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Infinito

Uroboros 6/8

Lo que funcionaba en ciertos lugares del occidente opulento en las décadas de mil novecientos setenta, ochenta, noventa, dos mil, dos mil diez y en la primera parte de los veinte —en estas últimas con sociedades ya étnicamente más diversas pero con un apoyo cada vez mayor a la ultraderecha—, no va a hacerlo al final de este decenio ni en el de los treinta ni en siguientes del siglo XXI. En las naciones centrales del capitalismo, lxs residentes de muchas de las grandes ciudades han cambiado notablemente en los últimos cincuenta años. Cualquiera que viaje en transporte público puede comprobarlo. En Europa, entre lxs pasajerxs que vemos en los vagones de metro, de tren, en el autobús o en el tranvía percibimos una gran diversidad, conseguida por la presencia de una mayor cantidad de migradxs —reforzada por quienes ya han nacido en los países del Norte Global, pero se percibe que tienen ascendencia de otros diferentes—, hecho que antes no sucedía. Y la mayoría de ellxs (aunque las generalizaciones siempre son peligrosas), suelen estar acostumbradxs a formar parte de una estructura más grande y a encontrarse todas las semanas con lxs de su comunidad, especialmente con lxs que no ven a diario. No van a cambiar sus religiones antiguas por un laicismo individualista y, a pesar de que podría ocurrir que tampoco lo hiciesen por la Congregación del Infinito, merecería la pena intentarlo. 

Lxs migradxs sin la nacionalidad del país al que se han desplazado, a día de hoy, apenas tienen representación política en las instituciones llamadas democráticas1, ya que la mayoría no puede votar. Habría que potenciar las asambleas vecinales o ciudadanas locales y constituir una especie de agrupación estatal o federal de delegadxs, que resuma aquello que se haya discutido en dichas asambleas y que logre establecerse como otro de los poderes de la democracia (al menos de los no oficiales). Así como el mediático es el cuarto, o el económico es el quinto, un poder asambleario será el sexto. De esa manera, podrían obtener algún tipo de representación, mientras conseguimos llegar al horizonte político, que sería que sin necesidad de nacionalizarse estuviesen representadxs en las sedes del legislativo.

En los últimos siglos, nos hemos ido alejando de las viejas comunidades y hace tiempo las sustituimos por un pretendido individualismo que, como precisa Almudena Hernando en La fantasía de la Individualidad, siempre se ha apoyado en la identidad relacional de mujeres, como las esposas, las compañeras, las madres, las hijas, las sobrinas, las suegras, las hermanas o las cuñadas por ejemplo, que convivían con esos hombres que se declaraban individualistas. Escribe:

Esta identidad deriva de la incapacidad para concebirse uno mismo fuera de las relaciones en las que se inserta. Debe comprenderse algo fundamental en este punto: la identidad relacional no implica que se dé mucha importancia a las relaciones que se sostienen (como puede suceder con la mayor parte de la gente individualizada), sino la imposibilidad absoluta de concebirse a uno/a mismo/a fuera de esas relaciones.2

Desde el siglo XIX, un significativo número de quienes huían de la cisheteronorma abrazaron los valores de las corrientes políticas liberales. Lograron escapar de esas antiguas comunidades que consideraban dañinas y que, en cierta medida, lo eran, pues daban cobijo, además de a la citada cisheteronorma, a los virus del patriarcado y de los estereotipos racistas. Numerosxs disidentes sexuales y de género se unieron a la migración generalizada del campo a la ciudad que se produjo buscando una vida mejor y que continúa hasta hoy. Además de disfrutar de las clásicas ventajas de la vida en una urbe —más facilidad para encontrar trabajo, mejor acceso a la sanidad o poder disfrutar con mayor facilidad de una vida cultural—, lxs que lo hacían gozaban de un oportuno anonimato. En ciertos barrios de las ciudades, construyeron nuevas uniones realmente más satisfactorias que la familia de sangre. Se fueron creando algunas comunidades no cisheteronormativas pero que, en cuantiosas ocasiones albergaban todavía en su interior cierta concepción patriarcal de las relaciones humanas y, si no era en ellas hegemónica la opinión de lxs individuxs racializadxs asumían los esquemas que nos impone la omnipresente supremacía blanca. A medida que las sociedades se modernizaban, unas colectividades clásicas percibidas como “muy anticuadas” iban perdiendo terreno mientras lo ganaba esa ilusión de individualidad. Pero las comunidades son positivas, mucho más en situaciones difíciles. La Congregación del Infinito, si consigue establecerlas, podría ser útil para que estuviesen acompañadas todas esas personas que viven solas, hecho que es anecdótico mientras son independientes y salen de casa mucho pero que, con el tiempo, se suele volver crítico cuando envejecen, dejan de serlo y de tener una vida social.

Tras los desastres causados por los totalitarismos durante el siglo pasado —unos regímenes que fueron levantados por partidos políticos cimentados en los movimientos de masas y que produjeron varios millones de muertxs y una descomunal opresión—, la opinión reflejada en el cine, los libros, la prensa, la radio, la televisión, Internet, los videojuegos, las RR. SS. y los media en general, ha sido y es favorable a que se extendiese ese individualismo (neo)liberal. En las últimas décadas se ha impuesto, pero no podemos permitir que lo siga haciendo, y menos ahora cuando hemos dejado atrás la seguridad que ofrecía un aumento de la temperatura universal inferior a 1.5 ºC respecto a la época mundial pre-industrial, tenemos varios límites planetarios traspasados, ya han empezado las faltas de diésel en varios países periféricos y se ven serias dificultades en el horizonte del norte.

Que los intentos de mejorar la sociedad del siglo pasado acabasen en totalitarismos asesinos, no significa que, hoy en día, ya no haya que seguir promoviendo grandes cambios, sino que hay que hacerlo respetando los Derechos Humanos. Ante todo el daño que causaron esos regímenes y esas dictaduras, el liberalismo se ha configurado como el mejor de los modelos para organizarse. Como está adaptado al contexto de los últimos sesenta años, ya comenzamos a hablar a finales del siglo XX, de neoliberalismo. Esta corriente fue adquiriendo su preeminencia actual a partir del establecimiento de sanguinarias dictaduras —a modo de reacción a los movimientos izquierdistas surgidos en la década de los 60—, como la de Chile en 1973 o la de Argentina de 1976, del ascenso al poder de Margaret Tatcher (1925-2013) en 1979 y del de Ronald Reagan (1911-2004) en 1980. A estos hechos se sumaron la ruptura del bloque autodenominado socialista en 1989, con la subsiguiente desintegración de la URSS en 1991, y la consolidación de la sociedad de consumo. Pero el neoliberalismo está reñido con los límites planetarios y más temprano que tarde terminará su imperio. Considero que no debemos renunciar al proyecto de crear unos nuevos sistemas por los cuales nos organicemos las criaturas humanas, únicamente hay que esforzarse en proceder a ello de otra manera, sin imponer nada, ofreciendo nuevas alternativas a lo antiguo.

Las sociedades fundamentadas en esta tendencia individualista, en el libre mercado y que desean aparentar que están desideologizadas, como las de la mayoría de países del centro y este de Europa, realmente no lo están en absoluto. La mayoría de su población se mueve entre el conservadurismo, el nacionalismo y el neoliberalismo. Todo enmarcado   en un sistema de relaciones machista, cisheteronormativo y que asume la supremacía blanca. Son campo abonado para la ultraderecha. 

Las izquierdas podremos obtener importantes triunfos en determinadas elecciones. Pero, mientras no consigamos construir tejido social en las calles —condición que no se cumple  en la actualidad— son victorias que resultarán muy endebles. Esta nueva estructura que aquí propongo sería capaz de convertirse en otro generador de esa consistencia, indispensable para realizar cambios sociales, estableciendo comunidades de mujeres, hombres y personas de géneros no binarios con un marcado carácter feminista, antirracista, antixenófobo y ecologista, todo ello sin presionar con la cisheteronorma.

Nuestros adversarios políticos consiguieron crear ese tejido social hace siglos utilizando las religiones y las creencias irracionales. Y la verdad es que les ha ido muy bien, en los últimos tiempos sobre todo en contextos no occidentales. ¿Por qué nosotrxs no podríamos hacerlo?

Las tendencias individualistas, preponderantes hoy día, establecen que hemos de perseguir nuestro beneficio individual, y si no lo alcanzamos, nos convertimos en perdedorxs (losers). Sin embargo, la vida nunca fue de ese modo, algo que se notará más en las próximas décadas. En nuestra realidad hipertecnologizada se están iniciando una serie de inmensos cambios que van a tener como resultado que tengamos que adaptarnos progresivamente a vivir con menos energía. Únicamente en comunidades (esta vez construidas en torno a unos valores emancipadores) podremos hacer frente a los futuros desafíos cotidianos —incluso sobrevivir cuando las circunstancias se vuelvan más difíciles—, luchar contra la crisis climática e intentar  proteger la naturaleza.

Para los sectores hegemónicos en política y economía solo hay realmente dos posibilidades deseables: o formas parte de la comunidad de alguna gran y antigua religión con unos principios convenientemente conservadores o puedes permanecer lejos de ellas pero llevar una vida individualista. No deberíamos permitir que las religiones patriarcales constituyan la única alternativa al individualismo reinante. La Congregación del Infinito se tiene que convertir en una opción para aquellxs que valoran lo mucho que aportan las relaciones comunitarias o incluso se plantean vivir en comunidad.

3 Compuesta por algunxs concejalxs de nacionalidades que sí pueden votar en las elecciones municipales y por alcaldxs (en las ocasiones en que alcanzan ese título).

4 Almudena Hernando: La fantasía de la individualidad. Traficantes de Sueños: Madrid, 2018