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La Congregación del Infinito 2/6

A mi parecer, surgimos como una improbable oportunidad que se repite con distinta suerte, durante varios intervalos de tiempo en el infinito. Según estas convicciones todas las realidades que sabemos que han llegado a existir tienden a repetirse y, en algún momento, todas las casualidades que han hecho que aparezcamos aquí van a volver a darse. Esta infinitud también la concibo en un plano espacial. Estoy seguro de que lejos del nuestro hay infinitos universos y apuesto a que en uno, en determinada galaxia, en un planeta azul volveremos a suceder. Podemos asumir que hay, a distancias inconmensurables de espacio-tiempo, otras versiones de nosotrxs en distintas situaciones conocidas de nuestra vida o en circunstancias que no hemos experimentado esta vez.

Estas creencias me ayudan a sobrellevar la pérdida de mis seres queridxs sin necesidad de recurrir a unx diosx ni a un alma inmortal. De igual manera, contribuyen a que afronte el día a día de mi situación actual y la certeza de mi propia muerte. Cuando ingresado en el hospital, tumbado en una cama, los ojos cerrados, sintiéndome con muy poca fuerza, pensé en un par de ocasiones que para mí se acababa todo y me precipitaba hacia un final inminente —afortunadamente me equivocaba y las veces que me he encontrado cerca de expirar estaba inconsciente—, pensar que iba a volver a comenzar la vida, a ser un niño de nuevo, me reconfortaba.

Considero que vivimos, morimos, luego volvemos a vivir y volvemos a morir, una y otra vez, sin principio ni final, si bien no tenemos recuerdos de nuestras vidas pasadas. El concepto de infinito es tan inmenso que todo se repite en él.

Tu madre, padre, abuelas, abuelos y demás antepasadxs también volverán a surgir. En algunos casos se conocerán y en otros no. Si tú apareces es porque sus gametos se han fusionado. De todas formas, esto no significa que siempre vayan a realizar su papel tradicional: es posible que no te críen. Suponiendo que lo hiciesen, ten en cuenta que aunque en esta línea espacio-temporal te maltratasen o abusasen, en otra puede que fuesen más dignxs de ser amadxs. Con el resto de familiares habrá oportunidades en las que coincidas y habrá otras situaciones en los que no os encontréis.

Yo no puedo creer que esta sea la única vez que hacemos el trayecto de la cuna hasta la tumba o las cenizas en un contexto de espacio-tiempo infinito. No es descabellado imaginar que ya hemos vivido antes, pero como lo hemos hecho a partir de otros cuerpos —opción que incluye otros cerebros— no nos acordamos. Podría decirse que soy ateo y no creo en las dimensiones espirituales. Y sin embargo, pensando, sujeto a menos límites que cualquier creyente, me he dado cuenta de que la muerte solo es un final parcial. No puede haber un final definitivo en estas circunstancias. 

Partiendo de la base ofrecida por esta creencia en las vidas sucesivas siendo siempre lx mismx ser humanx, es fácil llegar a la conclusión de que seríamos mortales pero eternxs, al igual que lo deberían ser —no vamos a caer en el viejo antropocentrismo— el resto de seres vivxs. En realidad la vida es eterna. A esta conclusión se puede llegar sin necesidad de creer en un mundo aparte, como un paraíso musulmán (Jannah), un Cielo cristiano, un Gan Eden judío, un Valhalla nórdico, un Tlalocan azteca, un Sukhavati budista, un Orun yoruba o un Elíseo griego, ni en la existencia de un Señor, de una diosa o de une diose de un género no binario. Siguiendo esta posibilidad, nuestra vida transcurre, después morimos y volvemos a suceder, en multitud de ocasiones en otros lugares del espacio-tiempo. Y no importa si, desde la óptica terrestre esto ocurre muchísimo después, ya que mientras avanza el tiempo, lxs sujetxs en cuestión no están y por lo tanto, no pueden percibir su paso. Según mi punto de vista, es inconcebible la vida de cualquiera como un suceso único e irrepetible en un espacio-tiempo infinito. Siguiendo con estas creencias, como acabo de indicar, lxs seres vivxs realmente somos eternxs. Lo que pasa es que no somos inmortales. Morimos repetidas veces. Pero entre muerte y muerte vivimos.

Dado que las criaturas humanas tenemos un cerebro muy plástico en la infancia, sobre una misma base van a surgir diferentes personalidades, en función de las circunstancias que aporte el ambiente y de lo que vayamos experimentando.

La eternidad, tal y como es explicada por el cristianismo —en el que se especifica que la tienes que pasar en el Cielo o el Infierno una vez que tu alma haya sido juzgada— siempre se me figuró una imagen muy aburrida. Me provocaba de niño angustia con solo pensar en ella. Es mucho más interesante una eternidad discontinua, en la que las muertes se alternan con las vidas, podemos correr distintas suertes, acabar siendo de un modo u otro y no somos conscientes de ser eternxs, o al menos, aunque podamos intuirlo, nunca vamos a tener seguridad de serlo. Sobrevivimos en medio de una gran incertidumbre. En ella la muerte parece un final absoluto. Yo estoy convencido de que no lo es.

Morimos, desaparecemos y nos volvemos a la nada de la que vinimos; permanecemos billones de años muertxs; pero eventualmente sucedemos otra vez, así que vivimos de nuevo durante unos años; luego, otra vez muertxs; luego, otra vez vivxs, y así sucesivamente. Este proceso también se da en diferentes puntos del espacio infinito. A enormes distancias habría otrxs yo atravesando distintas fases de la vida. Para lxs seres vivxs hay tres posibilidades: uno, únicamente existiríamos una vez durante un tiempo, de mayor o menor duración —que sería nuestra expectativa si no creyésemos en nada—, dos, existiríamos en un número determinado de ocasiones o tres, seríamos eternxs. De modo continuo, según nos dicen las religiones tradicionales, o de una manera discontinua, según estas creencias. 

Creer en la narración del alma y del Cielo o Paraíso me parece respetable pero es una hipótesis que no encuentro factible ni deseable. Los sistemas que imaginan una eternidad continua suelen incluir un Dios teísta, o sea un juez que vigila tu vida y del que no puedes escapar. Hay quienes vemos esa posibilidad como aterradora.

Aquí estamos, lxs dos vivxs: yo, mientras escribo este texto y tú cuando lees. Tú, lectorx: una más que improbable posibilidad que sin embargo, aconteció en este universo. ¿Realmente podemos estar segurxs de que esto no volverá a ocurrir en otro? ¿De que no hubiese ocurrido ya antes? ¿O de que no esté ocurriendo ya a distancias inconmensurables en el espacio infinito?

Cuando afrontamos la pérdida de alguien en nuestro entorno deberíamos pensar eso: que ya ha vivido y lo volverá a hacer. Que la muerte solo es una etapa en un ciclo en el que aparecemos y desaparecemos en diferentes universos. Cuando esta persona vuelva a surgir, habrá veces que no coincidamos con ella pero, dado que el espacio-tiempo es infinito, las ocasiones también lo son, de modo que habrá otros momentos en los que sí lo hagamos. Quizá estos pensamientos ayuden a mitigar el duelo.

Diariamente, son multitud aquellxs que han de encarar diagnósticos que les pronostican un desenlace relativamente cercano y sienten pánico frente al pensamiento de una absoluta desaparición. Planteamientos como este también podrían facilitar la aceptación de esos horizontes tan funestos. 

Esta perspectiva también podría reconfortar a quienes han optado por iniciar procesos de eutanasia.

Unas creencias así (siempre sometidas a duda) se podrían resumir en una especie de adaptación de la samsara o eterna rueda de las reencarnaciones —principio que guía varias religiones orientales— en la que solamente nos podemos reencarnar en nosotrxs mismxs.

Gracias a ellas siento que no importa aquello que me pueda pasar, soy una constante que surgirá de nuevo, tarde o temprano, en uno u otro lugar. 

De niño, al haber sido educado en la fe católica, se me inculcó la noción de la vida eterna después de que Dios juzgase tu alma. Imaginarme siendo consciente de tener que vivir esa eternidad me angustiaba inmensamente, me daba vértigo, sentía un vacío en el estómago que solo desaparecía si me abrazaba a cualquiera de mis seres queridxs. Pronto eso dejó de sucederme y, con el tiempo, he comprendido que ya estamos en esa eternidad prometida por las religiones místicas y de las revelaciones, no nos hace falta esperar a morir. En los momentos más felices de nuestra existencia tenemos que recordarlo y también cuando perdemos a alguien.

Entiendo la realidad como un videojuego en el que tenemos infinitas vidas, con una dificultad variable y en el que pasas por diferentes pantallas o secuencias cada vez. No obstante, son solo conjeturas; la única de la que podemos tener seguridad es la que vivimos ahora. Hay que conseguir que sea lo más respetuosa y fundamentada en la equidad que sea posible. 

Llegados a este punto tengo que hablar del mito de Sísifo. Sísifo era un griego que, por diversos motivos —entre ellos ponerle unos grilletes a Tánatos (la muerte) y engañar a Hades, dios del inframundo— fue condenado a empujar una piedra por la ladera de una montaña. Pero la piedra siempre volvía a caer ladera abajo, de forma que él tenía que sufrir continuamente para subirla. Su ejemplo fue puesto por Albert Camus (1913-1960) en El mito de Sísifo como muestra de lo absurdo de la condición humana. A través de esta alegoría, desaparecer se presenta como mejor opción que vivir eternamente. Según ella nuestra existencia podría parecer que implica sufrir continuamente la condena del pobre Sísifo. Afortunadamente sin embargo, también hay momentos muy felices. Es posible que haya para quienes resulte más seductora la idea de no volver a existir, que la de enfrentarse de nuevo a situaciones que les han hecho daño. Recorrer una y otra vez su vida podría considerarse una condena similar a la de Sísifo, sobre todo para lxs que han tenido una infancia dolorosa: para aquellxs que hubieron de trabajar en condiciones muy duras, para lxs que hayan sido víctimas de malos tratos físicos o psicológicos, para quienes sufrieron agresiones sexuales, o para aquellxs que en su niñez participaron en conflictos armados. Es evidente que hasta que no se tiene determinada edad, nadie es suficientemente dueñx de su destino y se está al menos en parte, en manos de lxs adultxs. La perspectiva de volver a pasar por una infancia desgraciada para posteriormente encontrar algo de felicidad puede no configurar un horizonte positivo. 

De la misma manera, puedo imaginarlo para lxs que nacieron y murieron esclavizadxs o para lxs que tienen enfermedades y síndromes de origen genético. La posibilidad de sufrir repetidamente, padecer una y otra vez, realmente podría imaginarse como un castigo equiparable al de Sísifo.