Una organización de carácter religioso que sea realmente emancipadora, debería promover valores más propios del siglo XXI, como la igualdad de derechos entre mujeres, hombres y personas de géneros no binarios, la buena disposición hacia disidentes sexuales y de género, la no discriminación, un reparto en las tareas domésticas y de cuidados más equitativo, el respeto al medio ambiente, el convencimiento de que la especie humana no tenía por qué dividirse en razas (aunque hace siglos que se procedió a ello, con propósitos de dominación) y de que las únicas cosmovisiones válidas no pueden ser las que proyectamos quienes somos percibidxs como blancxs y occidentales. A todo esto debe añadirse abandonar la valoración colonial de los países periféricos y la asunción de que el horizonte de los sistemas económicos no ha de ser el crecimiento, sino el bienestar de las personas
Con la división de la humanidad en razas, los Estados europeos obtuvieron como mínimo dos ventajas: crearon el sentimiento en sus súbditxs de ser más humanxs que otrxs y consiguieron un pretexto para comerciar con personas.
En una sociedad racista como la nuestra, ser etiquetadx como blancx, es muy importante, a pesar de que para algunxs puede variar según el lugar en el que te encuentres —hecho que se ha observado en el caso del actor Antonio Banderas y tantxs artistas latinxs en EE.UU., consideradxs blancxs en sus países de origen pero no allá—, si bien para mucha gente de diferentes orígenes pasar por blanca no es una opción posible. Lxs que sí lo consiguen obtienen una serie de privilegios, mientras otrxs, que tienen la piel más oscura o simplemente son de otro grupo social (como en el caso de numerosxs gitanxs con un tono de piel más claro o de lxs judíxs), son percibidxs como racializadxs y se enfrentan a varios prejuicios y desventajas. Estas se hacen notar más cuanto más oscura tiene la piel alguien y se halla más lejos de la blanquitud.
Las ventajas son parte del privilegio blanco, que según Desirée Bela-Lobede en Ponte a punto para el antirracismo: “Es una hipótesis que plantea la existencia de un privilegio social que beneficia a las personas blancas, sobre todo en países mayoritariamente blancos, en comparación con lo que suelen experimentar las personas de otros grupos raciales en las mismas circunstancias sociales, políticas y/o económicas.”
Hipótesis que se ve confirmada cada vez que alguien racializadx intenta por ejemplo, alquilar una casa, comprueba que es objeto de la sospecha de vigilantes o cuerpos de seguridad en espacios públicos, no halla referentes en las instituciones ni en los medios de comunicación o si tiene el pelo afro, no encuentra quien se lo trabaje bien más allá de una peluquería especializada.
Todo este privilegio blanco es producto de una supremacía blanca que es muy real y que se refleja en diferentes aspectos. Como explica la autora:
Cuando se habla de supremacía blanca aparece el miedo. ¿Por qué? Porque en nuestra primera infancia se nos enseñó a vincular la supremacía blanca… ¿con qué? Con la extrema derecha, con los skinheads neonazis y con la violencia ejercida por estos grupos. Este aprendizaje se ve reforzado institucionalmente, y de forma especialmente intensa, desde los medios de comunicación y desde las industrias televisiva y cinematográfica. Sin embargo, eso es solo la punta del iceberg, porque la supremacía blanca, además de todo lo dicho está conformada por muchas otras facetas. Facetas tan invisibles a los ojos de las personas blancas que, al no ser capaces de registrarlas, las dan por inexistentes.
La supremacía blanca es un sistema de explotación y opresión de continentes, naciones y pueblos de otros grupos étnicos, predominantemente situados en el hemisferio sur. Este sistema de explotación está perpetuado institucionalmente, y con una base histórica, por parte de los estados nación blancos del continente europeo y norteamericano, con el fin de mantener y defender un sistema de riqueza, poder y privilegio que ha construido las sociedades y los estilos de vida actuales.
Es verdad que los blancxs siempre hemos resultado privilegiadxs en estas estructuras de opresión pero hoy sabemos que la supremacía blanca es injusta y hemos de luchar contra ella. Además, los “estilos de vida actuales” se caracterizan por una descomunal abundancia en los países centrales, en medio de un consumismo desaforado, situación que va a cambiar mucho en los próximos años.
Más adelante en el mismo texto reflexiona:
Creo sinceramente que es necesario que las personas blancas hablen más de supremacía blanca y privilegio blanco, y no tanto de racismo. Déjame que te explique por qué. No es que crea que no haya que hablar de racismo, pues es una de las consecuencias de la supremacía blanca. Pero en numerosas ocasiones, cuando se habla de racismo muchas personas blancas consideran que, al no ser racistas, no tienen nada que ver con el tema y, por lo tanto, no tienen nada que hacer. Creen que el racismo es algo que deben resolver las personas cuyas vidas se ven expuestas a esa opresión. Esto es tremendamente injusto. No somos las personas racializadas las que construimos un sistema que nos aniquila. ¿Por qué debemos, entonces, encargarnos del tema solo nosotras? Por eso creo que cambiar la conversación y hablar sobre supremacía blanca cambia el juego.1
Según cuenta Ibram X. Kendi en Cómo ser antirracista, la noción de “raza” aplicada a las criaturas humanas fue introducida por la corte portuguesa del siglo XV, englobando en el constructo “negro” o “negra” a quienes procedían de diversos pueblos y etnias de África: personas de rasgos diferentes y piel más oscura que, de este modo resultaron deshumanizadas. Así, consiguieron que se aceptase el tráfico de personas esclavizadas, un sangriento negocio que les proporcionaba pingües beneficios. El término “raza” es un concepto desarrollado por la cultura blanca, concretamente en la ganadería, extrapolado de ella. Hoy día es comúnmente aceptado y utilizado, pero no responde a ninguna realidad preexistente. Esa dañina imagen fue extendiéndose con el paso de los siglos y actualmente no podemos prescindir de ella a la hora de luchar contra el racismo en sus dos versiones principales: la segregacionista y la asimilacionista.
En el citado texto expone:
Las ideas asimilacionistas blancas desafían las ideas segregacionistas que afirman que las personas no blancas son incapaces de progresar, incapaces de alcanzar el estándar superior, incapaces de llegar a ser blancas y, por lo tanto, de ser completamente humanas. Los asimilacionistas creen, de hecho, que las personas no blancas pueden progresar y ser completamente humanas como las personas blancas. Las ideas asimilacionistas reducen a las personas no blancas al nivel de niños que necesitan instrucciones sobre cómo comportarse. Las ideas segregacionistas consideran a las personas no blancas «animales» si recurrimos a la descripción que Trump dedica a los inmigrantes latinoamericanos, imposibles de educar a partir de cierto punto. La historia del mundo racializado es una pelea a tres bandas entre asimilacionistas, segregacionistas y antirracistas. Las ideas antirracistas se fundamentan en la verdad de que los grupos raciales son iguales con todas sus diferencias, las ideas asimilacionistas se basan en la noción de que algunos grupos raciales son cultural o conductualmente inferiores y las ideas segregacionistas surgen de la creencia en una distinción genética y una jerarquía fija raciales.2
Con respecto al racismo, como ya dijo hace años Angela Davis, no se puede ser neutral: eres racista o eres antirracista. Si optas por ser neutral y te consideras total o relativamente blancx terminarás cayendo, seguramente sin pretenderlo, en el racismo asimilacionista. Kendi señala que hay que mostrarse claramente antirracista para luchar correctamente contra el racismo, usando todas las armas de las que dispongamos, incluida la discriminación utilizada de manera positiva. Es importante ir implementando políticas antirracistas para atenuar las desigualdades que secularmente se formaron entre lxs blancxs y lxs que no lo son.
Cuando escuchamos que alguien o que cualquier colectividad no es racista, con frecuencia no es verdad. Lo que suele ocurrir es que no se ha sometido a tensiones raciales.
Quienes integran la diáspora africana tropiezan continuamente con la islamofobia y el racismo (en mayor grado si su piel es más oscura).
1 Bela-Lobedde, Desirée: Ponte a punto para el antirracismo: consejos útiles para iniciar la alianza antirracista. Barcelona: Ediciones B, 2023
2 Kendi, Ibram X.: Cómo ser antirracista. Barcelona: Rayo Verde, 2020.
