La ética de la Congregación del Infinito, sobre una base de respeto a los derechos humanos —y de todxs lxs1 seres vivxs—, se construye en torno al hecho de poner la vida en el centro de las relaciones. El encabezado de este capítulo es el título de al menos dos libros y una máxima en los feminismos que no debemos olvidar a la hora de construir cualquier estructura social. Quizás se haya convertido en un lugar común, aunque no por ello hay que dejar de tenerlo siempre presente.
Poner la vida en el centro era en las antiguas sociedades el motivo último que estaba en la raíz de la mayoría de las acciones de casi todas las mujeres. En los últimos siglos, gracias a las diversas olas de los feminismos se han ido aceptando también otros. La entidad que aquí propongo solo puede ser antipatriarcal, al contrario que las religiones hegemónicas, tan influenciadas por el machismo y el heteropatriarcado. Ese hecho explica que encontremos en ellas importantes dosis de misoginia y persecución de disidentes sexuales y de género.
Como nos explicaron hace años los movimientos feministas, desde el inicio de la historia, los hombres supuestamente cishetero —que eran los que mandaban— dieron más importancia al trabajo productivo que al trabajo reproductivo, desarrollado en el hogar y a cargo de las mujeres. Nos narraron unos relatos históricos protagonizados casi siempre por unos héroes masculinos. Y sin embargo, alguien tenía que sostener la vida de todos esos héroes.
Muchas criaturas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado tuvimos todavía una madre que, por el machismo de ciertos maridos de su generación y, en algunos casos por el de su familia, amigas o el propio interiorizado, no trabajaba fuera del ámbito doméstico: una mujer que se veía obligada a quedarse en casa cuidando de sus hijxs. Y como señalaron hace décadas diferentes teóricas feministas: tanto si trabajaban fuera como si no, las mujeres se solían ocupar de hacer las tareas domésticas, sin apenas compartirlas con el hombre que ejercía el rol de padre2.
Otras autoras nos expusieron cómo cuando las mujeres se incorporaron de forma masiva al mercado laboral —a raíz de cierto reconocimiento obtenido por los feminismos de la segunda ola—, se produjo una gran crisis en el trabajo de cuidados. Crisis que se ha ido parcheando con medidas (claramente insuficientes) para fomentar la conciliación en el trabajo, recurriendo a personas de la familia —casi siempre también mujeres— o amigas que no trabajaban fuera de casa y pagando (quienes pudiesen permitírselo), para que empleadas —que suelen ser de nuevo mujeres— realizasen las tareas del hogar, recogiesen a lxs niñxs del colegio o se ocupasen de quienes requerían cuidados. Estos empleos a menudo son precarios y suelen estar mal pagados. Todavía queda mucha tarea por delante en lo tocante a conseguir un reparto equitativo de los trabajos reproductivos y de cuidados. Poner la vida en el centro significa, avanzar en este reparto, concederle al trabajo reproductivo la importancia que se merece y fomentar la conciliación de la vida familiar con la laboral.
Sin embargo, que la vida se sitúe en el centro no significa que esta organización de carácter religioso no dogmática se oponga al derecho al aborto. Ante un estado de gestación, la vida que se pone en el centro es la que podría existir por sí misma, la de quien va a experimentarlo personalmente, que tendrá que decidir si va a interrumpir su embarazo o si quiere continuar con él.
Otra forma de poner la vida en el centro es cuidar el medio ambiente y aprender a sentirse parte de él. Al mismo tiempo que nos reunamos y construyamos comunidades de mujeres, personas de géneros no binarios y hombres, fomentaremos un culto a la clorofila. Esta sustancia es la responsable de que plantas y algas verdes fijen el CO2 del aire, a través de la energía aportada por el sol, y nos devuelvan oxígeno, intercambio que reduce ese peligroso gas de efecto invernadero, principal responsable del caos climático que hemos generado. Esta actitud seguramente nos resultaría útil para mitigarlo. El culto a la clorofila se puede concretar en un amor por los bosques, las selvas y también, aunque sean espacios creados por las criaturas humanas, por los huertos (frente a las grandes explotaciones agrícolas) y los bosques comestibles3. Restaurar los ecosistemas destruidos por siglos de acción humana es una medida que ayudaría a reducir la cantidad de dióxido de carbono que hay en el aire. Dentro de las técnicas dedicadas a ello hay una que se conoce como rewilding que consistiría en dejar que se asilvestraran diferentes tierras, recuperando así plantas, animales y otros tipos de vida.
Habría que dejar de fomentar el desarrollo económico a costa de la naturaleza. No la podemos seguir contemplando como algo que explotar: es necesario romper con la lógica extractivista. Tampoco nadie puede vivir “emancipadx de ella” porque somos ecológicamente dependientes, como lo cuenta Yayo Herrero en su artículo Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global, inserto en el volumen recopilatorio de varias autoras Por qué las mujeres salvarán el planeta:
Occidente ha conformado a través de la historia una noción de Progreso que hace creer que es posible vivir como individuos aislados, emancipados de la naturaleza y desresponsabilizados del cuidado de quienes nos rodean. Esa triple emancipación es ficticia y sólo se pueden beneficiar de ella algunos sujetos, mayoritariamente hombres, pero el analfabetismo ecológico generalizado, el mito del crecimiento exponencial -imposible en un planeta con límites físicos- y la fe tecnológica que hace creer que siempre se inventará algo que resuelva todos los problemas, incluso los que la misma tecnología provoca, hace mirar a otro lado cuando llegan noticias y señales de la crisis civilizatoria que atravesamos.4
Poner la vida en el centro sería también presionar para eliminar las actualmente muy restrictivas leyes y directivas de extranjería, que regulan el movimiento de las personas. Mientras lo conseguimos habría que dedicar más medios para evitar las muertes de migrantes en todo el globo y, especialmente, en la frontera meridional de EE. UU. y en el Mediterráneo. Tendría que haber en este mar y en el Océano Atlántico, al menos en la ruta del archipiélago canario, una cantidad mayor de barcos de salvamento —en las Islas Canarias durante los últimos meses, ha estado fondeado el barco Open Arms pero no está realizando labores de rescate— y no se deberían poner impedimentos a su trabajo, como hace el gobierno italiano. Lxs que se juegan la vida adentrándose en el mar para llegar a otro Estado que ofrece mejores condiciones de vida, lo hacen intentando burlar las crueles leyes sobre inmigración y extranjería, normas que, como ya he señalado, deberían ser derogadas, ya que moverse por el mundo es un derecho humano5.
Podemos marcarnos como meta reducir la diferencia entre los Estados con mayor IDH y aparentemente garantes de los derechos humanos y los que tienen los peores índices, en los que frecuentemente encontramos situaciones de violencia y que de este modo, nadie se viese forzadx a dejar su casa, abordando la raíz del drama. Pero en tanto alcanzamos ese deseado horizonte, deberíamos acoger mejor a lxs que migran, que no vienen, como a menudo escuchamos, ni a quitarnos el trabajo, ni a vivir de los subsidios, ni a delinquir. Los grandes flujos migratorios se seguirán produciendo. Es más, la llegada de población a los lugares donde se perciben más posibilidades aumentará en los próximos años. Una de las principales causas de esto será el desigual impacto de la crisis climática, dada la mayor capacidad de ciertos Estados de movilizar dinero para adaptarse a sus efectos. El resultado que está teniendo el hecho de poner dificultades a quienes migran, es que mueran más personas al intentar, de una manera desesperada, llegar a nuestras tierras. Pero no solo tendríamos que reducir las trabas a la migración. Del mismo modo, deberíamos revisar nuestros regímenes supuestamente democráticos para que lxs que tienen otro pasaporte no sean consideradxs ciudadanxs de segunda clase y puedan ejercitar libremente su voluntad política así como, asumir nuestra historia colonial y neocolonial y entender que recibir migración es consecuencia de ella. Ya es muy injusto poner dificultades a la entrada de migrantes en los territorios con mayor IDH, pero aún lo es más en un contexto en el que se empiezan a notar los efectos de un caos climático que estimularon las naciones del Norte Global al industrializarse y quemar combustibles fósiles. Además, la gente blanca ha estado yendo a vivir a otras tierras y expandiéndose por todo el planeta desde hace quinientos años. ¿Por qué lxs que no son blancxs no iban a poder hacerlo en el siglo XXI? Ya lo escribí antes pero insisto: quienes siembran colonización o neocolonización recogen migración.
No hay un alma inmortal para las criaturas animales ni para las humanas (que no son más que un tipo de las primeras), ni tampoco otro plano en el que pudiésemos existir eternamente, como predican las principales religiones patriarcales, de modo que hay que vivir en este y proteger la vida. Aquellxs que están creciendo hoy en día, tendrán que lidiar durante toda su existencia con una crisis climática, aunque seguramente con más amenazas ecológicas. Si realmente queremos que se mantenga la civilización humana en la Tierra, tenemos que actuar de otra manera, de forma que gastemos menos recursos naturales y que emitamos menor cantidad de gases de efecto invernadero. No podemos seguir residiendo a tanta distancia de los sitios a los que vamos a diario, lejanía que nos obliga a utilizar medios de transporte que suelen ser contaminantes y generadores de CO2, para llegar a ellos. Frecuentemente usamos vehículos automóviles de forma individual en vez de desplazarnos en unos transportes colectivos que, por otra parte, fueron maltratados durante décadas por las diversas administraciones y hoy prestan un servicio insuficiente. Tampoco podemos habitar viviendas tan lejos de los lugares de producción de nuestros alimentos, circunstancia que supone que tengan que recorrer una desproporcionada cantidad de kilómetros hasta llegar a nuestras mesas. Lograríamos emitir menos —y llevaríamos una existencia mucho más ética— si nos acostumbramos a llevar una dieta vegetariana o vegana. Para conseguirlo y afrontar un futuro descenso energético va a ser imprescindible una economía relocalizada, que como señala en muchas ocasiones Luis González Reyes, necesariamente será diversa. Hay que hacer un esfuerzo por relocalizar ya la industria y obtener la mayor parte de los alimentos de granjas agroecológicas que no se encuentren a demasiada distancia.
1 No me sentiría cómodo usando siempre el masculino como genérico. La lengua española sigue una norma que dice que los sustantivos referidos a personas o animales deben ponerse en masculino cuando se desconoce el género de las aludidas o en cuanto se suponga que hay un hombre. Así, se dice “tres hermanos” aunque sean dos mujeres y un hombre. Para representar también a las personas con géneros no binarios que utilizan la “e” al hablar de sí mismas, tendría que incluir en este texto las tres versiones de cada palabra de género variable, pero no lo haré. Me siento más cómodo usando la “x” en las palabras que varían con el género. Debería pronunciarse con el sonido vocálico “e” o “i”. Prefiero la “x” antes que la “e” porque esta última vocal se utiliza para construir la forma del masculino plural en las palabras que terminan en consonante. De este modo, para usarla en un lenguaje inclusivo, tenemos que escribir: diosas/es, trabajadoras/es, autores/as, lectoras/es, escritoras/es, musulmanes/as, etc. Sin embargo, en algunos casos no lo usaré la “X” porque no lo encuentre justo, me resulte extraño o no lo considere necesario ni oportuno debido a la histórica opresión sobre las mujeres. En esas ocasiones escribiré de forma tradicional.
2 Si es que alguien lo hacía, ya que siempre existió una pequeña minoría de familias lésbicas que pasaban desapercibidas y muchas monomarentales (por viudedad, abandono o elección).
3 Un bosque comestible es uno formado por todo tipo de plantas que se ha diseñado de tal forma que pueda producir gran cantidad de alimentos de manera natural. Es una técnica de permacultura. En esta web viene muy bien explicado https://www.agrohuerto.com/los-bosques-comestibles-que-son/
4 Herrero, Yayo: Lo personal es político: ecofeminismos en los territorios del Norte Global. En: Por qué las mujeres salvarán el planeta. Varias Autoras. Barcelona: Rayo Verde, 2019.
5 Recogido en el art. 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
