Insisto en que la reaparición de aquello que llamamos “yo” a lo largo de la eternidad es una creencia personal que parece positiva, si bien no se necesita que nadie tenga fe en ella para participar en la Congregación del Infinito. Es posible que aceptes mis teorías y compartas mis postulados o acaso prefieras otra hipótesis. Podría ser que tú fueses espiritualista, que creyeses en energías, en la tradicional rueda de las reencarnaciones o en otras de cualquier tipo diferente; quizás tengas unas creencias chamánicas y fundamentadas en la naturaleza o sigas una religión acosada por las viejas, grandes y cisheteropatriarcales; también es posible que seas una persona materialista y escéptica. Podemos albergar diferentes concepciones sobre el funcionamiento del universo y de la Realidad —yo por ejemplo, tengo las mías— o no creer en nada que la ciencia no pueda demostrar y, sin embargo, formar parte de una organización de carácter religioso común.
La organización aquí propuesta es exigente respecto a la democracia, a los derechos humanos (así como de otrxs seres vivxs) y la aceptación de la diversidad, pero no requiere de creyentes. Pide, eso sí, que huyamos del antropocentrismo.
Para una gigantesca cantidad de personas sería imposible empezar a formar parte de ella sin una promesa de vida eterna. Son millones lxs que se ven incapaces de reemplazar unas antiguas creencias que aseguran la vida eterna en un paraíso, por la incertidumbre y por la afirmación de que esta vida que experimentamos es la única que existe. La fe es una respuesta de la criatura humana al enfrentarse a la angustia existencial, respuesta de la que se aprovecharon las viejas religiones construidas partiendo de la dominación de las mujeres.
Es muy posible que tú pienses que lxs Homo sapiens solo pueden existir en este planeta; que únicamente hubo, hay y habrá un universo; que no sabes si ha habido o habrá otros, pero solo conoces este; que en la Tierra igualmente hay posibilidades infinitas de seres vivos; que sin memoria no podemos volver a constituir el mismo yo o, en fin, cualquier razonamiento que te haga ser una persona escéptica sobre otras oportunidades para vivir nuestras vidas. No hace falta creer en nada, del mismo modo serás bienvenidx en los Encuentros Asamblearios del Infinito.
Reconozco que mis creencias pueden resultar muy interesantes para aquellxs que tienen pensamientos suicidas, aunque no más que cualquier creencia que prometa una vida eterna después de la muerte. Yo mismo —como cualquier disidente sexual o de género— los tuve en mi adolescencia. Me alegro, incluso ahora, de no haber seguido el camino que me indicaban. Hay que subrayar que las relaciones humanas entre adultxs no son como las de esas edades. Con el tiempo todo mejora. La vida da muchas vueltas y, pese a que en algunos momentos te sientas miserable y te parezca que nada merece la pena, resulta que en otros sí que somos capaces de disfrutar de ella. Y esto también se podría aplicar cuando estos deseos de desaparecer te asaltan siendo más mayor.
Si con esta entidad religiosa antipatriarcal podemos disminuir el número de quienes se suicidan pensando que les espera el Infierno, el Cielo cristiano —si al final son perdonadxs tras pasar un tiempo en el purgatorio— o un Paraíso musulmán; si a la larga somos capaces de disminuir la violencia que se produce alrededor del globo terráqueo, la humanidad habrá avanzado un poco. La vida es el principal derecho humano, no tiene que ser arrebatada poniendo por excusa ninguna fantasía o dogma, como ha ocurrido en la historia constantemente y todavía sucede. Aunque tampoco habría de serlo por algo que fuese real.
No fui religioso en mis primeros cuarenta años de vida. Quizá influyó en esto el hecho de que no lo necesitase. Vivo en una sociedad donde impera el individualismo. No precisé una comunidad que me apoyase, si bien el hecho de no ser cisheterosexual, en alguna medida, me la ha proporcionado.
Ijeoma Oluo (1980) en su libro Vamos a hablar de racismo nos recomienda siempre hacer un examen de nuestros privilegios:
Así que sí, todos deberíamos revisar nuestros privilegios. Y no solo cuando nos lo dicen en mitad de una discusión. Recomiendo practicarlo buscando tu privilegio cuando estés en una situación neutral. Siéntate y piensa en las ventajas que has tenido en la vida. ¿Has gozado siempre de una buena salud mental? ¿Has crecido siendo de clase media? ¿Eres una persona blanca? ¿Eres un hombre? ¿Eres neurotípico? ¿Eres un ciudadano con papeles del país en el que vives? ¿Has crecido en un hogar estable? ¿Tienes vivienda estable? ¿Tienes un medio de transporte fiable? ¿Eres cisgénero? ¿Eres heterosexual? ¿Eres delgado, alto o atractivo según los estándares? Tómate tu tiempo para profundizar en todas las ventajas que has tenido y que otras personas no. Anótalas.1
Fui una persona muy privilegiada, aunque ahora quizá no podría decirse lo mismo de mí, dadas mis condiciones de supervivencia. O sí, porque a fin de cuentas, logré seguir aquí después de haber tenido un tumor cerebral y gozo de unos beneficios y unos cuidados que me permitieron sobrevivir hasta ahora —cuando sufres ataxia severa, han de ayudarte para caminar, ducharte o hacer tus necesidades, tienes practicada de forma permanente una traqueostomía, te alimentas por sonda y ya no puedes comer ni beber, no vives, sobrevives—, así como tener la capacidad, las condiciones para escribir y las ganas de hacerlo. Además, mis privilegios de género, de raza y de clase siguen operando cuando interactúo con el resto de las personas. Siempre he poseído los que otorga ser un hombre cisgénero y blanco de clase media. En cuanto a los que otorga el capacitismo los tuve hasta hace diez años, cuando me movía como un bípedo. Ya no los tengo y como paso el día alimentándome, no suelo acudir a ningún evento que me obligue a estar fuera de casa más allá de mis noventa minutos de descanso entre comidas.
Vivo en un Estado que tiene, del mismo modo, ciertos privilegios: forma parte de los enriquecidos, ofrece cierta seguridad social (con una cobertura muy por encima de la media mundial) y una sanidad pública (esto son derechos, más que privilegios). Es cierto que esta última sufre enormes aprietos y adolece de un presupuesto insuficiente, pero está muy avanzada y es gratuita. El hecho de vivir en una gran ciudad como Madrid, podría considerarse que también otorga ciertos privilegios —aunque tiene las desventajas de cualquier gran ciudad—, porque permite el acceso a determinados puestos de trabajo que ofrecen buenas condiciones y a unos hospitales que son punteros en el mundo. En uno de ellos trabaja la mayor de mis hermanas.
Como formaba parte de una familia sin demasiados delirios de grandeza y acudí a instituciones públicas de enseñanza —que estaban mucho mejor presupuestadas hace cuarenta años que actualmente, ya que no competían con tantas concertadas—, tuve siempre la tremenda suerte de estudiar en centros laicos. Siendo muy pequeño, me estimularon mucho el interés por la lectura. Obtuve muy buenas calificaciones en el colegio y más que aceptables después en el instituto de educación secundaria. Supongo que esto constituyó una gran ventaja. Sin embargo, no era un niño feliz, ya que me sentía diferente. Un niño marica en la Europa de los ochenta que imaginaba una perspectiva vital bastante sombría, dominada por el rechazo generalizado y la homofobia. Pensaba que me infectaría con el VIH —que entonces no era crónico, sino que era poco menos que una sentencia de muerte— y desarrollaría la enfermedad del SIDA. Pero afortunadamente no fue así: el VIH se convirtió en un virus controlable y la aceptación de LGTBQIA+ aumentó. Conseguí un empleo del que me ha quedado una buena pensión. Además, he sido muy privilegiado en lo afectivo. Tengo un marido estupendo que se ocupa constantemente de mí, me ayuda en las correcciones ortotipográfica y de estilo, sin el que habría sido imposible escribir nada.
Soy una persona muy privilegiada, a pesar de haber quedado después de mis operaciones de 2015 y 2016 con unas malas condiciones de vida. Ya no tengo los privilegios que muchxs tenéis de caminar, de comer, de manejar objetos o de poder lavarme, vestirme y limpiarme el culo. Pero sigo aquí, a pesar de mis terribles secuelas y de todo lo pasado, deseoso de expresarme. El hecho de haber sido muy privilegiado por mi condición de hombre cis blanco con educación universitaria, arropado por una familia sin demasiados problemas económicos, originario de uno de los Estados enriquecidos a través del colonialismo e incluso del tráfico de personas esclavizadas —cuando Inglaterra ya lo había prohibido—, sumado a los conocimientos que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida, me empujan a querer cambios en esta injustísima realidad. Se trabajó mucho, hubo y hay una gran cantidad de esfuerzos para que yo esté vivo y en mi casa. Por eso me lancé a escribir mis pensamientos y he ideado la Congregación del Infinito. Lo mínimo que podía hacer para intentar compensar era compartir unos planteamientos —para algunas criaturas humanas esperanzadores, para otras inquietantes o, simplemente, una estupidez (pero que en todo caso constituyen una opción más)— que he ido depurando en los últimos años pero me acompañaron toda la vida e intentar construir una alternativa a las viejas religiones que intentaron perpetuar la hegemonía masculina. Quiero ser útil y creo que no lo iba ser más manteniendo la boca cerrada y consumiendo valiosos recursos2. Sería estupendo que al final de todos esos privilegios que he tenido, por una vez surgiese algo bueno, como una entidad que fomentase la justicia y la igualdad de derechos alrededor del globo terráqueo, un texto que impulsase reuniones semanales de quienes se alejan del antropocentrismo, intentan no actuar imponiendo la cisheteronormatividad, se consideran feministas o antipatriarcales, antirracistas, tienen actitudes anticoloniales, antixenófobas y ecologistas.
1 Oluo, Ijeoma: Vamos a hablar de racismo. Benahavis (Málaga): Plankton Press, 2022.
2 No hay que olvidar que esos valiosos recursos son producto de la solidaridad de lxs trabajadorxs de este Estado pero también de los ingresos obtenidos por impuestos a empresas que expolian en el Sur global.
