La comunidad, en la actualidad, es la base de la sociedad en las culturas indígenas y campesinas. A lo largo del siglo XXI, a medida que los efectos del caos climático y la escasez de energías y minerales se vayan haciendo más patentes, va ser más y más necesaria para la población en general. Las relaciones comunitarias deberían ser las más abundantes en barrios, aldeas y pueblos, en lugar de las propias de esa masa de consumidorxs individualizadxs que habitan insertxs en familias nucleares, extensas, monomarentales o monoparentales, más y menos diversas. Pero han de ser protagonistas unas comunidades que articulen grupos que se rijan por criterios diferentes a los que mantuvieron aquellas tan anticuadas, dominadas en muchos casos por esquemas patriarcales y presuposiciones cisheronormativas que, en ocasiones, se formaron en torno a las viejas religiones teístas. Podemos construir otras realmente emancipadoras, sobre la base de la igualdad de derechos, el respeto a la naturaleza y a los límites del planeta.
Rita Laura Segato (1951) apunta sobre las comunidades en la introducción de La guerra contra las mujeres (2016):
Una comunidad, para serlo, necesita de dos condiciones: densidad simbólica, que generalmente es provista por un cosmos propio o sistema religioso; y una autopercepción por parte de sus miembros de que vienen de una historia común, no desprovista de conflictos internos sino al contrario, y que se dirigen a un futuro en común. Es decir, una comunidad es tal porque comparte una historia. En efecto, el referente de una comunidad o un pueblo no es un patrimonio de costumbres enyesadas, sino el proyecto de darle continuidad a la existencia en común como sujeto colectivo.1
Existen, por supuesto, comunidades laicas, como las que se construyen en torno a sindicatos, partidos políticos, asociaciones feministas, asociaciones LGTBQIA+, cooperativas, centros sociales, grupos de consumo responsable… Quizá haya más en el futuro, pero hoy en día, las colectividades que otorgan más cohesión cuando hablamos de grupos más grandes que la familia, si miramos todos los continentes, son las comunidades construidas alrededor de la religión. En cualquier caso, lo que se está proponiendo con la Congregación del Infinito no es renunciar a ningún tipo de laicismo, más bien es estimular la auto-organización de individuxs incluso si tienen cosmovisiones diversas.
Necesitamos comunidades feministas, antirracistas, anticoloniales, antixenófobas, ecologistas, aliadas de LGTBQIA+, edificadas sobre los derechos humanos (y de todxs lxs seres2 vivxs), que respeten el principio de igualdad y no otorguen prerrogativas ni a los hombres ni a gente blanca.
Necesitamos comunidades que no impongan la cisheteronorma, que apuesten por la no discriminación, tampoco por razón de diferente religión o de ausencia de ella, ni por las diferentes capacidades de cada cual.
Necesitamos comunidades que nos apoyen no solo cuando somos jóvenes y todo va bien, sino también en los momentos en los que tenemos grandes problemas, no somos buena compañía, no resultamos divertidxs, adquirimos discapacidades o si, a medida que pasa el tiempo, nos vamos convirtiendo en ancianxs.
Necesitamos comunidades que reconozcan que existen mujeres, hombres y una pequeña minoría de personas —en la década de los veinte del siglo XXI, quizás en el futuro esta categoría sea mayor— que se definen como de géneros no binarios; que el hecho de que te encuadres en una categoría u otra no depende exclusivamente de tus genitales y que hay quienes son cisgénero, cuando su género coincide con el que les fue asignado al nacer, y transgénero cuando esto no sucede.
Necesitamos comunidades que luchen más contra esa imagen que los medios de masas imponen, de las mujeres como muñequitas: bellas, delgadas, hipersexualizadas, no muy mayores, sin demasiadas curvas, entrenadas para gustar, coaccionadas para llevar el cabello largo, arreglado, bien peinado (imitando a la nobleza) y a menudo imposibilitadas por diversas técnicas destinadas a aparentar mayor incapacidad y belleza, como por ejemplo el uso de largas uñas preciosamente decoradas, de tacones altos o la necesidad (especialmente dura para las mujeres negras) de tener el pelo perfecto. Que no les pidan que sean sexy, como demandan la publicidad y unas industrias culturales dominadas por los varones. De todas formas, no podemos asumir que cualquier búsqueda de la feminidad tradicional esté encaminada siempre a gustar a los hombres heterosexuales y bisexuales, ni proscribirla en una suerte de femmefobia3.
Necesitamos comunidades donde se fomenten otros tipos de feminidades y de masculinidades, más entremezcladas, en las que haya muchas más personas que se sitúen en el intermedio sin tener ningún problema por ello.
Necesitamos comunidades donde no haya líderes, para que no ocurra como en tantas otras, en las cuales hay un jefe que es un hombre blanco, (presumiblemente) cisgénero4 y (presumiblemente) heterosexual.
Necesitamos comunidades realmente diversas.
Los Encuentros Asamblearios del Infinito podrían ayudar a formar esas comunidades.
1 Segato, Rita Laura: La guerra contra las mujeres. Editor digital: Titivillus, 2016.
2 Consideraré la palabra “ser”, contrariamente a la opinión la RAE, un sustantivo ambiguo: del mismo modo que existen otros, como por ejemplo, “puente” , “mar”o “calor”.
3 Es un término que indica aversión y hostilidad hacia cualidades estereotípicamente femeninas.
4 Inolvidable, sea cierta o no, la revelación del secreto de la Papisa Juana, una leyenda que nos habla de la gran cantidad de mujeres que se hicieron pasar por hombres. http://archivo-t.net/transbutch/masculinidades-transgresoras/otro-hombre-mujer/
