Al poner la vida en el centro, esta organización va a situarse en contra de la explotación laboral y siempre va a anteponer los derechos de quienes trabajan —a menudo a cambio de salarios injustos— al interés por la búsqueda de beneficios económicos. La equidad también es un elemento indispensable para ella. Insisto de nuevo en que se trata de poner la vida en el centro pero, como diría Yayo Herrero: “una vida que merezca la pena ser vivida”. Es intolerable que haya quienes lo tienen todo mientras otrxs poseen tan poco. Hay que compartir la riqueza: han de desplegarse mecanismos de justicia redistributiva. Es necesario potenciar los servicios públicos ya existentes y ofrecer otros que con el tiempo se mostrarán indispensables, pues seguramente haya más gente en situación de desempleo. Puede que el Estado no los vaya prestar o puede que sí pero que tarde demasiado. En cualquier caso, tendremos que comenzar poniéndolos en marcha de manera comunitaria. Pero para eso harán falta comunidades fuertes y esta entidad religiosa antipatriarcal y no dogmática ha de trabajar para conseguir que haya en todas las localidades al menos una de ellas.
Vivimos en una realidad muy complicada, presidida por el horizonte de la muerte. Asumimos que este fenómeno es lo contrario de la vida, pero, en el fondo, es parte de ella. Tenemos que morir para dejar sitio a quienes vienen detrás. No nos deberíamos indignar con la vejez, ni sufrir por no lograr vencerla, ya que envejecer es un indicio de que hemos conseguido sobrevivir más allá de lo imprescindible y permanecemos aquí, acumulando una sabiduría que en determinado momento podemos compartir con las generaciones posteriores.
Quizás la lógica nos puede ayudar a aceptar la muerte: si mueres es porque antes has vivido. Y si vives es porque has nacido. Si no había nada y después naciste, tendrás que morir y volver a la nada. Por tanto, no nos debería asustar morir y desaparecer1. Si contemplamos el tiempo con una perspectiva geológica o cósmica, podemos comprobar que nuestra existencia resulta realmente efímera. Antes de nacer estábamos muertxs, después de vivir lo volveremos a estar. En los siglos pasados estábamos más resignadxs a que ocurriese. Se valoraba como una posibilidad que contemplábamos siempre. En cambio, hoy en día la muerte de lxs demás a menudo se vive como un suceso inesperado. La experiencia de quienes quedan vivxs es que cuando alguien muere desaparece. Pero, aunque es inevitable el sufrimiento por la pérdida, quizás deberíamos tomarlo más a la ligera. Es un suceso que a pesar de que no nos guste, ocurre. Puesto que el espacio y los recursos del planeta en el que vivimos son limitados, su naturaleza requiere que mueran lxs que antes han nacido.
Lxs seres vivxs nacen, se alimentan, excretan, crecen, envejecen y mueren, aunque hay a quienes ni si quiera les da tiempo a crecer ni a envejecer. Algunxs no tenemos deseo de reproducirnos (solo lo tuve un tiempo, cuando era muy jovencito). Una aspiración que resulta muy lógica en la situación de superpoblación en la que nos encontramos en este planeta —con alrededor de 8.200 millones de ejemplares de nuestra especie— en la que reproducirse no es una necesidad. Tampoco me parece que sea indispensable que alguien se reproduzca para madurar plenamente y no ser egoísta.
Se habla mucho de la superpoblación de la Tierra y se dice que pronto no habrá suficiente comida para toda esa población. No es verdad. Sí que la habrá. Hoy producimos más que suficiente, pero la destruimos en enormes cantidades. Solo necesitamos aprender a vivir de otra manera y que las instituciones dedicadas a su producción, distribución y servicios dejen de desperdiciar alimentos.
Como apunta Layla Martínez en Utopía no es una isla:
Artículos periodísticos y estudios de instituciones oficiales proyectan hacia el futuro las tendencias de crecimiento de la población de los últimos dos siglos y contribuyen a extender la sensación de que las próximas décadas estarán marcadas por una elevada superpoblación que el planeta no será capaz de mantener. Esta sensación es utilizada por las posturas partidarias del control de la población, que sin embargo parecen no tener en cuenta que esas tendencias han cambiado en los últimos años, que la mayor parte del planeta se encuentra ya en cifras de natalidad por debajo de la tasa de reposición y que lo más probable es que eso se mantenga o incluso se incremente, pero además presentan los datos descontextualizados y sin ningún tipo de explicación. No se dice nada sobre las enormes diferencias en la huella ecológica de unas clases sociales a otras y de unos lugares del planeta a otros.2
En nuestras sociedades damos por sentado que la familia nuclear es una forma de convivencia en la que unxs buscan el bien de otrxs y se cuidan mutuamente (si bien no podemos olvidar que tradicionalmente estos cuidados fueron impuestos a las mujeres). Por eso, formar la suya propia en algún momento de su vida es una aspiración para la mayoría.
La familia es una institución que se ha fundamentado en el trabajo no remunerado de abuelas, madres, hijas, tías, sobrinas recogidas… De todas formas, no todas esas unidades de convivencia son iguales. Una gran cantidad de ellas se convierten en una estructura tóxica con el tiempo, si no lo eran ya desde su inicio. Existen otras formas de solidaridad que no son las que se producen en las familias más generosas. Habría que trabajarlas más. Además de las uniones por afinidad que se construyen mientras duran las relaciones amorosas (que pueden integrar a más de dos, aunque la ley no lo reconozca), hay grupos de afinidad en los que no hay relación sexual ni amorosa y en ocasiones llegan a construir una unidad de convivencia por simpatía, sin partir del parentesco —formando familias elegidas en vez de predeterminadas— que pueden resultar igual o más satisfactorias.
En los últimos siglos, la aspiración ha sido vivir en parejas y familias nucleares. Pero son muchas las culturas en las que la vida se planteaba (todavía lo hace) en familias extensas y hubo un tiempo en el que solo podíamos subsistir cohabitando en grandes clanes familiares o asociaciones de ellos. Las actuales estructuras de convivencia, tan poco tendentes a la comunidad, tendrán que ser revisadas, pues es probable que en una situación de decrecimiento forzoso, como la que sufriremos en unos años, no resulten energéticamente eficientes. Además, convivir de manera comunitaria puede conseguir que se repartan los cuidados de manera más igualitaria, al tiempo que se fomenta el apoyo mutuo.
Si las condiciones de vida se van a complicar en los próximos años —como prevemos muchas personas—, va a ser más que necesaria la organización de esas familias (entre las cuales cada vez es más frecuente el fenómeno monomarental) en pequeñas comunidades de fuertes lazos y la actuación de una grande que les brinde apoyo.
Es necesario oponer una mayor resistencia a la intoxicación que sufren numerosas niñas, adolescentes y adultas con los mitos del amor romántico —con vistas a ser sometidas a lo que Carole Pateman (1940) denominó contrato sexual en su libro homónimo de 1988— y el de las bondades de la familia nuclear. Una intoxicación que está muy relacionada con la manera clásica de ser mujer y la perpetuación de los privilegios masculinos.
Sería muy positivo además, que La Congregación del Infinito actuase como contrapeso ante un número creciente de hombres cisheterosexuales que han entrado a formar parte de la llamada manosfera o androsfera, poblada por incels3, cryptobross4 y misóginos de todo pelaje, así como del aumento de la repercusión de sus mensajes gracias a los magnates propietarios de medios de comunicación y multinacionales de las redes sociales. En esas redes aparece continuamente publicidad sobre métodos para hacerse rico. Todo este ecosistema digital favorece que aumente el sector de población que vota a la ultraderecha.
1 Estoy convencido de que solo se trata de una desaparición temporal, aunque lo explico mejor en el último capítulo.
2 Martínez, Layla: Utopía no es una isla. Catálogo de mundos mejores. Vitoria-Gasteiz: Episkaia, 2020.
3 Incel es el acrónimo de célibe involuntario y un concepto que agrupa a hombres que piensan que nunca serán elegidos para tener relaciones románticas o sexuales con mujeres. Es un término en el que pocos se quieren reconocer porque remite a grupos aceleracionistas y neonazis. Incluso ha habido atentados terroristas protagonizados por individuos que se identificaban a sí mismos como tales.
4 Hombres que explican en Internet como conseguir un enriquecimiento rápido gracias a las criptomonedas.
