Es un círculo formado por una serpiente o un dragón que se muerde la cola. Una imagen milenaria que aparece en las culturas antiguas representando el ciclo de todo y el eterno retorno. En el Antiguo Egipto, la encontramos en los jeroglíficos que hay en la cámara del sarcófago de la pirámide de Unis. También hallamos el uroboros en la mitología nórdica, en copias medievales de documentos romanos que solían ser a su vez copia de otros griegos, esculpido en arquivoltas, canecillos y capiteles de monasterios e iglesias o en representaciones del dios Quetzalcoatl. Es utilizado por Cleopatra, la Alquimista (Alejandría, s. III-IV) en su texto Chrysopoeia, texto del cual se conservan un par de copias de la Edad Media.
Es una imagen que puede aludir a la Congregación del Infinito. Sería posible emplearlo con más frecuencia de la que hoy se usa en bisutería: colgantes, pendientes o pulseras; dibujarlo o esculpirlo en edificios; o que fuera estampado en algún tipo de tejido para ser llevado en una camiseta, un jersey o cualquier clase de prenda de vestir. Ya se tatúa en algunxs cuerpxs.
Otro símbolo con el que podríamos identificarnos es la lemniscata. Esta es una figura con forma de número ocho tumbado en la que se unen dos formas similares a elipses. Una curva que se ha usado en matemáticas tradicionalmente para representar el infinito. Se ha utilizado en ocasiones en artes decorativas y fue también dibujada en la piel. Puede signarse sencillamente juntando las yemas de los dedos índice y pulgar de ambas manos.
El uroboros podría ser dotado fácilmente, además de su tradicional significado de eterno retorno o de reencarnación, de un sentido adicional de increencia o ateísmo/agnosticismo, o por lo menos, de no teísmo.
En origen, el signo de la cruz —aunque hoy en su uso en abalorios se pretenda obviar su significado profundo— lograba que lxs cristianxs se reconociesen y se agrupasen en comunidades en torno a una iglesia. Función similar podría desempeñar este símbolo con quienes crean que solamente existe este mundo y que probablemente sea infinito.
En mi opinión, los símbolos religiosos tradicionales, a pesar de que en ámbitos como la joyería, hoy hayan sido despojados de sus significados primitivos, suelen indicar cierto gusto por lo convencional. En cambio, podemos lograr que el uroboros posea unas connotaciones emancipadoras y más acordes con el siglo XXI, como de las luchas feminista, antirracista, anticolonial, ecologista, contra la xenofobia, a favor de la diversidad y de los derechos LGTBQIA+. Este signo podría convertirse en un indicador de refugio para mujeres, personas racializadas, migrantes, migradxs o disidentes sexuales y de género perseguidxs.
Lo que parece más positivo y que fortalece a las religiones tanto, es que realizan unas reuniones un día a la semana y, de este modo, van creando una comunidad. Su defecto es que estas suelen ser muy jerárquicas. Normalmente se desarrollan fundamentándose en que alguien hable, ya se le llame sacerdote (católico u ortodoxo de las diferentes Iglesias de las que dependen), pastor, rabino, imán, o de cualquier modo —casi siempre de género masculino, aunque ya hay algunas pastoras, rabinas e imanas1 en varios territorios—, lanza un sermón sobre su parroquia y transmite la palabra del dios de turno. Mientras, el público escucha, contesta fórmulas litúrgicas, realiza diversos rituales o lee fragmentos de su libro sagrado.
En esta organización podemos hacerlo mucho mejor y dejar hablar a cualquiera a condición de que tenga el turno de palabra. Hemos de eliminar las jerarquías y celebrar una asamblea semanal, seleccionando por sorteo alguien que modere los debates, otra persona que apunte los turnos de palabra y alguien más que tome actas de aquello que se diga. Incluso si el momento y lugar de la asamblea son por seguridad secretos, las actas deben ser públicas y publicarse sin incorporar nombres completos, únicamente iniciales. El orden del día lo acordarían las que hubiesen participado en la asamblea anterior. Esta asamblea únicamente sería capaz de tomar decisiones o elaborar resoluciones por consenso. Podríamos llamarlas Encuentros Asamblearios del Infinito y sería estupendo si consiguiésemos construir una comunidad en torno a ellas en la que surjan fuertes lazos. Visto el nivel de acoso por parte de las fuerzas de la derecha y la ultraderecha en la mayoría de sitios deberán de celebrarse de una forma más o menos secreta.
El único inconveniente de las asambleas es que a veces se vuelven interminables. Los Encuentros Asamblearios del Infinito no deberían durar demasiado. Ningún tema religioso es urgente y todos pueden esperar a otro día, así que siempre se puede terminar las asambleas a una hora previamente consensuada. Se suspenderían aunque no hubiesen llegado a una conclusión y se podrían retomar en la siguiente sesión.
Las reuniones semanales en los templos otorgan una gigantesca fuerza a las grandes, viejas religiones erigidas partiendo de la dominación de las mujeres, frente al hecho de que atexs, agnósticxs, deístas, panteístas —o quienes no tienen claro en qué categoría se enmarcarían dentro de la presunción de que no hay ningún Dios pendiente de lo que digan, hagan o piensen— se congregan muy de tarde en tarde. Se puede considerar que ya son posibles las reuniones periódicas dentro de unos partidos políticos, unos sindicatos o unas asociaciones, pero estas organizaciones están dedicadas a otros fines. Con la Congregación del Infinito trataremos de crear sólidos sentimientos de pertenencia desde esos Encuentros Asamblearios. Han de constituir un pretexto para que, partiendo de un punto de vista ecologista, se reúnan semanalmente feministas con todo tipo de gente contraria al patriarcado, antirracista; que se oponga a las descomunales fuerzas de la supremacía blanca, de la xenofobia y del conservadurismo; que entienda que la criatura humana es interdependiente y ecodependiente; o que quiera manifestarse en contra de la injusticia que supone que hoy reproduzcamos las dinámicas culturales y comerciales propias del colonialismo. Todo desde una perspectiva que no sea cisheteronormativa y siempre asumiendo que no hay un dios vigilándonos —aunque sí haya quienes asumen que existe—, y por lo tanto nadie nos va a premiar o castigar después de la muerte
A pesar de que sea verdad que se puede construir también de otras maneras una comunidad similar, lo cierto es que es que tal fenómeno hoy día apenas ocurre. Estas asambleas serían otro modo de intentar que sucediese. Una reunión de este tipo resulta especialmente deseable cuando en algún rincón de tu ciudad hay decenas de cristianos nacionalistas y conservadores rezando el rosario en la vía pública, como lleva sucediendo en Madrid desde otoño de 2023, momento en el que comenzaron en el marco de las protestas contra otra investidura del presidente Sánchez (ahora todavía se convocan rezos colectivos, aunque con una periodicidad mucho menor que la de entonces).
En mi opinión, las religiones no son tanto un asunto de creencias —por ejemplo, en un dios creador— como de prácticas sociales sustentadas en el acto de reunirse. Desde aquí quiero destacar el gran valor de la comunidad frente al individualismo fomentado por las sociedades de consumo y después, con una mayor intensidad, por el neoliberalismo. Un individualismo cimentado sobre la explotación de las mujeres, para el que las únicas uniones deseables y válidas son las familias (preferiblemente nucleares) y las parejas, que despega con la revolución industrial y gana intensificación en las ya mencionadas sociedades de consumo de la segunda mitad del siglo XX y los primeros decenios del actual. Se impone como reacción a las millones de muertes que acompañaron a los movimientos sociales de masas del siglo pasado. Un modo de conducirse que en los próximos años va ir siendo menos eficaz, a medida que nos vayamos enfrentando a consecuencias del caos climático todavía peores que las ya experimentadas y a otros problemas ecológicos, en tanto que sí van a cumplir su cometido los sistemas comunitarios. Lo más beneficioso para proteger los ecosistemas naturales sería que nos acostumbrásemos a otros estilos de vida. Una comunidad compuesta por mujeres, personas de géneros no binarios y hombres, con fuertes vínculos establecidos por los cuidados mutuos, con unos principios sustentados en el combate contra la supremacía blanca, cierta visión neocolonial o los esquemas patriarcales, en el ecologismo, en el hecho de no ver como enemigxs a quienes vienen de otros países a buscarse la vida, en el respeto a LGTBQIA+ y en la valoración de aquellxs que tienen diferentes capacidades, constituiría una buena opción para ahorrar energía e intentar no dañar al medio ambiente. Los Encuentros Asamblearios del Infinito podrían convertirse en eventos en el que se reuniese gente sin Dios (o que no lo espera), feminista, antirracista, anticolonial, antixenófoba, ecologista, diversa y favorable a la diferencia.
En los lugares donde hay más pobreza, son pocas criaturas humanas las que demuestran un gran ateísmo/agnosticismo, casi todas suelen estar cerca de alguna variante de las viejas y grandes religiones. A menudo las masas no quieren ni oír hablar del laicismo. Pareciera que esa forma de pensar irreligiosa no va a tener éxito nunca. Lo cual sería una gran desventaja para estas sociedades. Yo creo que esto es así porque las religiones crean grupos en los que se da, entre otras cosas, el apoyo mutuo. Por ejemplo, es probable que con las actuales cosmovisiones, en la mayoría de países del continente africano, del occidente y el centro asiáticos o entre un descomunal número de latinoamericanxs, nunca aumente significativamente el porcentaje de lxs que se identifican con ese laicismo individualista.
1 En la provincia china de Henan hay mujeres imanas desde el siglo XVIII en la dinastía Qing.
