En todas las configuraciones posibles —incluso en el supuesto de que se encontrase una fuente limpia e inagotable de energía (algo harto improbable)—, en los próximos años sufriremos, queramos o no, un gran descenso energético. Hoy día utilizamos masivamente los combustibles fósiles y son los elementos que han dado forma a casi todas nuestras actividades cotidianas en la sociedad actual. Su densidad energética es mucho mas alta de la que nos pueden aportar las energías “limpias” (tienen una mayor TRE). Ahora van siendo más difíciles de extraer y la humanidad se verá forzada a abandonarlos debido al caos climático que produce su utilización. Si la civilización pretende seguir disfrutando de los regalos que nos da este planeta, va a tener que llevar a cabo una enorme adaptación decrecentista, principalmente en el Norte Global. De todas formas, al tiempo que decrece la industria, ciertos sectores como la sanidad pública, la educación pública o los servicios sociales han de seguir creciendo.
Tradicionalmente se han asociado los decrecimientos con momentos de recesión y de crisis, en los que quienes ocupan las capas más bajas de la sociedad son lxs que más sufren. Pero como explica Jason Hickel en su artículo El decrecimiento: la teoría de la abundancia radical, esto no tiene por qué ser así:
La característica central de la economía del decrecimiento es que requiere un reparto progresivo de las rentas existentes, lo que invierte la lógica política habitual del discurso del crecimiento. A menudo, en su búsqueda de mejoras del bienestar humano, los economistas y los políticos han considerado el crecimiento un substituto de la equidad. Es más fácil desarrollar políticas que aumentan el total de las rentas y esperar que caigan suficientes migajas que mejoren la vida de la gente común que repartir las rentas existentes de forma más equitativa, pues lo segundo requiere atentar contra los intereses de la clase dominante. Pero si el crecimiento puede sustituir a la igualdad, por la misma lógica la equidad puede sustituir al crecimiento (Dietz y O’Neill, 2013). Si logramos un reparto más justo de las rentas existentes, podemos mejorar el bienestar humano y lograr objetivos sociales sin crecimiento —y por lo tanto sin un flujo añadido de materia y energía. Los mecanismos centrales para lograrlo, tal y como se ha explicado, son una semana más corta de trabajo, una garantía de empleo y una política de salarios dignos, así como inversión en servicios públicos. Al aumentar el acceso a la cobertura sanitaria generosa y de alta calidad, la educación, la vivienda a precios asequibles, el transporte, el agua y la luz y la infraestructura de ocio, se puede proporcionar a las personas los bienes que necesitan para vivir bien sin que necesiten disponer de ingresos elevados para disfrutarlos.1
Como le he escuchado decir a Antonio Turiel solo podemos hablar de decrecimiento si es realmente democrático y está planificado. Si no concurren estas condiciones estamos hablando de un empobrecimiento. Ciertamente bajará el PIB per capita pero hemos de compensarlo logrando que bajen mundialmente también los indicadores de desigualdad.
Se podría argumentar que esta medida solo ha de ser una receta para las poblaciones del Norte Global, que en otros países todavía hay margen para el crecimiento. No podemos esperar de ellos que la adopten pero sí que mejoren en la redistribución de bienes y prestación de servicios. En cualquier caso, la gente rica del Sur también ha de decrecer en sus consumos.
El capitalismo industrial fosilista —tanto el establecido siguiendo las doctrinas liberales, como el de Estado que se práctica en la Federación Rusa, la República Popular China y muchos países más—, se ha desarrollado gestionando una Tierra con una gran abundancia y fomentando una falsa sensación de escasez. Este modelo económico no va a ser de utilidad en los próximos años, cuando lo que haya que gestionar sea la insuficiencia de energías y minerales, una contaminación cada vez mayor, el deterioro en general del medio ambiente y el caos climático. En su versión neoliberal planteó que no había que intervenir en un mercado que fue capaz de atomizarnos, para el que solo fuimos trabajadorxs-consumidorxs. Ahora está entrando en la que será su crisis definitiva. Deberemos luchar para que los sistemas que lo sucedan respeten los derechos de las mujeres, de la gente que migra, de LGTBQIA+, actúen en favor del antirracismo y sean ecológicamente positivos. Han de ser las personas —sean consideradas ciudadanxs con derecho a voto en las principales elecciones o no—, en vez del mercado, las que decidan el destino de la energía que se consiga.
Kate Raworth (1970) es una economista inglesa conocida por su texto, Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI. En él desarrolla la idea de que nos tenemos que mover en un espacio en el que tengamos como techo los límites planetarios y como suelo una serie de mínimos imprescindibles para llevar una vida plena. Estas condiciones mínimas tendrían que estar aseguradas. Incluyen educación, sanidad, alimento, agua, energía, vivienda, redes, igualdad de género, igualdad social, capacidad de decisión política, paz y justicia, así como disponibilidad de empleo. Estos mínimos no están asegurados en muchos países del Sur. Expresa este modelo mediante un diagrama en forma de rosquilla, dónut o salvavidas.
En cualquier caso, nos tenemos que ir haciendo a la idea de que vamos a pasar a un contexto de postcrecimiento. En él será necesaria una organización fuertemente aglutinadora. En esa post-sociedad de consumo, tan grandes serán las dificultades a las que nos enfrentaremos como los cambios con los que tendremos que responder.
Estamos en la antesala de una gran crisis civilizatoria que todavía solo contextualizan algunxs. “En la antesala” si nos referimos a los territorios más privilegiados, en otros hace tiempo que ya se encuentran en ella. Como advierte Yayo Herrero en La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas:
Atravesamos una crisis grave y multidimensional. Es una crisis ecológica, económica, de reproducción social, de legitimidad política y de valores. A pesar de toda la información disponible, la maquinaria de la economía global continúa devorando territorio y exprimiendo las últimas gotas de vida que quedan por saquear, explotando y generando sufrimiento a las personas y a los animales no humanos, alterando gravemente los ciclos naturales que organizan lo vivo y obligando a que, mayoritariamente mujeres, sostengan como puedan la vida humana en este sistema que la ataca.
Es más que una crisis global, hablamos de una verdadera crisis de civilización porque, a pesar de su manifiesta gravedad, pasa social y políticamente inadvertida para las mayorías sociales. Es la crisis de una civilización que, incapaz de activar el freno de emergencia, cree que progresa cuando en realidad se destruye a sí misma.2
La mayor parte de la población no lo quiere ver, a pesar de las numerosas evidencias. Pueden admitir que, al igual que pasa con el caos climático, el consumo desaforado de las sociedades de las zonas de privilegio le hace mal al planeta. Sin embargo piensa: “ya inventarán algo o la ciencia desarrollará alguna tecnología para mantener esta (por otra parte, inmensamente injusta) situación.”
Pero eso no va a ocurrir.
Decir esto en el Estado español en 2025, mientras en el Estado español tenemos un gobierno supuestamente progresista y cuando la oposición está quejándose continuamente de lo mal que vamos, puede parecer algo conservador pero no lo es. Lo que sí lo es —dado que intenta conservar el capitalismo industrial y no se adapta a los contextos de declive en los cuales tendremos que aprender a vivir tarde o temprano— es pretender que la energía está cara únicamente por la guerra en Ucrania, las agresiones e invasiones de Israel en Asia occidental, el resto de conflictos internacionales o la excesiva hambre de beneficios de las empresas energéticas; que la podemos obtener tan fácilmente como en los últimos dos siglos y que en los próximos años se debería producir un progreso similar al que hemos disfrutado en las décadas anteriores.
Por supuesto que la búsqueda del engrosamiento de beneficios empresariales —sobre todo se comprueba en el caso de los distribuidores alimentarios— es determinante en el aumento de la inflación3. Es una variable que no se puede obviar en ningún análisis. Pero no es la única causa de la crisis que vamos a sufrir. De todas formas el estrechamiento de este margen será de vital importancia para ir sobreviviendo y atenuando los efectos del alza de los precios.
Ciertamente vamos a sufrir, queramos o no, una importante contracción de la economía y ante esta perspectiva, lo único efectivo que podrían hacer las comunidades es lograr más justicia en el reparto de bienes y en la prestación de servicios, medida que seguramente conllevará críticas de los sectores más privilegiados, pero proporcionará la mayor cantidad de bienestar que pueda obtener la sociedad en su conjunto. Se trata, de la manera que hace ya tiempo apuntaba George Monbiot4, de trabajar para construir equipamientos que supongan lujos públicos, aunque solo se logre la suficiencia en el ámbito privado, en vez de lo inverso, que es la tendencia que se estado estimulando en las últimas décadas. Emilio Santiago Muíño (1984) en 2024, en su libro Vida de ricos, reflexiona acerca del concepto de lujo comunal. Plantea, por ejemplo, el aprovechamiento de edificios públicos ya construidos para que funcionen como palacios del pueblo y como refugios climáticos.
1 Hickel, Jason: El decrecimiento: la teoría de la abundancia radical. Universidad de Londres, Reino Unido.
2 Herrero, Yayo, Pascual, Marta y González Reyes, María: La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas. Madrid: Libros en acción, 2018.
3 Una inflación en 2024-25 controlada en el norte global, pero que ya causa estragos en muchos países del sur global.
4 Lo sugería en 2017, en el artículo Public luxury for all or private luxury for some: this is the choice we face publicado en The Guardian. https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/may/31/private-wealth-labour-common-space
