Friedrich Nietzsche (1844-1900) ve el cristianismo como “una religión de esclavos”, que impide desarrollar nuestra voluntad de poder, uno de sus conceptos clave. Según él, fue erigida a partir de un gran desprecio por la vida terrenal, por el cuerpo humano, por el sexo y por el placer. En 1882 declaró la muerte de Dios en La gaya ciencia, hecho que representó un verdadero terremoto que trastocaba toda la realidad conocida hasta entonces. Quizá parezca que esa declaración es demasiado prematura: ¡se muestran tan fuertes hoy, más de ciento cuarenta años después, las religiones patriarcales! A finales del siglo XIX, la muerte de Dios pudo ser “certificada” entre intelectuales de ciertos países como Alemania o Francia y durante el XX, en importantes territorios de Europa Occidental. Un evento que no sucedería ni en el XIX ni en el XX en otros especialmente cristianos, como por ejemplo, la España de Franco —considerada por los fascistas la reserva espiritual de Occidente—, el Portugal de Salazar, Italia o la República de Irlanda. Mucho menos durante el siglo XIX en otros países más lejanos. Ya en la centuria posterior, el ateísmo se extendería de la mano de los partidos comunistas de cada país surgidos al calor de la Revolución Rusa. No perdamos de vista que la muerte de Dios se declaró en este continente en el que me hallo, pero este ser, para amplios sectores de la población mundial ubicados, sobre todo en Asia Oriental, nunca existió. En la actualidad, una parte no desdeñable de la ciudadanía de todo el mundo comparte esta visión. Habría que organizarla.
Treinta y seis años después de que el filósofo alemán declarase su muerte, en 1918 en Moscú, Anatoli Lunacharski, Comisario de Instrucción Publica de la URSS, presidió el tribunal en un juicio contra Dios acusándole de múltiples crímenes contra la humanidad1. Fue encontrado culpable y ejecutado —si bien es difícil matar a alguien que probablemente no existe, hicieron disparos hacia el cielo— en un acto público. La idea de que Dios había muerto, de que era una figura que ya no podía determinar nuestras vidas, es un concepto que se extendió por la Tierra y, aunque perdió fuerza desde las dos últimas décadas del siglo XX, ha quedado en la mente de un significativo número de personas de todo el globo.
Nietzsche frecuentemente se apoya en el eterno retorno, una imagen que seguramente parta de la Samsara o la clásica Rueda de las reencarnaciones, que pensadores como el especialmente misógino Schopenhauer2 (1788-1860) habían importado de filosofías y religiones orientales. Estas doctrinas sostienen que nuestra existencia es parte de una rueda en la que se repiten las sucesivas vidas y reencarnaciones. En Así habló Zaratustra aparece este concepto aunque también se muestra otro, en mi opinión muy desafortunado: el de Superhombre. El consejo del filósofo con respecto al Eterno Retorno sería: “haz que tu vida merezca la pena ser vivida una y otra vez”; frente al mensaje cristiano: “puedes tener una vida miserable pero si cumples los mandamientos y tienes fe, tendrás otra vida mucho mejor después de la muerte”.
La utilización de las del pensamiento de Nietzsche por parte de dictaduras del siglo XX, como el nazismo o los fascismos, trajeron consigo una desvalorización de sus tesis cuando estos sistemas políticos por fin cayeron.
Sigmund Freud (1856-1939) publica en 1927 El porvenir de una ilusión. En ella realiza un dibujo psicoanalítico de lo que supone la creencia en dioses para homo sapiens. Según él, las criaturas humanas se sintieron desvalidas al prever su propia muerte y al comprobar la capacidad de destrucción de los fenómenos naturales. Entonces se forjaron la ilusión de un padre que les protegiese. Freud escribe en su obra:
Ya sabemos que la impresión terrorífica que provoca al niño su desvalimiento ha despertado la necesidad de protección -protecciónpor amor-, proveída por el padre; y el conocimiento de que ese desamparo duraría toda la vida causó la creencia en que existía un padre, pero uno mucho más poderoso. El reinado de una Providencia divina bondadosa calma la angustia frente a los peligros de la vida; la institución de un orden ético del universo asegura el cumplimiento de la demanda de justicia, tan a menudo incumplida dentro de la cultura humana; la prolongación de la existencia terrenal en una vida futura presta los marcos espaciales y temporales en que están destinados a consumarse tales cumplimientos de deseo.3
Qiu Jin (1875-1907) es una mujer de la China imperial que se rebela contra la costumbre de vendar los pies a las jovencitas casaderas. Se libra de ello pero no de un matrimonio arreglado del que nacen dos criaturas. En 1896 se casa, pero en 1903, deja a su familia en Pekín y se marcha a Tokio a seguir formándose como poetisa. Allí entra en contacto con el movimiento para derrocar el imperio y establecer una república. Al volver a China lanza una revista para mujeres en la que las aconseja que estudien y que consigan independencia financiera para poder oponerse a los matrimonios forzados. Finalmente participa en un golpe de Estado frustrado contra el emperador y es ejecutada.
Pocos años después He-Yin Zhen (1884-1920) continuó con el mismo patrón de viajar a Tokio y entrar en contacto con los movimientos antiimperialistas, aunque ella lo hizo junto con su marido y con el fin de refugiarse, puesto que les perseguían por anarquistas. Allí colabora en el establecimiento de la asociación feminista Nüzi Fuquan Hui (Asociación de Recuperación de los Derechos de las Mujeres) y en revistas como Tianyi (Justicia Natural) o Xin Shiji (Siglo Nuevo). En opinión de He-Yin Zhen la mujer no será libre mientras exista el capitalismo. En su ensayo Sobre la cuestión de la liberación femenina escribe:
…por miles de años, el mundo ha sido dominado por las reglas del hombre. Estas reglas están marcadas por distinciones de clse en las que los hombres —y solo los hombres— ejercen derechos de propiedad. Para rectificar las injusticias, primero debemos abolir la norma de los hombres e introducir igualdad entre los seres humanos, algo que significa que el mundo tiene que pertenecer igualmente a hombre y mujeres. La meta de la igualdad no puede ser alcanzada si no a través de la liberación de las mujeres.
Anarquista (y en este caso maestra) también es Teresa Mañé (1865-1939). Funda una serie de escuelas laicas, en las que apoya la educación mixta —en aquel momento era segregada— y aconfesional. Defiende la igualdad de la mujer y el amor libre. Colabora intensamente en La Revista Blanca y su suplemento Tierra y Libertad en su primera época (1898-1905) y en la segunda (1923-1936), ya dirigida por su hija Federica Montseny4. Escribe:
Pero si nosotros abogamos en favor de la libertad de enseñanza, no es para que podamos enseñar en las escuelas nuestras ideas ácratas, como los ortodoxos pretenden que se enseñe su religión; nosotros la queremos, sencillamente, porque queremos la libertad en todo y para todo, y porque tenemos confianza en nosotros, en nuestras ideas y en la misma libertad, que la consideramos superior a cuantas teologías y sistemas filosóficos puedan concebirse.5
Emma Goldman (1869-1940) fue una sindicalista dedicada a la causa obrera, no una filósofa o alguien que escribiese sobre Dios o las religiones. A pesar de ello, nos dejó artículos como La filosofía del ateísmo, donde se muestra muy optimista pues afirma que el teísmo está siendo sustituido por el ateísmo y que “hace tiempo que el teísmo se habría venido abajo sin el apoyo simultáneo del dinero y el poder”6. Tras participar en varias huelgas en un momento de gran conflictividad y después de algunas estancias en la cárcel, fue deportada de los EE. UU., a los que había emigrado desde la Rusia zarista en la que nació. Vivió en la URSS entre 1920 y 1922 pero no le gustó lo que encontró. De esa época son My Disillusionment in Russia (Mi desilusión en Rusia) y My Further Disillusionment in Russia (Mi posterior desilusión con Rusia). Murió en 1940 en su exilio canadiense, un año después de que la II República Española —con la que había colaborado— perdiera la guerra y mientras Hitler invadía países en Europa. Parecía que la ultraderecha —en aquel momento bajo la forma de unos opresivos regímenes, como el nazismo, el franquismo o los fascismos de distintos países— se iba a adueñar del mundo. Pero no lo hizo. Ahora también lo parece, usando un sistema de democracia representativa en el que apenas se permite votar a quienes no están nacionalizadxs y con el apoyo de magnates de empresas que influyen internacionalmente en la política. Hemos de organizarnos más para conseguir que de nuevo no lo logre. Con las dificultades económicas y laborales que traerá un planeta dañado con un clima cambiado y menos recursos cada año, será posible que crezca aún más una extrema derecha que ya está muy bien situada. Es necesaria una alternativa a las ideologías neoliberales hegemónicas para impedir su dominio.
1 Aquí se puede saber más sobre el promotor de este curioso juicio: https://es.wikipedia.org/wiki/Anatoli_Lunacharski
2 Debemos partir de la base de que, hasta la segunda mitad del siglo XX, la mayoría de los hombres escritores tenían opiniones muy negativas de las mujeres y minusvaloraban más que hoy sus capacidades.
3 Sigmund Freud: El porvenir de una ilusión. Madrid: Taurus, imp. 2012
4 Federica Montseny Mañé (1905-1994) fue una política, sindicalista, anarquista y escritora española, ministra durante la Segunda República, siendo la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en España y una de las primeras en Europa occidental. https://es.wikipedia.org/wiki/Federica_Montseny
5 Extraído de la web del Centre de Formació d’Adults Teresa Mañé http://www.xtec.cat/cfa-teresamanye/ensenyament_teresa.html
6 Goldman Emma: La filosofía del ateísmo, en la recopilación de Cristopher Hitchens: Dios no existe: lecturas esenciales para el no creyente. Barcelona: Penguin Random House Mondadori, 2009.
