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La Congregación del Infinito 4/6

Insisto en que la reaparición de aquello que llamamos “yo” a lo largo de la eternidad es una creencia personal que parece positiva, si bien no se necesita que nadie tenga fe en ella para participar en la Congregación del Infinito. Es posible que aceptes mis teorías y compartas mis postulados o acaso prefieras otra hipótesis. Podría ser que tú fueses espiritualista, que creyeses en energías, en la tradicional rueda de las reencarnaciones o en otras de cualquier tipo diferente; quizás tengas unas creencias chamánicas y fundamentadas en la naturaleza o sigas una religión acosada por las viejas, grandes y cisheteropatriarcales; también es posible que seas una persona materialista y escéptica. Podemos albergar diferentes concepciones sobre el funcionamiento del universo y de la Realidad —yo por ejemplo, tengo las mías— o no creer en nada que la ciencia no pueda demostrar y, sin embargo, formar parte de una organización de carácter religioso común.

La organización aquí propuesta es exigente respecto a la democracia, a los derechos humanos (así como de otrxs seres vivxs) y la aceptación de la diversidad, pero no requiere de creyentes. Pide, eso sí, que huyamos del antropocentrismo.

Para una gigantesca cantidad de personas sería imposible empezar a formar parte de ella sin una promesa de vida eterna. Son millones lxs que se ven incapaces de reemplazar unas antiguas creencias que aseguran la vida eterna en un paraíso, por la incertidumbre y por la afirmación de que esta vida que experimentamos es la única que existe. La fe es una respuesta de la criatura humana al enfrentarse a la angustia existencial, respuesta de la que se aprovecharon las viejas religiones construidas partiendo de la dominación de las mujeres.

Es muy posible que tú pienses que lxs Homo sapiens solo pueden existir en este planeta; que únicamente hubo, hay y habrá un universo; que no sabes si ha habido o habrá otros, pero solo conoces este; que en la Tierra igualmente hay posibilidades infinitas de seres vivos; que sin memoria no podemos volver a constituir el mismo yo o, en fin, cualquier razonamiento que te haga ser una persona escéptica sobre otras oportunidades para vivir nuestras vidas. No hace falta creer en nada, del mismo modo serás bienvenidx en los Encuentros Asamblearios del Infinito.

Reconozco que mis creencias pueden resultar muy interesantes para aquellxs que tienen pensamientos suicidas, aunque no más que cualquier creencia que prometa una vida eterna después de la muerte. Yo mismo —como cualquier disidente sexual o de género— los tuve en mi adolescencia. Me alegro, incluso ahora, de no haber seguido el camino que me indicaban. Hay que subrayar que las relaciones humanas entre adultxs no son como las de esas edades. Con el tiempo todo mejora. La vida da muchas vueltas y, pese a que en algunos momentos te sientas miserable y te parezca que nada merece la pena, resulta que en otros sí que somos capaces de disfrutar de ella. Y esto también se podría aplicar cuando estos deseos de desaparecer te asaltan siendo más mayor.

Si con esta entidad religiosa antipatriarcal podemos disminuir el número de quienes se suicidan pensando que les espera el Infierno, el Cielo cristiano —si al final son perdonadxs tras pasar un tiempo en el purgatorio— o un Paraíso musulmán; si a la larga somos capaces de disminuir la violencia que se produce alrededor del globo terráqueo, la humanidad habrá avanzado un poco. La vida es el principal derecho humano, no tiene que ser arrebatada poniendo por excusa ninguna fantasía o dogma, como ha ocurrido en la historia constantemente y todavía sucede. Aunque tampoco habría de serlo por algo que fuese real. 

No fui religioso en mis primeros cuarenta años de vida. Quizá influyó en esto el hecho de que no lo necesitase. Vivo en una sociedad donde impera el individualismo. No precisé una comunidad que me apoyase, si bien el hecho de no ser cisheterosexual, en alguna medida, me la ha proporcionado. 

Ijeoma Oluo (1980) en su libro Vamos a hablar de racismo nos recomienda siempre hacer un examen de nuestros privilegios:

Así que sí, todos deberíamos revisar nuestros privilegios. Y no solo cuando nos lo dicen en mitad de una discusión. Recomiendo practicarlo buscando tu privilegio cuando estés en una situación neutral. Siéntate y piensa en las ventajas que has tenido en la vida. ¿Has gozado siempre de una buena salud mental? ¿Has crecido siendo de clase media? ¿Eres una persona blanca? ¿Eres un hombre? ¿Eres neurotípico? ¿Eres un ciudadano con papeles del país en el que vives? ¿Has crecido en un hogar estable? ¿Tienes vivienda estable? ¿Tienes un medio de transporte fiable? ¿Eres cisgénero? ¿Eres heterosexual? ¿Eres delgado, alto o atractivo según los estándares? Tómate tu tiempo para profundizar en todas las ventajas que has tenido y que otras personas no. Anótalas.1

Fui una persona muy privilegiada, aunque ahora quizá no podría decirse lo mismo de mí, dadas mis condiciones de supervivencia. O sí, porque a fin de cuentas, logré seguir aquí después de haber tenido un tumor cerebral y gozo de unos beneficios y unos cuidados que me permitieron sobrevivir hasta ahora —cuando sufres ataxia severa, han de ayudarte para caminar, ducharte o hacer tus necesidades, tienes practicada de forma permanente una traqueostomía, te alimentas por sonda y ya no puedes comer ni beber, no vives, sobrevives—, así como tener la capacidad, las condiciones para escribir y las ganas de hacerlo. Además, mis privilegios de género, de raza y de clase siguen operando cuando interactúo con el resto de las personas. Siempre he poseído los que otorga ser un hombre cisgénero y blanco de clase media. En cuanto a los que otorga el capacitismo los tuve hasta hace diez años, cuando me movía como un bípedo. Ya no los tengo y como paso el día alimentándome, no suelo acudir a ningún evento que me obligue a estar fuera de casa más allá de mis noventa minutos de descanso entre comidas. 

Vivo en un Estado que tiene, del mismo modo, ciertos privilegios: forma parte de los enriquecidos, ofrece cierta seguridad social (con una cobertura muy por encima de la media mundial) y una sanidad pública (esto son derechos, más que privilegios). Es cierto que esta última sufre enormes aprietos y adolece de un presupuesto insuficiente, pero está muy avanzada y es gratuita. El hecho de vivir en una gran ciudad como Madrid, podría considerarse que también otorga ciertos privilegios —aunque tiene las desventajas de cualquier gran ciudad—, porque permite el acceso a determinados puestos de trabajo que ofrecen buenas condiciones y a unos hospitales que son punteros en el mundo. En uno de ellos trabaja la mayor de mis hermanas. 

Como formaba parte de una familia sin demasiados delirios de grandeza y acudí a instituciones públicas de enseñanza —que estaban mucho mejor presupuestadas hace cuarenta años que actualmente, ya que no competían con tantas concertadas—, tuve siempre la tremenda suerte de estudiar en centros laicos. Siendo muy pequeño, me estimularon mucho el interés por la lectura. Obtuve muy buenas calificaciones en el colegio y más que aceptables después en el instituto de educación secundaria. Supongo que esto constituyó una gran ventaja. Sin embargo, no era un niño feliz, ya que me sentía diferente. Un niño marica en la Europa de los ochenta que imaginaba una perspectiva vital bastante sombría, dominada por el rechazo generalizado y la homofobia. Pensaba que me infectaría con el VIH —que entonces no era crónico, sino que era poco menos que una sentencia de muerte— y desarrollaría la enfermedad del SIDA. Pero afortunadamente no fue así: el VIH se convirtió en un virus controlable y la aceptación de LGTBQIA+ aumentó. Conseguí un empleo del que me ha quedado una buena pensión. Además, he sido muy privilegiado en lo afectivo. Tengo un marido estupendo que se ocupa constantemente de mí, me ayuda en las correcciones ortotipográfica y de estilo, sin el que habría sido imposible escribir nada.

Soy una persona muy privilegiada, a pesar de haber quedado después de mis operaciones de 2015 y 2016 con unas malas condiciones de vida. Ya no tengo los privilegios que muchxs tenéis de caminar, de comer, de manejar objetos o de poder lavarme, vestirme y limpiarme el culo. Pero sigo aquí, a pesar de mis terribles secuelas y de todo lo pasado, deseoso de expresarme. El hecho de haber sido muy privilegiado por mi condición de hombre cis blanco con educación universitaria, arropado por una familia sin demasiados problemas económicos, originario de uno de los Estados enriquecidos a través del colonialismo e incluso del tráfico de personas esclavizadas —cuando Inglaterra ya lo había prohibido—, sumado a los conocimientos que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida, me empujan a querer cambios en esta injustísima realidad. Se trabajó mucho, hubo y hay una gran cantidad de esfuerzos para que yo esté vivo y en mi casa. Por eso me lancé a escribir mis pensamientos y he ideado la Congregación del Infinito. Lo mínimo que podía hacer para intentar compensar era compartir unos planteamientos —para algunas criaturas humanas esperanzadores, para otras inquietantes o, simplemente, una estupidez (pero que en todo caso constituyen una opción más)— que he ido depurando en los últimos años pero me acompañaron toda la vida e intentar construir una alternativa a las viejas religiones que intentaron perpetuar la hegemonía masculina. Quiero ser útil y creo que no lo iba ser más manteniendo la boca cerrada y consumiendo valiosos recursos2. Sería estupendo que al final de todos esos privilegios que he tenido, por una vez surgiese algo bueno, como una entidad que fomentase la justicia y la igualdad de derechos alrededor del globo terráqueo, un texto que impulsase reuniones semanales de quienes se alejan del antropocentrismo, intentan no actuar imponiendo la cisheteronormatividad, se consideran feministas o antipatriarcales, antirracistas, tienen actitudes anticoloniales, antixenófobas y ecologistas.

1 Oluo, Ijeoma: Vamos a hablar de racismo. Benahavis (Málaga): Plankton Press, 2022.

2 No hay que olvidar que esos valiosos recursos son producto de la solidaridad de lxs trabajadorxs de este Estado pero también de los ingresos obtenidos por impuestos a empresas que expolian en el Sur global.

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La Congregación del Infinito 3/6

Mi cerebelo está dañado. Sin embargo, todavía conservo mis funciones cognitivas. Sabiendo que nos espera un futuro muy negativo, he de aprovechar que hoy aún funciona eficazmente la sociedad termoindustrial (a pesar de sus monstruosas injusticias) y que todavía estoy vivo, para escribir mis teorías, pensamientos y propuestas, con la esperanza de que algún día puedan ser ser útiles.

Supongo que no me quedarán demasiados años en esta vida, ya que aquí —mi marido me mantiene muy bien a pesar de mis graves secuelas— sobrevivimos en medio de un equilibrio muy precario, que probablemente no podrá mantenerse durante décadas. Sobre todo si, como ciertxs individuxs, asociaciones y medios de comunicación prevemos1, en los años venideros sufriremos un descenso energético. A pesar de ello, me consuela pensar que voy a volver a suceder en un sinfín de ocasiones, seguramente en otros universos.

Desde la perspectiva de una reaparición del mismo cuerpo, ¿significaría eso que yo siempre desarrollo mi tumor cerebral? No, no tienen por qué concurrir iguales circunstancias cada vez que te repites, ni van a suceder los mismos hechos. Algunos genes de tu código genético es posible que no se manifiesten.

No es necesario que los contextos sean idénticos. Si ahora tienes pocos recursos económicos, en otra vida tal vez te encuentres en una situación más desahogada, incluso podrías vivir en una sociedad con una justa repartición de la riqueza; si has sido racializadx o fuiste esclavizadx, quizás no lo seas en otra oportunidad (algún día será posible no ser blancx en Occidente sin estar racializadx); si en esta padeces una enfermedad o sufres un síndrome, puede ser que esto no suceda en otras. No creo que seamos tan originales e irrepetibles como pretendemos ser y probablemente corramos distinta suerte cada vez que ocurrimos. En cualquier caso, estas creencias no pueden constituir un nuevo motivo para no actuar ante determinadas situaciones injustas. Pensar que ahora llevamos una vida arrastrada pero después nos encontraremos en otra mejor no puede detener a nadie a la hora de buscar justicia, como sí ha ocurrido con el cristianismo e igualmente con otras religiones místicas y de las revelaciones.

Seguramente ya hemos vivido más veces en otros universos pero no tenemos recuerdos de ello en este cerebro. Me inclino a pensar que hay otras realidades en las que no se ha generado ese privilegio que detenta la gente blanca, ni la gran desigualdad entre esas zonas del globo que se han enriquecido más y aquellas otras que han sido víctimas de un gran saqueo, ni la que se produce entre quienes obtienen beneficio por la labor de otrxs, quienes actúan como sus emisarios (directivos de grandes empresas) y lxs que han de trabajar para obtener un salario que les permita vivir. Puedo imaginar un lugar en el que no exista el patriarcado, sin racismo, en el que no se hayan cometido crímenes como la colonización, la práctica de la esclavitud, los genocidios…. Ni la humanidad haya sido la causa de fenómenos como la extinción de numerosas especies de todo tipo de vida, del actual caos climático o de la contaminación de multitud de ecosistemas. Pero la realidad es este mundo en el que nos hallamos y sobre él hemos de seguir interactuando.

En la serie de televisión Battlestar Galactica2, lxs cylons, unxs robots que imitaban a las criaturas humanas, repetían en varias ocasiones la frase: “Todo esto ya ha ocurrido y volverá a ocurrir.” Seguramente se estaban refiriendo a la persecución de homo sapiens por parte de unas máquinas imitadoras pero, al verlo, yo no podía dejar de relacionar esta frase con el Eterno Retorno, una concepción filosófica del tiempo divulgada desde hace milenios en Asia Oriental, del Sur y Sudoriental —regiones en las que hallamos la samsara, una rueda que nos dice que la existencia se repite una y otra vez—, postulada en Occidente por el estoicismo griego y sugerida veintiún siglos después por Schopenhauer y Nietzsche. Mi propia versión sería: “Toda esta gente ya ha existido y volverá a existir. Yo ya he existido y volveré a existir”. Años más tarde viendo otras series, como la de dibujos animados Rick y Morty3, en la que lxs personajes viajan por diferentes universos en los que hay distintas versiones de sí mismxs, me reafirmé en mis creencias. 

Contemplo las distintas etapas de la vida como programas dentro de un ciclo que se repite eternamente. Por ejemplo, ahora estoy en una situación muy negativa pero en otros momentos soy un adulto independiente, a veces un niño o en ocasiones un adolescente. Podrán producirse programas cortos, interrumpidos o que no se desarrollen de forma óptima pero existen oportunidades en las que llevamos a término un programa largo y completo.

El hecho de concebir diferentes existencias o de que haya infinitos universos y de creerlo de manera totalmente irracional determinan que esta obra esté concebida como un texto religioso. Habrá quienes piensen que imaginar una especie de eterno retorno es sospechosamente conveniente en mi estado actual. Sin embargo, puedo asegurar que hace décadas que sospecho que la vida funciona de esa manera. Lo que sucede es que ahora tengo más tiempo para sistematizarlo y escribir sobre ello.

Tengo esas creencias pero de todas formas, no constituyen certezas que deban gobernar mis decisiones vitales ni las de de nadie. Es posible que resulten beneficiosas a la triste hora de aceptar que alguien que nos importaba se ha ido o que nos ayuden a afrontar nuestra propia muerte, pero no puedo decir que yo tenga una fe inquebrantable en ellas ni que dirijan mi día a día. La conciencia de que somos holobiontes según la terminología de Lynn Margulis (1938-2011) —o sea seres asociadxs con multitud de microbios (la mayoría bacterias)—, saber que dependemos del resto de ejemplares de nuestra especie y de la biosfera de este planeta en el que hemos evolucionado4 —a menudo conocida como Gaia—, añadida a la asunción de que debemos luchar constantemente contra nuestra tendencia al antropocentrismo, es lo único que puede guiar nuestro camino. Como apunta Jorge Riechmann en su Simbioética:

Si el proyecto fáustico de dominación sobre la naturaleza fracasa -y ya lo está haciendo, de la manera más trágica posible-, solo hay una perspectiva viable a largo plazo: simbiosis. Podemos llamarlo (…) simbioética o, también, cultura gaiana (…) Aunque la palabra simbioética pueda parecernos algo extravagante, en realidad remite a una antiquísima forma de estar en el mundo que ha sido natural para muchos pueblos y culturas: dar y recibir (con gratitud). Saberse parte de una Tierra viva donde nuestra existencia se entrelaza y ha de coordinarse con muchas otras formas de existencia.5

Casi cualquiera podría incluirse en nuestras reuniones. Quienes sí creen que tenemos un espíritu o un alma y que en el cosmos operan determinadas energías sobrenaturales, también serán bienvenidxs en los Encuentros Asamblearios del Infinito, como del mismo modo, lo serán aquellxs que se definen como totalmente materialistas o simplemente librepensadorxs, deístas, panteístas o cualquiera que no sea teísta. Igualmente sería deseable que se acercasen a ellos lxs que pertenecen a aquellas colectividades que, a pesar de poder tener creencias teístas, hayan sido señaladxs por las grandes religiones místicas y de las revelaciones como objetivo a destruir: wiccanxs, aquellxs que profesan religiones árticas, precoloniales —africanas, americanas, oceánicas o asiáticas—, de síntesis afroamericanaa (como la umbanda, la quimbanda, la santería, el vudú o el candomblé), chamánicas o animistas. Este último es el caso de una grandísima cantidad de pobladorxs originales en muchos territorios, a lxs que en numerosas ocasiones, los colonos de origen europeo intentaron imponer su modo de vida y cuyas creencias trataron de sustituir por el cristianismo. Sus comunidades se han construido tradicionalmente alrededor del respeto a la naturaleza. Para afrontar la crisis ecosocial a la que nos enfrentamos, tendríamos que aprender de las culturas en las que florecen, sobre todo en lo referente a formar agrupaciones sostenibles y con buen vivir.

1 Asociaciones como la gallega Vespera de Nada https://www.vesperadenada.org/ o la francesa Instituto Momentum https://institutmomentum.org/ y medios de comunicación como la revista 15/15\15 http://www.15-15-15.org/webzine/es/ o el blog The Oil Crash, de Antonio Turiel  https://crashoil.blogspot.com/

2 Battlestar Galactica fue una serie de televisión del género de ciencia ficción, emitida internacionalmente en diversas cadenas entre 2004 y 2008 y basada en otra que cosechó gran éxito a finales de los años 70 del siglo XX. Se trata de una epopeya espacial profundamente monoteísta, en la que lxs únicxs extraterrestres que aparecen son unxs robots y lxs supervivientes de una civilización humana que busca la Tierra.

Rick y Morty es una serie de televisión de animación para adultas que se ha emitido hasta ahora entre 2013 y 2025. En ella el abuelo Rick Sanchez dispone de un artefacto que genera portales entre diferente universos y va viajando por ellos con su nieto Morty.

4 La evolución tradicionalmente ha sido explicada basándose en modelos darwinistas de supervivencia de quien es más aptx. Sin embargo, los estudios de Piotr Kropotkin (1842-1921) establecieron que en ella hay un fuerte componente del apoyo mutuo y aproximadamente un siglo después, el gran impulso de Lynn  Margulis a la teoría simbiogenética, nos demostraron que no sabemos de esa evolución tanto cómo creíamos.

5 Riechmann, Jorge: Simbioética: Homo Sapiens en el entramado de la vida. (Elementos para una ética ecologista y animalista en el seno de una Nueva Cultura de la Tierra gaiana), Madrid: Plaza y Valdés, 2022.

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La Congregación del Infinito 2/6

A mi parecer, surgimos como una improbable oportunidad que se repite con distinta suerte, durante varios intervalos de tiempo en el infinito. Según estas convicciones todas las realidades que sabemos que han llegado a existir tienden a repetirse y, en algún momento, todas las casualidades que han hecho que aparezcamos aquí van a volver a darse. Esta infinitud también la concibo en un plano espacial. Estoy seguro de que lejos del nuestro hay infinitos universos y apuesto a que en uno, en determinada galaxia, en un planeta azul volveremos a suceder. Podemos asumir que hay, a distancias inconmensurables de espacio-tiempo, otras versiones de nosotrxs en distintas situaciones conocidas de nuestra vida o en circunstancias que no hemos experimentado esta vez.

Estas creencias me ayudan a sobrellevar la pérdida de mis seres queridxs sin necesidad de recurrir a unx diosx ni a un alma inmortal. De igual manera, contribuyen a que afronte el día a día de mi situación actual y la certeza de mi propia muerte. Cuando ingresado en el hospital, tumbado en una cama, los ojos cerrados, sintiéndome con muy poca fuerza, pensé en un par de ocasiones que para mí se acababa todo y me precipitaba hacia un final inminente —afortunadamente me equivocaba y las veces que me he encontrado cerca de expirar estaba inconsciente—, pensar que iba a volver a comenzar la vida, a ser un niño de nuevo, me reconfortaba.

Considero que vivimos, morimos, luego volvemos a vivir y volvemos a morir, una y otra vez, sin principio ni final, si bien no tenemos recuerdos de nuestras vidas pasadas. El concepto de infinito es tan inmenso que todo se repite en él.

Tu madre, padre, abuelas, abuelos y demás antepasadxs también volverán a surgir. En algunos casos se conocerán y en otros no. Si tú apareces es porque sus gametos se han fusionado. De todas formas, esto no significa que siempre vayan a realizar su papel tradicional: es posible que no te críen. Suponiendo que lo hiciesen, ten en cuenta que aunque en esta línea espacio-temporal te maltratasen o abusasen, en otra puede que fuesen más dignxs de ser amadxs. Con el resto de familiares habrá oportunidades en las que coincidas y habrá otras situaciones en los que no os encontréis.

Yo no puedo creer que esta sea la única vez que hacemos el trayecto de la cuna hasta la tumba o las cenizas en un contexto de espacio-tiempo infinito. No es descabellado imaginar que ya hemos vivido antes, pero como lo hemos hecho a partir de otros cuerpos —opción que incluye otros cerebros— no nos acordamos. Podría decirse que soy ateo y no creo en las dimensiones espirituales. Y sin embargo, pensando, sujeto a menos límites que cualquier creyente, me he dado cuenta de que la muerte solo es un final parcial. No puede haber un final definitivo en estas circunstancias. 

Partiendo de la base ofrecida por esta creencia en las vidas sucesivas siendo siempre lx mismx ser humanx, es fácil llegar a la conclusión de que seríamos mortales pero eternxs, al igual que lo deberían ser —no vamos a caer en el viejo antropocentrismo— el resto de seres vivxs. En realidad la vida es eterna. A esta conclusión se puede llegar sin necesidad de creer en un mundo aparte, como un paraíso musulmán (Jannah), un Cielo cristiano, un Gan Eden judío, un Valhalla nórdico, un Tlalocan azteca, un Sukhavati budista, un Orun yoruba o un Elíseo griego, ni en la existencia de un Señor, de una diosa o de une diose de un género no binario. Siguiendo esta posibilidad, nuestra vida transcurre, después morimos y volvemos a suceder, en multitud de ocasiones en otros lugares del espacio-tiempo. Y no importa si, desde la óptica terrestre esto ocurre muchísimo después, ya que mientras avanza el tiempo, lxs sujetxs en cuestión no están y por lo tanto, no pueden percibir su paso. Según mi punto de vista, es inconcebible la vida de cualquiera como un suceso único e irrepetible en un espacio-tiempo infinito. Siguiendo con estas creencias, como acabo de indicar, lxs seres vivxs realmente somos eternxs. Lo que pasa es que no somos inmortales. Morimos repetidas veces. Pero entre muerte y muerte vivimos.

Dado que las criaturas humanas tenemos un cerebro muy plástico en la infancia, sobre una misma base van a surgir diferentes personalidades, en función de las circunstancias que aporte el ambiente y de lo que vayamos experimentando.

La eternidad, tal y como es explicada por el cristianismo —en el que se especifica que la tienes que pasar en el Cielo o el Infierno una vez que tu alma haya sido juzgada— siempre se me figuró una imagen muy aburrida. Me provocaba de niño angustia con solo pensar en ella. Es mucho más interesante una eternidad discontinua, en la que las muertes se alternan con las vidas, podemos correr distintas suertes, acabar siendo de un modo u otro y no somos conscientes de ser eternxs, o al menos, aunque podamos intuirlo, nunca vamos a tener seguridad de serlo. Sobrevivimos en medio de una gran incertidumbre. En ella la muerte parece un final absoluto. Yo estoy convencido de que no lo es.

Morimos, desaparecemos y nos volvemos a la nada de la que vinimos; permanecemos billones de años muertxs; pero eventualmente sucedemos otra vez, así que vivimos de nuevo durante unos años; luego, otra vez muertxs; luego, otra vez vivxs, y así sucesivamente. Este proceso también se da en diferentes puntos del espacio infinito. A enormes distancias habría otrxs yo atravesando distintas fases de la vida. Para lxs seres vivxs hay tres posibilidades: uno, únicamente existiríamos una vez durante un tiempo, de mayor o menor duración —que sería nuestra expectativa si no creyésemos en nada—, dos, existiríamos en un número determinado de ocasiones o tres, seríamos eternxs. De modo continuo, según nos dicen las religiones tradicionales, o de una manera discontinua, según estas creencias. 

Creer en la narración del alma y del Cielo o Paraíso me parece respetable pero es una hipótesis que no encuentro factible ni deseable. Los sistemas que imaginan una eternidad continua suelen incluir un Dios teísta, o sea un juez que vigila tu vida y del que no puedes escapar. Hay quienes vemos esa posibilidad como aterradora.

Aquí estamos, lxs dos vivxs: yo, mientras escribo este texto y tú cuando lees. Tú, lectorx: una más que improbable posibilidad que sin embargo, aconteció en este universo. ¿Realmente podemos estar segurxs de que esto no volverá a ocurrir en otro? ¿De que no hubiese ocurrido ya antes? ¿O de que no esté ocurriendo ya a distancias inconmensurables en el espacio infinito?

Cuando afrontamos la pérdida de alguien en nuestro entorno deberíamos pensar eso: que ya ha vivido y lo volverá a hacer. Que la muerte solo es una etapa en un ciclo en el que aparecemos y desaparecemos en diferentes universos. Cuando esta persona vuelva a surgir, habrá veces que no coincidamos con ella pero, dado que el espacio-tiempo es infinito, las ocasiones también lo son, de modo que habrá otros momentos en los que sí lo hagamos. Quizá estos pensamientos ayuden a mitigar el duelo.

Diariamente, son multitud aquellxs que han de encarar diagnósticos que les pronostican un desenlace relativamente cercano y sienten pánico frente al pensamiento de una absoluta desaparición. Planteamientos como este también podrían facilitar la aceptación de esos horizontes tan funestos. 

Esta perspectiva también podría reconfortar a quienes han optado por iniciar procesos de eutanasia.

Unas creencias así (siempre sometidas a duda) se podrían resumir en una especie de adaptación de la samsara o eterna rueda de las reencarnaciones —principio que guía varias religiones orientales— en la que solamente nos podemos reencarnar en nosotrxs mismxs.

Gracias a ellas siento que no importa aquello que me pueda pasar, soy una constante que surgirá de nuevo, tarde o temprano, en uno u otro lugar. 

De niño, al haber sido educado en la fe católica, se me inculcó la noción de la vida eterna después de que Dios juzgase tu alma. Imaginarme siendo consciente de tener que vivir esa eternidad me angustiaba inmensamente, me daba vértigo, sentía un vacío en el estómago que solo desaparecía si me abrazaba a cualquiera de mis seres queridxs. Pronto eso dejó de sucederme y, con el tiempo, he comprendido que ya estamos en esa eternidad prometida por las religiones místicas y de las revelaciones, no nos hace falta esperar a morir. En los momentos más felices de nuestra existencia tenemos que recordarlo y también cuando perdemos a alguien.

Entiendo la realidad como un videojuego en el que tenemos infinitas vidas, con una dificultad variable y en el que pasas por diferentes pantallas o secuencias cada vez. No obstante, son solo conjeturas; la única de la que podemos tener seguridad es la que vivimos ahora. Hay que conseguir que sea lo más respetuosa y fundamentada en la equidad que sea posible. 

Llegados a este punto tengo que hablar del mito de Sísifo. Sísifo era un griego que, por diversos motivos —entre ellos ponerle unos grilletes a Tánatos (la muerte) y engañar a Hades, dios del inframundo— fue condenado a empujar una piedra por la ladera de una montaña. Pero la piedra siempre volvía a caer ladera abajo, de forma que él tenía que sufrir continuamente para subirla. Su ejemplo fue puesto por Albert Camus (1913-1960) en El mito de Sísifo como muestra de lo absurdo de la condición humana. A través de esta alegoría, desaparecer se presenta como mejor opción que vivir eternamente. Según ella nuestra existencia podría parecer que implica sufrir continuamente la condena del pobre Sísifo. Afortunadamente sin embargo, también hay momentos muy felices. Es posible que haya para quienes resulte más seductora la idea de no volver a existir, que la de enfrentarse de nuevo a situaciones que les han hecho daño. Recorrer una y otra vez su vida podría considerarse una condena similar a la de Sísifo, sobre todo para lxs que han tenido una infancia dolorosa: para aquellxs que hubieron de trabajar en condiciones muy duras, para lxs que hayan sido víctimas de malos tratos físicos o psicológicos, para quienes sufrieron agresiones sexuales, o para aquellxs que en su niñez participaron en conflictos armados. Es evidente que hasta que no se tiene determinada edad, nadie es suficientemente dueñx de su destino y se está al menos en parte, en manos de lxs adultxs. La perspectiva de volver a pasar por una infancia desgraciada para posteriormente encontrar algo de felicidad puede no configurar un horizonte positivo. 

De la misma manera, puedo imaginarlo para lxs que nacieron y murieron esclavizadxs o para lxs que tienen enfermedades y síndromes de origen genético. La posibilidad de sufrir repetidamente, padecer una y otra vez, realmente podría imaginarse como un castigo equiparable al de Sísifo. 

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La Congregación del Infinito 1/6

Partiendo de los Encuentros Asamblearios del Infinito, podemos articular la Congregación del Infinito, de forma que levantemos una estructura capaz de albergar a gente con creencias muy diferentes entre sí. Estas pueden ser más y menos peculiares, más y menos materialistas. Desde el rechazo al teísmo, a las jerarquías y el descrédito de los dañinos, antropocéntricos/androcéntricos mensajes de las religiones viejas y patriarcales, podemos hacer diferentes suposiciones sobre lo que pasa después de la muerte y, a pesar de ello, mientras así lo deseemos, continuaremos perteneciendo a esta organización de carácter religioso que no es dogmática.

Comentando un caso muy habitual —concretamente el de de cierta niña que quiso hacer la Comunión en la Iglesia Católica a pesar de que su madre y su padre la habían educado en el agnosticismo/ateísmo—, mi amigo el antropólogo I. P. me subrayó lo fundamentales que son los ritos en nuestra vida. Se suelen concretar en las diferentes culturas a través de tradiciones que, parecen muy importantes pero realmente no lo son tanto. Una inmensa cantidad de individuxs se acercan a las religiones porque quieren participar en determinado rito de celebración, así que al proponer una organización de este tipo resultan imprescindibles. La Congregación del Infinito va a rendir culto a la biosfera y a la aparición de la vida en el universo y, si bien podemos ver claros indicios de que este es un fenómeno que sucede en otros planetas, por ahora solamente tenemos constancia de que ocurre en la Tierra. Aquí surgió una especie que ha llegado a ser consciente de su momentánea existencia y es capaz de comunicarse. Se trata del único sitio en el que tenemos constancia de que esto ha sucedido pero probablemente existan más. Hablaría de vida inteligente pero no lo hago, ya que no parece demasiado inteligente que ocasionemos tanto daño al medio ambiente del planeta en el que sobrevivimos. En esta suerte de culto al verdor fijador de CO2, a la vida y a Gaia, cada Encuentro Asambleario del Infinito puede consensuar en qué van a consistir esos ritos de celebración y la periodicidad con la cual los realizarán.

Frente a ese laicismo individualista que hemos estado cultivando desde hace más de doscientos años con un éxito diferente —según pongamos el foco en unos países o en otros—, hemos de proponer una especie de ecologismo comunitario, fundamentado en el reparto justo de recursos, en el antirracismo, en el anticolonialismo, en el feminismo transinclusivo, en la lucha contra la xenofobia, en la valoración positiva de disidentes sexuales y de género y en general de toda la diversidad, también la de discapacitadxs o la de neurodivergentes. Podrían llevarse a cabo concentraciones, actos de conmemoración, marchas o procesiones —siempre que la seguridad estuviese garantizada— en diferentes fechas señaladas ya por otros movimientos de liberación. En ellas señalaríamos nuestros firmes compromisos con la democracia real (construida a partir de asambleas), los derechos humanos y de todxs lxs seres vivxs, así como nuestra voluntad de no ser dogmáticxs.

El nombre de esta organización de carácter religioso alude a la infinitud del espacio-tiempo. Por más que esto sea un supuesto que todavía se está discutiendo, yo prefiero asumir que así es y en base a ello elaboro mi relato.

Según la Teoría de la Relatividad el universo es finito pero ilimitado en lo que puede llegar a ser, ya que se expande. Hoy en día, una opinión muy extendida entre lxs expertxs en la materia es que es infinito. A mí me resulta difícil imaginar que algo que surge de un pequeño punto y se expande lo sea, pero no soy astrofísico. Tanto si lo es, y tiene infinitas galaxias, infinitas estrellas e infinitos mundos —la mayoría no habitables pero otros sí—, como si no lo es, pero forma parte de una cantidad infinita de universos en un multiverso; terminamos encontrándonos frente al infinito, una magnitud con la que nos topamos repetidamente además de en astrofísica, en matemáticas y en filosofía. 

El matemático alemán David Hilbert (1862-1943) ideó el Hotel Infinito para que se entendiesen mejor sus propiedades. Es la imagen de un hotel con infinitas habitaciones ocupadas en el que siempre hay hueco para las nuevxs huéspedes, toda vez que lxs antiguxs se desplacen a la que dobla el número de su habitación (2x) o, por ejemplo a la siguiente (x+1). Esta figura ilustra así diversas funciones que tienden a infinito.

El objetivo era explicar una imagen mental muy antigua. Podemos imaginar que surgió al enfrentarse a los inconmensurables mares, bosques, tundras o desiertos (si bien hace mucho tiempo que sabemos que todos estos accidentes geográficos tienen límites). Aparece ya en las teorías de quienes filosofaban en la antigua Grecia —asumo que también lo hacían en otros lugares y encontrarían la misma desasosegante abstracción—, aunque la tratan además en siglos posteriores diferentes autorxs en la historia de la filosofía.

En 2022, se produjo y emitió en plataformas de streaming de video de varios países, el documental de 79 minutos Un viaje al infinito (A Trip to Infinity), dirigido por Jonathan Halperin y Drew Takahashi. En él, varixs matemáticxs, físicxs y filósofxs nos acercaban a ese maravilloso concepto, en sus diferentes aspectos. En el documental se plantean unas hipótesis muy interesantes, entre ellas la de que los objetos que de hecho existen se desintegran, pero volverán a su configuración actual en algún momento del infinito y la de que existen infinitas versiones de la misma criatura humana (muy alejadas entre sí en el espacio-tiempo).

El fragmento que sigue nunca va a constituir un dogma. Es un pensamiento propio, pero es el origen de esta obra y el motivo principal que determinó que imaginase la Congregación del Infinito. Versa sobre mis creencias personales, del mismo modo que cualquiera puede albergar las suyas o no tener ninguna. Muchas personas sin fe llevan a  cabo reflexiones similares, según he podido comprobar en Internet. Las alumbré partiendo de una concepción materialista de la realidad y de que estoy seguro de que no tenemos un alma o un espíritu que pueda existir separadamente de nuestro cerebro.

Estimo que la noción de infinito debe englobar también diferentes espacio-tiempos, no solo el nuestro, otras dimensiones con distintas líneas de tiempo. Para mí es un término que, debido a su inmensidad, contiene todo aquello que es posible y donde, si hemos podido comprobar que algo existe una vez, puede volver a suceder y lo hará, salvo que lo consigamos evitar.

Siempre fui muy proclive a cavilar y he podido permitirme el lujo de hacerlo, dada mi situación privilegiada en este orden neocolonialista, racial, capitalista y patriarcal. Además, en los últimos años me he visto obligado a permanecer largas temporadas en un hospital, donde he tenido una gran cantidad de tiempo para pensar. Y a menudo lo hago sobre la existencia o la muerte.

Seguramente a ciertxs astrofísicxs les parezca un pensamiento absurdo. Aun así, yo tengo asumido que, ante las infinitas posibilidades ofrecidas por un espacio y un tiempo que a mi juicio no tienen final, tarde o tardísimo, lejos o lejísimos, quizá en otra dimensión, aparecerán un nuevo universo, una nueva Vía Láctea, una nueva Tierra, una nueva biosfera, una nueva criatura humana; emergerás unx nuevx tú.

Hugh Everett (1930-1982) fue un mecánico cuántico que, como solución a algunos problemas que daban resultados múltiples, propuso la Interpretación de los Muchos   Mundos, en la que existen distintos universos con diferentes versiones de nuestro yo en situaciones alternativas a la realidad que percibimos aquí.

Personalmente, considero que la vida es como un viaje en tren, no sabemos si de corta o larga duración, que tiene origen en el acto de nacer y cuyo destino final es la muerte. Ese viaje tiene diferentes encrucijadas que representarían nuestras decisiones. Puede que tomemos una u otra dirección pero el final es el mismo. Yo creo que hacemos esa travesía en una y otra ocasión. Pero no siempre es igual, unas veces tomamos una dirección en cierta encrucijada y otras veces otra. Tampoco son las mismas, en cada existencia, las condiciones de partida.

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No olvidemos la inmensidad del universo 4/4

El universo es tan inmenso que en esta y otras galaxias hay planetas muy similares a la Tierra en donde podría aparecer cualquier tipo de vida inteligente o, de la misma forma, podría evolucionar en un futuro o haber evolucionado ya la especie humana (esas colectividades es probable que no fuesen mayoritariamente blancas, al contrario de lo que muestran las narraciones ofrecidas en diferentes medios audiovisuales). Existe un número tan elevado de galaxias y se encuentran a tanta distancia que es una hipótesis que nunca podremos descartar.

Una opinión muy extendida entre quienes se dedican a la astronomía es que el universo es infinito, en cuyo caso habría infinitas galaxias. También encontramos a quienes sostienen que es finito pero que hay infinitos universos, contexto que igualmente incluiría  esa agrupación de estrellas, planetas, nubes de gas y demás elementos en una cantidad infinita. Seguramente un evento tan sospechosamente creacionista, como es el Big Bang (retrotrae a los tiempos en los que era plausible la Creación del Génesis) no sea el inicio de todo y haya ocurrido varias veces. Es posible que antes de este, hubiera un universo distinto, otro con anterioridad y así infinitamente. Eso daba a entender en esta entrevista  publicada en 2020 el físico matemático Roger Penrose (1931), ganador del Premio Nobel de Física en esa edición, que proponía el modelo de Cosmología Cíclica Conforme:

Afirmo que hay una observación de la radiación de Hawking. El Big Bang no fue el comienzo. Había algo antes del Big Bang y ese algo es lo que tendremos en nuestro futuro (…)Tenemos un universo que se expande y se expande, y toda la masa se desintegra, y en esta loca teoría mía, ese futuro remoto se convierte en el Big Bang de otro eón (…)Así que nuestro Big Bang empezó con algo que era el futuro remoto de un eón previo y habría habido agujeros negros similares que desaparecieron por la evaporación de Hawking y producirían esos puntos en el espacio que yo llamo Puntos de Hawking.1

Esta tesis de que el Big Bang no es el origen de todo también es sostenida por otrxs autorxs, cuyas teorías establecen que a este estallido le ha seguido una fase de expansión del universo y luego vendrá una de contracción que terminará por concentrar la materia en una nueva singularidad espacio-temporal que volvería a producir un Big Bang. También podemos encontrar astrofisicxs que, sin apelar a esta teoría, especulan con que nos encontremos en un multiverso infinito en el que habría enormes cantidades de universos oscilando entre Big Bangs y Big Crunchs (contracción de toda la materia en un punto). 

En los tiempos en los que reinaba la ignorancia, cuando se sabía poco de la realidad que nos rodea, una criatura humana cuyo cerebro había evolucionado buscando patrones para explicar los hechos e intentando aplicar la relación causa-efecto, se encontraba muy perdida a la hora de darle sentido a los fenómenos que experimentaba a lo largo de su existencia. Por eso procedió a la creación de dioses y, con el paso del tiempo, desarrolló complejos esquemas en los que encajaban. Eran demasiadas las preguntas que se planteaban sobre la vida, la muerte, la naturaleza o el universo. La religión hindú podía resolverlas hace casi cuatro mil años, la judaica hace más de tres mil años, la cristiana hace alrededor de dos mil años y la islámica hace más de mil años. Todas estas cosmovisiones dejaron de ser válidas a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, a medida que avanzaba la ciencia. Y en el actual, después de todo lo ocurrido en la década de los 60 del XX, estas religiones están muy desfasadas. Sobre todo en lo tocante al trato hacia mujeres, disidentes sexuales y de género. La mayoría de estos paradigmas nos situaban en el centro de la universo y hoy sabemos que no es así. Hace algo más de un par de décadas que tenemos toda la información disponible sobre nuestra realidad en Internet (últimamente hasta podemos hacer toda clase de preguntas a las I.A.), y hace alrededor de dos siglos que se encontraba en las enciclopedias. Ya no necesitamos a las grandes religiones patriarcales para explicarla. 

Durante los más de trescientos mil2  años de existencia de lxs Homo sapiens han sido adorados numerosos “dioses verdaderos” de la mano de diferentes religiones deístas y teístas. Desde principios del siglo XX se pensó que a lo largo de miles de años se veneraría a diosas de la fertilidad, incluso antes de la llamada Revolución Neolítica que generalizó la agricultura y la ganadería. Una hipótesis planteada debido a la multitud de estatuillas con grandes pechos y enormes caderas, denominadas Venus paleolíticas, encontradas en yacimientos arqueológicos pertenecientes a tribus cazadoras-recolectoras. Hoy en día esas teorías son muy cuestionadas, puesto que las mencionadas estatuillas se han encontrado a veces en vertederos y se especula sobre si podrían tratarse de juguetes infantiles. 

No obstante Flavia Broffoni en su ensayo Colapso apunta:

Todas las culturas prehistóricas presentan una figura cosmogónica semejante, eje de toda la vida, una potencia esencial y regente de todos los procesos creadores del planeta. Es común su valoración como una mujer de inconmensurable poder tanto de creación como de destrucción; esta última es una cualidad que en los tiempos presentes podemos entender también como parte funcional de las transformaciones regenerativas. Protectora y dadora de vida, custodia del equilibrio de todos los procesos y fuente de los elementos que el ser humano requiere para la vida, a la vez que dueña de todos nuestros átomos, esta fuente de poder y misterio se constituye en toda una diosa, la Gran Diosa, poseedora de un útero que ha concebido todo cuanto tiene lugar en el ecosistema terrestre. Pachamama, Isis, Demeter, Maya, Venus, Afrodita, Shiva/Shakti, Indra, Tonatzin, Guadalupe, Gaia, Astarte, Cibeles, Saramama, Wiracocha, Mame Joy, Kali-Durga y María son tan solo algunos de los miles de nombres que posee.3

Fue eclipsada por el culto masculino al dios sol y sus derivados monoteístas. Debemos ser capaces de recuperarla (aunque solo simbólicamente, sin creer que exista de veras) y construir una sociedad igualitaria para el futuro. Y eso es una tarea a la que seguro contribuiría la Congregación del Infinito.

El cristianismo, el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo, el rastafarismo y el sijismo se desvanecerán. Aunque hoy en día al contemplarlos, nos parezcan unos movimientos poderosos, con el tiempo acabarán desapareciendo. La historia está llena de religiones extintas. Incluso esta organización de carácter religioso que estoy tratando de sembrar, se evaporaría tarde o temprano, si finalmente consiguiese materializarse. Al observar la cuestión desde un punto de vista geológico esto resulta más evidente, puesto que la raza humana también se extinguirá. Y cuando lo hacemos desde una perspectiva cosmológica queda todavía mucho más patente, ya que el planeta terminará desapareciendo engullido por el Sol.

Durante el tiempo del que dispongamos, suena más sensato formar parte de una organización de carácter religioso que se origine tras el conocimiento de la astronomía moderna que seguir religiones inventadas hace miles de años. En la actualidad sabemos mucho más que entonces de matemáticas, física —incluida la astrofísica—, química, biología, geología, lengua, literatura, filosofía, historia universal, prehistoria y geografía (física y humana). Podemos explicar la naturaleza con la ciencia, no necesitamos nada más. Nos es posible comprender que la creencia en dioses que nos crean “a su imagen y semejanza” forma parte de un relato claramente antropocéntrico: se fomenta el pensamiento de que somos similares a ellos, de que existe una una entidad superior que, aunque no es humana, sí que es parecida a nosotrxs más que a otros animales, hongos, plantas, etc. 

Parece mentira que a estas alturas de la historia, con todo nuestro conocimiento de la naturaleza (en especial del universo), en el año 2026 según la cronología cristiana4 —que es globalmente aceptada, constituyendo la que hemos asumido como era común—, 1447 en la musulmana, 5786 en la hebrea, 2568 en la tailandesa (era budista) o 4723 en la china, entre otras que existen en el mundo, haya tantas personas que sigan a las religiones surgidas a partir del teísmo. La gran mayoría de criaturas humanas lo hace. 

Si escogiéramos al azar a unx habitante humanx del planeta Tierra sería, a día de hoy,  probablemente teísta.

1 Palabras citadas en un artículo aparecido en el periódico The Independent.

https://www.independentespanol.com/noticias/agujero-negro-universo-pasado-premio-nobel-roger-penrose-b887033.html

2 Según el resultado publicado en 2017 de las excavaciones en Jebel Irhoud, Marruecos, se hallaron unos restos de Homo sapiens datados en poco más de 300.000 años.

3 Broffoni, Flavia: Colapso, Buenos Aires: Sudamericana, 2024  

4 En 1993 en su libro Calendar Reform, el paleontólogo y geólogo ítalo-estadounidense Cesare Emiliani (1922-1995) ya propuso la situación de un año cero de lo que él llamaba era humana en el 10000 a.e.c., creando así lo que ya se conoce como  Calendario Holoceno. Su propuesta fue mostrada, ya en 2021, a través de este simpático vídeo https://www.youtube.com/watch?v=uZKUthKdKKY&t=3s

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Infinito

No olvidemos la inmensidad del universo 3/4

Ante la recurrente pregunta sobre si la humanidad de la Tierra constituye la única civilización en la galaxia, la respuesta a la que nos conduce la probabilidad es la negativa. Sin embargo, eso plantea el problema que se conoce como paradoja de Fermi. Dicha contradicción establece que, dada la gran cantidad de estrellas que existen en la Vía Láctea, así como la de planetas y demás cuerpos aptos para la vida, han de habitar en ella varias civilizaciones extraterrestres. Alguna nos tendría que haber visitado ya o, al menos, haberse dado a conocer enviando una señal a través de años luz. Sin embargo, ni siquiera hemos encontrado una transmisión de radio de alguna de estas culturas con los proyectos SETI1. Hay una serie de hipótesis que intentan responder al enigma de que esto no haya sucedido: una es que las distancias son demasiado grandes para hacerlo y que, en realidad, solo hemos llegado a rastrear un sector muy pequeño de nuestra galaxia; otra es que ni su tecnología ni los recursos naturales de sus planetas fuesen capaces de permitir los viajes ni las comunicaciones interestelares; quizá haya un gran filtro que impida que las diferentes culturas lleguen a desarrollarse tanto como para comunicarse a gran distancia y conocer civilizaciones en otros planetas; puede que se comuniquen de una forma muy distinta a la nuestra, o sea que no hayamos usado un lenguaje inteligible por quienes nos pudiesen escuchar; es posible que sepan de nuestra existencia pero se mantengan en silencio hasta que nuestra cultura esté más avanzada…Tenemos hasta una propuesta de explicación conocida como la del Bosque Oscuro que viene a decir que todas las civilizaciones planetarias se mantienen ocultas y que la que llama la atención sobre su existencia es exterminada. 

El caso es que por ahora la Tierra se encuentra en la más absoluta soledad.

Se escuchan relatos que intentan negar una de las premisas de esta paradoja: no solo nos estarían visitando extraterrestres, sino que además abducirían a algunas criaturas humanas, hecho que estarían investigando diversas agencias gubernamentales pero habrían acordado un pacto de silencio que funcionaría pese a las ambiciones internacionales de cada Estado. 

También se oyen las voces de quienes no comparten el otro punto de partida. Sostienen que no hay tal paradoja porque no hay otra civilización en la galaxia. La vida sería un fenómeno que se produce solo aquí y por eso no hemos recibido ninguna visita ni hemos captado ninguna transmisión. Es la ya mencionada “Hipótesis de la Tierra rara”. Para sus defensorxs, la Tierra sería, en ese aspecto, un lugar sin igual. A mí me recuerda poderosamente a la idea de “pueblo elegido por Dios” de la doctrina que encontramos en el Antiguo Testamento.

Tal vez la vida en el universo sea un estado de la materia mucho más difícil de mantenerse en el tiempo de lo que se pensaba cincuenta años atrás, en la época de Carl Sagan, pero eso no significa que las nuestras sean las únicas formas de vida inteligente y capaces de comunicarse a grandes distancias que ahora existan en la galaxia. Es muy posible que se desarrollen varias en cada una pero ya es más improbable que puedan coincidir en el mismo instante y existen ínfimas posibilidades de que, a través de inmensas distancias,  lograsen contactar.

Sin duda el planeta en el que vivimos es muy especial y, además de su apropiada composición, configuración y estructura (agua, atmósfera, campo magnético…), se dan unas condiciones aparentemente únicas para que la vida surja y se mantenga en él, como por ejemplo, que no sufra el impacto de demasiados meteoritos (en nuestro caso muchos son atraídos por un gigante gaseoso como Júpiter); que se encuentre en una zona con baja radiación cósmica; que orbite en la zona de habitabilidad de una estrella estable (concretamente, que no produzca grandes fluctuaciones en la cantidad de energía que le envía) o que se ubique en un lugar relativamente libre de supernovas; la presencia de una gran luna estabilizadora o la existencia de una tectónica de placas, entre otras no citadas aquí;. Pero el número de astros habitables en la galaxia es tan apabullante que es fácil llegar a la conclusión de que la Tierra no puede ser el único cuerpo de ella que vaya a albergar vida con conciencia de sí misma y capaz de comunicarse a grandes distancias. Y menos aún en el universo. Las “condiciones únicas” del planeta Tierra para que surja la vida, aunque no lo podamos comprobar, seguramente no lo sean tanto. Se calcula que la Vía Láctea tiene entre 200.000 millones y 400.000 millones de estrellas, y que gran cantidad de ellas tienen alrededor planetas o  satélites habitables. De acuerdo, la mayoría serán desiertos sin vida. Pero la probabilidad nos dice que esta excepcionalidad del globo terráqueo es irreal.

En 2023, mediante las imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb, se observó que en el exoplaneta, que se supone hicéano2, K2-18b —ubicado a 124 años luz en nuestra galaxia3— hay dimetil sulfuro (DMS). En una nueva observación, dos años más tarde, además de aumentar la confianza estadística en la presencia de DMS, se  registró dimetil disulfuro de (DMDS). Estos compuestos en la Tierra solo son producidos por organismos vivos. Parece que la absoluta singularidad no era tal.

Ya en 2026, tenemos que ser conscientes de que más pronto que tarde alguno de nuestros telescopios logrará examinar con claridad alguna estructura espacial de las sospechosas de ser artificiales y la paradoja de Fermi se convertirá en un planteamiento del pasado. 

La verdad es que podríamos desaparecer súbitamente como efecto de algún imprevisible evento espacial: un cambio en la órbita terrestre, el desplazamiento del sistema solar hacia una fuente de radiación cósmica, la colisión con un objeto de grandes dimensiones, un cometa, un planeta o estrella errante, una modificación repentina en el astro que nos alimenta, un inesperado brote de rayos gamma en nuestra galaxia, la activación repentina de un cuásar cercano o cualquier suceso aquí no citado. Por eso, mientras tales fenómenos no sucedan, me parece un despropósito dedicar nuestro tiempo y nuestros esfuerzos a adorar a un ser posiblemente imaginario y que, en caso de que exista, no va a escucharnos.

La hipótesis de la panspermia propone que la vida en el planeta Tierra surgió a partir de material contenido en meteoritos procedentes de cometas o asteroides que viajan entre distintos sistemas estelares. Estos irían difundiendo organismos vivos por el universo que en el medio adecuado podrían evolucionar hasta la autoconciencia. En las diferentes galaxias es probable que existan enormes cantidades de civilizaciones parecidas a la terráquea, si no las hay iguales. Poseen de media una cantidad que oscila entre 107 y 1014 de estrellas y algunas disponen de planetas y satélites capaces de albergar vida. En el universo observable se calcula que hay 2•1012 galaxias.

Podemos contemplar la inmensidad del cosmos y desde esa perspectiva es fácil llegar a la conclusión de que somos insignificantes. Esta constatación se produce al reflexionar sobre el hecho de que nuestra civilización solo ocupe un planeta y nuestra especie también, al menos según nuestros actuales conocimientos. También es adecuado calificarnos como irrelevantes, en el sentido de que no somos el centro del universo como se creyó durante mucho tiempo. Hay quienes todavía lo creen, al menos figuradamente, pero la realidad es que tenemos muy poca capacidad de actuación en él.

Con la Congregación del Infinito, le restaríamos importancia a unos teísmos que surgieron en las antiguas culturas. Por ejemplo, el cristianismo apareció en una provincia romana, aunque con el tiempo se convirtió en la religión oficial del Imperio posterior. Esto facilitó su implantación en Europa, hecho que desembocaría siglos después en su expansión mundial a través del colonialismo, hasta llegar a su desmesurada dimensión actual. Unos teísmos que pese a que hoy están muy extendidos, no dejan de mostrar muchas características que responden al hecho de partir de una raíz local. Nos pondríamos al nivel, al menos en cuanto a creencias se refiere, de cualquier civilización que quisiese ponerse en contacto con la raza humana. Ahora sería el momento perfecto, pues la Tierra ha de soportar las necesidades de alrededor de 8.200 millones de individuxs (algunxs de lxs cuales se han acostumbrado a consumir demasiado); las guerras, el sufrimiento y la desigualdad crecen; nos podríamos destruir con las armas nucleares (como se sabe desde hace décadas) y hemos traspasado varios de los límites del planeta, esquilmado sus recursos, cambiando rápidamente su clima, contaminando numerosos ecosistemas, así como llevando a la extinción a multitud de especies.

Es muy presuntuoso pensar que en un rincón de la Vía Láctea, en un planeta llamado Tierra, el tal Dios le dio unas tablas con los diez mandamientos a un señor llamado Moisés o se hizo carne en la figura de Jesucristo en un país determinado. A esto se añade que la vieja leyenda palestina es una historia que privilegia a las criaturas humanas —a quienes se supone que Dios hizo a su imagen y semejanza— sobre el resto de seres vivxs del planeta. Y dentro de ellas a los varones. Dejarse llevar por semejantes creencias  implica caer en un ego-andro-antropocentrismo que, como siempre, es machista y especista. 

En la versión más ecuménica del cristianismo, Dios se habría revelado en las diferentes regiones del mundo a través de sus religiones. Pero pensar en un dios mostrándose a todas las civilizaciones del universo y encarnándose en algunas de ellas parece tan absurdo como hilarante.

Lo mismo que ocurre con la vieja leyenda palestina, sucede con el varias veces milenario mito hebreo, el vetusto relato mahometano o las antiquísimas historias hindúes. Puede que hace más de mil años consiguieran explicar la realidad pero hoy ya no. Solo tenemos a la ciencia para ir explicando parcelas de ella.

1 SETI es el acrónimo en inglés de Search for Extra Terrestrial Intelligence (búsqueda de inteligencia extraterrestre). Hay muchos proyectos SETI aunque los primeros surgieron en la década de 1970 bajo el patrocinio de la NASA. En 2015 comenzaron escuchas de radiofrecuencias y observación visual de posibles tecnologías LASER usadas en el espacio dentro del proyecto Breakthrough Listen, ampliando en 2025 la búsqueda a exoplanetas previamente seleccionados.

2 Hicéanos son aquellos exoplanetas (planetas más allá de nuestro sistema solar) que están, completamente o casi en su totalidad, cubiertos por agua líquida.

3 Todos los exoplanetas cuyo descubrimiento ha sido posible con los actuales telescopios se ubican en la Vía Láctea. Se asume que habrá muchos más en otras galaxias pero no se puede comprobar.

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Infinito

No olvidemos la inmensidad del universo 2/4

Los antiguos filósofos Demócrito de Abdera (c. 460 a.e.c.-c. 370 a.e.c.) y su maestro Leucipo de Mileto (siglo V a.e.c.) empezaron a divulgar el atomismo: la teoría de que toda la materia estaba construida por diferentes elementos indivisibles e imperceptibles que Demócrito llama átomos. Establece en ese momento uno de los principios fundamentales de la física moderna. Según estas antiguas doctrinas todo el universo estaría hecho de lo mismo, así que los átomos podían combinarse de diferentes maneras y crear así otros mundos.

El filósofo Epicuro (341 a.e.c.-270/271 a.e.c.) incorporó a su cosmovisión las tesis atomistas, al tiempo que dudaba de la existencia de los dioses. Desarrolló una ética fundamentada en el hedonismo y en la ausencia de dolor en la vida. Por ello sería muy criticado —cientos de años más tarde— por una religión tan ascética como es el cristianismo. Varios siglos después de la existencia de estos filósofos griegos, en la época de la República romana, el epicureísmo alcanzó una gran popularidad. El poeta Lucrecio (99 a.e.c.-55 a.e.c.) escribió De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), como homenaje a Epicuro. En el texto se puede leer:

Cuando la humana vida a nuestros ojos oprimida yacía con infamia en la tierra por grave fanatismo que desde las mansiones celestiales alzaba la cabeza amenazando a los mortales con horrible aspecto, al punto un varón griego [Epicuro] osó el primero levantar hacia él mortales ojos y abiertamente declararle guerra: no intimidó a este hombre señalado la fama de los dioses, ni sus rayos, ni del cielo el colérico murmullo. El valor extremado de su alma se irrita más y más con la codicia de romper el primero los recintos y de Natura las ferradas puertas.1

El cristianismo de las épocas romana y medieval persiguió especialmente el pensamiento atomista. No le gustaba porque fomenta una visión materialista de la realidad. Durante siglos no toleró su expresión clara. Sin embargo, Nikolas von Kues, conocido como Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo y teólogo alemán —en tan buenas relaciones con el papado que llegó a ser nombrado cardenal—, habiendo leído los trabajos de los atomistas griegos, en sus numerosos escritos cuestiona el geocentrismo y especula con la posibilidad de que en las estrellas haya otros mundos. A pesar de ser sospechoso de sostener creencias panteístas, nunca fue denunciado como hereje. Su pensamiento tiene gran influencia en Copérnico y en lo que Giordano Bruno propondrá un siglo más tarde.

Nicolás Copérnico (1473-1543), a principios del XVI, propone un modelo en el que la Tierra no es el centro de la creación, como era asumido comúnmente hasta entonces, sino que orbita en torno al sol2, como el resto de planetas conocidos hasta aquella fecha.

Giordano Bruno (1548-1600), igualmente en el siglo XVI, es un filósofo que conoce las tesis de Copérnico, de Nikolas von Kues, de los atomistas griegos y de Epicuro. De joven  ingresa como monje en la Orden de los Dominicos en Nápoles y en 1572 lo nombran sacerdote. Con el tiempo elaborará un esquema panteísta en el que el universo es infinito —por lo tanto no tiene centro— y las estrellas son soles como el nuestro con mundos habitados a su alrededor. Presenta y difunde su modelo en diferentes universidades europeas, entre ellas las de sitios afines a la reforma cristiana, como la Universidad de Ginebra, la de Oxford. En la ciudad suiza había colgado los hábitos y con el paso de los años y sus viajes, se había acercado a opciones protestantes, si bien los calvinistas lo encarcelaron y los luteranos lo excomulgaron. Residiendo en Frankfurt, es persuadido para que vuelva a la tierra que hoy llamamos Italia —no se unificó hasta la segunda mitad del siglo XIX— y, víctima de la traición de un noble, la Inquisición lo detiene en Venecia. Extraditado a Roma, pasa años en prisión en los que lo torturan y se le ofrece retractarse. No lo hace y finalmente es relajado, o sea es entregado a los poderes civiles para que procedan a su ejecución. Lo queman vivo en en la plaza Campo de’ Fiori en 1600. Allí existe hoy una estatua que lo recuerda, aunque también las encontramos en otros lugares alrededor del globo terráqueo, como por ejemplo Nola (Italia) —su ciudad natal—, Berlín  (Alemania), Ciudad de México o Bogotá (Colombia). En su obra Del infinito: el universo y otros mundos escribe:

Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos siete girar en torno a este sol que está cerca de nosotros.3

Hoy en día conocemos multitud de planetas que no orbitan en torno a nuestro Sol. Casi todas las estrellas tienen estos cuerpos a su alrededor. En la moderna astronomía, el principio de Copérnico establece que ni el sistema solar está en el centro de la Vía Láctea ni el sitio que habitamos ocupa un lugar especial en el universo. 

Y el principio de mediocridad, que tiene su fundamento en el copernicano, precisa que las condiciones que se han dado en la Tierra para que apareciese la vida, de igual modo han ocurrido y ocurrirán en otros cuerpos rocosos y con agua. Así que, es lógico prever que en algún momento existió, existe o existirá vida en una enorme cantidad de ellos. Frente a este principio, podemos encontrar la “Hipótesis de la Tierra rara” explicando que, por diversos motivos, la vida capaz de construir sofisticados artefactos, solo se da aquí.

Carl Sagan (1934-1996), astrofísico y fundamental divulgador de la ciencia que, en el último cuarto del siglo XX con los documentales de la serie, Cosmos: un viaje personal, difundió las leyes del universo y enseñó cómo era a la gente que lo veía en la televisión, siempre se manifestó como un gran defensor del principio de mediocridad. Trabajó para la NASA incorporando a las sondas Voyager un disco de oro con los sonidos de la Tierra. Precisamente a partir de una fotografía tomada por la sonda Voyager 1 del planeta Tierra el 14 de febrero de 1990, aproximadamente a seis mil millones de kilómetros del planeta, escribió su obra Un punto azul pálido. En ella asegura:

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.

Y más adelante en la misma obra:

Miremos ese puntito [la Tierra]el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?4

1 Tito Lucrecio Caro. De la naturaleza de las cosas. Orbis: Barcelona, 1985.

2 El astrónomo y matemático griego Aristarco de Samos (310 a.c.-230 a.c.) ya había propuesto varias centurias antes un modelo heliocéntrico del sistema solar. Este modelo fue aceptado por diferentes filósofxs y astrónomxs grecolatinxs posteriores a él como Hipatia de Alejandría.

3 Giordano Bruno. Del infinito: el universo y otros mundos (traducción y notas de Miguel Á. Granada) Tecnos: Madrid, 2019.

4 Carl Sagan: Un punto azul pálido.Planeta: Barcelona, 2003.

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No olvidemos la inmensidad del universo 1/4

Lxs que saben más del universo son lxs astrónomxs, que suelen ser doctorxs en astrofísica. Yo me he documentado con el fin de hacer ver lo pequeña e insignificante que resulta la humanidad ante lo vasto que es, pero no soy doctor, ni siquiera estoy graduado en esa materia. Todo el conocimiento que he adquirido y que intento actualizar cada día, apoya la tesis que yo sostengo: que las ideas antropocéntricas apuntaladas (porque como son insostenibles tienden a caerse) durante siglos por las viejas religiones teístas resultan hoy, con todo lo que sabemos, realmente absurdas. Hemos de esforzarnos en que pierdan más peso en nuestras sociedades.

El telescopio espacial James Webb —desarrollado en un proyecto de NASA, ESA y Canadá, lanzado desde la Guayana Francesa en diciembre de 2021 y operativo desde mediados de 2022— ha descubierto varias galaxias más antiguas que su predecesor, el Hubble. Cuando comencé a escribir este texto se estimaba la más antigua era GN-z11. Tras la entrada en servicio de JWST (acrónimo del citado telescopio), había diferentes candidatas a serlo pero hasta la fecha se ha establecido que JADES-GS-z14-0 ostenta este título, ya que se formó solo 290 millones de años después del supuesto Big Bang, que actualmente se cree que tuvo lugar hace 13.800 millones de años. El telescopio espacial ha encontrado galaxias demasiado grandes y bien estructuradas para la presunta edad que tendrían en el momento en el cual las vemos. 

La Tierra se encuentra en el Sistema Solar, que se ubica en la Vía Láctea. Esta galaxia es parte del Grupo Local que pertenece al Cúmulo de Virgo, que a su vez se integra dentro del supercúmulo de galaxias de Laniakea, uno de los múltiples conjuntos de ellas en el universo.

El Sistema Solar se mueve a 790.000 km/h orbitando en la Vía Láctea, en cuyo centro encontramos el agujero negro supermasivo Sagitario A*. Entre 225 y 250 millones de años son los que se tarda en dar una vuelta completa, o sea en completar un año galáctico. Nuestro planeta tendría aproximadamente solo 20 años galácticos. 

A veces se distingue entre universo observable y universo visible, en cualquier caso, diferentes del universo real. Estos límites no se ponen teniendo en cuenta nuestra tecnología, sino las leyes de la física. Establecen lo que se conoce como horizonte cósmico. El espacio que nos separa de las galaxias más lejanas se amplia a velocidades mayores que las de la luz. Por lo tanto, algunas están emitiendo una luz que nunca va a llegar a la Vía Láctea y no podremos verlas. El universo es inmenso, más de lo que desde aquí podamos nunca observar. Hay quienes piensan que es infinito.

El promedio del alejamiento al que se encuentra el Sol es 149.597.870,7 kilómetros, siendo alrededor del 3 de Enero el momento en el que la Tierra está más cerca y alrededor del 4 de Julio el momento del año en que se sitúa más lejos. La separación media entre el Sol y la Tierra es la Unidad Astronómica y esta medida de longitud equivale a 0,00001581 años luz. O sea, la luz del Sol tarda poco más de ocho minutos en llegar. El universo es tan grande que el año luz es una magnitud que se queda pequeña. También tenemos el pársec, que parte de la Unidad Astronómica. Equivale a 3,26 años luz o aproximadamente a 30,9 billones (30,9·10¹²) de kilómetros. Se sigue quedando pequeña. Por eso se utilizan el Kilopársec (mil pársecs), el Megapársec (un millón de pársecs) o el Gigapársec (mil millones de pársecs) para referirse a objetos muy lejanos.

La galaxia más cercana, Andrómeda, se ubica a 2.500.000 años luz, 700.000 pc, 700 kpc o 0,7 Mpc. En el futuro, se prevé que esta galaxia choque con la nuestra, la Vía Láctea, formando una supergalaxia —que se llamaría Milkdromeda o Lactómeda—, aunque no se espera un choque violento por lo lejos que están, en ambas galaxias, unas estrellas de otras.

Con estas distancias, añadidas a la certeza de que no se puede superar la velocidad de la luz, es un poco ridículo el planteamiento de que un ser que se muere algo más tarde de los setenta1 años explore, no ya el universo, sino la Vía Láctea. En algunas narraciones sobre viajes espaciales se pretende salvar esta dificultad con el recurso de la hibernación. Esto resulta, cuando menos, bastante ingenuo. El gran problema para realizar largas travesías a otro sistema solar radicaría en la enorme distancia que habría que cubrir. Es una dificultad mucho mayor que la que se encontraron las primeras Homo sapiens que se internaron en el mar y navegaron. En otras ficciones sobre viajes espaciales como Star Trek utilizan motores supralumínicos, concretamente a partir de los guiones de esta clásica serie se teorizó sobre los dispositivos warp2.

Probablemente lxs únicxs seres vivxs que viajen por el espacio sean unicelulares y vayan adheridos a restos de objetos rocosos, asteroides y cometas. Para explorar las galaxias, dadas las enormes distancias, el tiempo que costaría atravesarlas y el daño que causan al ADN determinadas emisiones que es fácil encontrar en el cosmos, harían falta unos robots con verdadera inteligencia artificial que dejarían de estar operativos con el tremendo paso del tiempo. Así que estos, a su vez, deberían ser capaces de producir otras máquinas iguales. Eso además de una nave, cuyo motor funcione con una energía que esté disponible de manera casi infinita y que permita hacer paradas para aprovisionarse de nuevos materiales para producir los robots, dado que el reciclaje puede existir pero solo hasta cierto punto.

Alfa Centauri, compuesto por tres estrellas (la más cercana de ellas Alfa Centauri C también se conoce como Próxima Centauri), es el sistema más cercano a la Tierra y está a 4,37 años luz, o 1,34 pc, o sea a 41,3 billones de kilómetros de distancia. Desde el siglo pasado sabemos que no se puede superar la velocidad de la luz, así que las posibilidades de la travesía espacial son muy limitadas. Es más que probable que seamos incapaces de salir de esta roca para encontrar otro sitio donde vivir. Tenemos que asumir que no hay planeta B. Por tanto, no podemos continuar dañando aquel en el que vivimos, a menos que queramos suicidarnos como especie. Quienes soñaban con un futuro de la especie humana en el espacio, están empezando a descubrir una verdad que ya conocían en los movimientos ecologistas: que somos ecodependientes, que necesitamos de la naturaleza de la Tierra.

La única opción para viajar mucho más allá de nuestro sistema solar —aparte de la de poder controlar el teletransporte instantáneo— sería poder encontrar y lograr atravesar los hipotéticos agujeros de gusano. Consistirían en lugares en los cuales se pliega el espacio, de manera que quedarían conectados dos puntos extraordinariamente lejanos.

El universo es inmenso e inabarcable. Así escribía Margherita Hack en Mi infinito. Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea:

Cuando hablamos de universo entendemos «el conjunto de todo lo que existe», o sea de todo lo que es observable, sobreentendiendo, no obstante, que pueda ser incluso mucho más extenso, infinito, inaccesible para nuestros instrumentos. Pero ¿estamos seguros de que es así? Los antiguos estimaban que el universo era una esfera la Tierra, luego el Sol y el sistema solar; a principios del siglo XX nos preguntábamos si la Vía Láctea abarcaba todo el universo y luego se han descubierto miles de millones de Galaxias. Hoy nos preguntamos si el universo es verdaderamente todo lo que existe, o es sólo uno entre infinitos otros: si las leyes físicas que hemos descubierto fatigosamente son verdaderamente universales o en regiones inconmensurablemente lejanas pueden ser distintas. Una pregunta a la que nunca podremos responder, porque por definición cualquier otro universo estaría fuera de nuestro universo observable. Sin embargo, la idea de que el nuestro sea solo uno entre tantos universos, no se puede descartar.3

1 Aunque no pocxs abuelxs pasen de 90 en el norte global, la media de la esperanza de vida en la Tierra se sitúa entre los 70 y los 73 años.

2 El desplazamiento por curvatura se basa en el principio de que el espacio sí puede moverse a velocidades más altas que la de la luz. Permitiría a una nave espacial viajar moviendo el espacio inserta en una especie de burbuja a la vez que evitaría los problemas asociados con una dilatación relativista del tiempo. El problema principal de estos dispositivos es que necesitarían una energía descomunal, mucho mayor de la que nunca podríamos tener.

3 Margherita Hack Mi infinito. Dios, la vida y el universo: reflexiones de una científica atea. Barcelona: RBA, 2012.

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La vida en el centro 8/8

No comparto en absoluto ese pensamiento que viene a decir que las mujeres solamente lo son “de verdad” cuando se convierten en madres. La reproducción no es más que una posibilidad que existe para la mayoría pero no estamos obligadxs a llevarla a cabo. La especie no se va a extinguir si dejamos de reproducirnos. Más bien podría pasar al revés, que se extinga por hacerlo demasiado. 

Aquí van unas palabras de Marta Tafalla sobre el hecho de no tener hijxs, en Filosofía ante la crisis ecológica:

Las mujeres que hemos decidido no tener hijos sentimos una enorme presión. A menudo se nos requiere dar explicaciones de por qué hemos tomado esa decisión y se nos recrimina que somos egoístas, solitarias, excéntricas y frívolas. Cualquier persona, desde familiares y amigos a vecinos, colegas del trabajo o gente que apenas nos conoce, y especialmente los varones, se sienten legitimados para soltarnos un discurso impulsándonos a reconsiderar nuestra decisión, si todavía estamos a tiempo o para reñirnos, si es ya demasiado tarde.1

A los hombres cishetero no les pasa eso. Y mucho menos a quienes presentamos sexualidades disidentes.

Es obvio que son muy numerosas aquellas personas que prefieren reproducirse y tener su propia descendencia, adoptar o acoger peques, puesto que para ello han sido educadas. En estos casos sería interesante practicar la co-maternidad, la co-paternidad o la co-crianza con otrxs individuxs que pensaban afrontar el reto en solitario. 

Se nos ha inculcado la tendencia a hacer lo posible por multiplicarnos. De todas formas, con los modelos de maternidad y paternidad que se están imponiendo desde las zonas privilegiadas, en los que hay que hacer grandes sacrificios y las criaturas son muy demandantes de productos de consumo, aquí es imposible aumentar notablemente la tasa de natalidad, una noticia que no es tan mala para La Tierra. Parece más sensato que la enorme población existente se distribuya, que intentar elevar la tasa de natalidad en los Estados con mayor IDH.

Sería positivo que ya hoy mujeres, personas de géneros no binarios y hombres se animasen a vivir en comunidades surgidas a partir de familias elegidas. Se trataría de una unión para la convivencia similar a la de lxs monjxs pero sin normas obligatorias sobre relaciones afectivas, sexuales y descendencia, ya que estás actividades no se pueden prohibir a pesar de que las viejas religiones lo hagan. Son un asunto de Derechos Humanos.

Todavía solo estamos en el año veintiséis. A lo largo del siglo presente se irá viendo cómo intentar vivir solxs, en pareja o en pequeñas familias, de la forma en que lo hemos hecho las últimas décadas, es ecológicamente insostenible y está condenado al fracaso. Mejores perspectivas tendrán las comunidades formadas por veinte, cincuenta o alrededor de cien individuxs.

Además, si la especie humana pretende seguir prosperando en este planeta, deberá aprender a subsistir reduciendo su huella ecológica. Y qué mejor forma de hacerlo que aprovechando los recursos en comunidad. Es lógico pensar que las viejas religiones  tendrán un peso muy grande en muchas. Por eso es necesaria una organización de carácter religioso como esta: no dogmática, democrática, cimentada en la igualdad de derechos y en la equidad.

Ecosofía quiere decir filosofía de la Tierra. Es un término creado por el filósofo noruego Arne Naess (1912-2009), aunque desarrollado más ampliamente por el francés Felix Guattari (1930-1992). Concibe que somos solo una parte de la naturaleza, mas allá de las posturas antropocéntricas que conducen a su explotación. Únicamente entendiendo este punto podremos adaptarnos a la crisis ecológica planetaria que enfrenta la humanidad. Una crisis que se ha percibido más en los últimos años con la emergencia contra el caos climático desatado por los humanos y que ha producido la pandemia con más víctimas mortales —hasta que escribo estas líneas, en invierno de 2026 (seguramente vendrán peores)— a la que se han enfrentado las sociedades de consumo. En los próximos años se mostrarán más aspectos de este proceso de destrucción ecosistémica y será indudable que tenemos que tejer nuevas redes para estar mejor preparadxs para los cambios y ser más resilientes. 

Las religiones patriarcales no suelen poner la vida en el centro, muy al contrario, ponen la muerte en el centro. Como dice Michel Onfray en Tratado de ateología:

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.2

Algunas de las sectas del cristianismo —que es el monoteísmo que mejor conozco—, desean que llegue pronto el apocalipsis y el Juicio Final (que se acabe todo), para que podamos disfrutar de la presencia de Dios/Jesús. Es muy probable que, con el aumento de las tensiones entre la Federación Rusa y la OTAN motivadas por la invasión de Ucrania y con la amenaza de una gran guerra nuclear entre China y EE. UU., estén sintiendo que ese momento se encuentra un poco más cerca. Imagino que en diferentes culturas con otras creencias, habrá grupos con esperanzas similares.

Desde hace unas décadas, un persistente aroma a fin del mundo se respira en la cultura. Se hace notar especialmente en el cine de catástrofes y conecta con un sentimiento, con un inconsciente colectivo, que teme que se vaya a terminar (presiente que va a suceder) el “modo de vida imperial” que conforma la sociedad de consumo en estos territorios privilegiados, que de basa tanto en el extractivismo, como en el mantenimiento del sistema patriarcal, de la colonialidad, de la supremacía blanca, de la cisteronorma o del antropocentrismo y que tanto daño provoca a los países del Sur y a la naturaleza de la Tierra. 

La mayoría de las religiones teístas incluyen la promesa de vivir eternamente en un paraíso después de la muerte (y de un juicio), al tiempo que desprecian esta vida, que es la única de la que tenemos certeza y en la que hemos de centrar todo nuestro interés. Deberíamos seguir intentando que dejen de ser hegemónicas. Idear una nueva organización de carácter religioso, que de una manera pragmática y realista ponga el más acá —en vez de el más allá— en el centro de nuestra existencia, es un medio para conseguirlo.

1 Tafalla, Marta: Filosofía ante la crisis ecológica, Madrid: Plaza y Valdes, 2022.

2 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.

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La vida en el centro 7/8

Al poner la vida en el centro, esta organización va a situarse en contra de la explotación laboral y siempre va a anteponer los derechos de quienes trabajan —a menudo a cambio de salarios injustos— al interés por la búsqueda de beneficios económicos. La equidad también es un elemento indispensable para ella. Insisto de nuevo en que se trata de poner la vida en el centro pero, como diría Yayo Herrero: “una vida que merezca la pena ser vivida”. Es intolerable que haya quienes lo tienen todo mientras otrxs poseen tan poco. Hay que compartir la riqueza: han de desplegarse mecanismos de justicia redistributiva. Es necesario potenciar los servicios públicos ya existentes y ofrecer otros que con el tiempo se mostrarán indispensables, pues seguramente haya más gente en situación de desempleo. Puede que el Estado no los vaya prestar o puede que sí pero que tarde demasiado. En cualquier caso, tendremos que comenzar poniéndolos en marcha de manera comunitaria. Pero para eso harán falta comunidades fuertes y esta entidad religiosa antipatriarcal y no dogmática ha de trabajar para conseguir que haya en todas las localidades al menos una de ellas.

Vivimos en una realidad muy complicada, presidida por el horizonte de la muerte. Asumimos que este fenómeno es lo contrario de la vida, pero, en el fondo, es parte de ella. Tenemos que morir para dejar sitio a quienes vienen detrás. No nos deberíamos indignar con la vejez, ni sufrir por no lograr vencerla, ya que envejecer es un indicio de que hemos conseguido sobrevivir más allá de lo imprescindible y permanecemos aquí, acumulando una sabiduría que en determinado momento podemos compartir con las generaciones posteriores.

Quizás la lógica nos puede ayudar a aceptar la muerte: si mueres es porque antes has vivido. Y si vives es porque has nacido. Si no había nada y después naciste, tendrás que morir y volver a la nada. Por tanto, no nos debería asustar morir y desaparecer1. Si contemplamos el tiempo con una perspectiva geológica o cósmica, podemos comprobar que nuestra existencia resulta realmente efímera. Antes de nacer estábamos muertxs, después de vivir lo volveremos a estar. En los siglos pasados estábamos más resignadxs a que ocurriese. Se valoraba como una posibilidad que contemplábamos siempre. En cambio, hoy en día la muerte de lxs demás a menudo se vive como un suceso inesperado. La experiencia de quienes quedan vivxs es que cuando alguien muere desaparece. Pero, aunque es inevitable el sufrimiento por la pérdida, quizás deberíamos tomarlo más a la ligera. Es un suceso que a pesar de que no nos guste, ocurre. Puesto que el espacio y los recursos del planeta en el que vivimos son limitados, su naturaleza requiere que mueran lxs que antes han nacido.

Lxs seres vivxs nacen, se alimentan, excretan, crecen, envejecen y mueren, aunque hay a quienes ni si quiera les da tiempo a crecer ni a envejecer. Algunxs no tenemos deseo de reproducirnos (solo lo tuve un tiempo, cuando era muy jovencito). Una aspiración que resulta muy lógica en la situación de superpoblación en la que nos encontramos en este planeta —con alrededor de 8.200 millones de ejemplares de nuestra especie— en la que reproducirse no es una necesidad. Tampoco me parece que sea indispensable que alguien se reproduzca para madurar plenamente y no ser egoísta.

Se habla mucho de la superpoblación de la Tierra y se dice que pronto no habrá suficiente comida para toda esa población. No es verdad. Sí que la habrá. Hoy producimos más que suficiente, pero la destruimos en enormes cantidades. Solo necesitamos aprender a vivir de otra manera y que las instituciones dedicadas a su producción, distribución y servicios  dejen de desperdiciar alimentos.

Como apunta Layla Martínez en Utopía no es una isla:

Artículos periodísticos y estudios de instituciones oficiales proyectan hacia el futuro las tendencias de crecimiento de la población de los últimos dos siglos y contribuyen a extender la sensación de que las próximas décadas estarán marcadas por una elevada superpoblación que el planeta no será capaz de mantener. Esta sensación es utilizada por las posturas partidarias del control de la población, que sin embargo parecen no tener en cuenta que esas tendencias han cambiado en los últimos años, que la mayor parte del planeta se encuentra ya en cifras de natalidad por debajo de la tasa de reposición y que lo más probable es que eso se mantenga o incluso se incremente, pero además presentan los datos descontextualizados y sin ningún tipo de explicación. No se dice nada sobre las enormes diferencias en la huella ecológica de unas clases sociales a otras y de unos lugares del planeta a otros.2

En nuestras sociedades damos por sentado que la familia nuclear es una forma de convivencia en la que unxs buscan el bien de otrxs y se cuidan mutuamente (si bien no podemos olvidar que tradicionalmente estos cuidados fueron impuestos a las mujeres). Por eso, formar la suya propia en algún momento de su vida es una aspiración para la mayoría. 

La familia es una institución que se ha fundamentado en el trabajo no remunerado de abuelas, madres, hijas, tías, sobrinas recogidas… De todas formas, no todas esas unidades de convivencia son iguales. Una gran cantidad de ellas se convierten en una estructura tóxica con el tiempo, si no lo eran ya desde su inicio. Existen otras formas de solidaridad que no son las que se producen en las familias más generosas. Habría que trabajarlas más. Además de las uniones por afinidad que se construyen mientras duran las relaciones amorosas (que pueden integrar a más de dos, aunque la ley no lo reconozca), hay grupos de afinidad en los que no hay relación sexual ni amorosa y en ocasiones llegan a construir una unidad de convivencia por simpatía, sin partir del parentesco —formando familias elegidas en vez de predeterminadas— que pueden resultar igual o más satisfactorias. 

En los últimos siglos, la aspiración ha sido vivir en parejas y familias nucleares. Pero son muchas las culturas en las que la vida se planteaba (todavía lo hace) en familias extensas y hubo un tiempo en el que solo podíamos subsistir cohabitando en grandes clanes familiares o asociaciones de ellos. Las actuales estructuras de convivencia, tan poco tendentes a la comunidad, tendrán que ser revisadas, pues es probable que en una situación de decrecimiento forzoso, como la que sufriremos en unos años, no resulten energéticamente eficientes. Además, convivir de manera comunitaria puede conseguir que se repartan los cuidados de manera más igualitaria, al tiempo que se fomenta el apoyo mutuo. 

Si las condiciones de vida se van a complicar en los próximos años —como prevemos muchas personas—, va a ser más que necesaria la organización de esas familias (entre las cuales cada vez es más frecuente el fenómeno monomarental) en pequeñas comunidades de fuertes lazos y la actuación de una grande que les brinde apoyo.

Es necesario oponer una mayor resistencia a la intoxicación que sufren numerosas niñas, adolescentes y adultas con los mitos del amor romántico —con vistas a ser sometidas a  lo que Carole Pateman (1940) denominó contrato sexual en su libro homónimo de 1988— y el de las bondades de la familia nuclear. Una intoxicación que está muy relacionada con la manera clásica de ser mujer y la perpetuación de los privilegios masculinos. 

Sería muy positivo además, que La Congregación del Infinito actuase como contrapeso ante un número creciente de hombres cisheterosexuales que han entrado a formar parte de la llamada manosfera o androsfera, poblada por incels3, cryptobross4 y misóginos de todo pelaje, así como del aumento de la repercusión de sus mensajes gracias a los magnates propietarios de medios de comunicación y multinacionales de las redes sociales. En esas redes aparece continuamente publicidad sobre métodos para hacerse rico. Todo este ecosistema digital favorece que aumente el sector de población que vota a la ultraderecha.

1 Estoy convencido de que solo se trata de una desaparición temporal, aunque lo explico mejor en el último capítulo.

2 Martínez, Layla: Utopía no es una isla. Catálogo de mundos mejores. Vitoria-Gasteiz: Episkaia, 2020.

Incel es el acrónimo de célibe involuntario y un concepto que agrupa a hombres que piensan que nunca serán elegidos para tener relaciones románticas o sexuales con mujeres. Es un término en el que pocos se quieren reconocer porque remite a grupos aceleracionistas y neonazis. Incluso ha habido atentados terroristas protagonizados por individuos que se identificaban a sí mismos como tales.

4 Hombres que explican en Internet como conseguir un enriquecimiento rápido gracias a las criptomonedas.