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Pero verdaderamente ¿era indispensable una organización de carácter religioso? 6/10

Las religiones son fenómenos de masas y, pese a que es cierto que están perdiendo fieles en determinados lugares, tomando una perspectiva planetaria están muy lejos de desaparecer. Hay una característica que logra que se mantengan, y es que tienen una dimensión social que actualmente no aporta la forma hegemónica de laicismo. En repetidas ocasiones, han conseguido mejorar la cohesión de amplios sectores de la población, entre ellos el de la gente más conservadora. En los templos se hicieron arengas, se dieron discursos, se encontraron aquellos que deseaban planear sus acciones destructivas y se concretó fecha y hora para ejecutar esos planes.

En casi todos los Estados, la mayoría sigue una de las grandes y viejas religiones (si bien en ocasiones no la practica), circunstancia que en algunos como Japón, China y Corea del Norte —estos dos últimos territorios con gigantescos déficits democráticos— no sucede, convirtiéndose en unas excepciones que afectan a más de mil millones de criaturas humanas. En el continente americano la mayoría se declara cristiana, es decir, fiel a una creencia que se extendió desde hace casi dos mil años y que impusieron los colonizadores. Hay quienes expresan sus dudas sobre Dios y Jesús. Además hay agnósticxs y atexs, pero es un porcentaje más pequeño de la ciudadanía el que se define como tal, si lo comparamos con el número que lo hace en Europa. En Abya Yala, los europeos y sus descendientes se esforzaron con una gran intensidad en imponer su religión y consiguieron crear importantes redes de control social a través del cristianismo. Procedieron a ello a partir de la doctrina vaticana del descubrimiento según nos cuenta Roxanne Dunbar-Ortiz en La historia indígena de Estados Unidos:

Desde mediados del siglo XV a mediados del XX, la mayor parte del mundo no europeo fue colonizado según la doctrina del descubrimiento, uno de los primeros principios de derecho internacional que promulgaron las monarquías europeas cristianas para legitimar la investigación, la elaboración de mapas y reclamación de tierras de otros pueblos fuera de Europa. La doctrina surgió de una bula papal emitida en 1455, que le permitía a la monarquía portuguesa apropiarse del África occidental. Después del infame viaje exploratorio de Colón en 1492, auspiciado por el rey y la reina del incipiente Estado español, otra bula papal extendió el mismo permiso a España. Las disputas entre las monarquía portuguesa y española condujeron al Tratado de Tordesillas (1494), a instancias del papa, que además de dividir el globo entre los dos imperios ibéricos, aclaraba que solamente las tierras no cristianas eran afectadas por la doctrina del descubrimiento.1

En Francia, Inglaterra o los Países Bajos no aceptaron estas bulas papales, aunque actuaron siguiendo su espíritu de legitimación del saqueo a través de la evangelización. Actualmente, en el sur del nuevo continente al que llegaron los marineros europeos, asistimos a una pugna entre dos formas de entender el cristianismo. Por un lado está la versión católica, propia de España y Portugal, en la que fueron evangelizadas las poblaciones originales, y por otro lado están las versiones reformadas. EE. UU. las ha fomentado porque las percibe más cercanas a sus valores que la tradicional iglesia católica, que con la Teología de la Liberación se mostró demasiado permeable a los movimientos izquierdistas. Frente a esta pugna entre esas variantes del cristianismo se podría plantear la Congregación del Infinito como alternativa ecologista, antidiscriminatoria, que luche contra la supremacía blanca, el orden patriarcal y la xenofobia, que incluso podría llegar a mostrarse decolonial, formando grupos en el Sur global independientemente de si este movimiento es más, o menos seguido en las zonas privilegiadas del planeta.

Los sacerdotes católicos, pastores y aquellos que se definen como cristianos hablan con frecuencia de “ideología de género” pero deberían hacerlo más bien de la ideología machista, un modo de entender el mundo transmitido y perpetuado por las antiguas religiones con sus desfasados marcos conceptuales, muy extendido pero que anida especialmente en las mentes de los maltratadores, violadores y asesinos de mujeres. El régimen patriarcal es la fuente de la violencias machistas y es, a menudo, reforzado por estas estructuras.

Reunirte para que (usualmente) un hombre, con una supuesta sabiduría, te cuente unas historias heteronormativas y en las que, las mujeres son mostradas meros apéndices de los hombres (en cuyo caso son buenas) o fuentes de todo mal (si por el contrario, son independientes), no parece una actividad demasiado constructiva. Las religiones milenarias han potenciado visiones misóginas en las que las mujeres solo son instrumentos de los hombres. Va siendo hora de aglutinar a quienes tenemos otras y queremos construir unas sociedades más igualitarias, que no sean tan patriarcales. Siempre han fomentado valores como la misoginia y el rechazo hacia lxs diferentes, valores que eran sostenidos hace mil o dos mil años. Algo que es tan antiguo no puede regir nuestras vidas hoy día. Como escribía Bakunin en Federalismo, socialismo y antiteologismo con sus conceptos y su lenguaje del siglo XIX:

Nada es, en efecto, tan universal ni tan antiguo como el absurdo, y, al contrario, es la verdad la que es relativamente mucho más joven pues ha sido siempre el resultado, el producto, nunca el comienzo, de la historia; porque el hombre, por su origen, primo, si no descendiente directo del gorila, ha partido de la noche profunda del instinto animal para llegar a la luz del espíritu, lo que explica muy naturalmente todas sus divagaciones pasadas y nos consuela en parte de sus errores presentes.2

Una organización de carácter religioso que sea realmente emancipadora, debería promover valores más propios del siglo XXI, como la igualdad de derechos entre mujeres, hombres y personas de géneros no binarios, la buena disposición hacia disidentes sexuales y de género, la no discriminación, un reparto en las tareas domésticas y de cuidados más equitativo, el respeto al medio ambiente, el convencimiento de que la especie humana no tenía por qué dividirse en razas (aunque hace siglos que se procedió a ello, con propósitos de dominación) y de que las únicas cosmovisiones válidas no pueden ser las que proyectamos quienes somos percibidxs como blancxs y occidentales. 

Con la división de la humanidad en razas, los Estados europeos obtuvieron como mínimo dos ventajas: crearon el sentimiento en sus súbditxs de ser más humanxs que otrxs y consiguieron un pretexto para comerciar con personas.

En una sociedad racista como la nuestra, ser etiquetadx como blancx, es muy importante, a pesar de que para algunxs puede variar según el lugar en el que te encuentres —hecho que se ha observado en el caso del actor Antonio Banderas y tantxs artistas latinxs en EE.UU., consideradxs blancxs en sus países de origen pero no allá—, si bien para mucha gente de diferentes orígenes pasar por blanca no es una opción posible. Lxs que sí lo consiguen obtienen una serie de privilegios, mientras otrxs, que tienen la piel más oscura o simplemente son de otro grupo social (como en el caso de numerosxs gitanxs con un tono de piel más claro o de lxs judíxs), son vistxs como racializadxs y se enfrentan a varios prejuicios y desventajas. Estas se hacen notar más cuanto más oscura tiene la piel alguien y se halla más lejos de la blanquitud.

Las ventajas son parte del privilegio blanco, que según Desirée Bela-Lobede en Ponte a punto para el antirracismo: “Es una hipótesis que plantea la existencia de un privilegio social que beneficia a las personas blancas, sobre todo en países mayoritariamente blancos, en comparación con lo que suelen experimentar las personas de otros grupos raciales en las mismas circunstancias sociales, políticas y/o económicas.”

Hipótesis que se ve confirmada cada vez que alguien racializadx intenta por ejemplo, alquilar una casa, comprueba que es objeto de la sospecha de vigilantes o cuerpos de seguridad en espacios públicos, no halla referentes en las instituciones ni en los medios de comunicación o si tiene el pelo afro, no encuentra quien se lo trabaje bien más allá de una peluquería especializada.

Todo este privilegio blanco es producto de una supremacía blanca que es muy real y que se refleja en diferentes aspectos. Como explica la autora:

Cuando se habla de supremacía blanca aparece el miedo. ¿Por qué? Porque en nuestra primera infancia se nos enseñó a vincular la supremacía blanca… ¿con qué? Con la extrema derecha, con los skinheads neonazis y con la violencia ejercida por estos grupos. Este aprendizaje se ve reforzado institucionalmente, y de forma especialmente intensa, desde los medios de comunicación y desde las industrias televisiva y cinematográfica. Sin embargo, eso es solo la punta del iceberg, porque la supremacía blanca, además de todo lo dicho está conformada por muchas otras facetas. Facetas tan invisibles a los ojos de las personas blancas que, al no ser capaces de registrarlas, las dan por inexistentes.

La supremacía blanca es un sistema de explotación y opresión de continentes, naciones y pueblos de otros grupos étnicos, predominantemente situados en el hemisferio sur. Este sistema de explotación está perpetuado institucionalmente, y con una base histórica, por parte de los estados nación blancos del continente europeo y norteamericano, con el fin de mantener y defender un sistema de riqueza, poder y privilegio que ha construido las sociedades y los estilos de vida actuales.

Es verdad que los blancxs siempre hemos resultado privilegiadxs en estas estructuras de opresión pero hoy sabemos que la supremacía blanca es injusta y hemos de luchar contra ella. Además, los “estilos de vida actuales” se caracterizan por una enorme abundancia en los países centrales, en medio de un consumismo desaforado, situación que va a cambiar mucho en los próximos años.

Más adelante en el mismo texto reflexiona:

Creo sinceramente que es necesario que las personas blancas hablen más de supremacía blanca y privilegio blanco, y no tanto de racismo. Déjame que te explique por qué. No es que crea que no haya que hablar de racismo, pues es una de las consecuencias de la supremacía blanca. Pero en numerosas ocasiones, cuando se habla de racismo muchas personas blancas consideran que, al no ser racistas, no tienen nada que ver con el tema y, por lo tanto, no tienen nada que hacer. Creen que el racismo es algo que deben resolver las personas cuyas vidas se ven expuestas a esa opresión. Esto es tremendamente injusto. No somos las personas racializadas las que construimos un sistema que nos aniquila. ¿Por qué debemos, entonces, encargarnos del tema solo nosotras? Por eso creo que cambiar la conversación y hablar sobre supremacía blanca cambia el juego.3

1 Dunbar-Ortiz, Roxanne: La historia indígena de Estados Unidos. Madrid: Capitan Swing, 2018

2 Bakunin, Mijail: Federalismo, socialismo y antiteologismo. Madrid: Júcar, 1980.

3 Bela-Lobedde, Desirée: Ponte a punto para el antirracismo: consejos útiles para iniciar la alianza antirracista. Barcelona: Ediciones B, 2023