Los antiguos filósofos Demócrito de Abdera (c. 460 a.e.c.-c. 370 a.e.c.) y su maestro Leucipo de Mileto (siglo V a.e.c.) empezaron a divulgar el atomismo: la teoría de que toda la materia estaba construida por diferentes elementos indivisibles e imperceptibles que Demócrito llama átomos. Establece en ese momento uno de los principios fundamentales de la física moderna. Según estas antiguas doctrinas todo el universo estaría hecho de lo mismo, así que los átomos podían combinarse de diferentes maneras y crear así otros mundos.
El filósofo Epicuro (341 a.e.c.-270/271 a.e.c.) incorporó a su cosmovisión las tesis atomistas, al tiempo que dudaba de la existencia de los dioses. Desarrolló una ética fundamentada en el hedonismo y en la ausencia de dolor en la vida. Por ello sería muy criticado —cientos de años más tarde— por una religión tan ascética como es el cristianismo. Varios siglos después de la existencia de estos filósofos griegos, en la época de la República romana, el epicureísmo alcanzó una gran popularidad. El poeta Lucrecio (99 a.e.c.-55 a.e.c.) escribió De rerum natura (De la naturaleza de las cosas), como homenaje a Epicuro. En el texto se puede leer:
Cuando la humana vida a nuestros ojos oprimida yacía con infamia en la tierra por grave fanatismo que desde las mansiones celestiales alzaba la cabeza amenazando a los mortales con horrible aspecto, al punto un varón griego [Epicuro] osó el primero levantar hacia él mortales ojos y abiertamente declararle guerra: no intimidó a este hombre señalado la fama de los dioses, ni sus rayos, ni del cielo el colérico murmullo. El valor extremado de su alma se irrita más y más con la codicia de romper el primero los recintos y de Natura las ferradas puertas.1
El cristianismo de las épocas romana y medieval persiguió especialmente el pensamiento atomista. No le gustaba porque fomenta una visión materialista de la realidad. Durante siglos no toleró su expresión clara. Sin embargo, Nikolas von Kues, conocido como Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo y teólogo alemán —en tan buenas relaciones con el papado que llegó a ser nombrado cardenal—, habiendo leído los trabajos de los atomistas griegos, en sus numerosos escritos cuestiona el geocentrismo y especula con la posibilidad de que en las estrellas haya otros mundos. A pesar de ser sospechoso de sostener creencias panteístas, nunca fue denunciado como hereje. Su pensamiento tiene gran influencia en Copérnico y en lo que Giordano Bruno propondrá un siglo más tarde.
Nicolás Copérnico (1473-1543), a principios del XVI, propone un modelo en el que la Tierra no es el centro de la creación, como era asumido comúnmente hasta entonces, sino que orbita en torno al sol2, como el resto de planetas conocidos hasta aquella fecha.
Giordano Bruno (1548-1600), igualmente en el siglo XVI, es un filósofo que conoce las tesis de Copérnico, de Nikolas von Kues, de los atomistas griegos y de Epicuro. De joven ingresa como monje en la Orden de los Dominicos en Nápoles y en 1572 lo nombran sacerdote. Con el tiempo elaborará un esquema panteísta en el que el universo es infinito —por lo tanto no tiene centro— y las estrellas son soles como el nuestro con mundos habitados a su alrededor. Presenta y difunde su modelo en diferentes universidades europeas, entre ellas las de sitios afines a la reforma cristiana, como la Universidad de Ginebra, la de Oxford. En la ciudad suiza había colgado los hábitos y con el paso de los años y sus viajes, se había acercado a opciones protestantes, si bien los calvinistas lo encarcelaron y los luteranos lo excomulgaron. Residiendo en Frankfurt, es persuadido para que vuelva a la tierra que hoy llamamos Italia —no se unificó hasta la segunda mitad del siglo XIX— y, víctima de la traición de un noble, la Inquisición lo detiene en Venecia. Extraditado a Roma, pasa años en prisión en los que lo torturan y se le ofrece retractarse. No lo hace y finalmente es relajado, o sea es entregado a los poderes civiles para que procedan a su ejecución. Lo queman vivo en en la plaza Campo de’ Fiori en 1600. Allí existe hoy una estatua que lo recuerda, aunque también las encontramos en otros lugares alrededor del globo terráqueo, como por ejemplo Nola (Italia) —su ciudad natal—, Berlín (Alemania), Ciudad de México o Bogotá (Colombia). En su obra Del infinito: el universo y otros mundos escribe:
Existen, pues, innumerables soles; existen infinitas tierras que giran igualmente en torno a dichos soles, del mismo modo que vemos a estos siete girar en torno a este sol que está cerca de nosotros.3
Hoy en día conocemos multitud de planetas que no orbitan en torno a nuestro Sol. Casi todas las estrellas tienen estos cuerpos a su alrededor. En la moderna astronomía, el principio de Copérnico establece que ni el sistema solar está en el centro de la Vía Láctea ni el sitio que habitamos ocupa un lugar especial en el universo.
Y el principio de mediocridad, que tiene su fundamento en el copernicano, precisa que las condiciones que se han dado en la Tierra para que apareciese la vida, de igual modo han ocurrido y ocurrirán en otros cuerpos rocosos y con agua. Así que, es lógico prever que en algún momento existió, existe o existirá vida en una enorme cantidad de ellos. Frente a este principio, podemos encontrar la “Hipótesis de la Tierra rara” explicando que, por diversos motivos, la vida capaz de construir sofisticados artefactos, solo se da aquí.
Carl Sagan (1934-1996), astrofísico y fundamental divulgador de la ciencia que, en el último cuarto del siglo XX con los documentales de la serie, Cosmos: un viaje personal, difundió las leyes del universo y enseñó cómo era a la gente que lo veía en la televisión, siempre se manifestó como un gran defensor del principio de mediocridad. Trabajó para la NASA incorporando a las sondas Voyager un disco de oro con los sonidos de la Tierra. Precisamente a partir de una fotografía tomada por la sonda Voyager 1 del planeta Tierra el 14 de febrero de 1990, aproximadamente a seis mil millones de kilómetros del planeta, escribió su obra Un punto azul pálido. En ella asegura:
Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos.
Y más adelante en la misma obra:
Miremos ese puntito [la Tierra]el tiempo que haga falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro puntito. Supongamos que ése está habitado por una forma distinta de vida inteligente. También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio. ¿Tomaremos en serio su reivindicación?4
1 Tito Lucrecio Caro. De la naturaleza de las cosas. Orbis: Barcelona, 1985.
2 El astrónomo y matemático griego Aristarco de Samos (310 a.c.-230 a.c.) ya había propuesto varias centurias antes un modelo heliocéntrico del sistema solar. Este modelo fue aceptado por diferentes filósofxs y astrónomxs grecolatinxs posteriores a él como Hipatia de Alejandría.
3 Giordano Bruno. Del infinito: el universo y otros mundos (traducción y notas de Miguel Á. Granada) Tecnos: Madrid, 2019.
4 Carl Sagan: Un punto azul pálido.Planeta: Barcelona, 2003.
