta. Sin embargo piensa: “ya inventarán algo o la ciencia desarrollará alguna tecnología para mantener esta (por otra parte, inmensamente injusta) situación.”

Pero eso no va a ocurrir.

Decir esto en el Estado español en 2025, mientras en el Estado español tenemos un gobierno supuestamente progresista y cuando la oposición está quejándose continuamente de lo mal que vamos, puede parecer algo conservador pero no lo es. Lo que sí lo es —dado que intenta conservar el capitalismo industrial y no se adapta a los contextos de declive en los cuales tendremos que aprender a vivir tarde o temprano— es pretender que la energía está cara únicamente por la guerra en Ucrania, las agresiones e invasiones de Israel en Asia occidental, el resto de conflictos internacionales o la excesiva hambre de beneficios de las empresas energéticas; que la podemos obtener tan fácilmente como en los últimos dos siglos y que en los próximos años se debería producir un progreso similar al que hemos disfrutado en las décadas anteriores.

Por supuesto que la búsqueda del engrosamiento de beneficios empresariales —sobre todo se comprueba en el caso de los distribuidores alimentarios— es determinante en el aumento de la inflación3. Es una variable que no se puede obviar en ningún análisis. Pero no es la única causa de la crisis que vamos a sufrir. De todas formas el estrechamiento de este margen será de vital importancia para ir sobreviviendo y atenuando los efectos del alza de los precios. 

Ciertamente vamos a sufrir, queramos o no, una importante contracción de la economía y ante esta perspectiva, lo único efectivo que podrían hacer las comunidades es lograr más justicia en el reparto de bienes y en la prestación de servicios, medida que seguramente conllevará críticas de los sectores más privilegiados, pero proporcionará la mayor cantidad de bienestar que pueda obtener la sociedad en su conjunto. Se trata, de la manera que hace ya tiempo apuntaba George Monbiot4, de trabajar para construir equipamientos que supongan lujos públicos, aunque solo se logre la suficiencia en el ámbito privado, en vez de lo inverso, que es la tendencia que se estado estimulando en las últimas décadas. Emilio Santiago Muíño (1984) en 2024, en su libro Vida de ricos, reflexiona acerca del concepto de lujo comunal. Plantea, por ejemplo, el aprovechamiento de edificios públicos ya construidos para que funcionen como palacios del pueblo y como refugios climáticos.

1 Hickel, Jason: El decrecimiento: la teoría de la abundancia radical. Universidad de Londres, Reino Unido.

2 Herrero, Yayo, Pascual, Marta y González Reyes, María: La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas. Madrid: Libros en acción, 2018.

3 Una inflación en 2024-25 controlada en el norte global, pero que ya causa estragos en muchos países del sur global.

4 Lo sugería en 2017, en el artículo Public luxury for all or private luxury for some: this is the choice we face publicado en The Guardian.  https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/may/31/private-wealth-labour-common-space

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La vida en el centro 2/8

Las Conferencias de las Partes (COP) enmarcadas en la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático comenzaron en 1992. Tienen lugar todos los otoños boreales desde 1997 y han conseguido avances claramente insuficientes. La COP28 de 2023 se desarrolló en Dubai y fue presidida por el jefe ejecutivo de la compañía estatal petrolera de Emiratos Árabes Unidos (ADNOC), que además era el Ministro de Industria emiratí. No se avanzó mucho pero el hecho de que el enorme poder de las empresas de hidrocarburos estuviera muy presente en toda la cumbre, consiguió a modo de reacción que en la declaración final se apuntase explícitamente a los combustibles fósiles como principales responsables de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) y 127 países acordaron su progresiva eliminación. La COP29 de 2024 se llevó a cabo en Bakú (Azerbaiyán), con gran cantidad de ausencias en cuanto a la afluencia de líderes y lideresas mundiales relevantes. Logró un acuerdo desalentador, aunque se profundice en el concepto de deuda ecológica, que implica que las naciones que iniciaron la producción del actual exceso de concentración de CO2 en la atmósfera tienen una deuda con el resto. El consenso adoptado fue que se financiaría con hasta 300.000 millones de dólares en 2035 a los países que no son responsables del actual caos climático y para los que sí tiene que haber desarrollo. En la COP30 de Belém se consiguió un incremento de la visibilidad de los pueblos indígenas de la región Amazonas, pero la presión de los países exportadores de petróleo evitó que en su acuerdo final se mencionase a los combustibles fósiles. Se firmó el Mecanismo de Belém para la Transición Justa destinado a mejorar las condiciones para que los pueblos del Sur global intenten una transición. Esta COP produjo un mayor avance en adaptación al cambio climático que en mitigación. Se anunció la celebración a finales de abril en la ciudad de Santa Marta (Colombia) de la Primera Conferencia Internacional para la Eliminación de los Combustibles Fósiles. La próxima COP31 será en la ciudad de Antalya (Turquía).

Los pactos alcanzados en las COP del clima (la ONU organiza otras COP de biodiversidad) son claramente insuficientes. Una constatación fundamental para entender que estas son una especie de pantomimas anuales destinadas a que se paseen los líderes mundiales y parezca que están haciendo algo para evitar el caos climático. Sabemos que para mitigar sus efectos y no llegar a los peores escenarios, los combustibles que se encuentran todavía hoy bajo tierra deberían quedarse donde están. Hemos de ser conscientes de que esto no va a ocurrir y superaremos con mucha antelación los umbrales de seguridad aceptados en la COP21 de París en 2015. De hecho, ya en 2024, superamos uno: el de no exceder los 1.5º C respecto a la era pre-industrial.

Los poderes públicos han asegurado que estamos llevando a cabo la llamada Transición Energética para mantenernos dentro del umbral de seguridad. Pero se está empezando a ver que dicha transición no funciona y que se ha planificado para hacer más ricos a los ricos. Sobre ella reflexiona Manuel Casal Lodeiro en Las verdades incómodas de la Transición Energética (2024):

La Agencia Internacional de la Energía nos lanza una advertencia fijándose no tanto en las perspectivas de declive de los hidrocarburos sino en la necesaria reducción urgente de las emisiones de GEI: si no logramos hacer rápidamente esta transición, nos quedaremos “atrapados” en las infraestructuras anteriores, y sería ya demasiado tarde para completar la Transición Energética. Teniendo en cuenta que la transiciones energéticas se deben realizar cuando la fuente anterior aún no ha comenzado su declive, que el cénit global del petróleo pudo ser en 2018 y restando los 50 años habituales en dichas transiciones, vemos que deberíamos haber comenzado, como muy tarde… ¡en 1968! Pero es que aunque tomásemos el cénit de todos los combustibles fósiles y asumiésemos de manera optimista una fecha para dicho hito en torno a 2030, seguimos llegando terriblemente tarde, pues deberíamos haber comenzado una transición de verdad… ¡en 1980!1

Es lógico que el agricultor, el ganadero (a quienes la Transición Energética les dificulta la vida) o cualquier conductor que no puede entrar con su viejo coche a la zona de bajas emisiones del centro de las ciudades, se sientan engañados, acaben votando a la ultraderecha y rechazando el ecologismo. En ocasiones terminan negando un caos climático (últimamente solo su raíz antropogénica) que además —como asegura Marta Tafalla en Filosofía contra la crisis ecológica (2022)—, es un evento muy crítico para una sociedad como la nuestra, que se basa en la agricultura. Modificaciones en las temperaturas o en el régimen hídrico pueden conseguir que no se produzcan las cosechas que nos alimentan.

En clara sintonía con el hecho de que nos encontremos en una cultura individualista se ha hecho demasiado hincapié en que seamos lxs consumidorxs2 quienes tomemos medidas contra este caos climático. A menudo se nos indican acciones como: aislar mejor nuestras casas, viajar en transporte público, usar la bicicleta o caminar hasta nuestros lugares de trabajo. Conductas eficaces, sin duda, pero es que hace tiempo que lxs científicxs saben que las mayores causantes de este desajuste climático son las grandes compañías multinacionales o enormes instituciones de poderosos Estados. Sin embargo, es cierto que deberíamos adquirir nuevas costumbres para no emitir a la atmósfera tantos GEI3. Una gran reducción en el consumo de carne, pescado y marisco sería muy eficaz. La humanidad se va a ver forzada a reducir estos gases. Una reducción que tendrá consecuencias en sectores que emiten grandes cantidades de ellos, como los transportes y en la fabricación de los productos de la industria de la automoción y de la industria aeronáutica, entre otros. No es posible revertir en unos pocos años esta súbita (en tiempo geológico, no en humano) modificación del clima y vamos a notarla más en el futuro, pero todavía estamos a tiempo de no convertir la Tierra en un lugar inhóspito y de prevenir la muerte de millones de sus habitantes. Es increíble ver como nos dirigimos hacia una sucesión de catástrofes “naturales” pero no actuamos para mitigarla y tampoco nos adaptamos a ella. Los poderosos no actúan ni siquiera cuando comprenden el peligro, porque su propósito es no perjudicar la esfera de los negocios. 

Las aerolíneas y el turismo, que ya sufrieron muchas pérdidas con la crisis de la COVID-19, también se resentirán tarde o temprano por las modificaciones de consumo necesarias para mitigar la emergencia climática en un contexto futuro de subida del precio de los combustibles. Además, es esperable que suframos una serie de crisis consecutivas, de las que no podremos salir, pero que sí lograríamos ir afrontando con una mejor distribución de la riqueza, llevando una vida más sobria, generalizando la agricultura ecológica y volviendo a los pueblos desde las grandes ciudades. La permacultura urbana será de gran ayuda especialmente en las pequeñas aglomeraciones. Hemos de conseguir que tenga un amplio desarrollo.

De todas formas, el caos climático antropogénico no es la única de las amenazas ambientales a las que nos enfrentamos. El Stokholm Resilience Centre de la Universidad de Estocolmo desarrolló, en la primera década de este siglo, un modelo con nueve límites planetarios que en caso de ser traspasados harían inviable la vida en la Tierra3. Estos son: el agotamiento del ozono estratosférico, la pérdida de biodiversidad, la contaminación química, el cambio climático, el exceso de nitrógeno y fósforo, el consumo de agua dulce y el ciclo hidrológico global, la acidificación de los océanos, el cambio de uso de suelo, y la carga de aerosoles en la atmósfera. Ya hemos traspasado las zonas de seguridad de siete de los nueve límites. Vamos camino de nuestra propia destrucción.

Una vez asumido que nuestra trayectoria actual es autodestructiva, podemos concluir que la idea de formar comunidades —alejándonos de unas posiciones conservadoras que otorgan más estatus al hombre cis hetero, blanco y con dinero—, dejando que fluya la ayuda mutua, como las que fomentará la Congregación del Infinito es un buen plan. Necesitamos un cambio radical.

Es fácil que en los próximos años pasemos continuamente de una depresión económica a otra. Por ello es imperativo que adoptemos modelos que favorezcan la ayuda mutua, en vez de los competitivos que se impusieron desde la segunda mitad del siglo XX.

Donella Meadows (1947-2001), Dennis Meadows (1942) y su equipo en el clásico de 1972, Los límites del crecimiento ya nos indicaron que solo podremos sobrevivir si moderamos nuestras pretensiones y que existen ciertas líneas que no debíamos cruzar. Como alternativa a su informe la Fundación Bariloche desarrolló entre 1972 y 75 el Modelo Mundial Latinoamericano incorporando principios como la equidad o la participación civil.

Algunas de las fronteras planetarias descritas en todos estos informes ya fueron rebasadas y otras lo están siendo así que, abróchense los cinturones porque la caída va ser dura. La organización aquí propuesta debe ser capaz de crear una red que amortigüe los golpes que ocasionará dicha caída, partiendo de elementos similares a los de las formas laicas de conducirse en la vida y mediante la ayuda mutua.

Nos hemos situado (especialmente en determinadas zonas) en una lógica sacrificial: los gobiernos —que tendrían que aplicar políticas de reparto de la riqueza— asumen que los ecosistemas naturales, e incluso la mismísima vida de las personas, deben ser sacrificados para que haya crecimiento y la economía vaya bien. Esto no se puede permitir.

Nuestras sociedades funcionan en un orden económico apoyado en el crecimiento continuo, proceso que exigiría recursos infinitos, pero se encuentran en un planeta que ya da muestras muy claras de su agotamiento. En los últimos años hemos podido escuchar en diferentes medios de comunicación la voz de Antonio Turiel4, exponiendo que vamos a sufrir una enorme bajada en la producción de petróleo según la Agencia Internacional de la Energía, aunque en las ediciones más recientes de su Informe World Energy Outlook lo hizo pasar por una futura disminución en la demanda. En el libro de Turiel, Petrocalipsis: crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar (2020) y, desde hace tiempo, en su blog The Oil Crash sostiene que, como tampoco vamos a compensar esta disminución con las energías limpias y renovables, debido a que estas tienen una menor tasa de retorno energético5, en breve padeceremos una gran bajada de la cantidad de energía que lograremos obtener, condición que cambiará radicalmente nuestras sociedades. Otros textos, como En la espiral de la energía, de Ramón Fernández Durán (1947-2011) y Luis González Reyes, Colapso: capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, de Carlos Taibo, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, de Manuel Casal Lodeiro o el de 2024, Colapso, de Flavia Broffoni, nos cuentan que el importante descenso energético que vamos a sufrir hará que colapse nuestra sociedad, industrial y consumista. 

1  Casal Lodeiro, Manuel: Las verdades incómodas de la Transición Energética. Barcelona: Icaria Editorial, 2024

2 Hay un interés en obviar que los más ricos con sus jets privados, sus yates y en general su modo de vida son capaces de producir en una hora cincuenta veces más gases de efecto invernadero de lo que emitirá unx consumidorx medix en toda su vida. 

3 Acrónimo de gases de efecto invernadero.

4 El diagrama con la situación actual de los nueve límites planetarios, con sus siete fronteras rebasadas, se puede ver en: https://www.pik-potsdam.de/en/institute/labs/pbscience

5 Doctor en Física Teórica y licenciado en CC. Matemáticas, creador de The Oil Crash, blog donde, desde 2010, Antonio Turiel nos anticipa la crisis energética https://crashoil.blogspot.com/

6 La tasa de retorno energético (TRE) es una relación entre la cantidad de energía que se utiliza para explotar un recurso energético y la que obtenemos finalmente de él.

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La vida en el centro 1/8

La ética de la Congregación del Infinito, sobre una base de respeto a los derechos humanos —y de todxs lxs1 seres vivxs—, se construye en torno al hecho de poner la vida en el centro de las relaciones. El encabezado de este capítulo es el título de al menos dos libros y una máxima en los feminismos que no debemos olvidar a la hora de construir cualquier estructura social. Quizás se haya convertido en un lugar común, aunque no por ello hay que dejar de tenerlo siempre presente.

Poner la vida en el centro era en las antiguas sociedades el motivo último que estaba en la raíz de la mayoría de las acciones de casi todas las mujeres. En los últimos siglos, gracias a las diversas olas de los feminismos se han ido aceptando también otros. La entidad que aquí propongo solo puede ser antipatriarcal, al contrario que las religiones hegemónicas, tan influenciadas por el machismo y el heteropatriarcado. Ese hecho explica que encontremos en ellas importantes dosis de misoginia y persecución de disidentes sexuales y de género.

Como nos explicaron hace años los movimientos feministas, desde el inicio de la historia, los hombres supuestamente cishetero —que eran los que mandaban— dieron más importancia al trabajo productivo que al trabajo reproductivo, desarrollado en el hogar y a cargo de las mujeres. Nos narraron unos relatos históricos protagonizados casi siempre por unos héroes masculinos. Y sin embargo, alguien tenía que sostener la vida de todos esos héroes.

Muchas criaturas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado tuvimos todavía una madre que, por el machismo de ciertos maridos de su generación y, en algunos casos por el de su familia, amigas o el propio interiorizado, no trabajaba fuera del ámbito doméstico: una mujer que se veía obligada a quedarse en casa cuidando de sus hijxs. Y como señalaron hace décadas diferentes teóricas feministas: tanto si trabajaban fuera como si no, las mujeres se solían ocupar de hacer las tareas domésticas, sin apenas compartirlas con el hombre que ejercía el rol de padre2

Otras autoras nos expusieron cómo cuando las mujeres se incorporaron de forma masiva al mercado laboral —a raíz de cierto reconocimiento obtenido por los feminismos de la segunda ola—, se produjo una gran crisis en el trabajo de cuidados. Crisis que se ha ido parcheando con medidas (claramente insuficientes) para fomentar la conciliación en el trabajo, recurriendo a personas de la familia —casi siempre también mujeres— o amigas que no trabajaban fuera de casa y pagando (quienes pudiesen permitírselo), para que empleadas —que suelen ser de nuevo mujeres— realizasen las tareas del hogar, recogiesen a lxs niñxs del colegio o se ocupasen de quienes requerían cuidados. Estos empleos a menudo son precarios y suelen estar mal pagados. Todavía queda mucha tarea por delante en lo tocante a conseguir un reparto equitativo de los trabajos reproductivos y de cuidados. Poner la vida en el centro significa, avanzar en este reparto, concederle al trabajo reproductivo la importancia que se merece y fomentar la conciliación de la vida familiar con la laboral.

Sin embargo, que la vida se sitúe en el centro no significa que esta organización de carácter religioso no dogmática se oponga al derecho al aborto. Ante un estado de gestación, la vida que se pone en el centro es la que podría existir por sí misma, la de quien va a experimentarlo personalmente, que tendrá que decidir si va a interrumpir su embarazo o si quiere continuar con él.

Otra forma de poner la vida en el centro es cuidar el medio ambiente y aprender a sentirse parte de él. Al mismo tiempo que nos reunamos y construyamos comunidades de mujeres, personas de géneros no binarios y hombres, fomentaremos un culto a la clorofila. Esta sustancia es la responsable de que plantas y algas verdes fijen el CO2 del aire, a través de la energía aportada por el sol, y nos devuelvan oxígeno, intercambio que reduce ese peligroso gas de efecto invernadero, principal responsable del caos climático que hemos generado. Esta actitud seguramente nos resultaría útil para mitigarlo. El culto a la clorofila se puede concretar en un amor por los bosques, las selvas y también, aunque sean espacios creados por las criaturas humanas, por los huertos (frente a las grandes explotaciones agrícolas) y los bosques comestibles3. Restaurar los ecosistemas destruidos por siglos de acción humana es una medida que ayudaría a reducir la cantidad de dióxido de carbono que hay en el aire. Dentro de las técnicas dedicadas a ello hay una que se conoce como rewilding que consistiría en dejar que se asilvestraran diferentes tierras, recuperando así plantas, animales y otros tipos de vida.

Habría que dejar de fomentar el desarrollo económico a costa de la naturaleza. No la podemos seguir contemplando como algo que explotar: es necesario romper con la lógica extractivista. Tampoco nadie puede vivir “emancipadx de ella” porque somos ecológicamente dependientes, como lo cuenta Yayo Herrero en su artículo Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global, inserto en el volumen recopilatorio de varias autoras Por qué las mujeres salvarán el planeta:

Occidente ha conformado a través de la historia una noción de Progreso que hace creer que es posible vivir como individuos aislados, emancipados de la naturaleza y desresponsabilizados del cuidado de quienes nos rodean. Esa triple emancipación es ficticia y sólo se pueden beneficiar de ella algunos sujetos, mayoritariamente hombres, pero el analfabetismo ecológico generalizado, el mito del crecimiento exponencial -imposible en un planeta con límites físicos- y la fe tecnológica que hace creer que siempre se inventará algo que resuelva todos los problemas, incluso los que la misma tecnología provoca, hace mirar a otro lado cuando llegan noticias y señales de la crisis civilizatoria que atravesamos.4

Poner la vida en el centro sería también presionar para eliminar las actualmente muy restrictivas leyes y directivas de extranjería, que regulan el movimiento de las personas. Mientras lo conseguimos habría que dedicar más medios para evitar las muertes de migrantes en todo el globo y, especialmente, en la frontera meridional de EE. UU. y en el Mediterráneo. Tendría que haber en este mar y en el Océano Atlántico, al menos en la ruta del archipiélago canario, una cantidad mayor de barcos de salvamento  —en las Islas Canarias durante los últimos meses, ha estado fondeado el barco Open Arms pero no está realizando labores de rescate— y no se deberían poner impedimentos a su trabajo, como hace el gobierno italiano. Lxs que se juegan la vida adentrándose en el mar para llegar a otro Estado que ofrece mejores condiciones de vida, lo hacen intentando burlar las crueles leyes sobre inmigración y extranjería, normas que, como ya he señalado, deberían ser derogadas, ya que moverse por el mundo es un derecho humano5.

Podemos marcarnos como meta reducir la diferencia entre los Estados con mayor IDH y aparentemente garantes de los derechos humanos y los que tienen los peores índices, en los que frecuentemente encontramos situaciones de violencia y que de este modo, nadie se viese forzadx a dejar su casa, abordando la raíz del drama. Pero en tanto alcanzamos ese deseado horizonte, deberíamos acoger mejor a lxs que migran, que no vienen, como a menudo escuchamos, ni a quitarnos el trabajo, ni a vivir de los subsidios, ni a delinquir. Los grandes flujos migratorios se seguirán produciendo. Es más, la llegada de población a los lugares donde se perciben más posibilidades aumentará en los próximos años. Una de las principales causas de esto será el desigual impacto de la crisis climática, dada la mayor capacidad de ciertos Estados de movilizar dinero para adaptarse a sus efectos. El resultado que está teniendo el hecho de poner dificultades a quienes migran, es que mueran más personas al intentar, de una manera desesperada, llegar a nuestras tierras. Pero no solo tendríamos que reducir las trabas a la migración. Del mismo modo, deberíamos revisar nuestros regímenes supuestamente democráticos para que lxs que tienen otro pasaporte no sean consideradxs ciudadanxs de segunda clase y puedan ejercitar libremente su voluntad política así como, asumir nuestra historia colonial y neocolonial y entender que recibir migración es consecuencia de ella. Ya es muy injusto poner dificultades a la entrada de migrantes en los territorios con mayor IDH, pero aún lo es más en un contexto en el que se empiezan a notar los efectos de un caos climático que estimularon las naciones del Norte Global al industrializarse y quemar combustibles fósiles. Además, la gente blanca ha estado yendo a vivir a otras tierras y expandiéndose por todo el planeta desde hace quinientos años. ¿Por qué lxs que no son blancxs no iban a poder hacerlo en el siglo XXI? Ya lo escribí antes pero insisto: quienes siembran colonización o neocolonización recogen migración.

No hay un alma inmortal para las criaturas animales ni para las humanas (que no son más que un tipo de las primeras), ni tampoco otro plano en el que pudiésemos existir eternamente, como predican las principales religiones patriarcales, de modo que hay que vivir en este y proteger la vida. Aquellxs que están creciendo hoy en día, tendrán que lidiar durante toda su existencia con una crisis climática, aunque seguramente con más amenazas ecológicas. Si realmente queremos que se mantenga la civilización humana en la Tierra, tenemos que actuar de otra manera, de forma que gastemos menos recursos naturales y que emitamos menor cantidad de gases de efecto invernadero. No podemos seguir residiendo a tanta distancia de los sitios a los que vamos a diario, lejanía que nos obliga a utilizar medios de transporte que suelen ser contaminantes y generadores de CO2, para llegar a ellos. Frecuentemente usamos vehículos automóviles de forma individual en vez de desplazarnos en unos transportes colectivos que, por otra parte, fueron maltratados durante décadas por las diversas administraciones y hoy prestan un servicio insuficiente. Tampoco podemos habitar viviendas tan lejos de los lugares de producción de nuestros alimentos, circunstancia que supone que tengan que recorrer una desproporcionada cantidad de kilómetros hasta llegar a nuestras mesas. Lograríamos emitir menos —y llevaríamos una existencia mucho más ética— si nos acostumbramos a llevar una dieta vegetariana o vegana. Para conseguirlo y afrontar un futuro descenso energético va a ser imprescindible una economía relocalizada, que como señala en muchas ocasiones Luis González Reyes, necesariamente será diversa. Hay que hacer un esfuerzo por relocalizar ya la industria y obtener la mayor parte de los alimentos de granjas agroecológicas que no se encuentren a demasiada distancia.

1   No me sentiría cómodo usando siempre el masculino como genérico. La lengua española sigue una norma que dice que los sustantivos referidos a personas o animales deben ponerse en masculino cuando se desconoce el género de las aludidas o en cuanto se suponga que hay un hombre. Así, se dice “tres hermanos” aunque sean dos mujeres y un hombre. Para representar también a las personas con géneros no binarios que utilizan la “e” al hablar de sí mismas, tendría que incluir en este texto las tres versiones de cada palabra de género variable, pero no lo haré. Me siento más cómodo usando la “x” en las palabras que varían con el género. Debería pronunciarse con el sonido vocálico “e” o “i”. Prefiero la “x” antes que la “e” porque esta última vocal se utiliza para construir la forma del masculino plural en las palabras que terminan en consonante. De este modo, para usarla en un lenguaje inclusivo, tenemos que escribir: diosas/es, trabajadoras/es, autores/as, lectoras/es, escritoras/es, musulmanes/as, etc. Sin embargo, en algunos casos no lo usaré la “X” porque no lo encuentre justo, me resulte extraño o no lo considere necesario ni oportuno debido a la histórica opresión sobre las mujeres. En esas ocasiones escribiré de forma tradicional. 

2 Si es que alguien lo hacía, ya que siempre existió una pequeña minoría de familias lésbicas que pasaban desapercibidas y muchas monomarentales (por viudedad, abandono o elección).

3 Un bosque comestible es uno formado por todo tipo de plantas que se ha diseñado de tal forma que pueda producir gran cantidad de alimentos de manera natural. Es una técnica de permacultura. En esta web viene muy bien explicado https://www.agrohuerto.com/los-bosques-comestibles-que-son/

4 Herrero, Yayo: Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global. En: Por qué las mujeres salvarán el planeta. Varias Autoras. Barcelona: Rayo Verde, 2019.

5 Recogido en el art. 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

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Uroboros 8/8

La comunidad, en la actualidad, es la base de la sociedad en las culturas indígenas y campesinas. A lo largo del siglo XXI, a medida que los efectos del caos climático y la escasez de energías y minerales se vayan haciendo más patentes, va ser más y más necesaria para la población en general. Las relaciones comunitarias deberían ser las más abundantes en barrios, aldeas y pueblos, en lugar de las propias de esa masa de consumidorxs individualizadxs que habitan insertxs en familias nucleares, extensas, monomarentales o monoparentales, más y menos diversas. Pero han de ser protagonistas unas comunidades que articulen grupos que se rijan por criterios diferentes a los que mantuvieron aquellas tan anticuadas, dominadas en muchos casos por esquemas patriarcales y presuposiciones cisheronormativas que, en ocasiones, se formaron en torno a las viejas religiones teístas. Podemos construir otras realmente emancipadoras, sobre la base de la igualdad de derechos, el respeto a la naturaleza y a los límites del planeta.

Rita Laura Segato (1951) apunta sobre las comunidades en la introducción de La guerra contra las mujeres (2016):

Una comunidad, para serlo, necesita de dos condiciones: densidad simbólica, que generalmente es provista por un cosmos propio o sistema religioso; y una autopercepción por parte de sus miembros de que vienen de una historia común, no desprovista de conflictos internos sino al contrario, y que se dirigen a un futuro en común. Es decir, una comunidad es tal porque comparte una historia. En efecto, el referente de una comunidad o un pueblo no es un patrimonio de costumbres enyesadas, sino el proyecto de darle continuidad a la existencia en común como sujeto colectivo.1

Existen, por supuesto, comunidades laicas, como las que se construyen en torno a sindicatos, partidos políticos, asociaciones feministas, asociaciones LGTBQIA+, cooperativas, centros sociales, grupos de consumo responsable… Quizá haya más en el futuro, pero hoy en día, las colectividades que otorgan más cohesión cuando hablamos de grupos más grandes que la familia, si miramos todos los continentes, son las comunidades construidas alrededor de la religión. En cualquier caso, lo que se está proponiendo con la Congregación del Infinito no es renunciar a ningún tipo de laicismo, más bien es estimular la auto-organización de individuxs incluso si tienen cosmovisiones diversas.

Necesitamos comunidades feministas, antirracistas, anticoloniales, antixenófobas, ecologistas, aliadas de LGTBQIA+, edificadas sobre los derechos humanos (y de todxs lxs seres2 vivxs), que respeten el principio de igualdad y no otorguen prerrogativas ni a los hombres ni a gente blanca.

Necesitamos comunidades que no impongan la cisheteronorma, que apuesten por la no discriminación, tampoco por razón de diferente religión o de ausencia de ella, ni por las diferentes capacidades de cada cual.

Necesitamos comunidades que nos apoyen no solo cuando somos jóvenes y todo va bien, sino también en los momentos en los que tenemos grandes problemas, no somos buena compañía, no resultamos divertidxs, adquirimos discapacidades o si, a medida que pasa el tiempo, nos vamos convirtiendo en ancianxs.

Necesitamos comunidades que reconozcan que existen mujeres, hombres y una pequeña minoría de personas —en la década de los veinte del siglo XXI, quizás en el futuro esta categoría sea mayor— que se definen como de géneros no binarios; que el hecho de que te encuadres en una categoría u otra no depende exclusivamente de tus genitales y que hay quienes son cisgénero, cuando su género coincide con el que les fue asignado al nacer, y transgénero cuando esto no sucede.

Necesitamos comunidades que luchen más contra esa imagen que los medios de masas imponen, de las mujeres como muñequitas: bellas, delgadas, hipersexualizadas, no muy mayores, sin demasiadas curvas, entrenadas para gustar, coaccionadas para llevar el cabello largo, arreglado, bien peinado (imitando a la nobleza) y a menudo imposibilitadas por diversas técnicas destinadas a aparentar mayor incapacidad y belleza, como por ejemplo el uso de largas uñas preciosamente decoradas, de tacones altos o la necesidad (especialmente dura para las mujeres negras) de tener el pelo perfecto. Que no les pidan que sean sexy, como demandan la publicidad y unas industrias culturales dominadas por los varones. De todas formas, no podemos asumir que cualquier búsqueda de la feminidad tradicional esté encaminada siempre a gustar a los hombres heterosexuales y bisexuales, ni proscribirla en una suerte de femmefobia3.

Necesitamos comunidades donde se fomenten otros tipos de feminidades y de masculinidades, más entremezcladas, en las que haya muchas más personas que se sitúen en el intermedio sin tener ningún problema por ello.

Necesitamos comunidades donde no haya líderes, para que no ocurra como en tantas otras, en las cuales hay un jefe que es un hombre blanco, (presumiblemente) cisgénero4  y (presumiblemente) heterosexual.

Necesitamos comunidades realmente diversas.

Los Encuentros Asamblearios del Infinito podrían ayudar a formar esas comunidades.

1 Segato, Rita Laura: La guerra contra las mujeres. Editor digital: Titivillus, 2016.

2 Consideraré la palabra “ser”, contrariamente a la opinión la RAE,  un sustantivo ambiguo: del mismo modo que existen otros, como por ejemplo, “puente” , “mar”o “calor”. 

3 Es un término que indica aversión y hostilidad hacia cualidades estereotípicamente femeninas.

4 Inolvidable, sea cierta o no, la revelación del secreto de la Papisa Juana, una leyenda que nos habla de la gran cantidad de mujeres que se hicieron pasar por hombres. http://archivo-t.net/transbutch/masculinidades-transgresoras/otro-hombre-mujer/

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Uroboros 7/8

El laicismo institucional fue, es y siempre será un instrumento esencial para la construcción de cualquier país en el que se intente establecer un gobierno que se pretenda democrático. Permitió a los organismos públicos, mientras iban consolidándose, que se separasen de las religiones. Todavía tiene una ingente tarea por delante, debe ser más fuerte en todo el globo terráqueo y hay que profundizar en él.

En cambio, el laicismo individualista es realmente un caballo de Troya del neoliberalismo en la guerra por mejorar la realidad. Se trata de una cualidad que en principio parece positiva —un regalo de la modernidad occidental— pero que a la larga resulta negativa. La ultraderecha, marchando de su mano, no para de crecer en nuestro entorno, ya sea a través de unos partidos o de otros. 

Estoy seguro de que esta actitud vital no es un factor desdeñable en el hecho de que los partidos neoliberales, conservadores o ultraderechistas estén sumando cada vez más ciudadanxs a su causa, circunstancia que nos podría hacer perder derechos y conquistas. Es necesario actuar de manera diferente, ofreciendo una alternativa y estimo que fomentar la creación de grupos que otorguen, a lxs que formen parte de ellos, sentimientos de pertenencia a una entidad superior —por supuesto, en un marco de respeto a los Derechos Humanos— es una buena estrategia. Al proveer de sentimientos tales, esta nueva organización puede constituir también una opción suplente a las bandas callejeras. Si consigue conformar una corriente, situándose más allá de lo marginal, podría devenir en una herramienta eficaz para luchar contra pandillas, gangas, maras y entidades similares —sin necesidad de cometer atrocidades, como han hecho ciertos gobernantes—, en esta ocasión formando una comunidad ecologista, anticolonialista, en la que no impere la cisheteronormatividad, que luche contra el orden patriarcal, la supremacía blanca y la xenofobia.

Jorge Riechmann en este fragmento de Ecoespiritualidad para laicos, reflexiona sobre la importancia del fenómeno religioso en la vida humana:

Antropólogas y etnólogos han identificado más de cien mil religiones. Aunque la cultura europea gusta de pensarse a sí misma como secularizada, resulta dudoso que vayamos a superar el horizonte religioso alguna vez: parece formar parte de la condición humana como una suerte de universal antropológico.

Para hacer frente a la finitud humana, para encarar nuestra muerte, la estrategia básica siempre ha consistido en tratar de formar parte de algo más grande y perdurable que nosotros mismos. Esto puede intentarse sumiéndose uno en ciertas formas de alienación (por ejemplo, creencias extravagantes sobre formas de vida ultraterrena) o buscando vías de emancipación (las luchas por construir una buena comunidad humana, o la teoría Gaia).1

La teoría Gaia surgió en la década de los sesenta del siglo pasado como “hipótesis Gaia”. Sostiene que la biosfera de la Tierra conforma un superorganismo compuesto por los demás organismos vivientes. Fue desarrollada por el químico James Lovelock (1919-2022) al que se unió después la bióloga Lynn Margulis (1938-2011), y explica que dicho superorganismo regula las reacciones del planeta. Por tanto, la gran transformación antrópica que estamos produciendo, la que es provocada por la contaminación y el caos climático están dañando a Gaia. Y ella, a pesar de que nos creamos tan importantes, no necesita de la especie humana para seguir existiendo. 

Este es el orden de las cosas actual, marcado por la destrucción del medio ambiente, el extractivismo a cualquier precio y el individualismo. Los grupos dominantes encuentran muy positivo que quienes nos alejamos de posiciones conservadoras sigamos actuando de manera individualizada, como el maltratador de mujeres —que lo primero que hace es aislar a su víctima—, como los dirigentes de las multinacionales —que pondrán dificultades para que sus trabajadorxs se sindiquen— o los animales depredadores, que prefieren que sus presas no vayan en manada. Favorecerán que permanezcamos consumiendo atomizadxs en unidades familiares y no nos encontremos semanalmente, ya que podríamos organizarnos para realizar cualquier actividad. En las últimas décadas, en las opiniones y saberes oficiales nos estamos liberando de antiguos yugos mentales como el machismo, la cisheteronormatividad o la supremacía blanca y nuestro horizonte es la igualdad de derechos, así que intentarán fomentar la desconfianza entre lxs ciudadanxs y trabajarán para que los discursos culturales apunten en esa dirección.

Cualquier noción de colectivización o empresa pública ha sido ampliamente criticada. Lo comunal fue completamente demonizado por la opinión pública (o más bien publicada). Incluso siendo conscientes de que estructuras de este tipo, a veces sin ser estatales, en ocasiones pueden ofrecer servicios públicos. 

Nos iría mejor dejando atrás comportamientos individualistas y aceptando habitar una propiedad comunal. Por ejemplo, lxs mayores podrían mejorar su calidad de vida si, llegado el momento, renunciasen a vivir solxs y se organizasen colectivamente para hacerlo mediante un sistema de cooperativa de cohousing, contando con espacios privados y otros comunitarios. Hoy ya existen alternativas para mayores, como por ejemplo Trabensol2, cooperativa de cohousing senior localizada en Torremocha (Madrid), o el Residencial Santa Clara, de Málaga, aunque siguen siendo muy minoritarios, ya que precisan que quienes elijan estas opciones tengan un capital y dejen sus barrios o localidades de origen. Podríamos intentar ampliar este modelo a viviendas en los edificios de apartamentos de cualquier ciudad o pueblo, mediante la incentivación pública de permutas de pisos y de alquileres para mayores en determinados bloques, con la doble función de llegar a todas las clases sociales y no desarraigar a nadie de su entorno tradicional. Todo el proyecto tendría que ser gestionado por la propia vecindad. En estos pisos sería insuficiente tener solo un dormitorio para cada inquilinx, harían falta otras habitaciones para montar comedores o salas de estar para recibir a amistades y familiares. Y si faltasen cuartos se compartirían los destinados a dormir. Entre todxs lxs que allí morasen se podrían contratar algunxs profesionales. Residiendo de este modo seríamos capaces de evitar la soledad no deseada en la que se encuentran una gran cantidad de ancianxs, que ya no se pueden mover como cuando eran un poco menos viejxs y era posible la independencia. Una forma de ir acercándose a esta situación se podría producir si lxs individuxs que pasan de los setenta años, decidiesen residir compartiendo pisos grandes. Tristemente son habituales esas noticias en las que hallan el cadáver de alguien de avanzada edad semanas después de que se produzca su fallecimiento. Con esta forma colectiva de llevar ese momento en el que la vejez resulta imposibilitadora de importantes tareas, claro que se perdería intimidad y espacio. Sin embargo, se ganaría calidad de vida para lxs mayores, que no olvidemos, son una fuente de conocimiento surgido de la experiencia indispensable para cualquier colectividad.

Esta importante presencia de la situación de soledad no deseada es fruto de que nuestra sociedad esté edificada a partir de las relaciones amorosas de dos y de las familias nucleares. Lxs hijxs se hacen adultxs y se independizan. Un gran porcentaje de mujeres sobreviven a sus parejas y se quedan solas. Algunas de esas personas preferirían vivir acompañadas. Sería muy positivo que tuviesen una comunidad para hacerlo si quisieran.

1 Riechmann, Jorge: Ecoespiritualidad para laicos, Santander (Cantabria): El Desvelo Ediciones, 2024

2 El artículo Cohousing senior, un envejecimiento hiperactivo en número 69 de la revista de El Salto nos explica su funcionamiento, cómo se formó el histórico Residencial Santa Clara y ofrece un buen acercamiento al tema. https://www.elsaltodiario.com/vejez/cohousing-senior-un-envejecimiento-hiperactivo

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Uroboros 6/8

Lo que funcionaba en ciertos lugares del occidente opulento en las décadas de mil novecientos setenta, ochenta, noventa, dos mil, dos mil diez y en la primera parte de los veinte —en estas últimas con sociedades ya étnicamente más diversas pero con un apoyo cada vez mayor a la ultraderecha—, no va a hacerlo al final de este decenio ni en el de los treinta ni en siguientes del siglo XXI. En las naciones centrales del capitalismo, lxs residentes de muchas de las grandes ciudades han cambiado notablemente en los últimos cincuenta años. Cualquiera que viaje en transporte público puede comprobarlo. En Europa, entre lxs pasajerxs que vemos en los vagones de metro, de tren, en el autobús o en el tranvía percibimos una gran diversidad, conseguida por la presencia de una mayor cantidad de migradxs —reforzada por quienes ya han nacido en los países del Norte Global, pero se percibe que tienen ascendencia de otros diferentes—, hecho que antes no sucedía. Y la mayoría de ellxs (aunque las generalizaciones siempre son peligrosas), suelen estar acostumbradxs a formar parte de una estructura más grande y a encontrarse todas las semanas con lxs de su comunidad, especialmente con lxs que no ven a diario. No van a cambiar sus religiones antiguas por un laicismo individualista y, a pesar de que podría ocurrir que tampoco lo hiciesen por la Congregación del Infinito, merecería la pena intentarlo. 

Lxs migradxs sin la nacionalidad del país al que se han desplazado, a día de hoy, apenas tienen representación política en las instituciones llamadas democráticas1, ya que la mayoría no puede votar. Habría que potenciar las asambleas vecinales o ciudadanas locales y constituir una especie de agrupación estatal o federal de delegadxs, que resuma aquello que se haya discutido en dichas asambleas y que logre establecerse como otro de los poderes de la democracia (al menos de los no oficiales). Así como el mediático es el cuarto, o el económico es el quinto, un poder asambleario será el sexto. De esa manera, podrían obtener algún tipo de representación, mientras conseguimos llegar al horizonte político, que sería que sin necesidad de nacionalizarse estuviesen representadxs en las sedes del legislativo.

En los últimos siglos, nos hemos ido alejando de las viejas comunidades y hace tiempo las sustituimos por un pretendido individualismo que, como precisa Almudena Hernando en La fantasía de la Individualidad, siempre se ha apoyado en la identidad relacional de mujeres, como las esposas, las compañeras, las madres, las hijas, las sobrinas, las suegras, las hermanas o las cuñadas por ejemplo, que convivían con esos hombres que se declaraban individualistas. Escribe:

Esta identidad deriva de la incapacidad para concebirse uno mismo fuera de las relaciones en las que se inserta. Debe comprenderse algo fundamental en este punto: la identidad relacional no implica que se dé mucha importancia a las relaciones que se sostienen (como puede suceder con la mayor parte de la gente individualizada), sino la imposibilidad absoluta de concebirse a uno/a mismo/a fuera de esas relaciones.2

Desde el siglo XIX, un significativo número de quienes huían de la cisheteronorma abrazaron los valores de las corrientes políticas liberales. Lograron escapar de esas antiguas comunidades que consideraban dañinas y que, en cierta medida, lo eran, pues daban cobijo, además de a la citada cisheteronorma, a los virus del patriarcado y de los estereotipos racistas. Numerosxs disidentes sexuales y de género se unieron a la migración generalizada del campo a la ciudad que se produjo buscando una vida mejor y que continúa hasta hoy. Además de disfrutar de las clásicas ventajas de la vida en una urbe —más facilidad para encontrar trabajo, mejor acceso a la sanidad o poder disfrutar con mayor facilidad de una vida cultural—, lxs que lo hacían gozaban de un oportuno anonimato. En ciertos barrios de las ciudades, construyeron nuevas uniones realmente más satisfactorias que la familia de sangre. Se fueron creando algunas comunidades no cisheteronormativas pero que, en cuantiosas ocasiones albergaban todavía en su interior cierta concepción patriarcal de las relaciones humanas y, si no era en ellas hegemónica la opinión de lxs individuxs racializadxs asumían los esquemas que nos impone la omnipresente supremacía blanca. A medida que las sociedades se modernizaban, unas colectividades clásicas percibidas como “muy anticuadas” iban perdiendo terreno mientras lo ganaba esa ilusión de individualidad. Pero las comunidades son positivas, mucho más en situaciones difíciles. La Congregación del Infinito, si consigue establecerlas, podría ser útil para que estuviesen acompañadas todas esas personas que viven solas, hecho que es anecdótico mientras son independientes y salen de casa mucho pero que, con el tiempo, se suele volver crítico cuando envejecen, dejan de serlo y de tener una vida social.

Tras los desastres causados por los totalitarismos durante el siglo pasado —unos regímenes que fueron levantados por partidos políticos cimentados en los movimientos de masas y que produjeron varios millones de muertxs y una descomunal opresión—, la opinión reflejada en el cine, los libros, la prensa, la radio, la televisión, Internet, los videojuegos, las RR. SS. y los media en general, ha sido y es favorable a que se extendiese ese individualismo (neo)liberal. En las últimas décadas se ha impuesto, pero no podemos permitir que lo siga haciendo, y menos ahora cuando hemos dejado atrás la seguridad que ofrecía un aumento de la temperatura universal inferior a 1.5 ºC respecto a la época mundial pre-industrial, tenemos varios límites planetarios traspasados, ya han empezado las faltas de diésel en varios países periféricos y se ven serias dificultades en el horizonte del norte.

Que los intentos de mejorar la sociedad del siglo pasado acabasen en totalitarismos asesinos, no significa que, hoy en día, ya no haya que seguir promoviendo grandes cambios, sino que hay que hacerlo respetando los Derechos Humanos. Ante todo el daño que causaron esos regímenes y esas dictaduras, el liberalismo se ha configurado como el mejor de los modelos para organizarse. Como está adaptado al contexto de los últimos sesenta años, ya comenzamos a hablar a finales del siglo XX, de neoliberalismo. Esta corriente fue adquiriendo su preeminencia actual a partir del establecimiento de sanguinarias dictaduras —a modo de reacción a los movimientos izquierdistas surgidos en la década de los 60—, como la de Chile en 1973 o la de Argentina de 1976, del ascenso al poder de Margaret Tatcher (1925-2013) en 1979 y del de Ronald Reagan (1911-2004) en 1980. A estos hechos se sumaron la ruptura del bloque autodenominado socialista en 1989, con la subsiguiente desintegración de la URSS en 1991, y la consolidación de la sociedad de consumo. Pero el neoliberalismo está reñido con los límites planetarios y más temprano que tarde terminará su imperio. Considero que no debemos renunciar al proyecto de crear unos nuevos sistemas por los cuales nos organicemos las criaturas humanas, únicamente hay que esforzarse en proceder a ello de otra manera, sin imponer nada, ofreciendo nuevas alternativas a lo antiguo.

Las sociedades fundamentadas en esta tendencia individualista, en el libre mercado y que desean aparentar que están desideologizadas, como las de la mayoría de países del centro y este de Europa, realmente no lo están en absoluto. La mayoría de su población se mueve entre el conservadurismo, el nacionalismo y el neoliberalismo. Todo enmarcado   en un sistema de relaciones machista, cisheteronormativo y que asume la supremacía blanca. Son campo abonado para la ultraderecha. 

Las izquierdas podremos obtener importantes triunfos en determinadas elecciones. Pero, mientras no consigamos construir tejido social en las calles —condición que no se cumple  en la actualidad— son victorias que resultarán muy endebles. Esta nueva estructura que aquí propongo sería capaz de convertirse en otro generador de esa consistencia, indispensable para realizar cambios sociales, estableciendo comunidades de mujeres, hombres y personas de géneros no binarios con un marcado carácter feminista, antirracista, antixenófobo y ecologista, todo ello sin presionar con la cisheteronorma.

Nuestros adversarios políticos consiguieron crear ese tejido social hace siglos utilizando las religiones y las creencias irracionales. Y la verdad es que les ha ido muy bien, en los últimos tiempos sobre todo en contextos no occidentales. ¿Por qué nosotrxs no podríamos hacerlo?

Las tendencias individualistas, preponderantes hoy día, establecen que hemos de perseguir nuestro beneficio individual, y si no lo alcanzamos, nos convertimos en perdedorxs (losers). Sin embargo, la vida nunca fue de ese modo, algo que se notará más en las próximas décadas. En nuestra realidad hipertecnologizada se están iniciando una serie de inmensos cambios que van a tener como resultado que tengamos que adaptarnos progresivamente a vivir con menos energía. Únicamente en comunidades (esta vez construidas en torno a unos valores emancipadores) podremos hacer frente a los futuros desafíos cotidianos —incluso sobrevivir cuando las circunstancias se vuelvan más difíciles—, luchar contra la crisis climática e intentar  proteger la naturaleza.

Para los sectores hegemónicos en política y economía solo hay realmente dos posibilidades deseables: o formas parte de la comunidad de alguna gran y antigua religión con unos principios convenientemente conservadores o puedes permanecer lejos de ellas pero llevar una vida individualista. No deberíamos permitir que las religiones patriarcales constituyan la única alternativa al individualismo reinante. La Congregación del Infinito se tiene que convertir en una opción para aquellxs que valoran lo mucho que aportan las relaciones comunitarias o incluso se plantean vivir en comunidad.

3 Compuesta por algunxs concejalxs de nacionalidades que sí pueden votar en las elecciones municipales y por alcaldxs (en las ocasiones en que alcanzan ese título).

4 Almudena Hernando: La fantasía de la individualidad. Traficantes de Sueños: Madrid, 2018

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Uroboros 5/8

Debemos tener presente que los partidos de ultraderecha o con políticas neoliberales son perjudiciales para el sostenimiento de la vida. Los que se definen como socialdemócratas (en realidad son socio-liberales) también pueden parecer dañinos pero tienen unos ideales de justicia, diversidad y equidad que es probable que queden como poso cuando el clima, el traspaso de los límites planetarios, así como la crisis de energías y minerales hagan obvio que es imposible mantener las prácticas del liberalismo económico. Y todavía no encontramos partidos claramente ecofascistas, pero en el momento en que sea evidente la crisis ecológica sin duda aparecerán, aunque esperemos que no seduzcan a un significativo número de votantes. 

Lxs migrantes, al viajar al Norte Global, trabajando intentan conseguir solo un poquito de lo muchísimo que, descarada e impunemente, hemos robado a sus pueblos —desde hace tiempo con nuestras empresas, sin necesidad de ocupar sus países— para terminar desestabilizando el clima universal y contaminando una enorme cantidad de espacios naturales.

Además, si nos paramos a pensarlo, es absurdo que alguien se arrogue los derechos sobre una tierra solo por haber llegado antes.

Los europeos de hace siglos cometieron con la colonización graves violaciones de eso que hoy conocemos como derechos humanos. Quedó una situación de colonialidad como secuela: quienes habitamos hoy en Europa, EE. UU. y otras zonas privilegiadas, nos seguimos beneficiando de la explotación a la que empresas de nuestros territorios continúan sometiendo a trabajadorxs y recursos de países del Sur, de los que llegan indispensables productos de consumo a los hogares y para propósitos energéticos.

Es necesario que ciudadanxs de todos los rincones nos agrupemos en torno a una nueva organización que parta de posturas ecologistas, con criterios antirracistas, anticolonial, en contra de la xenofobia, de la minusvaloración de las mujeres, así como de la discriminación de disidentes sexuales y de género, capaz de reconocer el derecho a moverse libremente por el planeta para intentar llevar una vida mejor.

Debido a nuestra inacción, multitud de grupos reaccionarios se han ido adueñando de las instituciones, llegando a ocupar gobiernos —lo comprobamos de manera especialmente acusada en los casos de India, Rusia, EE. UU., Filipinas, Italia, Argentina, Países Bajos, Túnez, Israel, Hungría, El Salvador o Panamá pero ocurre en muchos más sitios—, así que es urgente que cambiemos y dejemos de estar tan atomizadxs.

Volviendo a los Encuentros Asamblearios del Infinito, estos podrían celebrarse todas las semanas, los viernes, sábados o domingos (dependiendo de la ubicación de cada grupo), de manera que fuesen programados de forma simultánea a las reuniones de las otras religiones. Lo bueno de utilizar las mismas fechas que usa la religión hegemónica, es que nuestras rutinas están diseñadas para que una vez por semana acudamos a una reunión religiosa y ya hay días semanales de libranza en los trabajos, que en principio fueron creados para ello. Usar los días señalados para la oración por parte de las religiones oficiales no sería adecuado cuando se trate de practicar la taqiyya.

Estas reuniones se podrían convertir en referentes para lxs están habituadxs a acudir a un templo todos los fines de semana, a vivir en el seno de una religión. En diversas tierras, encontramos dentro de las grandes religiones patriarcales a fieles sin demasiada fe pero, que valoran las actividades comunitarias o la labor que se hace a favor de aquellxs que tienen menos recursos, frente a la pasividad de un individualismo que tiene cierto regusto neoliberal, soslayando lo contaminadas con misoginia que están esas instituciones.

Tradicionalmente las reuniones políticas han sido vigiladas por las autoridades. Pero no ocurre lo mismo cuando estas tienen un cariz religioso. No es tolerable por no ser democrático que puedan ser prohibidas y sería posible que la policía no se infiltrase en ellas. El hecho de que una reunión sea religiosa la dota de un sentido diferente. Constituir una organización de carácter religioso y no una de otro tipo otorga ciertos beneficios. De este modo, atentaría contra la libertad religiosa, ilegalizar la Congregación del Infinito en cualquier territorio.

Los Encuentros Asamblearios del Infinito consistirían en unas reuniones religiosas periódicas de no teístas. Como todas, en el fondo serían un evento con cierto matiz excluyente (excluirían a monoteístas, politeístas o a quienes no quieren saber nada de este tipo de organizaciones). Por eso, al tiempo que convocamos en un pueblo o barrio una de ellas, nuestra obligación será participar en las convocatorias también de otras reuniones más inclusivas, cuando sea necesario, o intentar revitalizar las que ya estén normalizadas: las asambleas vecinales o ciudadanas1 —ya sean estas de barrio, de pueblo, de comunidad indígena local o de mancomunidad de municipios— y tratar de constituir un nuevo “poder de la democracia”. Podemos aprender de ejemplos como las de Rosario (Argentina) en 2001, las de Quito (Ecuador) en 2005, las que surgieron en todo el Estado Español a raíz del 15M de 2011 o las que se han ido articulando por el planeta con el paso de los años. En estas asambleas, además de practicantes de esta nueva confesión, también han de participar cristianxs, musulmanxs, judíxs, hinduistas, adeptxs de cualquier religión teísta o lxs que no profesen ninguna. De ellas podrían salir delegadxs para formar una asamblea local, de esta para una autonómica, regional o estatal —en caso de Estados federados— y, a su vez, de esa para una estatal nacional o federal. Unas reuniones que tienen que ser periódicas, no como las extraordinarias Asambleas Ciudadanas para el Clima2 que también han de servir de ejemplo. 

Igual que parece inteligente hacer coincidir en el tiempo los Encuentros Asamblearios del Infinito con los días asignados semanalmente a las festividades religiosas hegemónicas, sería deseable que se estos encuentros se llevasen a cabo un día diferente de aquel en el que tenga lugar la asamblea vecinal o ciudadana. 

Quienes formemos parte de la Congregación del Infinito, hemos de ayudar en la convocatoria periódica (lo idóneo sería con una frecuencia semanal) de las asambleas vecinales o ciudadanas para toda la comunidad y difundir —ya sea con carteles, nuestras RR.SS. o cualquier otro medio— sus convocatorias. Tenemos que tomar el rol de facilitadorxs o azafatxs en estas asambleas.

Es conveniente que nuestros Encuentros Asamblearios del Infinito, sean reuniones de pequeño tamaño, ajustadas como máximo a unas 150 personas, o sea al número de Dunbar3, y utilizar mecanismos de confederación para dimensiones más grandes. Parece prudente encontrarse de forma oculta y comunicarlo después, sin mencionar el nombre de quienes han acudido, para aquellxs que no deseen “salir del armario”. También será necesario hacerlo escondiéndose en todos los lugares donde no esté garantizada la seguridad de sus integrantes. 

Podrían constituirse en foros en los que reunirse semanalmente para discutir y elaborar estrategias con el fin de mitigar, paliar y adaptarse a las diversas amenazas, como el caos climático, la crisis energética, la de materiales, el brutal descenso en la biodiversidad, el aumento en la producción de desechos y contaminación que requiere una economía que necesita estar en constante crecimiento o cualquier otro tema que está causando o es causado por la emergencia ecológica. También para compartir experiencias de discriminación (solo si a lx afectadx le apetece) y discutir acerca de machismo, racismo, LGTBfobia, capacitismo, xenofobia… Aun en el caso de que no se llegase a consenso alguno convendría tomar acta de ellas para reflejar, al menos de manera aproximada, por donde han ido las discusiones. El objetivo real es crear una comunidad cohesionada, incluso sabiendo que dentro de ella van a aparecer diferentes cosmovisiones. 

En dichas asambleas participaría cualquiera que no se haya dejado seducir por las promesas de los teísmos, independientemente de lo que pueda creer que encierra la palabra infinito. Podrían intervenir personas materialistas, ateas, agnósticas, deístas o panteístas y las que tengan creencias espiritualistas, en energías o en reencarnaciones. Igualmente podrían hacerlo quienes crean en determinados espíritus de la naturaleza aunque los llamen dioses. La finalidad no es crear un movimiento anti-teísta, sino de construir una alternativa no teísta.

En el presente, es una práctica habitual, después de cada reunión de un grupo, sindicato o asociación, quedarse bebiendo en un bar, para favorecer la creación de una comunidad en base a la camaradería. Que a partir de nuestros eventos se construya una es el principal motivo por el que se van a producir los Encuentros Asamblearios del Infinito. Sin embargo, esta colectividad resultaría demasiado sectaria si se ciñese solo a lxs que formasen parte de esta entidad religiosa no patriarcal. Convendría aprovechar también la diversidad que encontramos en las asambleas vecinales o ciudadanas y conseguir que se formasen otras allí.

1 Es destacable que no hace falta tener ningún tipo de documento identificativo oficial para participar en ellas, al contrario de lo que ocurre en las elecciones municipales, insulares, autonómicas, generales o europeas. En consecuencia, será posible que lxs que se encuentran en situación administrativa irregular se expresen allí.

2 Entre 2021 y 2022 tuvieron lugar en el Estado Español y en otros de la UE las Asambleas Ciudadanas por el Clima. En ellas se hicieron varias recomendaciones para cada país pero no tenían un carácter vinculante.


3 El antropólogo Robin Dunbar (1947) elaboró en los 90 del siglo XX una teoría según la cual 150 es la cantidad de personas con las que podemos mantener relaciones significativas, más allá de considerarlas simples conocidas.