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La vida en el centro (1/3)

La ética de la religión del Infinito, sobre una base de respeto a los derechos humanos (y de todos los seres vivos), se construye en torno al hecho de poner la vida en el centro de las relaciones humanas (y con otros seres vivos).

Poner la vida en el centro es algo que tradicionalmente han hecho las mujeres. Al contrario que las religiones viejas (también en las no teístas), tan imbuidas del sistema patriarcal, lo que hace que nos encontremos en ellas con mucha misoginia, la religión del Infinito sólo puede ser feminista y ecologista. Hoy en día no se podría desarrollar ningún movimiento que no fuese ambas cosas porque sería ir contra la propia Humanidad.

Desde el inicio de la Historia, los hombres, que eran los que mandaban, dieron (no quiero incluirme en este caso) más importancia al trabajo productivo que al trabajo reproductivo, que se desarrollaba en el hogar y estaba a cargo de las mujeres. Cuando ellas se han incorporado de forma masiva al mundo laboral fuera de casa, se ha producido una gran crisis en el trabajo de cuidados. Esta crisis se ha ido parcheando con medidas para fomentar la conciliación en el empleo, recurriendo a personas de la familia (a menudo mujeres) que no trabajan fuera de casa, como abuelas, tías, etc., o con gente asalariada (suelen ser mujeres y no hombres) para realizar las tareas domésticas y para ocuparse de quienes requieren cuidados. Estos empleos a menudo son precarios y suelen estar mal pagados. Poner la vida en el centro significa, entre otras cosas, concederle al trabajo reproductivo la importancia que se merece y fomentar la conciliación de la vida familiar con la laboral.

Poner la vida en el centro igualmente significaría proteger el medio ambiente y la vida de animales y plantas. Se habla de hacerlo para “salvar el planeta” pero es más bien para salvar a la Humanidad. Como explica Jorge Riechmann:

La Tierra no nos necesita a nosotros: nosotros necesitamos a la Madre Tierra. La vida como fenómeno biológico es extremadamente resistente (los biólogos hablan en este contexto de resiliencia, con un término que toman prestado de la psicología): ni siquiera la peor catástrofe imaginable causada por seres humanos -”antropogénica”, por emplear un término que oímos a veces-, una guerra nuclear generalizada, acabaría con las formas más sencillas de vida y la evolución continuaría luego su curso. Las bacterias seguirán ahí: son las posibilidades de vida buena para los seres humanos, e incluso nuestra mera existencia, lo que está amenazado.”1

Al mismo tiempo fomentaremos un culto a la clorofila. Esta sustancia es la responsable de que las plantas fijen el dióxido de carbono del aire y nos devuelvan oxígeno, lo que reduce este peligroso gas de efecto invernadero, principal responsable del cambio climático. El culto a la clorofila se puede concretar en un amor por los bosques y las selvas. Restaurar los ecosistemas destruidos por siglos de acción humana es una acción que ayudaría a fijar el dióxido de carbono que hay en el aire.

Habría que conseguir que la ONU publicase una Declaración de Derechos de los Seres Vivos que complemente a la Declaración de Derechos Humanos.

Además habría que dejar de fomentar el desarrollo económico a costa de la naturaleza. El ser humano es ecológicamente dependiente. No puede vivir, como lo cuenta Yayo Herrero, “emancipado de ella”:

Occidente ha conformado a través de la historia una noción de Progreso que hace creer que es posible vivir como individuos aislados, emancipados de la naturaleza y desresponsabilizados del cuidado de quienes nos rodean. Esa triple emancipación es ficticia y sólo se pueden beneficiar de ella algunos sujetos, mayoritariamente hombres, pero el analfabetismo ecológico generalizado, el mito del crecimiento exponencial -imposible en un planeta con límites físicos- y la fe tecnológica que hace creer que siempre se inventará algo que resuelva todos los problemas, incluso los que la misma tecnología provoca, hace mirar a otro lado cuando llegan noticias y señales de la crisis civilizatoria que atravesamos”2

Poner la vida en el centro sería además evitar las muertes de personas migrantes en todo el globo y, especialmente, en el Mediterráneo y en la frontera sur de EE UU. Tendría que haber en los mares y océanos más barcos de salvamento.

Se podría optar por reducir la diferencia entre los países súper ricos y aparentemente garantes de los derechos humanos y los que son más pobres, en los que frecuentemente encontramos situaciones de violencia, y así las personas no se vieran forzadas a dejar su casa, abordando de raíz el drama. Pero mientras lo conseguimos, deberíamos acoger a las personas que migran a los países del primer mundo que no vienen ni a “quitarnos el trabajo” ni a “vivir de los subsidios”, como a menudo escuchamos que dice la gente. Los grandes flujos migratorios se van a seguir produciendo, la migración en los próximos años va a aumentar. Entre otras cosas lo hará por el desigual impacto del cambio climático. Lo que estamos consiguiendo poniéndoles dificultades a quienes migran, es que mueran más personas al intentar de una manera desesperada llegar a nuestras tierras. Pero no sólo tendríamos que ponérselo más fácil a las personas que lo hacen, del mismo modo deberíamos revisar nuestros sistemas democráticos para que quienes tienen otro pasaporte no sean considerades ciudadanes de segunda clase y puedan ejercitar libremente su voluntad política.

1 Jorge Riechmann. ¿Derrotó el “smartphone” al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnólogico… Pensando en alternativas. Los libros de la catarata: Madrid, 2016.

2 Yayo Herrero: Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global. En: Por qué las mujeres salvarán el planeta. Varias Autoras. Rayo Verde: Barcelona, 2019.

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La vida en el centro (2/3)

No hay un alma inmortal ni otro mundo en el que pudiésemos existir eternamente, como predican las grandes y viejas religiones, de modo que hay que vivir en este y proteger la vida. Actualmente la que se desarrolla sobre el planeta Tierra tendrá que lidiar con una crisis climática, que es la más grande pero no la única de las amenazas a las que nos enfrentamos. Si realmente queremos que se mantenga la vida en este planeta, las personas tenemos que empezar a actuar de otra manera, de forma que gastemos menos recursos naturales y que emitamos menos gases de efecto invernadero. No podemos seguir residiendo a tanta distancia de los lugares a los que vamos a diario, lo que nos obliga a desplazarnos varios kilómetros para llegar a ellos, ni seguir viviendo tan lejos de los lugares de producción de nuestros alimentos, lo que hace que estos tengan que recorrer muchos kilómetros hasta los supermercados.

Once mil científiques firmaron en noviembre de 2019 un artículo en el que se declaraba la emergencia climática mundial.

La crisis climática está estrechamente vinculada al consumo excesivo del estilo de vida rico. Los países más ricos son los principales responsables de las emisiones históricas de GEI (gases de efecto invernadero) y generalmente tienen las mayores emisiones per cápita”1

La humanidad se va a ver forzada a reducir los gases de efecto invernadero y esto tendrá consecuencias en industrias que emiten grandes cantidades como la cárnica o en los productos de la industria de la automoción y de la industria aeronáutica. Las aerolíneas y el turismo, que ya están pasándolo mal, también se resentirán por esto, con lo que es posible que suframos otra crisis, que se añadiría a la que ha producido la COVID-19, y de la que sólo podremos salir con más agroecología y volviendo a los pueblos desde las ciudades. Es fácil que pasemos de una crisis a otra, por lo que debemos adoptar modelos que favorezcan la ayuda mutua, en vez de los individualistas que se impusieron desde la segunda mitad del siglo XX.

Al cambio climático hay que añadir la contaminación y la destrucción de los hábitat, hechos que están provocando la extinción de numerosas especies de animales y plantas en lo que se conoce ya como la Sexta Gran Extinción.

En vez de dedicar tanto esfuerzo y dinero para muchas cosas ecológicamente dañinas, deberíamos preocuparnos más por mitigar el caos climático que estamos provocando y por solucionar la falta de equilibrio que supone vivir en un planeta con recursos finitos mientras la economía nos exige un crecimiento infinito. Este desequilibrio está causando ya muchos problemas como la contaminación ambiental o la enorme disminución de todo tipo de recursos, y puede suponer la causa del final de una civilización basada en el crecimiento económico. Así lo cuenta Vandana Shiva con ocasión de la crisis del coronavirus:

Los pronósticos de los científicos establecen que si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar. Nuestra extinción será una más de las 200 que se producen a diario. Nos vamos a convertir en una especie en peligro de extinción por la avaricia, arrogancia e irresponsabilidad humanas.

Todas las emergencias que en la actualidad ponen en peligro vidas tienen su origen en la visión mecanicista, militarista y antropogénica de los humanos como seres al margen de la naturaleza, como amos y señores de la tierra que pueden dominar, manipular y controlar a otras especies como fuentes de beneficio. También tienen su origen en un modelo económico que considera los límites ecológicos y éticos como obstáculos que se deben superar para aumentar el crecimiento de los beneficios empresariales. En ese modelo no caben los derechos de la Madre Tierra, los derechos de otras especies, los derechos humanos, ni los de las generaciones futuras. Durante esta crisis y la recuperación tras el confinamiento, necesitamos aprender a proteger la tierra, su clima, los derechos y los hábitats de las diferentes especies, los derechos de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los agricultores y agricultoras y de los trabajadores y trabajadoras.2

La vida está siendo acosada en nuestro planeta. Las personas que nacen ahora se van a encontrar con un profundo cambio climático, con una naturaleza contaminada, con la amenaza de las armas nucleares, con el cierre de zonas por alta radiactividad, con una cada vez menor biodiversidad debido a la desaparición y gran reducción de ejemplares de animales3 y plantas y con una mayor escasez de energías y materiales. Esto es muy injusto. Deberíamos vivir de otra manera para ocasionar la menor cantidad de agresiones posibles al medio ambiente. No vamos a revertir el cambio climático en unos pocos años pero podemos hacer que no vaya a más y luchar contra las demás amenazas a la vida.

Deberíamos construir comunidades resilientes, feministas, antirracistas, en las que las personas LGBTIQ+ y aquellas con diferentes capacidades nos sintamos a gusto, que redujesen sus emisiones de gases de efecto invernadero y resistiesen los daños provocados por el cambio climático. En ellas deberíamos poner la vida en el centro y cuidarnos unas personas a otras. Tareas que tradicionalmente han sido asumidas por las mujeres, como son las de cuidados, deberían ser asumidas por toda la comunidad.

Para que todo ello funcione debemos aprender a vivir con menos. Hay que seguir el ejemplo de les quechuas con la sumak kawsay4 y de les aymaras con la suma qamaña que son dos formas de hacerlo que priman el buen vivir frente al consumir.

Además, la vida suele estar más amenazada en aquellos lugares en los que hay más personas pobres. Es un hecho que las personas no somos tratadas como iguales en el mundo, ni tenemos las mismas oportunidades. Igualmente es un hecho que si se tiene que producir un desastre medioambiental, las élites prefieren que suceda en un país pobre.

La religión del Infinito tiene que proteger la vida en general, tanto la del planeta como la de los seres humanos. Una herramienta muy útil para ello son los Derechos Humanos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Sin embargo, que la vida se sitúe en el centro no significa que esta religión se oponga al derecho al aborto. Ante un estado de gestación, la vida que se pone en el centro es la de quien va a experimentarlo que tendrá que decidir si va a interrumpir su embarazo o si quiere continuar con él.

1 Artículo donde se declara la emergencia climática en la revista Bioscience https://academic.oup.com/bioscience/advance-article/doi/10.1093/biosci/biz088/5610806?searchresult=1

2 Vandana Shiva: Un virus, la humanidad y la tierra. Artículo aparecido en el periódico indio Deccan Herald y luego en el Estado español en el blog “El rumor de las multitudes” del periódico El salto. https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/un-virus-la-humanidad-y-la-tierra

3 Es notable la reducción de insectos, con la pérdida de las funciones polinizadoras que desarrollan.

4 Para más información recomiendo el texto de Guadalupe Rivadeneira Núñez alojado en el sitio de Wikipedia de la Sumak Kawsay: Sumak Kawsay – Espléndida existencia – Buen vivir https://web.archive.org/web/20161220181201/http://condesan.org/mtnforum/sites/default/files/comments/files/SUMAK KAWSAY-Guadalupe Rivadeneira.pdf

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La vida en el centro (3/3)

Los conceptos clásicos de las religiones teístas suponen un rechazo de esta vida que conocemos en favor de otra supuesta vida después de la muerte. Nieztsche, en su Ecce Homo escribe:

El concepto de «Dios» fue inventado como antítesis de la vida: concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y difamador, todo el odio contra la vida. El concepto de «más allá», de «mundo verdadero», fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ningún quehacer. El concepto de «alma», de «espíritu», y, en fin, incluso de «alma inmortal», fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo —volverlo «santo»—, para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece seriedad en la vida, a las cuestiones de la alimentación, vivienda, régimen intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima”.1

La religión del Infinito sólo puede creer en la paz, al contrario que las grandes y viejas religiones, que creen en el concepto de guerra santa, un concepto anterior a la aparición del cristianismo y el islam. Como dice Michel Onfray: “A los palestinos [Dios] les prometió la destrucción total, la guerra santa según la expresión aterradora hipermoderna del libro de Josué (6:21)2 Además, las guerras de religión (muchas veces entre distintas sectas dentro de una misma creencia), han causado numerosas víctimas a lo largo de la Historia en todo el mundo. Esta religión no debe provocar guerras, que, además, nunca podrán ser ni santas ni justas.

Se trata, como pedían hace cincuenta años John Lennon y Yoko Ono encamados, de darle a la paz una oportunidad. Es mejor resolver los conflictos con resistencia pasiva, desobediencia civil y con acciones no violentas.

La justicia también es algo indispensable para la religión del Infinito. Se trata de poner la vida en el centro pero, como diría Yayo Herrero: “una vida que merezca la pena ser vivida”. Es intolerable que haya gente que lo tiene todo y gente que tiene tan poco. Tiene que existir alguna forma de justicia redistributiva.

Vivimos en una realidad muy complicada, presidida por el horizonte de la muerte. La muerte sería lo contrario de la vida. Pero en el fondo es parte de ella. No pueden existir una sin la otra. Tenemos que morir para dejar sitio a las generaciones posteriores. No nos deberíamos indignar con la vejez, ya que envejecer es lo natural.

Quizás la lógica nos puede ayudar a aceptar la muerte: si mueres es porque antes estabas vive. Y si estás vive es porque has nacido. Luego lo nacido tiene que morir tarde o temprano. Si tenemos en cuenta el tiempo geológico o el del universo, la existencia media de los seres humanos es en realidad efímera. Antes de nacer estábamos muertes, después de vivir lo volveremos a estar. Hoy en día la muerte de les demás se vive como un suceso terrible. La experiencia de las personas que quedan vivas es que quien se muere desaparece. Pero deberíamos tomarlo más a la ligera. Y más aún en un contexto de superpoblación. Es algo que aunque no nos guste, ocurre. La naturaleza necesita que mueran quienes antes han nacido.

Los seres vivos nacen, crecen, envejecen y mueren. Algunes no tenemos deseo de reproducirnos, y mucho menos en un contexto de superpoblación en el planeta Tierra (reproducirse en esta situación no es una necesidad). No creo que sea indispensable que una persona se reproduzca para madurar plenamente y no ser egoísta.

En nuestras sociedades damos por sentado que la familia es donde unas personas buscan el bien de otras y las cuidan. Pero no todas las familias son iguales. Muchas se convierten en algo tóxico con el tiempo, si no lo eran ya desde su inicio. Existen otras formas de solidaridad que no son las que se producen en las familias más generosas. Habría que trabajarlas más. Hay uniones de personas por simpatía en vez de por parentesco (elegidas en lugar de predeterminadas) que pueden resultar igual o más satisfactorias. Además, existen uniones solidarias, por voluntad propia, sin necesidad de que existan ni simpatía, ni afinidad ni consanguinidad, como por ejemplo, los sindicatos.

Sería positivo que se animasen más personas (y espero que en el contexto de la religión del Infinito lo hagan) a vivir en comunidades. Sería una unión para la convivencia similar a la de les monjes/as pero sin normas obligatorias sobre relaciones afectivas, sexuales y descendencia porque estás actividades no se pueden prohibir aunque las religiones viejas lo hagan. Son un asunto de Derechos Humanos.

No creo tampoco en esa idea que viene a decir que las mujeres solamente lo son verdaderamente cuando se convierten en madres (gestando o no). La reproducción es una posibilidad que tiene la mayoría de la gente pero no es algo que estemos obligades a llevar a cabo. No tenemos porqué hacerlo. La Humanidad no se va a extinguir si dejamos de hacerlo. Más bien podría pasar al contrario.

Es obvio que muchas personas prefieren reproducirse y así tener su propia descendencia o adoptar o acoger niñes, ya que es para lo que hemos sido educados/as. Se nos ha inculcado la tendencia a reproducirnos como sea. De todas formas, con los modelos de maternidad y paternidad que se imponen en el primer mundo es imposible aumentar mucho la tasa de natalidad, lo cual no es tan mala noticia para La Tierra. Parece más lógico que la enorme población existente se distribuya por el planeta que intentar elevar la tasa de natalidad en los países ricos.

Proteger la vida es algo muy importante. Existe una teoría, la hipótesis Gaia, que sostiene que la vida en el planeta Tierra forma un superorganismo compuesto por todos los organismos vivos. Fue desarrollada por el químico James Lovelock al que se unió después la bióloga Lynn Margulis, y explica que dicho superorganismo regula las reacciones del planeta. Por tanto, la gran transformación que estamos produciendo y que provoca el cambio climático está dañando a Gaia. Y ella, en el fondo, no necesita de los seres humanos para seguir existiendo.

Las religiones teístas no suelen poner la vida en el centro, más bien ponen la muerte en el centro.

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.”3

Algunas sectas de estas religiones viejas, en concreto de la cristiana (que es la que mejor conozco), desean que llegue pronto el Juicio Final y por consiguiente la muerte del mundo, para que todes podamos disfrutar de la presencia de Dios/Jesús. Seguramente durante la crisis del SARS-COV-2 estén sintiendo que este momento está cerca. Supongo que en otras culturas pasará lo mismo con otras religiones.

Las grandes religiones monoteístas se basan en prometer una vida tras la muerte en un paraíso al tiempo que desprecian esta, que es la única de la que tenemos certeza. Deberíamos seguir intentando que no fuesen hegemónicas. Inventarse una nueva es otro medio de hacerlo.

1 Friedrich Nietzsche: Ecce Homo.Madrid : Tecnos, cop. 2017

2 Michel Onfray: Tratado de ateología. Física de la metafísica. Barcelona: Anagrama , 2006.

3 Op. Cit. p.83.

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La inmensidad del universo (1/3)

Las personas que mejor pueden hablar del universo son las que se dedican a la astronomía, muchas de las cuales son doctores/as en astrofísica. Yo me he documentado para mostrar lo grande que es. Pero no soy doctor, ni siquiera estoy graduado en esa materia.

La galaxia más lejana se llama GN-z11 y fue detectada por el telescopio espacial Hubble en el año 2016 a 13.400 millones de años luz, se formó 400 millones de años después de que sucediese el Big Bang1. Les astrónomes han calculado una esfera de un radio de 46.500 millones de años luz alrededor de la tierra como el máximo universo observable en el futuro. Hoy en día ese radio es mucho más pequeño, alrededor de unos 13.800 años luz, lo que la luz ha podido recorrer a su edad actual, y dentro de miles de millones de años llegará a esa cifra tope. Debido a la expansión del universo, los objetos que se ven más distantes están ahora todavía más lejos y entre los que están a una distancia mayor que esos 46.500 millones de años luz y la Tierra, el espacio se está expandiendo a velocidades mayores que la de la luz (nada puede superar la velocidad de la luz en el espacio salvo el espacio mismo) con lo cual, la luz que sale de ellos nunca llegará a nuestro planeta. Podemos observar que el universo es inmenso.

La distancia promedio a la que se encuentra el sol es de 149.597.870.700 metros, siendo alrededor del 4 de Enero el momento en el que la Tierra está más cerca del Sol y alrededor del 4 de Julio el momento del año en que se encuentra más lejos. La distancia promedio del Sol a la Tierra es la Unidad Astronómica y esta medida de longitud equivale a 0,00001581 años luz. O sea, la luz del Sol tarda ocho minutos en llegar a nuestro planeta. La estrella más cercana está a una distancia de cuatro años luz. El universo es tan grande que el año luz es una medida que se queda pequeña para medir la distancia. La galaxia más cercana, Andrómeda, se encuentra a 2,5 millones de años luz. En el futuro, se prevé que esta galaxia choque con la nuestra, la Vía Láctea, formando una supergalaxia, Milkdrómeda, pero no se espera un choque violento por lo lejos que están, en ambas galaxias, unas estrellas de otras.

Con estas distancias, es un poco ridículo que un ser que se muere sobre los ochenta años explore, no ya el universo sino sólo la Vía Láctea. Cuando en las narraciones sobre el espacio se pretende salvar este problema con el recurso de la hibernación resulta, cuando menos, bastante ingenuo. El gran problema para hacer viajes a otro sistema solar es la enorme distancia que habría que cubrir. Es una dificultad mucho mayor que la que se encontraron los primeros seres humanos que se internaron en el mar y navegaron. Alfa Centauri, compuesto por tres estrellas, es el sistema más cercano a la Tierra y está a 4,37 años luz, o sea a 41,3 billones de kilómetros de distancia. Aunque se han encontrado planetas en este sistema, todavía no se ha hallado ninguno en la zona de habitabilidad (zona de un sistema solar en la que la luminosidad de su estrella produce en los planetas que la circundan temperaturas que permiten la vida). No se puede superar la velocidad de la luz, así que las posibilidades de la travesía espacial son muy limitadas. Es más que probable que el ser humano sea incapaz de salir del sistema solar y encontrar otro planeta en el que vivir. Tenemos que asumir que no hay planeta B así que no podemos continuar dañando el mundo en el que vivimos, a menos que queramos suicidarnos y acabar con la mayoría de las especies del planeta. La gente está empezando a descubrir lo que ya sabían en las organizaciones ecologistas: que el ser humano y la naturaleza son interdependientes.

El universo es inmenso e inabarcable. Así escribía Margherita Hack:

Cuando hablamos de universo entendemos «el conjunto de todo lo que existe», o sea de todo lo que es observable, sobreentendiendo, no obstante, que pueda ser incluso mucho más extenso, infinito, inaccesible para nuestros instrumentos. Pero ¿estamos seguros de que es así? Los antiguos estimaban que el universo era una esfera en cuyo centro estaba la Tierra, luego el Sol y el sistema solar; a principios del siglo XX nos preguntábamos si la Via Láctea abarcaba todo el universo, y luego se han descubierto miles de millones de otras galaxias. Hoy nos preguntamos si el universo es verdaderamente todo lo que existe, o es sólo uno entre infinitos otros: si las leyes físicas que hemos descubierto fatigosamente son verdaderamente universales, o en regiones inconmensurablemente lejanas pueden ser distintas. Una pregunta a la que nunca podremos responder, porque por definición cualquier otro universo estaría fuera de nuestro observable. Sin embargo, la idea de que el nuestro sea solo uno entre tantos universos, no se puede descartar.”2

Los antiguos filósofos griegos atomistas, Demócrito y su maestro Leucipo de Mileto desarrollaron la teoría de que toda la materia estaba construida por diferentes elementos indivisibles e imperceptibles que Demócrito llama átomos. Adopta así una teoría materialista en la que no es necesario ningún dios para nuestra existencia. Según estas teorías todo el universo estaría hecho de lo mismo así que habría otros mundos pero estarían constituidos por los mismos átomos.

El filósofo Epicuro incorporó a su cosmovisión las ideas atomistas al tiempo que dudaba de la existencia de los dioses. Desarrolló una ética basada en el hedonismo y en la ausencia de dolor en la vida. Por ello fue muy criticado posteriormente por una religión tan ascética como es el cristianismo.

Varios siglos después de la existencia de estos filósofos griegos, el poeta romano Lucrecio escribe De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), como homenaje a Epicuro. En el texto se puede leer:

Cuando la humana vida a nuestros ojos oprimida yacía con infamia en la tierra por grave fanatismo que desde las mansiones celestiales alzaba la cabeza amenazando a los mortales con horrible aspecto, al punto un varón griego [Epicuro] osó el primero levantar hacia él mortales ojos y abiertamente declararle guerra: no intimidó a este hombre señalado la fama de los dioses, ni sus rayos, ni del cielo el colérico murmullo. El valor extremado de su alma se irrita más y más con la codicia de romper el primero los recintos y de Natura las ferradas puertas.”3

El cristianismo de los mundos romano y medieval persiguió especialmente las ideas atomistas. No le gustaban estas ideas porque fomentan una visión materialista del mundo. No toleró durante muchos siglos la expresión de ellas.

Sin embargo, Nicolás de Cusa, filósofo y teólogo alemán que llegó a cardenal y que conocía los trabajos de los atomistas griegos, entre sus numerosos escritos, ya señala en el siglo XV la posibilidad de que las estrellas sean soles que tengan mundos a su alrededor y que algunos de ellos puedan estar habitados. Su inspiración en las ideas de los atomistas griegos es evidente.

Nicolás Copérnico, a principios del XVI, propone un modelo en el que la Tierra no es el centro de la creación, como era asumido comúnmente hasta entonces, sino que orbita en torno al sol4 como el resto de planetas conocidos hasta aquella fecha.

Giordano Bruno, igualmente en el siglo XVI, es un filósofo que conoce las ideas de Copérnico, Nicolás de Cusa y los atomistas griegos y desde ellas elabora un sistema panteísta en el que el universo es infinito (por lo tanto no tiene centro) y las estrellas son soles como el nuestro con mundos habitados a su alrededor. Presenta y difunde su modelo en diferentes universidades europeas, entre ellas las de lugares donde ha cuajado la reforma cristiana, como la Universidad de Ginebra o la de Oxford. Tras sus viajes, vuelve a lo que hoy consideramos Italia (no se unificó hasta 1870) y es detenido por la Inquisición en Venecia. Extraditado a Roma, pasa años en prisión en los que es torturado y se le ofrece retractarse. No lo hace y finalmente es relajado, o sea es entregado a los poderes civiles para que procedan a su ejecución. Le queman vivo en la plaza Campo dei Fiori en 1600. Allí hay una estatua que le recuerda. En su obra Del infinito: el universo y otros mundos escribe:

“Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos siete (planetas) girar en torno a este sol que está cerca de nosotros”5.

1 Dato mostrado en la página Space Place de la NASA:

https://spaceplace.nasa.gov/light-year/sp/#:~:text=En%20el%20a%C3%B1o%202016%2C%20el,a%C3%B1os%20despu%C3%A9s%20del%20Big%20Bang.

2 Margherita Hack Mi infinito. Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea. Barcelona: RBA, 2012.

3Tito Lucrecio Caro. De la naturaleza de las cosas. Orbis: Barcelona, 1985.

4 El astrónomo y matemático griego Aristarco de Samos (310 a.c.-230 a.c.) ya había propuesto muchos siglos antes un modelo heliocéntrico del sistema solar. Este modelo fue aceptado por muches filósofes y científiques grecolatines posteriores a él, como Hipatia de Alejandría.

5 Giordano Bruno. Del infinito: el universo y otros mundos (traducción y notas de Miguel Á. Granada) Tecnos: Madrid, 2019.

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La inmensidad del universo (2/3)

Hoy en día se han descubierto multitud de planetas extrasolares y lo lógico es pensar que muchas estrellas los tienen. En la moderna astronomía, el principio de Copérnico dice que ni el sistema solar está en el centro de la Vía Láctea ni nuestro planeta ocupa un lugar especial en el universo.

El principio cosmológico es una hipótesis que explica que a suficiente distancia el universo se muestra como isótropo y homogéneo. “La isotropía significa que sin importar en qué dirección se esté observando, veremos las mismas propiedades en el Universo. La homogeneidad quiere decir que cualquier punto del Universo luce igual y tiene las mismas propiedades que cualquier otro punto dado.”1

Y el principio de mediocridad señala que, las condiciones que se han dado en la Tierra para que apareciese la vida, de igual modo han ocurrido y ocurrirán en algunos de los otros planetas, con lo que es lógico pensar que pueda haber vida en ellos. Carl Sagan, astrofísico y fundamental divulgador de la ciencia, que gracias a los documentales Cosmos mostró los secretos del universo a la gente que veía la televisión, fue un gran defensor del principio de mediocridad. Trabajó para la NASA incorporando a las sondas Voyager un disco de oro con los sonidos de la Tierra. Precisamente a partir de una fotografía tomada por la sonda Voyager 1 del planeta Tierra el 14 de febrero de 1990, aproximadamente a seis mil millones de kilómetros del planeta, escribió su obra Un punto azul pálido. En ella escribe:

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.”

Y más adelante en la misma obra:

Miremos ese puntito [la Tierra] el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación? ”2

Entonces, ante la pregunta sobre si la humanidad constituye la única civilización en la galaxia la respuesta es “claro que no”, pero eso plantea lo que se conoce como Paradoja de Fermi. La paradoja de Fermi establece que dada la cantidad de estrellas que hay en la Vía Láctea y de planetas aptos para la vida que las orbitan, tienen que existir varias civilizaciones extraterrestres. Alguna nos tendría que haber visitado ya y haberse dado a conocer. Sin embargo, ni siquiera hemos encontrado una transmisión de radio de alguna de esas civilizaciones con los proyectos SETI3. Hay una serie de hipótesis que intentan responder al enigma de que esto no haya sucedido. Igual es que las distancias son demasiado grandes para hacerlo; que los recursos naturales de esos planetas no dan para los viajes interestelares; puede que haya un gran filtro que impida que las civilizaciones lleguemos nunca a desarrollarnos tanto como para realizar viajes interestelares y conocer civilizaciones en otros planetas; podrían habernos localizado pero mantenerse a distancia hasta que nuestra civilización esté más desarrollada, etc. Hay gente que niega una de las premisas de esta paradoja: no sólo nos estarían visitando varias civilizaciones extraterrestres sino que además abducirían a algunas personas, hecho que estarían investigando diversas agencias gubernamentales pero tendrían un pacto de silencio que funcionaría pese a las ambiciones internacionales de cada Estado.

Hay muchas personas que tampoco comparten el otro punto de partida. Para ellas no existe la Paradoja de Fermi sencillamente porque somos la única civilización de la galaxia. La vida sería algo que se produce de manera muy poco probable y por eso ni hemos recibido ninguna visita ni hemos captado ninguna transmisión. Para les defensores/as de esta teoría la Tierra sería un lugar único. A mí esta teoría me recuerda mucho a la idea de “pueblo elegido por Dios”. Seguramente, la vida en el universo sea algo mucho más difícil de darse que lo que se pensaba en la época de Carl Sagan, pero eso no significa que la nuestra sea la única civilización que exista.

1 Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Principio_cosmológico

2 Carl Sagan: Un punto azul pálido.Planeta: Barcelona, 2003

3 SETI es el acrónimo en inglés de Search for Extra Terrestrial Intelligence (búsqueda de inteligencia extraterrestre). Hay muchos proyectos SETI aunque los primeros surgieron en la década de 1970 bajo el patrocinio de la NASA. Uno de los proyectos más conocidos, SETI@home, está siendo apoyado por millones de personas de todo el mundo mediante el uso de sus computadoras personales, que procesan la información capturada por el radiotelescopio de Arecibo, emplazado en Puerto Rico y desmantelado en 2020, tras sufrir accidentes que comprometían su estructura.

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La inmensidad del universo (3/3)

Por supuesto que el planeta en el que vivimos es muy especial y que se dan muchas condiciones aparentemente únicas para que la vida surja en él y se mantenga, pero el número de mundos (planetas y satélites) habitables en la galaxia y en el universo es tan apabullante que es fácil llegar a la conclusión de que la de la Tierra no puede ser la única forma de vida inteligente y capaz de comunicarse de la Vía Láctea. Y mucho menos en el universo. Algunas de esas formas de vida serán inteligentes. Las “condiciones únicas” del planeta Tierra para que surja la vida, aunque no lo podamos comprobar, seguramente no lo sean tanto. Se calcula que la Vía Láctea tiene entre 200.000 millones y 400.000 millones de estrellas, y que muchas tienen planetas y satélites habitables. La probabilidad nos dice que esta excepcionalidad de nuestro mundo es irreal.

Realmente podríamos desaparecer en un instante por un cambio en la órbita terrestre, el desplazamiento del sistema solar hacia una fuente de radiación cósmica, la colisión con un planeta o estrella errante, etc. Por eso, mientras tales fenómenos no sucedan, me parece un despropósito dedicar nuestro tiempo y nuestros esfuerzos a adorar a un ser imaginario.

La hipótesis de la panspermia dice que la vida en el planeta Tierra surgió a partir de material contenido en meteoritos procedentes de cometas. Estos irían difundiendo la vida por el universo. En las diferentes galaxias debe de haber enormes cantidades de civilizaciones parecidas a la de los seres humanos, si no las hay iguales.

Las galaxias tienen entre 107 y 1014 estrellas y muchas disponen de planetas y satélites capaces de albergar vida. En el universo observable se calcula que hay 2∙1012 galaxias. Es muy presuntuoso pensar que en un rincón de la Vía Láctea, en un planeta llamado Tierra, el tal Dios le dio unas tablas con los diez mandamientos a un señor llamado Moisés o se hizo carne en la figura de Jesucristo en una zona denominada Palestina. La vieja leyenda palestina además es algo que privilegia a los seres humanos (a los que Dios hizo a su imagen y semejanza) sobre el resto de seres del planeta. Creer en esto es caer en una especie de geoetnocentrismo especista.

En la versión más ecuménica del cristianismo, Dios se habría revelado en los diferentes países del mundo a través de sus religiones. Pero pensar en un dios revelándose a todas las civilizaciones del universo y encarnándose en algunas de ellas parece tan increíble como irrisorio.

Lo mismo que ocurre con la vieja leyenda palestina sucede con el varias veces milenario mito hebreo, el vetusto relato mahometano o la antiquísima historia hindú. Puede que hace más de mil años consiguieran explicar la realidad pero ya no. Solo tenemos a la ciencia para ir explicando parcelas de ella.

El universo es tan inmenso que en otras galaxias podría haber planetas muy similares a La Tierra en donde, de la misma forma, podrían haber evolucionado seres humanos. Son tantas y se encuentran a tanta distancia que es algo nunca podremos descartar.

La opinión mayoritaria entre las personas que se dedican a la astronomía es que es infinito, en cuyo caso habría infinitas galaxias, pero hay quien sostiene que es finito pero que hay infinitos universos, lo que igualmente incluiría infinitas galaxias.

Seguramente el Big Bang (algo que recuerda a la Creación del Génesis) no sea el inicio de todo, probablemente hubiera antes de éste otro universo, otro con anterioridad y así infinitamente. Es lo que explica Roger Penrose, ganador del Premio Nobel de Física en 2020:

Afirmo que hay una observación de la radiación de Hawking. El Big Bang no fue el comienzo. Había algo antes del Big Bang y ese algo es lo que tendremos en nuestro futuro (…) Tenemos un universo que se expande y se expande, y toda la masa se desintegra, y en esta loca teoría mía, ese futuro remoto se convierte en el Big Bang de otro eón (…) Así que nuestro Big Bang empezó con algo que era el futuro remoto de un eón previo y habría habido agujeros negros similares evaporándose por la evaporación de Hawking y producirían esos puntos en el espacio que yo llamo Puntos de Hawking.1

En los tiempos en los que reinaba la ignorancia, cuando se sabía poco del mundo y del universo, las religiones viejas y teístas tenían mucho peso en la explicación de la realidad. Hoy, que conocemos más el mundo y empezamos a conocer el universo, ya no pueden explicarla.

Eran muchas las preguntas sobre la vida, la muerte la naturaleza o el universo. La religión hindú podía resolverlas hace casi cuatro mil años, la judaica hace más de tres mil años, la cristiana hace alrededor de dos mil años y la islámica hace más de mil años. Pero hoy estas religiones están desfasadas. Sobre todo en lo tocante al trato hacia las mujeres y hacia las personas disidentes sexuales y de género.

Suena más lógico seguir una religión que se origine tras el conocimiento de los límites de la astronomía moderna que seguir religiones que fueron inventadas hace miles de años. Ahora sabemos mucho más que entonces de matemática, física (incluída la astrofísica), química, biología, geología y geografía (física y humana); podemos explicar la naturaleza, así que la idea de Dios ya no es necesaria. Además,la creencia en dioses es claramente antropocéntrica: se fomenta la idea de una entidad superior que aunque no es humana, sí que es parecida a nosotres más que a hongos, plantas o a otros animales.

Parece mentira que a estas alturas de la Historia, con todo lo que sabemos de la naturaleza incluido lo que conocemos del universo, en el año 2020 según la cronología cristiana (comúnmente aceptada),1442 según la musulmana, 5781 según la hebrea, haya tantas personas que sigan a las grandes y viejas religiones. La gran mayoría de los seres humanos lo hace. Si escogiéramos al azar une habitante del planeta Tierra sería, a día de hoy, seguramente una persona teísta.

1 Palabras citadas en un artículo aparecido en el periódico The Independent. https://www.independent.co.uk/life-style/gadgets-and-tech/black-holes-universe-big-bang-roger-penrose-nobel-prize-b881031.html

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La religión del Infinito (1/3)

Basándose en las Asambleas del Infinito se puede organizar la religión del Infinito de forma que sea algo capaz de albergar a gente con creencias muy diferentes entre sí. Dichas creencias pueden ser más o menos raras y más o menos materialistas. Partiendo de la base del rechazo del monoteísmo y a las religiones grandes y viejas, cada cual puede creer lo que quiera.

Cualquier religión que se precie debe tener unos ritos de celebración. En este caso lo que celebraremos es el desarrollo de la vida en el planeta Tierra, una vida que ha llegado a ser consciente de su momentánea existencia. Escribiría vida inteligente pero no parece demasiado inteligente destruir en tal medida la naturaleza del planeta en el que sobrevives. En cada Asamblea del Infinito se puede consensuar en qué van a consistir esos ritos de celebración y la periodicidad con la cual se van a celebrar.

La religión del Infinito rinde culto a la aparición de la vida en el universo, lo que pasa es que por ahora solamente tenemos constancia de que exista en la Tierra.

Hoy en día, la opinión mayoritaria es que el universo es infinito. A mí me resulta difícil imaginar que algo que surge de una explosión y se expande lo sea, pero yo no soy astrofísico. Tanto si lo es y tiene infinitas galaxias, infinitas estrellas e infinitos mundos, (la mayoría no habitables pero otros sí), como si no lo es, pero forma parte de una cantidad infinita de universos en un “multiverso”, nos encontramos frente al infinito. El infinito es un concepto que se utiliza en matemáticas y en filosofía. La gente que se dedica a la primera de esas disciplinas ha desarrollado ejemplos como “el hotel infinito” para que se entienda mejor esta idea, una idea que aparece ya en las teorías de los filósofos griegos clásicos, aunque también la tratan otros autores más modernos en la historia de la filosofía.

El concepto de infinito puede albergar otros espacio-tiempos, igual que lo hace con este, otras dimensiones con otras líneas de tiempo como explican numeroses físiques.

Para mí es un concepto que, debido a su inmensidad, contiene todo lo que es posible y donde, lo que hemos podido comprobar que existe una vez, vuelve a suceder continuamente.

Lo que sigue no puede ser un dogma. Es un pensamiento propio pero es el origen de este texto y el motivo principal que ha determinado que elabore la religión del Infinito. Son mis creencias del mismo modo que cualquiera puede tener las suyas o no tener ninguna.

Yo siempre he sido muy proclive a cavilar. Además, en los últimos años me he visto obligado a permanecer largas temporadas en un hospital, dónde he tenido mucho tiempo para pensar, y con frecuencia lo hago sobre la existencia y la muerte.

La vida es como un viaje en tren, que no sabemos si será de corta o larga duración, y cuyo destino final es la muerte. Ese viaje tiene muchas encrucijadas que representarían nuestras decisiones. Puede que tomemos una u otra dirección pero el final es el mismo. Yo creo que en realidad hacemos esa travesía una y otra vez. Pero no siempre es igual, unas veces tomamos una dirección en cierta encrucijada y otras veces otra.

Tengo el convencimiento de que somos una improbable posibilidad que se repite una y otra vez en el infinito, quizás en otro universo. Creo que el infinito es un concepto en el que todas las realidades que sabemos que han llegado a existir eventualmente, se van a repetir y que en algún momento, todas las casualidades que han dado lugar a nuestra existencia se van a volver a producir.

Esto me ayuda a sobrellevar la pérdida de la gente que quiero sin necesidad de recurrir a un dios ni a un alma inmortal que viviría en un cielo. Del mismo modo me ayuda a enfrentar mi propia muerte. Cuando, en varias ocasiones, ingresado en el hospital tumbado en una cama, los ojos cerrados, he pensado, que mi muerte era inminente (afortunadamente me equivocaba y cuando he estado cerca de la muerte estaba inconsciente), pensar que iba a volver a vivir mis primeros recuerdos me reconfortaba.

Yo no creo que esta sea la única vez que vivimos en un contexto de espacio-tiempo infinito. De hecho es lógico imaginar que ya hemos vivido antes, pero como lo hemos hecho con otros cuerpos y otros cerebros, no nos acordamos.

Con esa confianza en las vidas sucesivas siendo siempre el mismo ser humano, las personas seríamos mortales pero eternas. Sin necesidad de creer en un mundo aparte, como un Paraíso, un Cielo o un Valhalla, ni en la existencia de un dios, de una diosa o de une diose de género no binario. Siguiendo esta posibilidad, vivimos nuestra vida, después morimos y volvemos a suceder en otro lugar del espacio-tiempo. Y no importa si esto ocurre muchísimo después, ya que mientras tanto el ser humano en cuestión no está y no puede percibir el paso del tiempo. No puedo pensar en la vida de alguien como un suceso único e irrepetible en un espacio-tiempo infinito. Según estas creencias, como acabo de señalar, las personas en realidad somos eternas. Lo que pasa es que no somos inmortales. Morimos muchas veces. Pero entre muerte y muerte vivimos.

La eternidad, como es explicada por el cristianismo (en el que se señala que la tienes que pasar en el Cielo o el Infierno una vez que tu alma haya sido juzgada) siempre me pareció una idea un poco aburrida. Es mucho más interesante una eternidad discontinua, en la que las muertes se alternan con las vidas y en la que las personas no somos conscientes de ser eternas. En realidad sólo hay dos posibilidades: o únicamente existiríamos un tiempo, más o menos largo, si no creemos en nada; o seríamos eternas. De modo continuo, según nos dicen la mayoría de las religiones viejas, o de esa manera discontinua, según estas creencias.

Creer en la narración del alma y del Cielo o Paraíso me parece respetable pero para mí no es deseable ni posible. Los sistemas que imaginan una eternidad continua incorporan un Dios, o sea un juez que vigila tu vida y del que no puedes escapar. Hay personas que vemos esa posibilidad como aterradora.

Cuando fallece alguien a quien hemos querido mucho deberíamos pensar eso: que ya ha vivido y que lo volverá a hacer. Que la muerte sólo es una etapa en un ciclo en el que aparecemos y desaparecemos en diferentes mundos. Cuando esta persona vuelva a ocurrir, habrá veces que no coincidamos con ella pero, dado que el espacio-tiempo es infinito habrá otras ocasiones en las que sí lo hagamos.

Cuando era niño, al haber sido educado en la fe católica, creía en la idea de la vida eterna después de que Dios juzgase tu alma. Esto era algo que me angustiaba mucho, me daba vértigo, sentía un vacío en el estómago y tenía que abrazarme a alguien para que se me quitase. Pronto dejó de sucederme y, con el tiempo, he comprendido que ya estamos en esa eternidad, no nos hace falta esperar a morir. En los momentos más felices de la vida tenemos que recordarlo y de igual manera cuando perdemos a alguien.

Llegados a este punto tengo que hablar del mito de Sísifo. Sísifo era un griego que, por diversos motivos, entre ellos ponerle unos grilletes a Tánatos (la muerte), fue condenado a empujar una piedra por la ladera de una montaña, pero la piedra siempre volvía a caer ladera abajo, de forma que él tenía que sufrir una y otra vez para subirla. Su ejemplo fue puesto por Albert Camus en El mito de Sísifo como muestra del absurdo de la vida. Desaparecer puede presentarse como mejor opción que vivir eternamente y sufrir una y otra vez, como el pobre Sísifo. Quizá para muchas personas resulta más seductora la idea de desaparecer, antes que la de ponerse de nuevo en situaciones que les han hecho daño. Vivir una y otra vez su vida podría parecer un castigo, sobre todo para quienes han tenido una infancia dolorosa: para quienes hayan sido maltratades física o psicológicamente por adultes o por otres niñes, para aquelles niñes de les que han abusado sexualmente, para les que fueron obligades a trabajar en horribles condiciones, como por ejemplo quienes lo hacen en una mina extrayendo coltán o para les niñes soldado. Estoy convencido de que cuando une es menor de edad es menos dueñe de su destino y está en manos de las personas adultas. La perspectiva de volver a pasar por una infancia desgraciada puede no configurar un horizonte positivo.

De la misma manera, puedo imaginarlo para la gente que nació y murió como esclava o aquella con enfermedades y síndromes de origen genético. Sufrir repetidamente, padecer una y otra vez, puede parecer un castigo equiparable al de Sísifo.

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La religión del Infinito (2/3)

Yo mismo soy un superviviente, gracias a mi naturaleza y a los esfuerzos del personal de la sanidad pública, de un ependimoma (un tumor) localizado en el cuarto ventrículo del cerebro, puede que con un componente genético en su formación, al cual dieron radioterapia y del que me operaron en 2011, 2015 y 2016, hasta que el tumor desapareció por completo. Sobreviví, pero no tengo el equilibrio necesario para mantenerme en pie sin ayuda ni mucho menos para caminar. Sobreviví, pero, a veces me atraganto con mi propia saliva por lo que tengo que disponer siempre de servilletas de papel y tengo una disfagia severa que hace que deba alimentarme por una PEG (un agujero en el estómago por el que entra poco a poco la comida). Sobreviví, pero tengo una traqueostomía debido a una insuficiencia respiratoria por exceso de CO2 en sangre y además, tengo que dormir con una máquina que me insufla aire, para evitar que en unos días sufra un síndrome de intoxicación. Sobreviví, pero tengo una ataxia cerebelosa y una gran falta de coordinación que se traduce en que no tenga precisión en los movimientos de mis manos, lo que me impide hacer cosas sencillas como rascarme o abrochar botones y me imposibilita para otras como escribir a mano o manipular correctamente objetos pequeños, teniendo además la mano derecha descontrolada (afortunadamente soy zurdo). Sobreviví, pero tengo visión doble, tardo mucho en leer (esto hace que no pueda leer los subtítulos) y no puedo hacerlo si estoy en movimiento. Sobreviví, pero hablo despacio y se me entiende con dificultad.

Sobreviví, pero soy completamente dependiente de mi marido que tiene que ocuparse de todas mis necesidades, o sea que no para de trabajar. Todas las mañanas nos levantamos a las ocho, me ducha, me cura la sonda que sale del estómago y la traqueostomía por primera vez en el día. Antes de acostarnos lo vuelve a hacer. Un par de veces por semana me tiene que cambiar la cánula de la traqueostomía. Entre otras cosas, tiene que afeitarme, lavarme los dientes, ocuparse de mis necesidades y moverme. También le toca estar pendiente de la nutrición, porque si entra muy rápido me da diarrea. Así que tiene que entrar gota a gota. Pero muchas veces la gota deja de caer. Y por la noche tiene que estar pendiente del respirador. Hace todo eso y muchas cosas más, ya que yo no puedo ni cortarme las uñas. Menos mal que además tenemos a otra persona que nos ayuda.

Antes comía, montaba en bicicleta, conducía un coche (con algo más de riesgo de lo que es habitual), bailaba, caminaba (a menudo varios kilómetros por la naturaleza, haciendo senderismo), escribía a mano, me rascaba, me abotonaba, manejaba bien las fichas y cartas (prefieriio los juegos de mesa a los juegos de ordenador o a los videojuegos), me vestía y aseaba yo solo. Pero tenía un “huevo” creciéndome lentamente en el cerebro.

El 15 de diciembre de 2020 cumplí cinco años sin hacer todas esas cosas pero en las resonancias no se ve ni rastro del tumor.

Mi cerebelo está dañado, sin embargo, todavía conservo mis funciones cognitivas superiores intactas y he de aprovechar este hecho para escribir con el ordenador lo que pienso.

Creo que me queda poco tiempo en esta vida, pero me consuelo porque estoy convencido de que voy a volver a suceder en multittud de ocasiones. Ocurriré infinitas veces, seguramente en otros universos.

Desde la perspectiva de una reaparición del mismo cuerpo, ¿significaría eso que yo siempre desarrollo mi tumor cerebral? No, no tiene por qué ser todo igual cada vez que te repites y algunos genes de tu código genético no tienen por qué manifestarse.

No es necesario que las circunstancias sean idénticas. Si ahora eres pobre en otra vida podrías ser rique, incluso podrías vivir en un mundo con una justa repartición de la riqueza; si has sido víctima o esclave podrías no serlo en otra ocasión. No creo que seamos tan originales e irrepetibles como pretendemos ser y estoy convencido de que tendremos más o menos suerte cada vez que ocurrimos.

Sin embargo, estas creencias no pueden constituir un nuevo motivo para no actuar ante determinadas situaciones injustas. Pensar que ahora vivimos una mala vida pero después viviremos otra mejor, no puede detener a nadie a la hora de buscar justicia, como sí ha ocurrido con el cristianismo e igualmente con otras religiones viejas en otros lugares.

Seguramente ya hemos vivido más veces en otros universos pero no nos acordamos.

Estoy convencido de que existen otras realidades en las que no hay privilegio masculino, ni ese privilegio que tenemos las personas consideradas blancas, ni esa gran desigualdad entre el primer y el tercer mundo, ni hemos contaminado tanto el planeta y no hemos causado el cambio climático. Puedo imaginar un mundo en donde no exista el patriarcado o en el que la Humanidad no haya producido fenómenos como la práctica de la esclavitud, el Holocausto o las guerras mundiales. Pero la realidad es este mundo que conocemos y sobre él tenemos que seguir interactuando.

En la serie de televisión Battlestar Galactica, los cylons, unos robots que imitaban a los seres humanos, repetían en varias ocasiones la frase: “Todo esto ya ha ocurrido y volverá a ocurrir.” Seguramente se estaban refiriendo a la persecución de los robots por parte de los seres humanos pero, al verlo, yo no podía dejar de pensar en la Teoría del eterno retorno que propone Nietzsche y decirme que eso es lo que sucede algo así con nuestra vida. Mi propia versión sería: “Todas estas personas ya han existido y volverán a existir. Yo ya he existido y volveré a existir”.

Habrá quien piense que imaginar una especie de eterno retorno es muy oportuno en mi estado actual pero puedo asegurar que siempre he pensado que la vida era algo así. Lo que sucede es que ahora tengo más tiempo para sistematizarlo y escribirlo.

Tengo esas creencias pero son algo que no puede gobernar la vida de nadie. Puede venir bien a la hora de despedirte de las personas que quieres o puede ayudarte a afrontar tu propia muerte, pero no puedo decir que tenga una fe inquebrantable. El mundo a nuestro alrededor y las condiciones en las que nos encontremos (en mi caso, precarias) son las únicas que podrían gobernar nuestras vidas. El único mundo del que podemos estar convencides de su existencia es el que nos rodea y, según algunas teorías paranoicas que sostienen que la realidad es una simulación, ni siquiera de ese mundo.

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La religión del Infinito (3/3)

Quienes sí creen que tenemos un espíritu o un alma y que en el cosmos operan determinadas energías sobrenaturales, también podrían reunirse en las Asambleas del Infinito, como lo podría hacer gente atea, agnóstica, librepensadora, deístas no teístas, panteístas o cualquier persona que no sea monoteísta pero tampoco politeísta hindú. Igual podrían hacerlo les politeístas de poblaciones originales a las que la gente europea intentó colonizar y cuyas creencias trataron de sustituir por el cristianismo. El hinduismo sin embargo, es una religión vieja con millones de fieles que ya celebran sus propias reuniones en sus templos.

La reaparición de la misma persona a lo largo de la eternidad es una creencia personal que me sirve a mí. No se necesita que nadie tenga fe en ella para participar en la religión del Infinito. Puede que tú compartas lo que yo creo o puede que tú creas otra cosa. Puede ser que tú tengas unas creencias chamánicas y basadas en la naturaleza, como las que suelen tener las personas de los pueblos originarios de los territorios que fueron colonizados; podría ocurrir que tú fueses espiritualista o que creyeses en energías, en otra forma de reencarnaciones o en cualquier cosa; o puede que seas una persona materialista y escéptica. Podemos tener diferentes creencias (yo por ejemplo, tengo las mías) y formar parte de la misma gran religión.

La religión del Infinito no requiere de creyentes. Lo único que pide es que las personas dejen de dar credibilidad a la idea de un dios que nos escucha y nos va a juzgar.

Pero para multitud de personas sería imposible hacerlo sin una promesa de vida eterna. Mucha gente es incapaz de reemplazar sus antiguas creencias que aseguran la vida eterna en un paraíso, por la incertidumbre y por la afirmación de que esta vida que experimentamos es la única que existe. La fe es una respuesta del ser humano al enfrentarse a la angustia existencial, respuesta de la que se aprovecharon las religiones viejas.

Es muy posible que tú pienses que las personas somos únicas en el universo, que en la Tierra igualmente hay posibilidades infinitas de seres vivos, que sólo conoces este mundo y sólo puedes creer en él, que sin memoria, los seres humanos no podemos ser la misma persona o, en fin; cualquier razonamiento que te haga ser una persona escéptica sobre otras oportunidades para vivir nuestras vidas. No hace falta creer en nada, del mismo modo puedes reunirte en las Asambleas del Infinito.

Si con la religión del Infinito podemos disminuir el número de personas que se suicidan pensando que les espera el infierno, el cielo (si al final son perdonadas tras pasar un tiempo en el purgatorio) o el paraíso, la Humanidad habrá avanzado un poco.

Nunca fui religioso en mis primeros cuarenta años de vida. Quizá influyó en esto el hecho de que no lo necesitase. Siempre he vivido en una sociedad donde impera el individualismo. No precisé una comunidad que me apoyase, aunque el hecho de no ser heterosexual, en alguna medida, me la ha proporcionado. He sido una persona muy privilegiada, aunque ahora no podría decirse lo mismo de mí, dada mi condición médica. Pero los privilegios de género, raza y clase siguen operando cuando interactúo con el resto de las personas. Siempre he disfrutado de los que otorga ser un hombre cisgénero y blanco de clase media pero nunca he gozado de los que confiere ser heterosexual. En cuanto a los privilegios que otorga el capacitismo los tenía antes, cuando me movía como un bípedo. Vivo en un Estado que tiene, del mismo modo, ciertos privilegios: forma parte de los que pertenecen al grupo de los ricos y ofrece una importante seguridad social y una sanidad pública muy avanzada que además es gratuita. El hecho de vivir en una gran ciudad, como Madrid, podría considerarse que también otorga privilegios porque permite el acceso a determinados puestos de trabajo que ofrecen buenas condiciones y a unos hospitales que son punteros en el mundo. El conjunto de privilegios de que he dispuesto me permitió estudiar y me permite elaborar hoy este texto.

Como he ido a colegio, instituto y universidad públicas, he tenido siempre la tremenda suerte de estudiar en centros laicos. Siendo yo pequeño, mis padres me estimularon mucho a la lectura y se me dieron muy bien el colegio y el instituto de educación secundaria, a lo cual es probable que contribuyese que mi casa estuviese llena de libros. Supongo que constituyó un gran privilegio que se me diesen tan bien las clases en el colegio. Aunque yo no era un niño feliz porque sentía que era diferente. Era un niño marica en la Europa de los ochenta que imaginaba una perspectiva vital bastante sombría, dominada por el rechazo generalizado y la homofobia y presidida por la pandemia del SIDA.

Tuve un empleo del que me ha quedado una buena pensión. Además he sido muy privilegiado en lo afectivo y tengo un marido que se ocupa constantemente de mí y sin el que habría sido imposible escribir nada.

Cualquier cosa que esté diciendo, lo estoy haciendo desde el privilegio de ser un hombre cisexual, gay en Europa Occidental, blanco y de clase media. Soy una persona muy privilegiada, a pesar de mis particulares condiciones de existencia.

Con la religión del Infinito, una de las cosas que quiero es mejorar la vida de quienes no han tenido los mismos grandes privilegios que yo (de género, raza, clase y nacionalidad). Mi intención también es reducir ese exceso de individualismo que se percibe por todo el mundo.

Yo siempre he tenido mis creencias pero de ahí a lo que estoy intentando hay un abismo. De cualquier manera, estoy convencido de que es necesario intentar que las religiones milenarias no sean tan fuertes. Y lo que hemos hecho hasta ahora para conseguirlo no ha logrado buenos resultados. Es hora de probar algo nuevo. Merece la pena lanzarse a ese abismo teniendo en cuenta lo que podría obtener la Humanidad.

Espero que haya quedado claro que para formar parte de la religión del Infinito no es necesario creer lo mismo que yo, que en esta religión no hace falta que todas las personas tengan las mismas creencias, ni siquiera hace falta creer en nada. La diversidad de opiniones es muy positiva.

De todas formas, cualquier creencia, por absurda o estrambótica que parezca, es mejor que creer en un dios que se encarna en el hijo de una mujer virgen y que nace en Palestina hace mas de dos mil años. Creer en esto, además de negativo, ya que fomenta unos dañinos cultos a la virginidad y a la pasividad de las mujeres, es algo muy anticuado. Si vamos a creer en algo (porque a algunas personas nos gusta creer) podemos hacerlo, por ejemplo, en apariciones sucesivas del mismo cuerpo (como punto de partida de lo que será cada persona) en el contexto del espacio-tiempo infinito.

Los relatos de las religiones viejas son en el fondo bastante absurdos, lo que pasa es que a veces no nos damos cuenta porque ya estamos acostumbrades a ellos dado que los hemos oído muchas veces.

Estas historias, además de destilar misóginia y LGBTfobia, no reflejan los grandes cambios que se produjeron en los años sesenta del siglo pasado. Afortunadamente, al menos algunas personas vivimos instaladas en esa era nueva que empezó en Occidente en los años sesenta del siglo XX. Sus mayores hitos fueron el desarrollo de la segunda ola del feminismo, el movimiento por los derechos civiles de EE UU (algo que, con el tiempo, tendría su eco en los movimientos antiapartheid y antirracistas de todo el mundo), el despertar de la conciencia ecológica (hecho en el que tuvo mucho que ver la publicación del libro Primavera silenciosa de Rachel Carson en 1962) y el inicio del gay power, lo que se convertiría con el tiempo en el movimiento por los derechos LGTBIQ+. A esto hay que añadir el desarrollo de multitud de comunas y la aparición de la cultura hippie, que incluía un deseo de vivir con más simplicidad. Hoy, es absolutamente necesario recuperar ese deseo para poder conservar la naturaleza.

Todos estos cambios comenzaron a ocurrir en sociedades con un relativo bienestar debido a una abundancia de recursos y energía (abundancia que se intentará mantener en el tiempo a costa de la naturaleza), así como a las conquistas obtenidas tras decenios de lucha obrera entre los siglos XIX y XX, en el contexto de una presunta descolonización que acabó en neocolonización y de la competencia con los regímenes de inspiración leninista o del llamado socialismo real.

Los movimientos sociales que demostraron su fuerza en los años sesenta del siglo XX cambiaron la vida humana y tuvieron eco en todo el mundo. Conformaron una realidad posterior que ha sido diferente de forma definitiva. Algunos países, después de que ocurrieran estos cambios, se han empeñado en ignorarlos y en recuperar las tradiciones más opresivas para las mujeres y les disidentes sexuales y de género, pero las personas ya no son las mismas y van encontrando resquicios para saltarse las normas.

Estos movimientos siguieron creciendo y evolucionando durante el más de medio siglo que ya ha pasado desde entonces. Estamos en una era nueva, como señalaba el musical Hair en 1967. El mundo ha cambiado y de forma imparable. La gente está cambiando. Hay personas que ya lo hicieron; otras lo están haciendo; otras lo harán; otras no lo harán pero lo harán sus descendientes; otras no tienen descendientes y no lo harán pero desaparecerán más pronto que tarde.

El mundo resultante en el siglo XXI es muy diferente del de la primera mitad del XX y más aún de los siglos anteriores. Realmente es otro mundo. Todavía hay gente que cree que las poblaciones con origen diferente al europeo son inferiores. Todavía hay gente que cree que las mujeres deben tener menos derechos. Todavía hay gente que considera que los géneros sólo pueden ser varón y mujer, que las relaciones sexuales y de pareja unicamente pueden darse entre géneros diferentes y que hay que conformarse con el que nos fue asignado al nacer. Pero ahora hay leyes contra el racismo, por la igualdad de género y contra la discriminación.

En 2020 se necesitan nuevos paradigmas, o dicho de otro modo, nuevos modelos con los que reconstruir la realidad en nuestras cabezas, y creo que la religión del Infinito los ofrece. Las Asambleas del Infinito podrían convertirse en reuniones donde puedan converger personas que se sientan feministas, antirracistas, ecologistas, aliadas de los movimientos LGBTIQ+, antiespecistas, etc.

En febrero y en julio de este año 2020 pasé brevemente por la UCI de un hospital por un sangrado abundante a través de la traqueostomía. En noviembre he pasado casi un mes en otra UCI difererente que se llama Unidad de Reanimación, o más coloquialmente “rea”. He vuelto a mirar a los ojos de la muerte. He recordado (aunque nunca lo había olvidado del todo) que en cualquier momento podemos morir y por lo tanto, que por mucho que pienses y por importantes que sean las conclusiones que saques, no sirven de nada si no logras explicárselas y transmitírselas a les demás. Sería como si no hubieses pensado nada. Lo mismo podría pasar si este texto, aunque haya conseguido escribirlo, no se editase y se quedase en mi ordenador y se perdiese con mi muerte.

Por eso he escrito esto y me empeño en publicarlo. Puede que todo sólo sea una gran locura. Daría igual, si es útil. El símbolo de Infinito puede servir para aglutinarnos. Y juntes seremos más fuertes, será más fácil ayudarnos mutuamente y estaremos mejor preparades para lo que pueda venir.

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Una religión atea/agnóstica (1/5)

A pesar de todas las persecuciones a quienes no creían, había voces críticas en Europa. Del mismo modo que Spinoza creó sus obras en el Amsterdam del siglo XVII, a quien se considera a veces panteísta, a veces secretamente ateo, en otra parte del continente, donde las autoridades no eran tan tolerantes, fue escrito de forma anónima el libro Theophrastus redivivus, obra no bien conocida hasta el siglo XX. En este manuscrito, del que sólo existen cuatro ejemplares, se puede leer:

La existencia de Dios, la creación del mundo a partir de la nada, que la religión sea entregada y enseñada por Dios y no fruto de la astucia de los gobernantes, la inmortalidad del alma y la existencia del Paraíso y de los Infiernos, no se pueden demostrar con la razón natural, a pesar de que algunos teologastros digan lo contrario”.

Este texto es producto de una corriente de pensamiento del siglo XVII que se produjo en Francia, frecuentemente ninguneada por los libros de Historia: el libertinismo. El libertinismo se desarrolló en los salones, a menudo organizados por mujeres, en los que se experimentaba una gran libertad para establecer amoríos y luego mantener relaciones sexuales pero además para pensar diferente en materia de religión. Esta corriente de pensamiento fue adoptada por las clases altas en Francia mientras en el resto de Europa sucedían otras cosas.

En 1689, en Varsovia fue ejecutado Krasimir Lyszczynski que había escrito el tratado De no existentia dei (La no existencia de Dios) en el que se lee:

La religión fue constituida por personas sin religión, que querían ser adoradas ellas mismas, ya que los dioses no existen. La piedad religiosa fue creada por impíos. El temor de Dios fue difundido por temerarios para que la gente tuviera miedo de ellos al final. La devoción que se dice piadosa es un diseño de los seres humanos. Las doctrinas religiosas, ya sea que digan ser lógicas o filosóficas, y que se jactan de ser la enseñanza de la verdad de Dios, son falsas, y por el contrario, la doctrina condenada como falsa, es la verdadera.”

Hasta finales el Siglo XVIII decir que eras una persona atea podría poner en peligro tu vida en Europa. Todavía el rey Luis XIV de Francia era un cristiano muy intolerante, lo que se traducía en que aunque París estuviera llena de personas ateas no lo reconociesen ante su rey.

En ese país, el sacerdote Jean Meslier al morir en 1729, dejó un texto de testamento con un título que decía: Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Etrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes y que hoy se ha vendido como Testamento de un cura ateo o Memoria contra la religión. Michel Onfray habla del texto así:

El «Testamento» establece en mil páginas y ocho pruebas la vanidad y la falsedad de las religiones que se contradicen; la fe que es «credibilidad ciega», va en contra de «las luces naturales de la razón»; las visiones de los profetas son cosas de locos; las profecías nunca se cumplen; la moral cristiana contradice las enseñanzas de la naturaleza; la religión cristiana se hace cómplice de los tiranos políticos; el ateísmo es una idea tan vieja como el mundo; el alma es mortal. Desde 1719 hasta 1729, entre los cincuenta y cuatro y los sesenta y cinco años, Meslier escribe claramente -y, en mi opinión esto marca el nacimiento de la muerte de Dios y del ateísmo en Occidente-: «No hay ningún Dios» (II, 150).”1

En el texto de Meslier se puede leer:

Vosotros adoráis efectivamente débiles imagencillas de pasta y de harina, y honráis imágenes de madera y de yeso, e imágenes de oro y de plata. Os divertís, señores, interpretando y explicando figuradamente, alegóricamente y místicamente escrituras vanas que vosotros no obstante llamáis santas y divinas; les dais el sentido que queréis; les hacéis decir todo lo que se os antoja por medio de esos bonitos supuestos sentidos espirituales y alegóricos que forjáis para ellos, y que les destináis con el objeto de encontrar en ellas, y de hacer encontrar en ellas supuestas verdades que no son tales, y que no lo fueron jamás. Vosotros os encendéis discutiendo vanas cuestiones de gracia suficiente y eficaz. Y por otra parte, arremetéis contra el pueblo pobre, lo amenazáis con el infierno eterno por pecados minúsculos, mientras que no decís nada contra los robos públicos, ni contra las injusticias escandalosas de los que gobiernan los pueblos, los saquean, los exprimen, los arruinan, los oprimen, y que son la causa de todos los males y de todas las miserias que los agobian.”

Ya bajo el reinado del mucho más tolerante Luis XV, en 1761, el barón d’Holbach publica bajo el seudónimo de un muerto Le cristianisme dévoilé (El cristianismo desvelado) al que siguen varios libros contra la religión cristiana. El barón organizaba unas cenas con tertulia a las que asistían personajes como el enciclopedista Diderot o Jean Jacques Rousseau y en ellas se hablaba abiertamente de ateísmo. En 1770 publica, bajo el seudónimo de otra persona muerta, Le sistème de la nature (Sistema de la naturaleza) donde insiste en que no hay ningún Dios y que la naturaleza sigue sus propias normas de funcionamiento. No en vano es considerada una de las obras cumbre del materialismo francés. El propio d’Holbach y Diderot eran de los pocos intelectuales que se declaraban ateos en Europa.

1 Michel Onfray: Decadencia. Paidós: Barcelona, 2018.