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La vida en el centro 8/8

No comparto en absoluto ese pensamiento que viene a decir que las mujeres solamente lo son “de verdad” cuando se convierten en madres. La reproducción no es más que una posibilidad que existe para la mayoría pero no estamos obligadxs a llevarla a cabo. La especie no se va a extinguir si dejamos de reproducirnos. Más bien podría pasar al revés, que se extinga por hacerlo demasiado. 

Aquí van unas palabras de Marta Tafalla sobre el hecho de no tener hijxs, en Filosofía ante la crisis ecológica:

Las mujeres que hemos decidido no tener hijos sentimos una enorme presión. A menudo se nos requiere dar explicaciones de por qué hemos tomado esa decisión y se nos recrimina que somos egoístas, solitarias, excéntricas y frívolas. Cualquier persona, desde familiares y amigos a vecinos, colegas del trabajo o gente que apenas nos conoce, y especialmente los varones, se sienten legitimados para soltarnos un discurso impulsándonos a reconsiderar nuestra decisión, si todavía estamos a tiempo o para reñirnos, si es ya demasiado tarde.1

A los hombres cishetero no les pasa eso. Y mucho menos a quienes presentamos sexualidades disidentes.

Es obvio que son muy numerosas aquellas personas que prefieren reproducirse y tener su propia descendencia, adoptar o acoger peques, puesto que para ello han sido educadas. En estos casos sería interesante practicar la co-maternidad, la co-paternidad o la co-crianza con otrxs individuxs que pensaban afrontar el reto en solitario. 

Se nos ha inculcado la tendencia a hacer lo posible por multiplicarnos. De todas formas, con los modelos de maternidad y paternidad que se están imponiendo desde las zonas privilegiadas, en los que hay que hacer grandes sacrificios y las criaturas son muy demandantes de productos de consumo, aquí es imposible aumentar notablemente la tasa de natalidad, una noticia que no es tan mala para La Tierra. Parece más sensato que la enorme población existente se distribuya, que intentar elevar la tasa de natalidad en los Estados con mayor IDH.

Sería positivo que ya hoy mujeres, personas de géneros no binarios y hombres se animasen a vivir en comunidades surgidas a partir de familias elegidas. Se trataría de una unión para la convivencia similar a la de lxs monjxs pero sin normas obligatorias sobre relaciones afectivas, sexuales y descendencia, ya que estás actividades no se pueden prohibir a pesar de que las viejas religiones lo hagan. Son un asunto de Derechos Humanos.

Todavía solo estamos en el año veintiséis. A lo largo del siglo presente se irá viendo cómo intentar vivir solxs, en pareja o en pequeñas familias, de la forma en que lo hemos hecho las últimas décadas, es ecológicamente insostenible y está condenado al fracaso. Mejores perspectivas tendrán las comunidades formadas por veinte, cincuenta o alrededor de cien individuxs.

Además, si la especie humana pretende seguir prosperando en este planeta, deberá aprender a subsistir reduciendo su huella ecológica. Y qué mejor forma de hacerlo que aprovechando los recursos en comunidad. Es lógico pensar que las viejas religiones  tendrán un peso muy grande en muchas. Por eso es necesaria una organización de carácter religioso como esta: no dogmática, democrática, cimentada en la igualdad de derechos y en la equidad.

Ecosofía quiere decir filosofía de la Tierra. Es un término creado por el filósofo noruego Arne Naess (1912-2009), aunque desarrollado más ampliamente por el francés Felix Guattari (1930-1992). Concibe que somos solo una parte de la naturaleza, mas allá de las posturas antropocéntricas que conducen a su explotación. Únicamente entendiendo este punto podremos adaptarnos a la crisis ecológica planetaria que enfrenta la humanidad. Una crisis que se ha percibido más en los últimos años con la emergencia contra el caos climático desatado por los humanos y que ha producido la pandemia con más víctimas mortales —hasta que escribo estas líneas, en invierno de 2026 (seguramente vendrán peores)— a la que se han enfrentado las sociedades de consumo. En los próximos años se mostrarán más aspectos de este proceso de destrucción ecosistémica y será indudable que tenemos que tejer nuevas redes para estar mejor preparadxs para los cambios y ser más resilientes. 

Las religiones patriarcales no suelen poner la vida en el centro, muy al contrario, ponen la muerte en el centro. Como dice Michel Onfray en Tratado de ateología:

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.2

Algunas de las sectas del cristianismo —que es el monoteísmo que mejor conozco—, desean que llegue pronto el apocalipsis y el Juicio Final (que se acabe todo), para que podamos disfrutar de la presencia de Dios/Jesús. Es muy probable que, con el aumento de las tensiones entre la Federación Rusa y la OTAN motivadas por la invasión de Ucrania y con la amenaza de una gran guerra nuclear entre China y EE. UU., estén sintiendo que ese momento se encuentra un poco más cerca. Imagino que en diferentes culturas con otras creencias, habrá grupos con esperanzas similares.

Desde hace unas décadas, un persistente aroma a fin del mundo se respira en la cultura. Se hace notar especialmente en el cine de catástrofes y conecta con un sentimiento, con un inconsciente colectivo, que teme que se vaya a terminar (presiente que va a suceder) el “modo de vida imperial” que conforma la sociedad de consumo en estos territorios privilegiados, que de basa tanto en el extractivismo, como en el mantenimiento del sistema patriarcal, de la colonialidad, de la supremacía blanca, de la cisteronorma o del antropocentrismo y que tanto daño provoca a los países del Sur y a la naturaleza de la Tierra. 

La mayoría de las religiones teístas incluyen la promesa de vivir eternamente en un paraíso después de la muerte (y de un juicio), al tiempo que desprecian esta vida, que es la única de la que tenemos certeza y en la que hemos de centrar todo nuestro interés. Deberíamos seguir intentando que dejen de ser hegemónicas. Idear una nueva organización de carácter religioso, que de una manera pragmática y realista ponga el más acá —en vez de el más allá— en el centro de nuestra existencia, es un medio para conseguirlo.

1 Tafalla, Marta: Filosofía ante la crisis ecológica, Madrid: Plaza y Valdes, 2022.

2 Onfray, Michel: Tratado de ateología. Física de la metafísica, Barcelona: Anagrama, 2006.