El laicismo institucional fue, es y siempre será un instrumento esencial para la construcción de cualquier país en el que se intente establecer un gobierno que se pretenda democrático. Permitió a los organismos públicos, mientras iban consolidándose, que se separasen de las religiones. Todavía tiene una ingente tarea por delante, debe ser más fuerte en todo el globo terráqueo y hay que profundizar en él.
En cambio, el laicismo individualista es realmente un caballo de Troya del neoliberalismo en la guerra por mejorar la realidad. Se trata de una cualidad que en principio parece positiva —un regalo de la modernidad occidental— pero que a la larga resulta negativa. La ultraderecha, marchando de su mano, no para de crecer en nuestro entorno, ya sea a través de unos partidos o de otros.
Estoy seguro de que esta actitud vital no es un factor desdeñable en el hecho de que los partidos neoliberales, conservadores o ultraderechistas estén sumando cada vez más ciudadanxs a su causa, circunstancia que nos podría hacer perder derechos y conquistas. Es necesario actuar de manera diferente, ofreciendo una alternativa y estimo que fomentar la creación de grupos que otorguen, a lxs que formen parte de ellos, sentimientos de pertenencia a una entidad superior —por supuesto, en un marco de respeto a los Derechos Humanos— es una buena estrategia. Al proveer de sentimientos tales, esta nueva organización puede constituir también una opción capaz de generar pertenencia, al estilo de las bandas callejeras. Si consigue conformar una corriente, situándose más allá de lo marginal, podría devenir en una herramienta eficaz para luchar contra pandillas, gangas, maras y entidades similares —sin necesidad de cometer atrocidades, como han hecho ciertos gobernantes—, en esta ocasión formando una comunidad ecologista, anticolonialista, en la que no impere la cisheteronormatividad, que luche contra el orden patriarcal, la supremacía blanca y la xenofobia.
Jorge Riechmann en este fragmento de Ecoespiritualidad para laicos, reflexiona sobre la importancia del fenómeno religioso en la vida humana:
Antropólogas y etnólogos han identificado más de cien mil religiones. Aunque la cultura europea gusta de pensarse a sí misma como secularizada, resulta dudoso que vayamos a superar el horizonte religioso alguna vez: parece formar parte de la condición humana como una suerte de universal antropológico.
Para hacer frente a la finitud humana, para encarar nuestra muerte, la estrategia básica siempre ha consistido en tratar de formar parte de algo más grande y perdurable que nosotros mismos. Esto puede intentarse sumiéndose uno en ciertas formas de alienación (por ejemplo, creencias extravagantes sobre formas de vida ultraterrena) o buscando vías de emancipación (las luchas por construir una buena comunidad humana, o la teoría Gaia).1
La teoría Gaia surgió en la década de los sesenta del siglo pasado como “hipótesis Gaia”. Sostiene que la biosfera de la Tierra conforma un superorganismo compuesto por los demás organismos vivientes. Fue desarrollada por el químico James Lovelock (1919-2022) al que se unió después la bióloga Lynn Margulis (1938-2011), y explica que dicho superorganismo regula las reacciones del planeta. Por tanto, la gran transformación antrópica que estamos produciendo, la que es provocada por la contaminación y el caos climático están dañando a Gaia. Y ella, a pesar de que nos creamos tan importantes, no necesita de la especie humana para seguir existiendo.
Este es el orden de las cosas actual, marcado por la destrucción del medio ambiente, el extractivismo a cualquier precio y el individualismo. Los grupos dominantes encuentran muy positivo que quienes nos alejamos de posiciones conservadoras sigamos actuando de manera individualizada, como el maltratador de mujeres —que lo primero que hace es aislar a su víctima—, como los dirigentes de las multinacionales —que pondrán dificultades para que sus trabajadorxs se sindiquen— o los animales depredadores, que prefieren que sus presas no vayan en manada. Favorecerán que permanezcamos consumiendo atomizadxs en unidades familiares y no nos encontremos semanalmente, ya que podríamos organizarnos para realizar cualquier actividad. En las últimas décadas, en las opiniones y saberes oficiales nos estamos liberando de antiguos yugos mentales como el machismo, la cisheteronormatividad o la supremacía blanca y nuestro horizonte es la igualdad de derechos, así que los ricos y poderosos intentarán fomentar la desconfianza entre lxs ciudadanxs y trabajarán para que los discursos culturales apunten en una dirección que fomente el individualismo.
Cualquier noción de colectivización o empresa pública ha sido ampliamente criticada. Lo comunal fue completamente demonizado por la opinión pública (más bien la publicada). Incluso siendo conscientes de que estructuras de este tipo, a veces sin ser estatales, en ocasiones pueden ofrecer servicios públicos.
Nos iría mejor dejando atrás comportamientos individualistas y aceptando habitar una propiedad comunal. Por ejemplo, lxs mayores podrían mejorar su calidad de vida si, llegado el momento, renunciasen a vivir solxs y se organizasen colectivamente para hacerlo mediante un sistema de cooperativa de cohousing, contando con espacios privados y otros comunitarios. Hoy ya existen alternativas para mayores, como por ejemplo Trabensol2, cooperativa de cohousing senior localizada en Torremocha (Madrid), la Muralleta en Santa Oliva (Tarragona) o el Residencial Santa Clara, de Málaga, aunque siguen siendo muy minoritarios, ya que precisan que quienes elijan estas opciones tengan un capital y dejen sus barrios o localidades de origen. Podríamos intentar ampliar este modelo a viviendas en los edificios de apartamentos de cualquier ciudad o pueblo, mediante la incentivación pública de permutas de pisos y de alquileres para mayores en determinados bloques, con la doble función de llegar a todas las clases sociales y no desarraigar a nadie de su entorno tradicional. Todo el proyecto tendría que ser gestionado por la propia vecindad. En estos pisos sería insuficiente tener solo un dormitorio para cada inquilinx, harían falta otras habitaciones para montar comedores o salas de estar para recibir a amistades y familiares. Y si faltasen cuartos se compartirían los destinados a dormir. Entre todxs lxs que allí morasen se podrían contratar algunxs profesionales. Residiendo de este modo seríamos capaces de evitar la soledad no deseada en la que se encuentran una gran cantidad de ancianxs, que ya no se pueden mover como cuando eran un poco menos viejxs y era posible la independencia. Una forma de ir acercándose a esta situación se podría producir si lxs individuxs que pasan de los setenta años, decidiesen residir en pisos grandes compartiendo los espacios. Tristemente son habituales esas noticias en las que hallan el cadáver de alguien de avanzada edad semanas después de que se produzca su fallecimiento. Con esta forma colectiva de llevar ese momento en el que la vejez resulta imposibilitadora de importantes tareas, claro que se perdería intimidad y espacio. Sin embargo, se ganaría calidad de vida para lxs mayores, que no olvidemos, son una fuente de conocimiento surgido de la experiencia que resulta indispensable para cualquier colectividad.
Esta importante presencia de la situación de soledad no deseada es fruto de que nuestra sociedad esté edificada a partir de las relaciones amorosas de dos y de las familias nucleares. Habitualmente, lxs hijxs se hacen adultxs y se independizan. Un gran porcentaje de mujeres sobreviven a sus parejas. Sería muy positivo que tuviesen una comunidad a la que recurrir si quisieran mudarse.
1 Riechmann, Jorge: Ecoespiritualidad para laicos, Santander (Cantabria): El Desvelo Ediciones, 2024
2 El artículo Cohousing senior, un envejecimiento hiperactivo en número 69 de la revista de El Salto nos explica su funcionamiento, cómo se formó el histórico Residencial Santa Clara y ofrece un buen acercamiento al tema. https://www.elsaltodiario.com/vejez/cohousing-senior-un-envejecimiento-hiperactivo
