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No olvidemos la inmensidad del universo 4/4

Una opinión muy extendida entre lxs que se dedican a la astronomía es que el universo es infinito, en cuyo caso habría un sin fin de galaxias. También encontramos a quienes sostienen que es finito, pero que pueden existir innumerables universos, contexto que igualmente incluiría esa agrupación de estrellas, planetas, nubes de gas y demás elementos en una cantidad ilimitada. Seguramente un evento tan sospechosamente creacionista, como es el Big Bang (retrotrae a los tiempos en los que era plausible la Creación del Génesis) no sea el inicio de todo y haya ocurrido varias veces. Es posible que antes de este, hubiera un universo distinto, otro con anterioridad y así infinitamente. Eso daba a entender en esta entrevista publicada en 2020 el físico matemático Roger Penrose (1931), ganador del Premio Nobel de Física ese año, en la que exponía el modelo de Cosmología Cíclica Conforme:

Afirmo que hay una observación de la radiación de Hawking. El Big Bang no fue el comienzo. Había algo antes del Big Bang y ese algo es lo que tendremos en nuestro futuro (…) Tenemos un universo que se expande y se expande, y toda la masa se desintegra, y en esta loca teoría mía, ese futuro remoto se convierte en el Big Bang de otro eón (…) Así que nuestro Big Bang empezó con algo que era el futuro remoto de un eón previo y habría habido agujeros negros similares que desaparecieron por la evaporación de Hawking y producirían esos puntos en el espacio que yo llamo Puntos de Hawking.1

Esta tesis de que el Big Bang no es el origen de todo también es sostenida por otrxs autorxs, cuyas teorías establecen que a este estallido le ha seguido una fase de expansión del universo y luego vendrá una de contracción que terminará por concentrar la materia en una nueva singularidad espacio-temporal que volvería a producir un Big Bang. También podemos encontrar astrofisicxs que, sin apelar a esta teoría, especulan con que nos encontremos en un multiverso infinito en el que habría ingentes cantidades de universos oscilando entre Big Bangs y Big Crunchs (contracción de toda la materia en un punto). El profesor de la Universidad Estatal de Erevan (Armenia) Vahe Gurzadyan (1955) colaboró con Penrose en la redacción del artículo que lanzó la teoría de la Cosmología Cíclica Conforme y en su libro Ciclos del tiempo.

En los tiempos en los que reinaba la ignorancia, cuando se sabía poco de la realidad que nos rodea, una criatura humana cuyo cerebro había evolucionado buscando patrones para explicar los hechos e intentando aplicar la relación causa-efecto, se encontraba muy perdida a la hora de darle sentido a los fenómenos que experimentaba a lo largo de su existencia. Por eso procedió a la creación de dioses y, con el paso del tiempo, desarrolló complejos esquemas en los que encajaban. Eran demasiadas las preguntas que se planteaban sobre la vida, la muerte, la naturaleza o el universo. La religión hindú podía resolverlas hace casi cuatro mil años, la judaica hace más de tres mil años, la cristiana hace alrededor de dos mil años y la islámica hace más de mil años. Todas estas cosmovisiones dejaron de ser válidas a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, a medida que avanzaba la ciencia. Y en el actual, después de todo lo ocurrido en la década de los 60 del XX, estas religiones están muy desfasadas. Sobre todo en lo tocante al trato hacia mujeres, disidentes sexuales y de género. La mayoría de estos paradigmas nos situaban en el centro de la universo y hoy sabemos que no es así. Hace algo más de un par de décadas que tenemos toda la información disponible sobre nuestra realidad en Internet (últimamente hasta podemos hacer toda clase de preguntas a las I.A.), y hace alrededor de dos siglos que se encontraba en las enciclopedias. Hace tiempo que no necesitamos a las grandes religiones patriarcales para explicarla. 

Durante los más de trescientos mil años de existencia de lxs Homo sapiens2 han sido adorados numerosos “dioses verdaderos” de la mano de diferentes religiones deístas y teístas. Desde principios del siglo XX se pensó que a lo largo de miles de años se veneraría a diosas de la fertilidad, incluso antes de la llamada Revolución Neolítica que en destinó definitivamente a la mayoría de pueblos a la agricultura y la ganadería. Una hipótesis planteada debido a la multitud de estatuillas con grandes pechos y prominentes caderas, denominadas Venus paleolíticas, encontradas en yacimientos arqueológicos pertenecientes a tribus cazadoras-recolectoras. Hoy en día esas teorías son muy cuestionadas, puesto que las mencionadas estatuillas se han encontrado a veces en depósitos de desechos y se especula sobre si podrían tratarse de juguetes infantiles. 

No obstante Flavia Broffoni en su ensayo Colapso apunta:

Todas las culturas prehistóricas presentan una figura cosmogónica semejante, eje de toda la vida, una potencia esencial y regente de todos los procesos creadores del planeta. Es común su valoración como una mujer de inconmensurable poder tanto de creación como de destrucción; esta última es una cualidad que en los tiempos presentes podemos entender también como parte funcional de las transformaciones regenerativas. Protectora y dadora de vida, custodia del equilibrio de todos los procesos y fuente de los elementos que el ser humano requiere para la vida, a la vez que dueña de todos nuestros átomos, esta fuente de poder y misterio se constituye en toda una diosa, la Gran Diosa, poseedora de un útero que ha concebido todo cuanto tiene lugar en el ecosistema terrestre.3

Fue eclipsada por el culto masculino al dios sol y sus derivados monoteístas. Debemos ser capaces de recuperar esa figura (aunque solo simbólicamente, sin creer que exista de veras) y construir una sociedad igualitaria para el futuro. Y eso es una tarea a la que seguro contribuiría la Congregación del Infinito.

El cristianismo, el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo y el sijismo se desvanecerán. Aunque hoy en día al contemplarlos, nos parezcan unos movimientos poderosos, con el tiempo acabarán desapareciendo. La historia está llena de religiones extintas. Al observar la cuestión desde un punto de vista geológico esto resulta más evidente, puesto que la raza humana también se extinguirá. Y cuando lo hacemos desde una perspectiva cosmológica queda todavía mucho más patente, ya que el planeta terminará desapareciendo engullido por el Sol.

Durante el tiempo del que dispongamos, suena más sensato formar parte de una organización de carácter religioso que se origine tras el conocimiento de la astronomía moderna que seguir religiones inventadas hace miles de años. En la actualidad sabemos mucho más que entonces de matemáticas, física —incluida la astrofísica—, química, biología, geología, lengua, literatura, filosofía, historia universal, prehistoria y geografía (física y humana). Podemos explicar la naturaleza con la ciencia, no necesitamos nada más. Nos es posible comprender que la creencia en dioses que nos crean “a su imagen y semejanza” forma parte de un relato claramente antropocéntrico: se fomenta el pensamiento de que somos similares a ellos, de que existe una una entidad superior que, aunque no es humana, sí que es parecida a nosotrxs más que a otros animales, hongos, plantas, etc. 

Parece mentira que a estas alturas de la historia, con todo nuestro conocimiento de la naturaleza (en especial del universo), en el año 2026 según la cronología cristiana —que es globalmente aceptada, constituyendo la que hemos asumido como era común—, 1448 en la musulmana, 5786 en la hebrea, 2569 en la tailandesa (era budista) o 4724 en la china, entre otras que existen en el mundo, haya tantas personas que sigan a las religiones edificadas a partir del teísmo. La mayoría de criaturas humanas todavía lo hacen. Si escogiéramos al azar a unx habitante humanx del planeta Tierra, a día de hoy,  probablemente sería teísta.

A pesar de que haya una aceptada como común las mediciones del tiempo son muy diversas. En 1993 en su libro Calendar Reform, el paleontólogo y geólogo ítalo-estadounidense Cesare Emiliani (1922-1995) ya propuso la situación de un año cero de su propuesta de era humana en el 10.000 a.e.c., creando así el Calendario Holoceno4. El objetivo es fijar un nuevo año cero que nos represente como especie y sea adecuado para todas las culturas. Según esta forma de contar los años estaríamos en 12.026. Es una fecha muy avanzada. Ya es momento de que aparezca una cosmovisión diferente a las clásicas.

1 Palabras citadas en un artículo aparecido en el periódico The Independent.

https://www.independentespanol.com/noticias/agujero-negro-universo-pasado-premio-nobel-roger-penrose-b887033.html

2 Según el resultado publicado en 2017 de las excavaciones en Jebel Irhoud, Marruecos, se hallaron unos restos de Homo sapiens datados en poco más de 300.000 años.

3 Broffoni, Flavia: Colapso, Buenos Aires: Sudamericana, 2024  

4 Su propuesta fue mostrada, ya en 2021, a través de este simpático vídeo https://www.youtube.com/watch?v=uZKUthKdKKY&t=3s

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No olvidemos la inmensidad del universo 3/4

Ante la recurrente pregunta sobre si la humanidad de la Tierra conforma la única civilización en la galaxia, la respuesta a la que nos conduce la probabilidad es la negativa. Sin embargo, eso plantea el problema que se conoce como paradoja de Fermi. Dicha contradicción establece que, dada la gran cantidad de estrellas que existen en la Vía Láctea, así como la de planetas y demás cuerpos aptos para la vida, han de habitar en ella varias civilizaciones extraterrestres. Alguna nos tendría que haber visitado ya o, al menos, haberse dado a conocer enviando una señal a través de años luz. Sin embargo, ni siquiera hemos encontrado una transmisión de radio de alguna de estas culturas con los proyectos SETI1. Hay una serie de hipótesis que intentan responder al enigma de que esto no haya sucedido: una es que las distancias son demasiado grandes para hacerlo y que, en realidad, solo hemos llegado a rastrear un sector muy pequeño de nuestra galaxia; otra es que ni los recursos naturales de sus planetas ni su tecnología fuesen capaces de permitir los viajes ni las comunicaciones interestelares; quizá haya un gran filtro que impida que las diferentes culturas lleguen a desarrollarse tanto como para comunicarse a gran distancia y conocer civilizaciones en otros planetas; puede que se comuniquen de una forma muy distinta a la nuestra, quiero decir, que no hayamos usado un lenguaje inteligible por quienes nos pudiesen escuchar; es posible que sepan de nuestra existencia pero se mantengan en silencio hasta que nuestra cultura esté más avanzada…Tenemos hasta una propuesta de explicación conocida como la del Bosque Oscuro que viene a decir que todas las civilizaciones planetarias se mantienen ocultas y que la que llama la atención sobre su existencia es exterminada. 

El caso es que por ahora la Tierra se encuentra en la más absoluta soledad.

Se escuchan relatos que intentan negar una de las premisas de esta paradoja: no solo nos estarían visitando extraterrestres, sino que además abducirían a algunas criaturas humanas, hecho que estarían investigando diversas agencias gubernamentales pero habrían acordado un pacto de silencio que funcionaría pese a las ambiciones internacionales de cada Estado. 

También se oyen las voces de quienes no comparten el otro punto de partida. Sostienen que no hay tal paradoja porque no hay otra civilización en la galaxia. Los organismos pluricelulares constituirían un fenómeno que se produce de manera muy excepcional y no dispondrían de tiempo para evolucionar, algo que explica que no hayamos recibido ninguna visita ni hayamos captado ninguna transmisión. Es la ya mencionada “Hipótesis de la Tierra rara”. Para sus defensorxs, la Tierra sería, en ese aspecto, un lugar sin igual. A mí me recuerda poderosamente a la idea de “pueblo elegido por Dios” de la doctrina que encontramos en el Antiguo Testamento.

Tal vez la vida de organismos pluricelulares en el universo sea un fenómeno mucho más difícil de mantenerse en el tiempo de lo que se pensaba cincuenta años atrás, en la época de Carl Sagan, pero eso no significa que las nuestras sean las únicas formas de vida autoconsciente, creadoras de cultura y capaces de comunicarse a grandes distancias que ahora existan en la galaxia. Es muy posible que se desarrollen varias en cada una pero ya es más improbable que puedan coincidir en el mismo instante y existen ínfimas posibilidades de que, a través de inmensas distancias,  lograsen contactar.

Sin duda el planeta en el que vivimos es muy especial y, además de su apropiada composición, configuración y estructura (agua, atmósfera, campo magnético…), se dan unas condiciones aparentemente únicas para que la vida surja y se mantenga en él, como por ejemplo, que no sufra el impacto de demasiados meteoritos (en nuestro caso muchos son atraídos por un gigante gaseoso como Júpiter); que se encuentre en una zona con baja radiación cósmica; que orbite en la zona de habitabilidad de una estrella estable (concretamente, que no produzca grandes fluctuaciones en la cantidad de energía que le envía) o que se ubique en un lugar relativamente libre de supernovas; la presencia de una gran luna estabilizadora o la existencia de una tectónica de placas, entre otras no citadas aquí. Pero el número de astros habitables en la galaxia es tan apabullante que es fácil llegar a la conclusión de que la Tierra no puede ser el único cuerpo de ella que vaya a albergar vida con conciencia de sí misma y capaz de comunicarse a grandes distancias. Y menos aún en el universo. Las “condiciones únicas” del planeta Tierra para que surja la vida, aunque no lo podamos comprobar, seguramente no lo sean tanto. Se calcula que la Vía Láctea tiene entre 200.000 millones y 400.000 millones de estrellas, y que gran cantidad de ellas tienen alrededor planetas o  satélites habitables. De acuerdo, la mayoría serán desiertos sin vida. Pero la probabilidad nos dice que esta excepcionalidad del globo terráqueo es irreal.

En 2023, mediante las imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb, se observó que en el exoplaneta, que se detecta como hicéano2, K2-18b —ubicado a 124 años luz en nuestra galaxia3— hay dimetil sulfuro (DMS). En una nueva observación, dos años más tarde, además de aumentar la confianza estadística en la presencia de DMS, se  registró dimetil disulfuro (DMDS). Estos compuestos en la Tierra solo son producidos por organismos vivos. Parece que la absoluta singularidad no era tal.

La verdad es que podríamos desaparecer súbitamente como efecto de algún imprevisible evento espacial: un cambio en la órbita terrestre, el desplazamiento del sistema solar hacia una fuente de radiación cósmica, la colisión con un objeto de grandes dimensiones, un cometa, un planeta o estrella errante, una modificación repentina en el astro que nos alimenta, un inesperado brote de rayos gamma en nuestra galaxia, la activación repentina de un cuásar cercano o cualquier suceso aquí no citado. Por eso, mientras tales fenómenos no sucedan, me parece un despropósito dedicar nuestro tiempo y nuestros esfuerzos a adorar a un ser posiblemente imaginario y que, en caso de que exista, no va a escucharnos.

La hipótesis de la panspermia propone que la vida en el planeta Tierra surgió a partir de material contenido en meteoritos procedentes de cometas o asteroides que viajan entre distintos sistemas estelares. Estos irían difundiendo organismos vivos por el universo que en el medio adecuado podrían evolucionar hasta la autoconsciencia. En las diferentes galaxias es probable que existan o hayan existido importantes cantidades de civilizaciones parecidas a la terráquea, si no las hay iguales. Estamos hablando de agrupaciones que poseen de media una cantidad que oscila entre 107 y 1014 de estrellas. Muchas disponen de planetas y satélites capaces de albergar vida. En el universo observable se calcula que hay 2•1012 galaxias (dos billones o dos trillones anglosajones).

Podemos contemplar la inmensidad del cosmos y desde esa perspectiva es fácil llegar a la conclusión de que somos insignificantes. Esta constatación se produce al reflexionar sobre el hecho de que nuestra civilización solo ocupe un planeta y nuestra especie también, al menos según nuestros actuales conocimientos. También es adecuado calificarnos como irrelevantes, en el sentido de que no somos el centro del universo como se creyó durante mucho tiempo. Hay quienes todavía lo creen, al menos figuradamente, pero la realidad es que tenemos muy poca capacidad de actuación en él.

Con la Congregación del Infinito, le restaríamos importancia a unos teísmos que surgieron en las antiguas culturas. Por ejemplo, el cristianismo apareció en una provincia romana, aunque con el tiempo terminó convirtiéndose en la religión oficial del Imperio. Esto facilitó su implantación en Europa, hecho que desembocaría siglos después en su expansión mundial a través del colonialismo, hasta llegar a su desmesurada dimensión actual. Este y otros teísmos, pese a que hoy están muy extendidos, no dejan de mostrar muchas características que responden al hecho de partir de una raíz local. Con una cosmovisión nueva nos pondríamos al nivel, al menos en cuanto a creencias se refiere, de cualquier civilización que quisiese ponerse en contacto con la raza humana. Ahora sería el momento perfecto, pues la Tierra ha de soportar las necesidades de alrededor de 8.200 millones de individuxs (algunxs de lxs cuales se han acostumbrado a consumir demasiado); las guerras, el sufrimiento y la desigualdad crecen; nos podríamos destruir con las armas nucleares (como se sabe desde hace décadas) y hemos traspasado varios de los límites del planeta, esquilmado sus recursos, cambiando rápidamente su clima, contaminando numerosos ecosistemas, así como llevando a la extinción a multitud de especies.

Es muy presuntuoso pensar que en un rincón de la Vía Láctea, en un planeta llamado Tierra, el tal Dios le dio unas tablas con los diez mandamientos a un señor llamado Moisés o se hizo carne en la figura de Jesucristo en un país determinado. A esto se añade que la vieja leyenda palestina es una historia que privilegia a las criaturas humanas —a quienes se supone que Dios hizo a su imagen y semejanza— sobre el resto de seres vivxs del planeta. Y dentro de ellas a los varones. Dejarse llevar por semejantes creencias  implica caer en un ego-andro-antropocentrismo que, como siempre, es machista y especista. 

En la versión más ecuménica del cristianismo, Dios se habría revelado en las diferentes regiones del mundo a través de sus religiones. Pero pensar en un dios dándose a conocer a todas las civilizaciones del universo y encarnándose en algunas de ellas parece tan absurdo como hilarante.

Lo mismo que ocurre con la vieja leyenda palestina, sucede con el varias veces milenario mito hebreo, el vetusto relato mahometano o las antiquísimas historias hindúes. Puede que hace más de mil años consiguieran explicar la realidad pero hoy ya no. Solo tenemos a la ciencia para ir explicando parcelas de ella.

1 SETI es el acrónimo en inglés de Search for Extra Terrestrial Intelligence (búsqueda de inteligencia extraterrestre). Hay muchos proyectos SETI aunque los primeros surgieron en la década de 1970 bajo el patrocinio de la NASA. En 2015 comenzaron escuchas de radiofrecuencias y observación visual de posibles tecnologías LASER usadas en el espacio dentro del proyecto Breakthrough Listen, ampliando en 2025 la búsqueda a exoplanetas previamente seleccionados.

2 Hicéanos son aquellos exoplanetas (planetas más allá de nuestro sistema solar) que están, completamente o casi en su totalidad, cubiertos por agua líquida.

3 Todos los exoplanetas cuyo descubrimiento ha sido posible con los actuales telescopios se ubican en la Vía Láctea. Se asume que habrá muchos más en otras galaxias pero no se puede comprobar.

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No olvidemos la inmensidad del universo 2/4

Los antiguos filósofos Demócrito de Abdera (c. 460 a.e.c.-c. 370 a.e.c.) y su maestro Leucipo de Mileto (siglo V a.e.c.) empezaron a divulgar el atomismo: la teoría de que toda la materia estaba construida por diferentes elementos indivisibles e imperceptibles que Demócrito llama átomos. Establece en ese momento uno de los principios fundamentales de la física moderna. Según estas antiguas doctrinas todo el universo estaría hecho de lo mismo, de forma que los átomos podían combinarse de diferentes maneras y crear otros mundos.

El filósofo Epicuro (341 a.e.c.-270/271 a.e.c.) incorporó a su cosmovisión las tesis atomistas, al tiempo que dudaba de la existencia de los dioses. Fundó una escuela filosófica llamada El Jardín, que en realidad era una zona de huertos a las afueras de Atenas. A ella podía unirse cualquiera, incluidas mujeres y personas esclavizadas, por lo que fue muy criticado en una cultura que era muy racista y machista, pero que comparada con las que vinieron después fue considerada muy avanzada. Epicuro desarrolló una ética fundamentada en el hedonismo y en la ausencia de dolor en la vida. Por ello sería muy criticado —cientos de años más tarde— por una religión tan ascética como es el cristianismo. Varios siglos después de la existencia de estos filósofos griegos, en la época de la República romana, el epicureísmo alcanzó una gran popularidad. El poeta Lucrecio (99 a.e.c.-55 a.e.c.) escribió De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), como homenaje a Epicuro. En el texto se puede leer:

Cuando la humana vida a nuestros ojos oprimida yacía con infamia en la tierra por grave fanatismo que desde las mansiones celestiales alzaba la cabeza amenazando a los mortales con horrible aspecto, al punto un varón griego [Epicuro] osó el primero levantar hacia él mortales ojos y abiertamente declararle guerra: no intimidó a este hombre señalado la fama de los dioses, ni sus rayos, ni del cielo el colérico murmullo. El valor extremado de su alma se irrita más y más con la codicia de romper el primero los recintos y de Natura las ferradas puertas.1

El cristianismo de las épocas romana y medieval persiguió especialmente los pensamientos atomista y epicúreo. No les gustaba porque fomentaban una visión materialista de la realidad. Durante siglos no toleraron su expresión clara. Sin embargo, Nikolas von Kues, conocido aquí como Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo y teólogo alemán que mantenía tan buenas relaciones con el papado que llegó a ser nombrado cardenal, en sus numerosos escritos cuestiona el geocentrismo y —habiendo leído los trabajos de los atomistas griegos— especula con la posibilidad de que en las estrellas haya otros mundos. A pesar de ser sospechoso de sostener creencias panteístas, nunca fue denunciado como hereje. Su pensamiento tiene gran influencia en Copérnico y en lo que Giordano Bruno propondrá algo más de un siglo más tarde.

Nicolás Copérnico (1473-1543), a principios del XVI, propone un modelo en el que la Tierra no es el centro de la creación, como era asumido comúnmente hasta entonces, sino que orbita en torno al sol2, como el resto de planetas conocidos hasta aquella fecha.

Giordano Bruno (1548-1600), igualmente en el siglo XVI, es un filósofo que conoce las tesis de Copérnico, de Nicolás de Cusa, de los atomistas griegos y de Epicuro. De joven  ingresa como monje en la Orden de los Dominicos en Nápoles y en 1572 le nombran sacerdote. Con el tiempo elaborará un esquema panteísta en el que el universo es infinito —por lo tanto no tiene centro— y las estrellas son soles como el nuestro con mundos habitados a su alrededor. Presenta y difunde su modelo en diferentes universidades europeas, entre ellas las de sitios afines a la reforma cristiana, como la Universidad de Ginebra, la de Oxford. En la ciudad suiza había colgado los hábitos y con el paso de los años y sus viajes, se había acercado a opciones protestantes, si bien los calvinistas lo encarcelaron y los luteranos lo excomulgaron. Residiendo en Frankfurt, es persuadido para que vuelva a la tierra que hoy llamamos Italia y allí, víctima de la traición de un noble, la Inquisición lo detiene en Venecia. Extraditado a Roma, pasa años en prisión en los que lo torturan y se le ofrece retractarse. No lo hace y finalmente es relajado, o sea es entregado a los poderes civiles para que procedan a su ejecución. Lo queman vivo en en  Campo de Fiori en 1600. En esa plaza existe hoy una estatua que lo recuerda, aunque también las encontramos en otros lugares alrededor del globo terráqueo, como por ejemplo Nola (Italia) —su ciudad natal—, Berlín  (Alemania), Ciudad de México o Bogotá (Colombia). En su obra Del infinito: el universo y otros mundos escribe:

Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos siete girar en torno a este sol que está cerca de nosotros.3

Hoy en día conocemos multitud de planetas que no orbitan en torno a nuestro Sol, sino alrededor de otras estrellas. Casi todas tienen estos cuerpos a su alrededor. En la moderna astronomía, el principio de Copérnico establece que ni el sistema solar está en el centro de la Vía Láctea ni el sitio que habitamos ocupa un lugar especial en el universo. 

Y el principio de mediocridad, que tiene su fundamento en el copernicano, precisa que las condiciones que se han dado en la Tierra para que apareciese la vida, de igual modo han ocurrido y ocurrirán en otros cuerpos rocosos y con agua en estado líquido. Así que, es lógico prever que en algún momento existió, existe o existirá vida en una grandísima cantidad de ellos. Incluso organismos multicelulares en algunos. Frente a este principio, podemos encontrar la “Hipótesis de la Tierra rara” explicando que, por diversos motivos, la vida pluricelular es extremadamente improbable. Fue propuesta por el paleontólogo Peter Ward y el astrónomo David Brownlee en su libro Rare Earth: Why Complex Life is Uncommon in Universe.

Carl Sagan (1934-1996), astrofísico y fundamental divulgador de la ciencia que, en el último cuarto del siglo XX con los documentales de la serie, Cosmos: un viaje personal, difundió las leyes del universo y enseñó cómo era a la gente que lo veía en la televisión, siempre se manifestó como un gran defensor del principio de mediocridad. Trabajó para la NASA incorporando a las sondas Voyager un disco de oro con los sonidos de la Tierra. Precisamente a partir de una fotografía tomada por la sonda Voyager 1 del planeta Tierra el 14 de febrero de 1990, aproximadamente a seis mil millones de kilómetros del planeta, escribió su obra Un punto azul pálido. En ella asegura:

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.

Y más adelante en la misma obra:

Miremos ese puntito [la Tierra] el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?4

1 Tito Lucrecio Caro. De la naturaleza de las cosas. Orbis: Barcelona, 1985.

2 El astrónomo y matemático griego Aristarco de Samos (310 a.c.-230 a.c.) ya había propuesto varias centurias antes un modelo heliocéntrico del sistema solar. Este modelo fue aceptado por diferentes filósofxs y astrónomxs grecolatinxs posteriores a él como Hipatia de Alejandría.

3 Giordano Bruno. Del infinito: el universo y otros mundos (traducción y notas de Miguel Á. Granada) Tecnos: Madrid, 2019.

4 Carl Sagan: Un punto azul pálido.Planeta: Barcelona, 2003.

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No olvidemos la inmensidad del universo 1/4

Lxs que saben más del universo son lxs astrónomxs, que suelen ser doctorxs en astrofísica. Yo me he documentado con el fin de hacer ver lo pequeña e insignificante que resulta la humanidad ante lo vasto que es, pero no soy doctor, ni siquiera estoy graduado en esa materia. Todo el conocimiento que he adquirido y que intento actualizar cada día, apoya la tesis que yo sostengo: que las ideas antropocéntricas apuntaladas (porque como son insostenibles tienden a caerse) durante siglos por las viejas religiones teístas resultan hoy, con todo lo que sabemos, realmente absurdas. Se han visto cuestionadas en los últimos tres siglos, pero hemos de esforzarnos para que pierdan más peso en nuestras sociedades.

El telescopio espacial James Webb (JWST) —desarrollado en un proyecto de NASA, ESA y Canadá, lanzado desde la Guayana Francesa en diciembre de 2021 y operativo desde mediados de 2022— ha descubierto varias galaxias más antiguas que su predecesor, el Hubble. Cuando comencé a escribir este texto se estimaba que la más distante y antigua era GN-z11. Tras la entrada en servicio del JWST había diferentes candidatas a serlo, pero en julio de 2026 se considera que MoM-z14 ostenta este título, ya que se formó solo 280 millones de años después del supuesto Big Bang, que actualmente se cree que tuvo lugar hace 13.800 millones de años. El telescopio espacial ha encontrado galaxias demasiado grandes y bien estructuradas para la presunta edad que tendrían en el momento en el cual las vemos. Estos hallazgos vuelven cada vez menos creíble la teoría del Big Bang, aunque todavía es oficialmente aceptada.

La Tierra se encuentra en el Sistema Solar, que se ubica en la Vía Láctea. Esta galaxia es parte del Grupo Local que pertenece al Cúmulo de Virgo, que a su vez se integra dentro del supercúmulo de galaxias de Laniakea, uno de los múltiples conjuntos de ellas en el universo.

El Sistema Solar se mueve a 790.000 km/h alrededor de la Vía Láctea, en cuyo centro encontramos el agujero negro supermasivo Sagitario A*. Entre 225 y 250 millones de años son los que se tarda en dar una vuelta completa, o sea en completar un año galáctico. Nuestro planeta tendría aproximadamente solo 20 años galácticos.

Se calcula un radio de 46.500 millones de años luz para el universo observable. A veces se distingue entre universo observable y universo visible, en cualquier caso, diferentes del universo real. Estos límites no se ponen teniendo en cuenta nuestra tecnología, sino las leyes de la física. Establecen lo que se conoce como horizonte cósmico. El espacio que nos separa de las galaxias más lejanas se amplia a velocidades mayores que las de la luz. Por lo tanto, algunas están emitiendo una luz que nunca va a llegar a la Vía Láctea y no podremos verlas. El universo es inmenso, más de lo que desde aquí podamos nunca observar. Hay quienes piensan que es infinito.

El promedio del alejamiento al que se encuentra el Sol es 149.597.870,7 kilómetros, siendo alrededor del 3 de Enero el momento en el que la Tierra está más cerca y alrededor del 4 de Julio el momento del año en que se sitúa más lejos. La separación media entre el Sol y la Tierra es la Unidad Astronómica y esta medida de longitud equivale a 0,00001581 años luz. O sea, la luz del Sol tarda poco más de ocho minutos en llegar. El universo es tan grande que el año luz es una magnitud que se queda pequeña. También tenemos el pársec, que parte de la Unidad Astronómica. Equivale a 3,26 años luz o aproximadamente a 30,9 billones (30,9·10¹²) de kilómetros. Se sigue quedando pequeña. Por eso se utilizan el Kilopársec (mil pársecs), el Megapársec (un millón de pársecs) o el Gigapársec (mil millones de pársecs) para referirse a objetos muy lejanos.

La galaxia más cercana, Andrómeda, se ubica a 2.500.000 años luz, 700.000 pc, 700 kpc o 0,7 Mpc. En el futuro, se prevé que esta galaxia choque con la nuestra, la Vía Láctea, formando una supergalaxia —que se llamaría Milkdromeda o Lactómeda—, aunque no se espera un choque violento por lo lejos que están, en ambas galaxias, unas estrellas de otras.

Con estas distancias, añadidas a la certeza de que no se puede superar la velocidad de la luz, es un poco ridículo el planteamiento de que un ser que se muere algo más tarde de los setenta años1 explore, no ya el universo, sino la Vía Láctea. En algunas narraciones sobre viajes espaciales se pretende salvar esta dificultad con el recurso de la hibernación. Esto resulta, cuando menos, bastante ingenuo. El gran problema para realizar largas travesías a otro sistema solar radicaría en la colosal distancia que habría que cubrir. Es una dificultad mucho mayor que la que se encontraron las primeras Homo sapiens que se internaron en el mar y navegaron. En otras ficciones sobre viajes espaciales como Star Trek utilizan motores supralumínicos, concretamente a partir de los guiones de esta clásica serie se teorizó sobre los dispositivos warp2.

Probablemente lxs únicxs seres vivxs que viajen por el espacio sean unicelulares y vayan adheridos a restos de objetos rocosos, asteroides y cometas. Para explorar las galaxias, dadas las descomunales distancias, el tiempo que costaría atravesarlas y el daño que causan al ADN determinadas emisiones que es fácil encontrar en el cosmos, harían falta unos robots con verdadera inteligencia artificial que dejarían de estar operativos con el tremendo paso del tiempo. Así que estos, a su vez, deberían ser capaces de producir otras máquinas iguales. Eso además de una nave, cuyo motor funcione con una energía que esté disponible de manera casi infinita y que permita hacer paradas para aprovisionarse de nuevos materiales para producir los robots, dado que el reciclaje puede existir pero solo hasta cierto punto.

Alfa Centauri, compuesto por tres estrellas (la más cercana de ellas Alfa Centauri C también se conoce como Próxima Centauri), es el sistema más cercano a la Tierra y está a 4,37 años luz o 1,34 pc, o sea a 41,3 billones de kilómetros de distancia. Desde el siglo pasado sabemos que no se puede superar la velocidad de la luz, así que las posibilidades de la travesía espacial son muy limitadas. Es más que probable que seamos incapaces de salir de esta roca para encontrar otro sitio donde vivir. Tenemos que asumir que no hay otro emplazamiento mejor que nuestro hogar. Por tanto, no podemos continuar dañándolo, a menos que queramos suicidarnos. Quienes soñaban con un futuro de la especie humana en el espacio, están empezando a descubrir una verdad que ya conocían en los movimientos ecologistas: que somos ecodependientes, que necesitamos de la naturaleza de la Tierra.

La única opción para viajar mucho más allá de nuestro sistema solar —aparte de la de poder controlar el teletransporte instantáneo— sería poder encontrar y lograr atravesar los hipotéticos agujeros de gusano. Consistirían en lugares en los cuales se pliega el espacio, de manera que quedarían conectados dos puntos extraordinariamente lejanos.

El universo es inmenso e inabarcable. Así escribía Margherita Hack en Mi infinito. Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea:

Cuando hablamos de universo entendemos «el conjunto de todo lo que existe», o sea de todo lo que es observable, sobreentendiendo, no obstante, que pueda ser incluso mucho más extenso, infinito, inaccesible para nuestros instrumentos. Pero ¿estamos seguros de que es así? Los antiguos estimaban que el universo era una esfera la Tierra, luego el Sol y el sistema solar; a principios del siglo XX nos preguntábamos si la Vía Láctea abarcaba todo el universo y luego se han descubierto miles de millones de Galaxias. Hoy nos preguntamos si el universo es verdaderamente todo lo que existe, o es sólo uno entre infinitos otros: si las leyes físicas que hemos descubierto fatigosamente son verdaderamente universales o en regiones inconmensurablemente lejanas pueden ser distintas. Una pregunta a la que nunca podremos responder, porque por definición cualquier otro universo estaría fuera de nuestro universo observable. Sin embargo, la idea de que el nuestro sea solo uno entre tantos universos, no se puede descartar.3

1 Aunque no pocxs abuelxs pasen de 90 en el Norte Global, la media de la esperanza de vida en la Tierra se sitúa entre los 70 y los 73 años.

2 El desplazamiento por curvatura se basa en el principio de que el espacio sí puede moverse a velocidades más altas que la de la luz. Permitiría a una nave espacial viajar moviendo el espacio inserta en una especie de burbuja a la vez que evitaría los problemas asociados con una dilatación relativista del tiempo. El problema principal de estos dispositivos es que necesitarían una energía descomunal, mucho mayor de la que nunca podríamos tener.

3 Margherita Hack Mi infinito. Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea. Barcelona: RBA, 2012.

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La vida en el centro 8/8

Sería positivo que ya hoy mujeres, personas de géneros no binarios y hombres se animasen a vivir en comunidades surgidas a partir de familias elegidas. Se trataría de una unión para la convivencia similar a la de lxs monjxs pero sin normas obligatorias sobre relaciones afectivas, sexuales o relativas a la posibilidad de descendencia, ya que estás actividades no se pueden prohibir a pesar de que las viejas religiones lo hagan. Son un asunto de Derechos Humanos y cada cual puede decidir qué hacer en diferentes momentos.

A lo largo del siglo presente (todavía solo estamos en el año veintiséis) se irá viendo cómo intentar vivir solxs, en pareja o en pequeñas familias, de la forma en que lo hemos hecho las últimas décadas, es ecológicamente insostenible y está condenado al fracaso. Mejores perspectivas tendrán las comunidades formadas por veinte, cincuenta o alrededor de cien individuxs.

El mundo está cambiando mucho, aunque es común encontrar a personajes que no se adaptan y que añoran un pasado muy machista. Esta organización podría actuar como contrapeso ante un número creciente de hombres cisheterosexuales que han entrado a formar parte de la llamada manosfera o androsfera, poblada por incels, cryptobros y misóginos de todo pelaje, así como del aumento de la repercusión de sus mensajes gracias a los magnates propietarios de medios de comunicación y multinacionales de las redes sociales. En esas redes aparece continuamente publicidad sobre métodos para hacerse rico. Todo este ecosistema digital favorece que aumente el sector de población que vota a la ultraderecha.

Nuria Alabao en Íncels, gymbros, cryptobros y otras especies antifeministas, da varias explicaciones para que este fenómeno sea frecuente en la gente joven:

Es cierto que los jóvenes se enfrentan a una ausencia de certezas vitales mayor que la de generaciones anteriores: sin perspectivas laborales estables, con un desempleo mayor que en otras franjas de edad, con problemas para independizarse por culpa de la crisis de vivienda y condenados así a una minoría de edad casi eterna. La edad de emancipación en España es de 30,4 años y el 65% de los jóvenes entre 15 y 34 años vive con sus padres o depende económicamente de ellos. A esto se suma el peso psicológico de la catástrofe climática, completamente nuevo y de consecuencias impredecibles.

Paradójicamente, sus expectativas de consumo son muy altas en un mundo en el que casi todo está en venta. Ya hay más productos diferentes que especies diferentes. Y aún cuando una parte de la población esté excluida de esta orgía consumista, la lógica del deseo sigue operando como una fuerza central: comprar objetos tiene una dimensión extraordinaria y aspiracional, sirve para construirse y representarse ante el mundo. De modo que aumenta la distancia entre los que acceden a ese casi todo y los que tendrán que conformarse con lo que se pueda.1

La brecha entre grandes consumidorxs y pequeñxs se agranda ya en circunstancias positivas para los negocios. Pero es que estas condiciones van a dejar de confluir. Si la especie humana pretende seguir prosperando en este planeta, deberá aprender a subsistir reduciendo su impacto ecológico. Y qué mejor forma de hacerlo que aprovechando los recursos en comunidad. Es lógico pensar que las viejas religiones  tendrán un peso muy grande en muchas. Por eso es necesaria una organización de carácter religioso como esta: no dogmática, democrática, consciente de las injusticias que ha generado la supremacía blanca (racismo, esclavitud, colonialismo, etc), cimentada en la igualdad de derechos y en la equidad en el reparto de las rentas.

Ecosofía quiere decir filosofía de la Tierra. Es un término creado por el filósofo noruego Arne Naess (1912-2009), aunque desarrollado más ampliamente por el francés Felix Guattari (1930-1992). Concibe que somos solo una parte de la naturaleza, mas allá de las posturas antropocéntricas que conducen a su explotación. Únicamente entendiendo este punto podremos adaptarnos a la crisis ecológica planetaria que enfrenta la humanidad. Una crisis que se ha percibido más en los últimos años con la emergencia contra el caos climático desatado por los humanos y que ha producido la pandemia con más víctimas mortales —hasta que escribo estas líneas, en verano de 2026 (seguramente vendrán peores)— a la que se han enfrentado las sociedades de consumo. En los próximos años se mostrarán más aspectos de este proceso de destrucción ecosistémica (del ecosistema que sostiene a la humanidad) y será indudable que tenemos que tejer nuevas redes para estar mejor preparadxs para los cambios y ser más resilientes. Para ello necesitamos otra cosmovisión diferente, una que no sea tan antropocéntrica.

Las religiones patriarcales no suelen poner la vida en el centro, muy al contrario, ponen la muerte en el centro. Como dice Michel Onfray en Tratado de ateología:

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.2

Algunas de las sectas del cristianismo —que es el monoteísmo que mejor conozco—, desean que llegue pronto el apocalipsis y el Juicio Final, para que podamos disfrutar de la presencia de Dios/Jesús. Es muy probable que, con el aumento de las tensiones entre la Federación Rusa y la OTAN a causa de la invasión de Ucrania, con la guerra de Asia occidental provocada por los ataques a Irán y con la amenaza de una gran guerra nuclear entre China y EE. UU., estén sintiendo que ese momento se encuentra un poco más cerca. Imagino que en diferentes culturas con otras creencias, habrá grupos con esperanzas similares.

Desde hace unas décadas, un persistente aroma a fin del mundo se respira en la cultura. Se hace notar especialmente en el cine de catástrofes y conecta con un sentimiento, con un inconsciente colectivo, que teme que se vaya a terminar (presiente que va a suceder) el “modo de vida imperial” que conforma la sociedad de consumo en estos territorios privilegiados, que se basa tanto en el extractivismo, como en el mantenimiento del sistema patriarcal, de la colonialidad, de la supremacía blanca, de la cisheteronorma o del antropocentrismo y que tanto daño provoca a los países del Sur Global y a la naturaleza de la Tierra. 

Las principales religiones teístas incluyen la promesa de vivir eternamente en un paraíso después de la muerte (y de un juicio), al tiempo que desprecian esta vida, que es la única de la que tenemos certeza y en la que hemos de centrar todo nuestro interés. Deberíamos seguir intentando que dejen de ser hegemónicas. Articularnos en una nueva organización de carácter religioso, que de una manera pragmática y realista ponga el más acá —en vez de el más allá— en el centro de nuestra existencia, es un medio para conseguirlo.

1 Alabao, Nuria: Íncels, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas: lo que la manosfera nos dice de los adolescentes y del mundo en que vivimos. Madrid: Escritos contextatarios, 2025.

2 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.

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La vida en el centro 7/8

Al poner la vida en el centro, esta organización va a situarse en contra de la explotación laboral y siempre va a anteponer los derechos de quienes trabajan —con frecuencia a cambio de salarios injustos— al interés por la búsqueda de beneficios económicos. La equidad también es un elemento indispensable para ella. Insisto de nuevo en que se trata de poner la vida en el centro pero, como diría Yayo Herrero: “una vida que merezca la pena ser vivida”. Es intolerable que haya quienes lo tienen todo mientras otrxs poseen tan poco. Sobre todo el auge de los mega ricos. Hay que compartir la riqueza: han de desplegarse mecanismos realmente efectivos de justicia redistributiva. Es necesario potenciar los servicios públicos ya existentes y ofrecer otros que con el tiempo se mostrarán indispensables, pues seguramente haya más gente en situación vulnerable, de desempleo, etc. Puede que el Estado no los vaya prestar o puede que sí, pero que tarde demasiado. En cualquier caso, tendremos que comenzar poniéndolos en marcha de manera comunitaria. Pero para eso harán falta comunidades fuertes y esta entidad religiosa antipatriarcal y no dogmática ha de trabajar para conseguir que se despliegue en todas las localidades una más de ellas.

Vivimos en una realidad muy complicada, presidida por el horizonte de la muerte. Asumimos que este fenómeno es lo contrario de la vida, pero, en el fondo, es parte de ella. Tenemos que morir para dejar sitio a quienes vienen detrás. No nos deberíamos indignar con la vejez, ni sufrir por no lograr vencerla, ya que envejecer es una señal de que hemos conseguido sobrevivir más allá de lo imprescindible y permanecemos aquí, acumulando una sabiduría que en determinado momento podemos compartir con las generaciones posteriores.

Quizás la lógica nos puede ayudar a aceptar la muerte: si mueres es porque antes has vivido. Y si vives es porque has nacido. Si no había nada y después naciste, tendrás que morir y volver a la nada (al menos temporalmente). Por tanto, no nos debería asustar morir y desaparecer. Si contemplamos el tiempo con una perspectiva geológica o cósmica, podemos comprobar que nuestra existencia resulta realmente efímera. Antes de nacer no existíamos. Después de vivir volveremos a no existir. En los siglos pasados estábamos más resignadxs a la intempestiva llegada de la parca. Se valoraba como una posibilidad que contemplábamos siempre. En cambio, hoy en día la muerte de lxs demás a menudo se percibe como un suceso inesperado. La experiencia de quienes quedan vivxs es que cuando alguien muere desaparece. Pero, aunque es inevitable el sufrimiento por la pérdida, quizás deberíamos tomarlo más a la ligera. Es un suceso que a pesar de que no nos guste, ocurre. Puesto que el espacio y los recursos del planeta en el que vivimos son limitados, su naturaleza requiere que mueran lxs que antes han nacido.

Lxs seres vivxs nacen, se alimentan, excretan, crecen, envejecen y mueren, aunque hay a quienes ni si quiera les da tiempo a crecer ni a envejecer. Algunxs no tienen deseo de reproducirse (yo solo lo tuve un tiempo, cuando era muy jovencito). Una aspiración que resulta muy lógica en la situación de superpoblación en la que nos encontramos —con alrededor de 8.200 millones de ejemplares de nuestra especie— en la que reproducirse no es una necesidad. Tampoco me parece que sea indispensable que alguien se reproduzca para madurar plenamente y no ser egoísta.

Se habla mucho de la superpoblación de la Tierra y se dice que pronto no habrá suficiente comida para toda esa población. No es verdad. Sí que la habrá. Hoy producimos más que suficiente, pero la destruimos en tremendas cantidades. Es probable que en unos años produzcamos menos, pero necesitamos repartirla mejor aprender a vivir de otra manera y que las instituciones dedicadas a su producción, distribución y servicios asociados dejen de desperdiciar alimentos.

Como apunta Layla Martínez en Utopía no es una isla:

Artículos periodísticos y estudios de instituciones oficiales proyectan hacia el futuro las tendencias de crecimiento de la población de los últimos dos siglos y contribuyen a extender la sensación de que las próximas décadas estarán marcadas por una elevada superpoblación que el planeta no será capaz de mantener. Esta sensación es utilizada por las posturas partidarias del control de la población, que sin embargo parecen no tener en cuenta que esas tendencias han cambiado en los últimos años, que la mayor parte del planeta se encuentra ya en cifras de natalidad por debajo de la tasa de reposición y que lo más probable es que eso se mantenga o incluso se incremente, pero además presentan los datos descontextualizados y sin ningún tipo de explicación. No se dice nada sobre las enormes diferencias en la huella ecológica de unas clases sociales a otras y de unos lugares del planeta a otros.1

En nuestras sociedades damos por sentado que la familia nuclear es una forma de convivencia en la que unxs buscan el bien de otrxs y se cuidan mutuamente (si bien no podemos olvidar que tradicionalmente estos cuidados fueron impuestos a las mujeres). Por eso, formar la suya propia en algún momento de su vida es una aspiración para la mayoría. 

La familia es una institución que se ha fundamentado en el trabajo no remunerado de abuelas, madres, hijas, tías, sobrinas recogidas… De todas formas, no todas esas unidades de convivencia son iguales. Una gran cantidad de ellas se convierten en una estructura tóxica con el tiempo, si no lo eran ya desde su inicio. Hay conformadas otras formas de solidaridad que no son las que se producen en las familias más generosas. Habría que trabajarlas más. Además de las uniones por afinidad que se construyen mientras duran las relaciones afectivo-amorosas (que pueden integrar a más de dos, aunque la ley no lo reconozca), existen grupos de afinidad en los que no hay relación sexual ni amorosa y en ocasiones llegan a construir una unidad de convivencia por simpatía, sin partir del parentesco —formando familias elegidas en vez de predeterminadas— que pueden resultar igual o más satisfactorias. 

En los últimos siglos, la aspiración ha sido vivir en parejas y familias nucleares. Pero son muchas las culturas en las que la vida se planteaba (todavía lo hace) en familias extensas y hubo un tiempo en el que solo podíamos subsistir cohabitando en grandes clanes familiares o asociaciones de ellos. Las actuales estructuras de convivencia, tan poco tendentes a la comunidad, tendrán que ser revisadas, pues es probable que en una situación de decrecimiento forzoso, como la que sufriremos en unos años, no resulten energéticamente eficientes. Además, convivir de manera comunitaria puede conseguir que se repartan los cuidados de manera más igualitaria, al tiempo que se fomenta el apoyo mutuo. 

Si las condiciones de vida se van a complicar en los próximos años —como prevemos muchas personas—, va a ser más que necesaria la organización de esas familias (entre las cuales cada vez es más frecuente el fenómeno monomarental) en pequeñas comunidades de fuertes lazos y la actuación de una grande que les brinde apoyo.

Es necesario oponer una mayor resistencia a la intoxicación que sufren numerosas niñas, adolescentes y adultas con los mitos del amor romántico —con vistas a ser sometidas a  lo que Carole Pateman (1940) denominó contrato sexual en su libro homónimo de 1988— y el de las bondades de la familia nuclear. Una intoxicación que está muy relacionada con la manera clásica de ser mujer y la perpetuación de los privilegios masculinos. 

No comparto en absoluto ese pensamiento que viene a decir que las mujeres solamente lo son “de verdad” cuando se convierten en madres. La reproducción no es más que una posibilidad que existe para la mayoría pero no estamos obligadxs a llevarla a cabo. La especie no se va a extinguir si dejamos de reproducirnos. Más bien podría pasar al revés, que se extinga por hacerlo demasiado. 

Aquí van unas palabras de Marta Tafalla sobre la prescripción de maternidad para las mujeres, en Filosofía ante la crisis ecológica:

Las mujeres que hemos decidido no tener hijos sentimos una enorme presión. A menudo se nos requiere dar explicaciones de por qué hemos tomado esa decisión y se nos recrimina que somos egoístas, solitarias, excéntricas y frívolas. Cualquier persona, desde familiares y amigos a vecinos, colegas del trabajo o gente que apenas nos conoce, y especialmente los varones, se sienten legitimados para soltarnos un discurso impulsándonos a reconsiderar nuestra decisión, si todavía estamos a tiempo o para reñirnos, si es ya demasiado tarde.2

A los hombres cishetero no les pasa eso. Y mucho menos a quienes presentamos sexualidades disidentes.

Es obvio que son muy numerosas aquellas personas que prefieren reproducirse y tener su propia descendencia, adoptar o acoger peques, puesto que para ello han sido educadas. En estos casos sería interesante practicar la co-maternidad, la co-paternidad o la co-crianza con otrxs individuxs que pensaban afrontar el reto en solitario. 

Se nos ha inculcado la tendencia a hacer lo posible por multiplicarnos. De todas formas, con los modelos de maternidad y paternidad que se están imponiendo desde las zonas privilegiadas, en los que hay que hacer grandes sacrificios y las criaturas son muy demandantes de productos de consumo, aquí es imposible aumentar notablemente la tasa de natalidad, una noticia que no es tan mala para La Tierra. Parece más sensato que la desmesurada población existente se redistribuya, en vez de intentar elevar la tasa de natalidad en los Estados con mayor IDH. También hay que trabajar para generar parentesco sin aumentar la población y creo que para eso sería muy útil esta entidad.

1 Martínez, Layla: Utopía no es una isla. Catálogo de mundos mejores. Vitoria-Gasteiz: Episkaia, 2020.

2 Tafalla, Marta: Filosofía ante la crisis ecológica, Madrid: Plaza y Valdes, 2022

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La vida en el centro 6/8

Hemos de modificar radicalmente nuestra cultura, nuestras formas de habitar y de consumir en este planeta para hacerlo de una forma más justa y sostenible. Tendríamos que construir comunidades resilientes, que se opusiesen a la supremacía blanca, a la colonialidad, a la norma patriarcal, a la xenofobia; comunidades ecologistas, en las que LGTBIQA+ y quienes tenemos diferentes capacidades nos sintiésemos a gusto, que fuesen autosuficientes, redujesen sus emisiones de gases de efecto invernadero y resistiesen frente a los daños provocados por el caos climático. En ellas deberíamos poner la vida en el centro y cuidarnos unxs a otrxs. Unas tareas como las de cuidados, de las que se encargaron tradicionalmente las mujeres, deberían ser asumidas por toda la comunidad.

Para que todo ello funcionase hay que aprender a disfrutar de la vida con menos objetos y menos dinero. Una solución sería seguir el ejemplo de quechuas con la Sumaq Kawsay y de aymaras con la SumaKamaña, dos formas de hacerlo que priman el buen vivir y el bienestar comunitario frente al consumir.

El notable aporte cultural ancestral indígena del Sumak Kawsay o Buen Vivir (Vivir Bien en Bolivia), de acuerdo con muchos autores que ponen por escrito la antigua tradición oral de diversos pueblos de Nuestra América, tiene cinco principios: Sin conocimiento o sabiduría no hay vida (Tucu Yachay), Todos venimos de la madre tierra (Pacha Mama), La vida es sana (Hambi Kawsay), La vida es colectiva (Sumak Kamaña) y Todos tenemos un ideal o sueño (Hatun Muskuy).  

Estos se sustentan en tres principios de la filosofía andina: Reciprocidad como solidaridad entre los seres humanos (el “prestamanos” individual y familiar al construir una vivienda o la “minga” como acción colectiva de interés comunitario), incluyendo los mandamientos de no ser ladrón, ni mentiroso, ni flojo.1

Los gobernantes europeos y norteamericanos siempre han hostigado a indígenas de Abya Yala, África, Asia, Oceanía, al pueblo Inuit y a otros alrededor del Polo Norte para imponer su propio modelo: un sistema que daña la naturaleza. Ahora necesitamos de los saberes ancestrales de estos pueblos para aprender a vivir dentro de los márgenes planetarios.

Sería conveniente darle más importancia a comunidades indígenas, sociedades de convivencia comunales, ecoaldeas… en fin, a emplazamientos en los que las relaciones sociales que no estén determinadas por el ansia de dinero y de consumo.

La vida suele estar más amenazada en aquellos espacios en los que viven más personas pobres. Es muy obvio que no somos tratadxs como iguales alrededor del globo terráqueo, ni tenemos las mismas oportunidades. También lo es que si la industria ha de ocasionar «accidentalmente» desastres medioambientales y humanos, las élites empresariales prefieren que estos ocurran en Estados empobrecidos y apartados del foco mediático como en el caso de Bhopal (India)2.

La Congregación del Infinito ha de actuar ante desastres ecológicos y proteger la vida en general, tanto la de lxs diversxs seres no humanxs que habitan nuestro planeta, como la de quienes sí lo somos. Una herramienta muy útil para este último fin son los Derechos Humanos, por ejemplo los recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU3 (escoger esa organización, aunque es criticada desde las derechas y las izquierdas, manifiesta la voluntad de partir de unos mínimos consensos), aunque también están descritos en otros sitios. Intentará salvaguardar unos derechos que, a raíz de las revoluciones de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX, ya fueron proclamados y se comenzaron a considerar para los varones cisheterosexuales de la etnia dominante (casi siempre blanca), pero que para el resto de sujetxs solo empezaron a ser respetados en ciertos territorios durante la segunda mitad del siglo pasado y todavía hoy no se admiten en muchas partes del mundo.

Poner la vida en el centro igualmente significaría proteger el medio ambiente y la existencia de animales, plantas y de otrxs seres vivxs. Habría que conseguir que la ONU publicase una Declaración de Derechos de lxs Seres Vivxs que complemente a la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Las representaciones clásicas de las religiones teístas y erigidas sobre la subyugación de las mujeres suponen un rechazo de esta vida que conocemos, en favor de otra supuesta vida después de la muerte. Nietzsche, en su Ecce Homo escribe:

Todo lo que hasta ahora se llamó «verdad» ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de «mejorar» a la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica. Moral como vampirismo. Quien descubre la moral ha descubierto también el no-valor de todos los valores en que se cree o se ha creído; no ve ya algo venerable en los tipos de hombre más venerados e incluso proclamados santos, ve en ellos la más fatal especie de engendros, fatales porque han fascinado¡El concepto «Dios», inventado como concepto antitético de la vida en ese concepto, concentrado en horrorosa unidad todo lo nocivo, envenenador, difamador, la entera hostilidad a muerte contra la vida! ¡El concepto «más allá», «mundo verdadero», inventado para desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ninguna tarea! ¡El concepto «alma», «espíritu», y por fin incluso «alma inmortal», inventado para despreciar el cuerpo, para hacerlo enfermar –hacerlo «santo»–, para contraponer una ligereza horripilante a todas las cosas que merecen seriedad en la vida, a las cuestiones de alimentación, vivienda, dieta espiritual, tratamiento de los enfermos, limpieza, clima!4

Sin embargo, otro tipo de moral que parta de la igualdad de derechos y de la no discriminación entre las criaturas humanas, del hecho de tomar distancia del antropocentrismo acercándose al antiespecismo o de intentar que se extiendan la democracia participativa, la justicia social y los valores ecológicos es muy positiva. Se puede añadir que es muy lícito intentar mejorar a la humanidad, aunque prescindiendo ya de los manidos y anticuados conceptos denunciados por el filósofo alemán.

Todos esos cambios solo se deben plantear a través de medios pacíficos. La Congregación del Infinito no puede creer más que en la paz, al contrario que las grandes y viejas religiones místicas y de las revelaciones, que validan la noción de guerra santa, una noción anterior a la aparición del cristianismo y el islam. Como dice Michel Onfray en su Tratado de ateología: “A los palestinos [Dios] les prometió la destrucción total, la guerra santa según la expresión aterradora hipermoderna del libro de Josué (6:21)5. Las guerras de religión —a menudo entre distintas sectas dentro de una misma creencia—, que han causado numerosas víctimas a lo largo de la historia, se hacen realmente por motivos económicos. Incluso si con esta nueva estructura provocásemos la ira de amplios sectores de la sociedad, no deberíamos participar en unas guerras que nunca podrán ser ni santas ni justas.

Habría que darle a la paz una oportunidad, como pedían en 1969 Yoko Ono (1933) y John Lennon (1940-1980) en su “encamada por la paz” y que de hecho grabaron en una canción en la habitación de su hotel. Es mejor intentar resolver los conflictos con resistencia pasiva, desobediencia civil y con acciones no violentas.

Las organizaciones feministas se han centrado siempre en poner la vida el centro, tarea muy difícil cuando hay que enfrentarse a los múltiples daños que causan los conflictos bélicos. Entiendo el feminismo como un movimiento esencialmente pacifista.

Es fácil que, ante la Gran Escasez que sufriremos los próximos años, se disparen en los Estados las actitudes beligerantes. La guerra y la destrucción es el destino que seguro nos espera si nuestros dirigentes siguen poniendo en práctica la máxima business as usual. Ya estamos viendo el daño que causan en las noticias las invasiones de Rusia a Ucrania o la guerra ocasionada tras los ataques de Israel y EE. UU. a Irán. También podemos encontrar multitud de ellas, como la de Yemen, la del Congo, la de Sudán o varios conflictos en África, Asia, Abya Yala y Oceanía que aparecen muy poco en los medios de comunicación. No hay que olvidar que hay diferentes Estados que albergan potentes armas de destrucción masiva y que algunos de ellos podrían provocar el invierno nuclear y la desaparición de gran parte de la vida que hay en este planeta. ¿De verdad vamos a dejar que esos horribles líderes mundiales tiren sus bombas y acaben con nuestra posibilidad de vivir en él? No podemos permitirlo. Es indispensable reactivar un movimiento pacifista que se mostró muy fuerte en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, antes de la caída del bloque formado por la Unión Soviética y sus países aliados. Hay que apoyar la Campaña Internacional para abolir las Armas Nucleares (ICAN) y tendríamos que conseguir que más Estados firmasen el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN o en inglés TPNW). Hay alrededor de 12.200 cabezas nucleares, de las que unas 9.500 están en arsenales militares, listas para su potencial uso. Las simulaciones nos dicen que en el momento en que se estalle una sola de ellas es fácil que se inicie una concatenación de eventos que lleven a una guerra nuclear. Es muy importante unirnos para potenciar el pacifismo.

1 Artículo aparecido en el periódico ecuatoriano El Telégrafo https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/que-es-el-sumak-kawsayx

2  El accidente de Bhopal tuvo lugar en 1984 en esta localidad del estado de Madhya Pradesh en India, cuando un escape de gas venenoso utilizado en la fabricación de plaguicidas por la empresa Union Carbide causó la muerte de entre 7.000 y 25.000 personas (si se cuentan las que fueron muriendo con el tiempo por los efectos del envenenamiento de aquel día) causando 500.000 heridxs de diversa gravedad.

3 No podemos olvidar que cuando fue redactada esta declaración varios países tenían todavía colonias, la supremacía blanca, el machismo y la heteronormatividad eran todavía más fuertes y nadie hablaba de los derechos trans ni de la existencia de personas intersexuales o de géneros no binarios.

4 Nietzsche, Friedrich: Ecce Homo. Madrid: Tecnos, 2017

5 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.

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La vida en el centro 5/8

Lxs bebés y peques de hoy día tendrán que aprender a vivir en una Tierra sumida en un gran caos climático, con unos entornos naturales muy contaminados, con la amenaza de unas armas nucleares que siempre están ahí, susceptibles de ser utilizadas, algo que conllevaría que afectasen a través de la lluvia radiactiva a sectores muy lejanos entre sí; con el cierre de zonas por alta radioactividad en torno a las centrales nucleares siniestradas de Fukushima y Chernobyl o en otras partes del globo por ensayos o accidentes con armamento nuclear; con una gran deforestación, con una biodiversidad cada vez menor debido a la desaparición o reducción a la categoría de “especies en peligro de extinción” —condición que implica que existan menos ejemplares y solamente en determinadas áreas— de gran cantidad de animales1, plantas y hongos, al tiempo que con una mayor escasez de energía y materiales. A esto hay que añadir las nuevas pandemias que puedan aparecer, los conflictos nacionales e internacionales que en ocasiones acaban en guerras (que además del sufrimiento humano generan mucha contaminación y CO2). Estamos dejando el espacio que habitamos mucho peor de lo que lo encontramos.

Parece que los adolescentes actuales habrán de hacerse adultos en medio de un capitalismo en descomposición, que se suma a las luchas interseccionales de siempre (raza, género, orientación sexual, clase…), y frecuentemente acaban cayendo en las redes de la ultraderecha.

Es un desastre de herencia la que legamos. Es muy injusto. 

Los problemas que serán evidentes al final de esta década y que nos perseguirán en las siguientes se han producido en un mundo gobernado casi siempre por hombres cis principalmente heterosexuales (se conocen excepciones con otras preferencias) y mayoritariamente blancos2 —aunque ahí han estado las anomalías de Claudia Sheinbaum (1962), Dilma Rousseff (1947), Cristina Fernández (1953), Margaret Tatcher (1925-2013), Giorgia Meloni (1977), Sanae Takaichi (1961), Ángela Merkel (1954), Úrsula von der Leyen (1958), Benazir Bhutto (1953-2007) o Indira Gandhi (1917-1984), entre muchas otras lideresas (ninguna muy oscura de piel) de países que han decidido nuestro destino—. Ellos son los que nos han traído a esta situación. Han demostrado a la humanidad una gran incompetencia. Es hora de que otras subjetividades políticas con conciencia de clase tomen el relevo hasta que logremos articular una realidad en la que nadie domine.

Hemos de ser conscientes de que el supremacismo blanco fue una de las fuerzas que condujo la historia. Provocó (y sigue provocando) demasiados menosprecios y discriminaciones, demasiadas hambrunas, desigualdades en la asignación de recursos, torturas y muertes. Es hora de que intentemos seriamente pararlo, más allá de proclamas y buenas intenciones.

Carlos Taibo reflexiona, en Ecofascismo. Una introducción (2022), sobre las conclusiones del libro de 2002 de Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Y reconoce que el nazismo solo fue una etapa en un proceso mucho más largo por el que los hombres blancos lograron oprimir a lxs habitantes de los países del Sur global. El ensayista y profesor jubilado exhibe una opinión que no solo es suya:

Claro es que en relación con el argumento que ahora despliego no sería muy saludable concentrar toda la atención en Hitler y sus crímenes. Por detrás está —lo reitero— la trama del mundo occidental en general. La dominación de este sobre el planeta no surge, o no surge solo, de las revoluciones vinculadas con la ciencia, la industria y la política: se ha levantado sobre la base del genocidio, de la esclavitud y del colonialismo, todos ellos asentados en la supuesta superioridad del hombre blanco y de su racionalidad científica e ilustrada. Estos tres factores permitieron con el paso del tiempo el auge, cierto que relativo, del proletariado revolucionario de los países del Norte y, después, el de los propios Estados del Bienestar. En un escenario tan complejo como ese no parece en modo alguno injustificada la conclusión de que el ecofascismo bien puede ser una deriva natural de las propias democracias  liberales.3

En el mundo considerado occidental tenemos muy presente los horrores nazis del Holocausto, pero no somos lo suficientemente conscientes de otros genocidios que produjeron los blancos al colonizar los subcontinentes sur, central y norte de Abya Yala, las islas del Caribe o las tierras de África, Asia y Oceanía. Mientras escribo estas líneas se sigue cometiendo uno en Palestina, a pesar de que se firmó un Plan de Paz para Gaza.

Trevor Noah, en este extracto de su libro de memorias infantiles Prohibido Nacer, medita sobre el hecho de que hubiese en Sudáfrica tantos chicos que se llamaban Hitler y en la poca importancia que dan a ese nombre la mayoría de sus compatriotas no blancxs:

A menudo conozco a occidentales que insisten en que el Holocausto ha sido la peor atrocidad de la historia de la humanidad. Sí, fue horrible. Pero a menudo me pregunto: las atrocidades cometidas en África, por ejemplo la del Congo, ¿cómo de horribles fueron? Una cosa que no tienen los africanos pero sí tuvieron los judíos es documentación. Los nazis llevaban registros meticulosos, hacían fotos y grababan películas. Y al final la cosa se reduce a eso. Las víctimas del Holocausto cuentan porque Hitler las contó. Mató a seis millones de personas. Podemos mirar esa cifra y sentirnos horrorizados con razón. Pero cuando lees la historia cometida contra los africanos, no hay cifras, solo conjeturas. Y es más difícil que te horrorice una conjetura. Cuando Portugal y Bélgica estaban saqueando Angola y el Congo, no se dedicaron a contar cuántos negros mataban ¿Cuántos negros murieron recogiendo caucho en el Congo? ¿Y en las minas de oro de Transvaal?4

Sabemos que las culturas occidentales se dedicaron a explotar diferentes tierras, cometieron muchos genocidios y ahora un sector significativo de su población se opone a que la gente que allí habitaba venga a vivir al Norte. Hemos de confrontar a ese sector para evitar que sea mayoritario. Necesitamos nuevos e inesperados modos de presentar batalla —más allá de partidos políticos, asociaciones y colectivos— para lograr vencer a una ultraderecha racista y especialmente xenófoba que hoy quiere excluir a lxs migradxs, no reconoce las violencias machistas y fomenta el odio a la gente LGTBIQA+ hablando de lobby gay y lobby trans. Una que todavía niega la emergencia climática antropogénica pero que no tardará en admitir que nos hallamos en una gran crisis ecológica —cuando ya se haga demasiado evidente como para seguir negándolo— y estará interesada en incluir toques de ecofascismo en los sistemas de los países centrales del capitalismo para intentar mitigarla.

En la política y en general en la cultura se percibe a menudo un fuerte eurocentrismo, entendiéndolo como una preferencia por las cosmovisiones generadas en Europa occidental o en el norte de Abya Yala. Hemos de luchar para escapar de esa mirada, pero especialmente quienes nos consideramos occidentales, aunque eso nos haga perder privilegios. Se conoce como Occidente a las naciones de Europa occidental y central, EE. UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda. México, el centro, el sur de Abya Yala y las islas del Caribe son consideradas por ciertxs autorxs como Extremo Occidente o como parte de otra división mundial, debido al menor IDH de sus países. Esto siempre sin contemplar las ricas culturas de los pueblos que habitaban esas tierras antes de la llegada de los colonizadores, grupos étnicos que en numerosas áreas siguen teniendo una notable presencia.

Europa, las sociedades que surgieron a raíz de ella y los hombres blancos —recordemos que hoy todavía manda el patriarcado (cada día que pasa un poco menos)—, actúan de facto como si fueran las fuentes de la civilización. Ciertamente, construyeron impresionantes monumentos en los últimos siglos, colonizaron y dominaron a otros pueblos. No obstante, hay que tener siempre presente que este continente estuvo durante milenios formado por bosques helados mientras la cultura de la humanidad se producía en otros lugares y lxs responsables pertenecían a otros grupos étnicos. ¿Quién nos podría asegurar con certeza que las impresionantes estructuras de Göbekli Tepe o Karahan Tepe (Turquía)5 no fueron encargadas por una casta de sacerdotisas que resultasen ser mujeres negras?6

En todos los Estados con un porcentaje significativo de población blanca, o donde esta ocupa posiciones de poder, podemos encontrar una versión ligera y disimulada de doctrinas a favor del supremacismo blanco, pero en los países occidentales y en el ámbito eslavo o ruso encontramos sin ningún disimulo y con más fuerza política cada día grupos que albergan estas doctrinas y que hablan de “gran reemplazo”.

A pesar de que la nuestra sea una cultura que se edificó hasta la Ilustración partiendo de la desigualdad y a la falta de libertad7, el hecho es que desde la segunda mitad del siglo XX, en Occidente —y progresivamente de manera global— fueron cobrando fuerza reivindicaciones como la de los derechos humanos, los feminismos, el movimiento por los derechos civiles, el Black Power, el movimiento indigenista, el ecologismo o lo que se llamó el Gay Power y que derivó en el respeto y la no discriminación de disidentes sexuales y de género. Sin embargo, en demasiados países no son escuchadas. El antirracismo surgió en los lugares donde se sufrió la colonización, nace de lxs que fueron objeto del desprecio, el maltrato, la despersonalización, la esclavitud y otras injusticias que cometieron los colonos procedentes de Europa o sus descendientes. La Congregación del Infinito podría lograr fortalecer los cambios en nuestras vidas que, gracias a estos movimientos sociales, se han ido produciendo en las últimas décadas.

1 Es enorme la reducción de insectos —aunque en ocasiones solo nos damos cuenta al contemplar el parabrisas tras un viaje largo—, con la pérdida de las funciones polinizadoras que desarrollan.

2 Evidentemente, no es el caso de Barack Obama ni de tantos líderes de países del Asia Oriental que sin ser blancos influyen y han influido en la construcción de la realidad mundial.

3 Taibo, Carlos: Ecofascismo. Una introducción. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2022.

4 Noah, Trevor: Prohibido nacer. Memorias de racismo, rabia y risa, Barcelona: Blackie Books, 2021

5 Göbekli Tepe y Karahan Tepe son yacimientos arqueológicos ubicados en el sudeste de Turquía, cerca de la frontera con Siria, de un complejo religioso y una ciudad del X milenio a.e.c.

6 Seguramente el norte de África no era hace 12.000 años tan blanco como es hoy y, esta zona del Este de Turquía cercana a la frontera con Siria, no se encuentra tan lejos de Egipto.

7 En su libro El amanecer de todo, David Graeber (1961-2020) y David Wengrow (1972) sostienen que para asumir que podíamos vivir con mayores cotas de libertad e igualdad fue clave el contacto con los pueblos indígenas americanos. Algo que, sin desdeñar la importancia de las ilustraciones europeas y norteamericana, así como de la revolución inglesa del siglo XVII, debió de resultar determinante en el hecho de que la libertad ganase peso en las cosmovisiones de estas culturas y en que la revolución norteamericana precediese en más de diez años a la francesa.