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La vida en el centro 2/8

Las Conferencias de las Partes (COP) enmarcadas en la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático comenzaron en 1992. Tienen lugar todos los otoños boreales desde 1997 y han conseguido avances claramente insuficientes. La COP28 de 2023 se desarrolló en Dubai y fue presidida por el jefe ejecutivo de la compañía estatal petrolera de Emiratos Árabes Unidos (ADNOC), que además era el Ministro de Industria emiratí. No se avanzó mucho pero el hecho de que el enorme poder de las empresas de hidrocarburos estuviera muy presente en toda la cumbre, consiguió a modo de reacción que en la declaración final se apuntase explícitamente a los combustibles fósiles como principales responsables de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) y 127 países acordaron su progresiva eliminación. La COP29 de 2024 se llevó a cabo en Bakú (Azerbaiyán), con gran cantidad de ausencias en cuanto a la afluencia de líderes y lideresas mundiales relevantes. Logró un acuerdo desalentador, aunque se profundice en el concepto de deuda ecológica, que implica que las naciones que iniciaron la producción del actual exceso de concentración de CO2 en la atmósfera tienen una deuda con el resto. El consenso adoptado fue que se financiaría con hasta 300.000 millones de dólares en 2035 a los países que no son responsables del actual caos climático y para los que sí tiene que haber desarrollo. En la COP30 de Belém se consiguió un incremento de la visibilidad de los pueblos indígenas de la región Amazonas, pero la presión de los países exportadores de petróleo evitó que en su acuerdo final se mencionase a los combustibles fósiles. Se firmó el Mecanismo de Belém para la Transición Justa destinado a mejorar las condiciones para que los pueblos del Sur global intenten una transición. Esta COP produjo un mayor avance en adaptación al cambio climático que en mitigación. Se anunció la celebración a finales de abril en la ciudad de Santa Marta (Colombia) de la Primera Conferencia Internacional para la Eliminación de los Combustibles Fósiles. La próxima COP31 será en la ciudad de Antalya (Turquía).

Los pactos alcanzados en las COP del clima (la ONU organiza otras COP de biodiversidad) son claramente insuficientes. Una constatación fundamental para entender que estas son una especie de pantomimas anuales destinadas a que se paseen los líderes mundiales y parezca que están haciendo algo para evitar el caos climático. Sabemos que para mitigar sus efectos y no llegar a los peores escenarios, los combustibles que se encuentran todavía hoy bajo tierra deberían quedarse donde están. Hemos de ser conscientes de que esto no va a ocurrir y superaremos con mucha antelación los umbrales de seguridad aceptados en la COP21 de París en 2015. De hecho, ya en 2024, superamos uno: el de no exceder los 1.5º C respecto a la era pre-industrial.

Los poderes públicos han asegurado que estamos llevando a cabo la llamada Transición Energética para mantenernos dentro del umbral de seguridad. Pero se está empezando a ver que dicha transición no funciona y que se ha planificado para hacer más ricos a los ricos. Sobre ella reflexiona Manuel Casal Lodeiro en Las verdades incómodas de la Transición Energética (2024):

La Agencia Internacional de la Energía nos lanza una advertencia fijándose no tanto en las perspectivas de declive de los hidrocarburos sino en la necesaria reducción urgente de las emisiones de GEI: si no logramos hacer rápidamente esta transición, nos quedaremos “atrapados” en las infraestructuras anteriores, y sería ya demasiado tarde para completar la Transición Energética. Teniendo en cuenta que la transiciones energéticas se deben realizar cuando la fuente anterior aún no ha comenzado su declive, que el cénit global del petróleo pudo ser en 2018 y restando los 50 años habituales en dichas transiciones, vemos que deberíamos haber comenzado, como muy tarde… ¡en 1968! Pero es que aunque tomásemos el cénit de todos los combustibles fósiles y asumiésemos de manera optimista una fecha para dicho hito en torno a 2030, seguimos llegando terriblemente tarde, pues deberíamos haber comenzado una transición de verdad… ¡en 1980!1

Es lógico que el agricultor, el ganadero (a quienes la Transición Energética les dificulta la vida) o cualquier conductor que no puede entrar con su viejo coche a la zona de bajas emisiones del centro de las ciudades, se sientan engañados, acaben votando a la ultraderecha y rechazando el ecologismo. En ocasiones terminan negando un caos climático (últimamente solo su raíz antropogénica) que además —como asegura Marta Tafalla en Filosofía contra la crisis ecológica (2022)—, es un evento muy crítico para una sociedad como la nuestra, que se basa en la agricultura. Modificaciones en las temperaturas o en el régimen hídrico pueden conseguir que no se produzcan las cosechas que nos alimentan.

En clara sintonía con el hecho de que nos encontremos en una cultura individualista se ha hecho demasiado hincapié en que seamos lxs consumidorxs2 quienes tomemos medidas contra este caos climático. A menudo se nos indican acciones como: aislar mejor nuestras casas, viajar en transporte público, usar la bicicleta o caminar hasta nuestros lugares de trabajo. Conductas eficaces, sin duda, pero es que hace tiempo que lxs científicxs saben que las mayores causantes de este desajuste climático son las grandes compañías multinacionales o enormes instituciones de poderosos Estados. Sin embargo, es cierto que deberíamos adquirir nuevas costumbres para no emitir a la atmósfera tantos GEI3. Una gran reducción en el consumo de carne, pescado y marisco sería muy eficaz. La humanidad se va a ver forzada a reducir estos gases. Una reducción que tendrá consecuencias en sectores que emiten grandes cantidades de ellos, como los transportes y en la fabricación de los productos de la industria de la automoción y de la industria aeronáutica, entre otros. No es posible revertir en unos pocos años esta súbita (en tiempo geológico, no en humano) modificación del clima y vamos a notarla más en el futuro, pero todavía estamos a tiempo de no convertir la Tierra en un lugar inhóspito y de prevenir la muerte de millones de sus habitantes. Es increíble ver como nos dirigimos hacia una sucesión de catástrofes “naturales” pero no actuamos para mitigarla y tampoco nos adaptamos a ella. Los poderosos no actúan ni siquiera cuando comprenden el peligro, porque su propósito es no perjudicar la esfera de los negocios. 

Las aerolíneas y el turismo, que ya sufrieron muchas pérdidas con la crisis de la COVID-19, también se resentirán tarde o temprano por las modificaciones de consumo necesarias para mitigar la emergencia climática en un contexto futuro de subida del precio de los combustibles. Además, es esperable que suframos una serie de crisis consecutivas, de las que no podremos salir, pero que sí lograríamos ir afrontando con una mejor distribución de la riqueza, llevando una vida más sobria, generalizando la agricultura ecológica y volviendo a los pueblos desde las grandes ciudades. La permacultura urbana será de gran ayuda especialmente en las pequeñas aglomeraciones. Hemos de conseguir que tenga un amplio desarrollo.

De todas formas, el caos climático antropogénico no es la única de las amenazas ambientales a las que nos enfrentamos. El Stokholm Resilience Centre de la Universidad de Estocolmo desarrolló, en la primera década de este siglo, un modelo con nueve límites planetarios que en caso de ser traspasados harían inviable la vida en la Tierra3. Estos son: el agotamiento del ozono estratosférico, la pérdida de biodiversidad, la contaminación química, el cambio climático, el exceso de nitrógeno y fósforo, el consumo de agua dulce y el ciclo hidrológico global, la acidificación de los océanos, el cambio de uso de suelo, y la carga de aerosoles en la atmósfera. Ya hemos traspasado las zonas de seguridad de siete de los nueve límites. Vamos camino de nuestra propia destrucción.

Una vez asumido que nuestra trayectoria actual es autodestructiva, podemos concluir que la idea de formar comunidades —alejándonos de unas posiciones conservadoras que otorgan más estatus al hombre cis hetero, blanco y con dinero—, dejando que fluya la ayuda mutua, como las que fomentará la Congregación del Infinito es un buen plan. Necesitamos un cambio radical.

Es fácil que en los próximos años pasemos continuamente de una depresión económica a otra. Por ello es imperativo que adoptemos modelos que favorezcan la ayuda mutua, en vez de los competitivos que se impusieron desde la segunda mitad del siglo XX.

Donella Meadows (1947-2001), Dennis Meadows (1942) y su equipo en el clásico de 1972, Los límites del crecimiento ya nos indicaron que solo podremos sobrevivir si moderamos nuestras pretensiones y que existen ciertas líneas que no debíamos cruzar. Como alternativa a su informe la Fundación Bariloche desarrolló entre 1972 y 75 el Modelo Mundial Latinoamericano incorporando principios como la equidad o la participación civil.

Algunas de las fronteras planetarias descritas en todos estos informes ya fueron rebasadas y otras lo están siendo así que, abróchense los cinturones porque la caída va ser dura. La organización aquí propuesta debe ser capaz de crear una red que amortigüe los golpes que ocasionará dicha caída, partiendo de elementos similares a los de las formas laicas de conducirse en la vida y mediante la ayuda mutua.

Nos hemos situado (especialmente en determinadas zonas) en una lógica sacrificial: los gobiernos —que tendrían que aplicar políticas de reparto de la riqueza— asumen que los ecosistemas naturales, e incluso la mismísima vida de las personas, deben ser sacrificados para que haya crecimiento y la economía vaya bien. Esto no se puede permitir.

Nuestras sociedades funcionan en un orden económico apoyado en el crecimiento continuo, proceso que exigiría recursos infinitos, pero se encuentran en un planeta que ya da muestras muy claras de su agotamiento. En los últimos años hemos podido escuchar en diferentes medios de comunicación la voz de Antonio Turiel4, exponiendo que vamos a sufrir una enorme bajada en la producción de petróleo según la Agencia Internacional de la Energía, aunque en las ediciones más recientes de su Informe World Energy Outlook lo hizo pasar por una futura disminución en la demanda. En el libro de Turiel, Petrocalipsis: crisis energética global y cómo (no) la vamos a solucionar (2020) y, desde hace tiempo, en su blog The Oil Crash sostiene que, como tampoco vamos a compensar esta disminución con las energías limpias y renovables, debido a que estas tienen una menor tasa de retorno energético5, en breve padeceremos una gran bajada de la cantidad de energía que lograremos obtener, condición que cambiará radicalmente nuestras sociedades. Otros textos, como En la espiral de la energía, de Ramón Fernández Durán (1947-2011) y Luis González Reyes, Colapso: capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, de Carlos Taibo, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, de Manuel Casal Lodeiro o el de 2024, Colapso, de Flavia Broffoni, nos cuentan que el importante descenso energético que vamos a sufrir hará que colapse nuestra sociedad, industrial y consumista. 

1  Casal Lodeiro, Manuel: Las verdades incómodas de la Transición Energética. Barcelona: Icaria Editorial, 2024

2 Hay un interés en obviar que los más ricos con sus jets privados, sus yates y en general su modo de vida son capaces de producir en una hora cincuenta veces más gases de efecto invernadero de lo que emitirá unx consumidorx medix en toda su vida. 

3 Acrónimo de gases de efecto invernadero.

4 El diagrama con la situación actual de los nueve límites planetarios, con sus siete fronteras rebasadas, se puede ver en: https://www.pik-potsdam.de/en/institute/labs/pbscience

5 Doctor en Física Teórica y licenciado en CC. Matemáticas, creador de The Oil Crash, blog donde, desde 2010, Antonio Turiel nos anticipa la crisis energética https://crashoil.blogspot.com/

6 La tasa de retorno energético (TRE) es una relación entre la cantidad de energía que se utiliza para explotar un recurso energético y la que obtenemos finalmente de él.