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La vida en el centro 8/8

Sería positivo que ya hoy mujeres, personas de géneros no binarios y hombres se animasen a vivir en comunidades surgidas a partir de familias elegidas. Se trataría de una unión para la convivencia similar a la de lxs monjxs pero sin normas obligatorias sobre relaciones afectivas, sexuales o relativas a la posibilidad de descendencia, ya que estás actividades no se pueden prohibir a pesar de que las viejas religiones lo hagan. Son un asunto de Derechos Humanos y cada cual puede decidir qué hacer en diferentes momentos.

A lo largo del siglo presente (todavía solo estamos en el año veintiséis) se irá viendo cómo intentar vivir solxs, en pareja o en pequeñas familias, de la forma en que lo hemos hecho las últimas décadas, es ecológicamente insostenible y está condenado al fracaso. Mejores perspectivas tendrán las comunidades formadas por veinte, cincuenta o alrededor de cien individuxs.

El mundo está cambiando mucho, aunque es común encontrar a personajes que no se adaptan y que añoran un pasado muy machista. Esta organización podría actuar como contrapeso ante un número creciente de hombres cisheterosexuales que han entrado a formar parte de la llamada manosfera o androsfera, poblada por incels, cryptobros y misóginos de todo pelaje, así como del aumento de la repercusión de sus mensajes gracias a los magnates propietarios de medios de comunicación y multinacionales de las redes sociales. En esas redes aparece continuamente publicidad sobre métodos para hacerse rico. Todo este ecosistema digital favorece que aumente el sector de población que vota a la ultraderecha.

Nuria Alabao en Íncels, gymbros, cryptobros y otras especies antifeministas, da varias explicaciones para que este fenómeno sea frecuente en la gente joven:

Es cierto que los jóvenes se enfrentan a una ausencia de certezas vitales mayor que la de generaciones anteriores: sin perspectivas laborales estables, con un desempleo mayor que en otras franjas de edad, con problemas para independizarse por culpa de la crisis de vivienda y condenados así a una minoría de edad casi eterna. La edad de emancipación en España es de 30,4 años y el 65% de los jóvenes entre 15 y 34 años vive con sus padres o depende económicamente de ellos. A esto se suma el peso psicológico de la catástrofe climática, completamente nuevo y de consecuencias impredecibles.

Paradójicamente, sus expectativas de consumo son muy altas en un mundo en el que casi todo está en venta. Ya hay más productos diferentes que especies diferentes. Y aún cuando una parte de la población esté excluida de esta orgía consumista, la lógica del deseo sigue operando como una fuerza central: comprar objetos tiene una dimensión extraordinaria y aspiracional, sirve para construirse y representarse ante el mundo. De modo que aumenta la distancia entre los que acceden a ese casi todo y los que tendrán que conformarse con lo que se pueda.1

La brecha entre grandes consumidorxs y pequeñxs se agranda ya en circunstancias positivas para los negocios. Pero es que estas condiciones van a dejar de confluir. Si la especie humana pretende seguir prosperando en este planeta, deberá aprender a subsistir reduciendo su impacto ecológico. Y qué mejor forma de hacerlo que aprovechando los recursos en comunidad. Es lógico pensar que las viejas religiones  tendrán un peso muy grande en muchas. Por eso es necesaria una organización de carácter religioso como esta: no dogmática, democrática, consciente de las injusticias que ha generado la supremacía blanca (racismo, esclavitud, colonialismo, etc), cimentada en la igualdad de derechos y en la equidad en el reparto de las rentas.

Ecosofía quiere decir filosofía de la Tierra. Es un término creado por el filósofo noruego Arne Naess (1912-2009), aunque desarrollado más ampliamente por el francés Felix Guattari (1930-1992). Concibe que somos solo una parte de la naturaleza, mas allá de las posturas antropocéntricas que conducen a su explotación. Únicamente entendiendo este punto podremos adaptarnos a la crisis ecológica planetaria que enfrenta la humanidad. Una crisis que se ha percibido más en los últimos años con la emergencia contra el caos climático desatado por los humanos y que ha producido la pandemia con más víctimas mortales —hasta que escribo estas líneas, en verano de 2026 (seguramente vendrán peores)— a la que se han enfrentado las sociedades de consumo. En los próximos años se mostrarán más aspectos de este proceso de destrucción ecosistémica (del ecosistema que sostiene a la humanidad) y será indudable que tenemos que tejer nuevas redes para estar mejor preparadxs para los cambios y ser más resilientes. Para ello necesitamos otra cosmovisión diferente, una que no sea tan antropocéntrica.

Las religiones patriarcales no suelen poner la vida en el centro, muy al contrario, ponen la muerte en el centro. Como dice Michel Onfray en Tratado de ateología:

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.2

Algunas de las sectas del cristianismo —que es el monoteísmo que mejor conozco—, desean que llegue pronto el apocalipsis y el Juicio Final, para que podamos disfrutar de la presencia de Dios/Jesús. Es muy probable que, con el aumento de las tensiones entre la Federación Rusa y la OTAN a causa de la invasión de Ucrania, con la guerra de Asia occidental provocada por los ataques a Irán y con la amenaza de una gran guerra nuclear entre China y EE. UU., estén sintiendo que ese momento se encuentra un poco más cerca. Imagino que en diferentes culturas con otras creencias, habrá grupos con esperanzas similares.

Desde hace unas décadas, un persistente aroma a fin del mundo se respira en la cultura. Se hace notar especialmente en el cine de catástrofes y conecta con un sentimiento, con un inconsciente colectivo, que teme que se vaya a terminar (presiente que va a suceder) el “modo de vida imperial” que conforma la sociedad de consumo en estos territorios privilegiados, que se basa tanto en el extractivismo, como en el mantenimiento del sistema patriarcal, de la colonialidad, de la supremacía blanca, de la cisheteronorma o del antropocentrismo y que tanto daño provoca a los países del Sur Global y a la naturaleza de la Tierra. 

Las principales religiones teístas incluyen la promesa de vivir eternamente en un paraíso después de la muerte (y de un juicio), al tiempo que desprecian esta vida, que es la única de la que tenemos certeza y en la que hemos de centrar todo nuestro interés. Deberíamos seguir intentando que dejen de ser hegemónicas. Articularnos en una nueva organización de carácter religioso, que de una manera pragmática y realista ponga el más acá —en vez de el más allá— en el centro de nuestra existencia, es un medio para conseguirlo.

1 Alabao, Nuria: Íncels, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas: lo que la manosfera nos dice de los adolescentes y del mundo en que vivimos. Madrid: Escritos contextatarios, 2025.

2 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.