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¿Cómo nos hemos organizado históricamente? ¿Qué está sucediendo en los últimos siglos? 3/9

A lo largo del siglo XVIII, con la disminución de los juicios por brujería y herejía, tras décadas de guerras religiosas y con las iglesias cristianas concentradas en evangelizar las colonias, se abrió en Europa occidental una oportunidad para cuestionar los dogmas de fe. Hasta ese momento histórico, decir que eras atex podría significar poner en peligro tu vida. Todavía el rey Luis XIV de Francia era un cristiano muy intolerante, lo que se traducía en que, si bien en París había una enorme cantidad de súbditxs atexs o deístas, no lo reconocerían públicamente, mucho menos ante su rey. 

En ese país, pero ya en la época de Luis XV que estaba más abierto a las críticas religiosas, el sacerdote Jean Meslier al morir en 1729, dejó un testamento conocido por la publicación posterior por parte de Voltaire (1694-1778) en 1762 —todavía durante ese mismo largo reinado— del texto titulado Extracto de los sentimientos de Jean Meslier. Hoy se distribuye como Testamento de un cura ateo, mientras el mismo testamento redactado por el propio sacerdote lo hace como Memoria contra la religión.

En el importante legado que nos dejó Meslier podemos leer:

Así también, so pretexto de conduciros al cielo y procuraros la felicidad eterna, os impiden gozar tranquilamente de cualquier bien en la Tierra. Por último, os reducen a sufrir en esta vida, la única que tenemos, las penas de un infierno, éste sí absolutamente real, con el pretexto de preservaros en la otra vida, una vida que evidentemente no existe, de las penas imaginarias de un infierno también inexistente. Como no existe tampoco esa vida eterna sobre la que tratan de alimentar vanamente —para vosotros, aunque para ellos no sea tan inútil— tanto vuestros temores como vuestras esperanzas.1

En 1761 Paul Heinrich Dietrich von Holbach, conocido como el barón d’Holbach (1723-1789) publica (atribuyéndoselo un hombre muerto para evitar la censura) Le cristianisme dévoilé (El cristianismo desenmascarado), al que siguen varios libros contra la religión cristiana. El barón organizaba unas cenas con tertulia a las que asistían intelectuales como el enciclopedista Denis Diderot (1713-1784) o Jean Jacques Rousseau (1712-1778) y en ellas se hablaba abiertamente de ateísmo. En 1770 publica, bajo el seudónimo de otro difunto, Système de la nature (Sistema de la naturaleza), donde insiste en que no hay ningún Dios y que la naturaleza sigue sus propias normas de funcionamiento. No en vano es considerada una de las obras cumbre del materialismo francés. El propio Holbach y Diderot eran de los pocos hombres ensayistas que se declaraban ateos en Europa, ya que era más usual decir que creías en Dios, mas no en el que describía La Biblia.

Desde la Edad Media se especulaba con la existencia de lo que se llamó Tratado de los tres impostores —que resultarían ser Moisés, Jesucristo y Mahoma— y se acusó de su autoría a diferentes personajes que no mostraban excesivo celo en su cristianismo o que tenían problemas con el papado. Por fin aparece un escrito que recoge este mito, publicado en los Países Bajos en 1719 de forma anónima y en francés, bajo el título La Vie et l’ Esprit de Mr. Benoît de Spinosa. Con una autoría seguramente colectiva, es probable que se compusiese durante la centuria anterior. Es un texto deísta, que niega que las tres grandes estrellas de las principales creencias establecidas pudiesen atribuirse la capacidad de describir cómo es Dios y señala que la secular ignorancia humana sobre casi todos los temas, consigue que le supongamos arquitecto de la realidad. Medio siglo después, esa desmitificadora obra sería simplificada —añadiendo algunos capítulos pero suprimiendo otros— y reeditado por Holbach y uno de sus propios editores bajo el título de Traité des trois imposteurs (Tratado de los tres impostores)

Uno de los temas de discusión preferidos en la época de la Ilustración, es el de la intrusión de la religión en la política. Este asunto no solo fue debatido por los filósofos que publicaban, sino que se fue haciendo cada vez más importante. Seguramente llegaría a las veladas en salones que organizaban mujeres ricas e instruidas para discutir diversas cuestiones. La principal consecuencia de estas polémicas fue que, años más tarde, en la Revolución, el nuevo poder instó a una importante descristianización de Francia. 

En noviembre del año en el que comenzó, 1789, se confiscaron diversas tierras y bienes de la Iglesia, en febrero de 1790, se suprimieron las órdenes religiosas y, en julio, la Asamblea Nacional Constituyente publicó la Constitución Civil del Clero, que quitaba a los sacerdotes sus derechos especiales, convirtiéndolos en funcionarios del Estado. El papa Pío VI la condenaría al año siguiente. Se aprobó el divorcio y el Estado se hizo cargo de funciones como el registro de nacimientos, defunciones y matrimonios, tareas antes confiadas a la Iglesia Católica. 

Olympe de Gouges (1748-1793), nacida como Marie Gouze en el sur del país, había recibido una formación muy básica pero suficiente para escribir como dramaturga tras enviudar y trasladarse a París con su hijo. En sus obras, los personajes hablaban de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, de la necesidad del divorcio y la abolición de la esclavitud. Participó en la Revolución Francesa y publicó en 1791 la Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana como respuesta a la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, aprobada con un par de años de anterioridad por la Asamblea Nacional. Detenida por su defensa de los girondinos, en 1793 fue juzgada sumariamente y guillotinada.

Mary Wollstonecraft (1759-1797) se mudó de la conservadora Inglaterra —donde se relacionaba con una intelectualidad de clase alta, en la que era vista como una rebelde que mantenía relaciones sexuales sin necesidad de casarse— a la Francia revolucionaria. Había publicado varios textos antes de trasladarse, entre otros: en 1790, Vindicación de los derechos de los hombres, defendiendo la revolución en el país vecino; y, en 1792, Vindicación de los derechos de la mujer, una obra clave para los feminismos. En febrero de 1793, ya con Mary en París, Gran Bretaña y Francia entraron en guerra y la vida se volvió muy difícil para lxs británicxs. Mary se enamoró del ciudadano estadounidense Gilbert Imlay, que declaró ante su embajada haberse casado con ella, convirtiéndola convenientemente en ciudadana de los EE. UU. Mary se quedó embarazada de Imlay y dio a luz a su hija Fanny fuera de la capital. Él terminó abandonándola. Ella regresó a Londres en 1795 y, tras mucha desesperación, incluidos un par de intentos de suicidio, se casaría dos años más tarde con el político y filósofo William Godwin (1756-1836).

Mientras, en Francia continuó desarrollándose el proceso revolucionario. Se habían reivindicado los derechos del hombre (como antes en EE. UU.) y los de la mujer, pero siempre para las personas blancas (europeas y la mayoría de las eurodescendientes) o prácticamente blancas. Las más oscuras no eran consideradas criaturas humanas y por tanto, podían seguir esclavizadas.

En Paris, en lugares como Notre Dame, al principio de La Revolución se había instaurado el culto a la diosa Razón, entendida como una alegoría del pensamiento racional. Robespierre (1758-1794) —tiránico líder entre 1793 y 1794— así como quienes le seguían, eran más partidarios de no estimular el ateísmo, de modo que instigaron un culto al Ser Supremo en el que llegó a participar el dictador durante alguno de sus desfiles por las calles de París.

Miles de clérigos y monjas colgaron los hábitos. No fueron pocxs lxs que decidieron contraer matrimonio, para no despertar sospechas sobre su fidelidad a la Revolución. Gran parte de aquellxs que abandonaron sus prácticas religiosas no las recuperarían nunca. Como resultado, Francia se transformó rápidamente en un Estado mucho más laico que los de su entorno. Una característica que se mantendría en el tiempo y que, en adelante, formará parte de sus señas de identidad. Con el paso de los años, esta nueva manera de entender la vida se extendería, ya que tras las victorias obtenidas por la Revolución en las guerras contra las Coaliciones, que permitieron el establecimiento de repúblicas satélite de la francesa, y la evolución de ese modelo a través de las monarquías constitucionales que fomentó Napoleón en un primer momento, algunos valores revolucionarios y la semilla del librepensamiento serían propagadas por Europa. 

Tras el segundo derrocamiento y destierro definitivo del emperador, llegó un período reaccionario denominado Restauración, que duraría en Francia hasta 1830, año de la revuelta ciudadana que trajo la “Monarquía de julio” de la casa de Orleans —ya por fin constitucional para apaciguar a la ciudadanía— y que quedó superado definitivamente en Europa en 1848, año en el que se desataron numerosas revoluciones por todo el continente y se publicó el Manifiesto Comunista.

A lo largo del siglo XIX en Occidente la ciencia va sustituyendo a Dios como manera de explicar el mundo. Sobre esto, es muy significativa la anécdota protagonizada por Pierre Laplace y Napoleón Bonaparte, el que ha sido calificado como “ejecutor de la Revolución Francesa” que, por otra parte, había sido alumno del científico:

Se cuenta que cuando Pierre Simon Laplace(1749-1827) presentó a Napoleón su libro “Traité de Mécanique céleste”, éste —que había sido alumno suyo en la Escuela Militar— amigo de preguntas embarazosas, le comentó: “Habéis escrito un libro sobre el sistema del Universo, sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador”. A lo que el autor contestó: “No he necesitado esa hipótesis, Sire”. La respuesta de Laplace hacía hincapié en el hecho de que 100 años antes, cuando Newton interpretó el funcionamiento del sistema solar utilizando su ley de la gravitación, no fue capaz de explicar ciertas irregularidades que deberían aparecer en algunas órbitas planetarias. Newton hacía entonces intervenir a Dios para corregir dichas anomalías y que el sistema siguiera siendo estable. Cuando le contaron a Lagrange2 este episodio, exclamó: “¡Ah, pero es una bella hipótesis, eso explica muchas cosas!3

1 Meslier, Jean: Testamento de un cura ateo. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2011. 

2 Joseph-Louis Lagrange (1736-1813)  fue un importante físico, matemático y astrónomo que, aunque nació en Italia paso gran parte de su vida en Francia y en Prusia.

3 Texto extraído de una versión antigua de la web del Instituto de Física Corpuscular de la Universidad de Valencia.  https://ific.uv.es/rei/Historia/anecdotas2.htm