En una situación de tanta injusticia redistributiva como la actual, cuando hay un sector de la población que obtiene una porción mínima en el reparto de la riqueza, es previsible que quienes pertenecen a esa colectividad originen importantes disturbios si llegan a asumir la perspectiva de que dicha porción vaya a menguar con el paso del tiempo. Por eso el mundo de los negocios se niega a contemplar escenarios catastróficos y acusa de alarmistas a quienes los plantean. Pero la gente tiene derecho a saber a lo que se va a enfrentar en unos años.
Como se plantea Jorge Riechmann en ¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, el futuro no va a caracterizarse por la generalización de los avances tecnológicos que siempre habíamos esperado:
Y sin embargo esas expectativas de producción creciente, consumo creciente y automatización creciente chocan de manera frontal contra las duras realidades del descenso energético, la escasez de materiales básicos y la agudización de los conflictos socioambientales que caracterizan nuestro futuro —ya nuestro futuro inmediato—. Ciertamente, las relaciones de producción vigentes no propician ni el pleno empleo ni el trabajo decente; pero el porvenir no será una continuación del pasado. Creo que “sociedad del conocimiento” y “automatización de la producción” no van a ser no van a ser precisamente los conceptos adecuados para orientarnos en los decenios que vienen. Quizá lo que nos aguarda no sea ese “futuro robótico que ni cabe imaginar”. Cierto que las cuestiones de justicia y distribución seguirán siendo altamente conflictivas, pero probablemente no -o no principalmente- bajo la forma que espera este sentido común dominante: ¿cómo repartir la riqueza en un sistema de producción cada vez más tecnificado en el que los procesos de gestión se controlan por un grupo cada vez más reducido de personas?1
Riechmann sostiene, como varixs autorxs, que a lo largo del siglo XXI —al que él alude como “el siglo de la Gran Prueba”— sufriremos, primero solo en ciertas áreas pero después globalmente, un gran descenso energético que provocará una gran crisis de nuestro actual modo de vida a la que solamente lograremos hacer frente con lo que él denomina ecosocialismo descalzo2.
Hemos establecido nuestra sociedad termo-industrial a partir de la extracción de hidrocarburos y otros minerales y poco a poco van a empezar a escasear, aunque no se agoten todavía.
La mayoría no cree que vaya a haber ningún tipo de aminoramiento energético, únicamente una transición de las energías obtenidas por combustibles fósiles a otras limpias. Aun cuando alguien no estimase que tal disminución fuese a ocurrir, parece interesante dejar atrás el individualismo neoliberal que se ha extendido desde mediados del siglo XX, ya que las consecuencias de que se diese tal calamidad serían demasiado graves. No habrá problema si finalmente no hay descenso energético, sin embargo por pura precaución, convendría tomar medidas. El apoyo mutuo podría volverse esencial para la supervivencia y la felicidad, y donde más florece es precisamente en las comunidades. Lo que ocurre es que la mayor parte de las pocas que tenemos hoy día fomentan el antropocentrismo, la supremacía blanca —aunque esto no será fácil que sus integrantes lo confiesen—, menosprecian a las mujeres, no reconocen la existencia de las personas con géneros no binarios y rechazan a disidentes sexuales y de género. El caso es que necesitamos unas nuevas. Es indispensable que se formen otras cuanto antes y bien podrían hacerlo en torno al símbolo del uroboros y poniendo la vida en el centro.
Incluso en el supuesto de que se encontrase la forma de obtener una energía prácticamente inagotable y limpia —como ciertas empresas y gobiernos prometen con la energía de fusión nuclear o con la geotérmica de perforación muy profunda—, habría que cambiar las formas de consumirla, ya que todo no se puede electrificar. Además, la crisis ecológica seguiría vigente.
Estamos destruyendo a pasos agigantados las condiciones para que las criaturas humanas habiten el planeta. Al cambio climático hay que añadir el resto de límites planetarios traspasados, entre los que destacan la contaminación y la destrucción de los ecosistemas salvajes, hechos que están provocando la extinción de numerosas especies de animales y plantas, o sea una gigantesca pérdida de biodiversidad, produciendo un evento que se conoce ya como la Sexta Extinción Masiva. Siempre hemos despreciado la vida salvaje, reduciendo su espacio de distribución en beneficio de la vida domesticada, y hemos construido las culturas que hoy son hegemónicas —tanto la occidental, como las orientales, la islámica o cualquier otra— partiendo de un antropocentrismo determinante que, logra que minusvaloremos la fauna y flora silvestres. Poner la vida en el centro también es alejarse de él y contemplar todas las formas de vida como dignas de protección. Solo conformamos una especie más de mamíferos. Hemos erigido diversas civilizaciones y siempre hemos padecido delirios de grandeza, pero no somos tan importantes como para que un dios nos observe.
En vez de dedicar tanto esfuerzo y dinero a multitud de proyectos ecológicamente dañinos, deberíamos preocuparnos más por mitigar y adaptarnos al caos climático que estamos provocando, así como por solucionar el despropósito que supone vivir en una Tierra con materias primas finitas mientras la economía nos exige un crecimiento continuo.
El desequilibrio entre cuánto nos hace falta para vivir y las “necesidades” demandadas por la órbita de los negocios3 es una situación que está provocando ya desastres como la contaminación ambiental de más volúmenes de agua, aire y espacios de tierra, la inmensa producción de desechos que vemos en los basureros, la sexta gran extinción de especies, el caos climático o la enorme disminución de todo tipo de materias primas. Puede suponer la causa del final de una civilización sustentada por el crecimiento económico. Seguiremos viviendo si nos lo permiten el clima y los demás límites planetarios, pero lo haremos de otro modo. Y para conseguirlo sería muy útil una organización que estimulase fuertes vínculos comunitarios, como La Congregación del Infinito.
En los países enriquecidos, el tiempo del crecimiento se ha acabado. Dado que estamos agotando los recursos del planeta y hemos superado su biocapacidad4, eventualmente llegará una gran contracción económica —alcanzando a todos los territorios, queramos o no— que afectará de manera muy intensa a la población. Hay que saber gestionarlo porque de lo contrario, las fuerzas de ultraderecha aprovecharán los incumplimientos de los planes de crecimiento para reforzar su poder. Si nos vamos a enfrentar a una gran crisis no será debido al Gobierno de turno y no se solucionará cambiándolo.
Desde la segunda mitad del siglo XX en el globo terráqueo se vivió una Gran Aceleración. Por contra, en las próximas décadas es probable que produzca un importante frenazo.
La crisis climática, el deterioro de los ecosistemas y la finitud de los recursos llevarán a que en los próximos años se produzca un retroceso y los indicadores macroeconómicos sean desfavorables de manera irreversible a largo plazo. Ignorar estas condiciones y obsesionarse con corregir estos índices solo conseguirá que se elijan para gobernarnos “salvapatrias”, más allá de lo neoliberal, al estilo de los presidentes Javier Milei, Nayib Bukele o Donald Trump. La única manera de conseguir una optimización de esos datos, mas allá de una mejora coyuntural, es lograr un mejor reparto de los puestos de trabajo, de los salarios, de los recursos naturales y de los impuestos.
Es destacable la explicación que da Flavia Broffoni (1982), en su libro Colapso, del fenómeno del auge de las figuras que se ocupan de dar la impresión de que pueden cambiar la situación:
En momentos de reconfiguración estructural, las sociedades piden nuevas referencias culturales. En la superficie de las pantallas esos ídolos son influencers. En las profundidades de los anhelos hay toda una “demanda insatisfecha” de legitimidades políticasque respondan a estos cambios difíciles de leer. Pueden darse entonces peligrosos engendros fascistas disfrazados de outsiders de los partidos políticos tradicionales que atraigan a todos esos públicos que quizás no coincidan en agenda con el candidato en cuestión, pero que ven atractivo en ese que rompa con “lo que venían siendo las cosas”5.
Durante el segundo mandato de Trump se está produciendo una todavía mayor potenciación de las fuerzas internacionales de la ultraderecha. Esto, unido a lo mal que va a ir la economía, las convertirán en fuerzas imparables. Debemos conseguir pararlas y creo que para ello es necesario organizarse de otra manera. Hemos de quitarles los gobiernos a esos “salvapatrias”. Uno de los modos de hacerlo es construyendo una comunidad que a la hora de votar pueda lograr que se reduzca mucho la abstención (especialmente la femenina), de forma que se pueda echar a los que han llegado al gobierno y marginar a la ultraderecha internacional que no haya conseguido llegar.
Estoy seguro de que la Congregación del Infinito puede ser una opción muy válida para conseguirlo.
1 Riechmann, Jorge: ¿Derrotó el “smartphone” al movimiento ecologista?: Para una crítica del mesianismo tecnológico… Pensando en alternativas, Madrid: Los Libros de la Catarata, 2016.
2 De hecho tiene sobre ello un libro: Riechmann, Jorge et al., Ecosocialismo descalzo. Tentativas. Icaria, Barcelona, 2018.
3 En realidad no necesitamos de tanta energía como disponemos en 2025, para vivir cómodamente, solo es necesario potenciar los servicios importantes y dejar que se pierdan los superfluos.
4 La biocapacidad de un territorio es la capacidad que tiene para abastecer a su población de recursos y absorber sus desechos. La de Europa, por ejemplo, es muy baja para una enorme población que además, consume muchos recursos y produce grandes cantidades de desechos. Dicho sea de paso que este concepto esta íntimamente relacionado con el de huella ecológica.
5 Broffoni, Flavia: Colapso, Buenos Aires: Sudamericana, 2024
