Los movimientos sociales que demostraron su fuerza en los años sesenta del siglo XX cambiaron la vida humana y tuvieron eco alrededor de todo el globo terráqueo. Conformaron una realidad posterior que ha sido diferente de forma definitiva. Algunos países, después de que ocurrieran estos cambios, se han empeñado en ignorarlos y en recuperar las tradiciones más opresivas para mujeres, disidentes sexuales y de género, pero tampoco en esos lugares la gente es ya la misma y va encontrando resquicios para saltarse las normas.
Estas nuevas cosmovisiones y modos más igualitarios de entender las sociedades siguieron creciendo y evolucionando durante el más de medio siglo que ya ha pasado desde entonces, a pesar de la reacción conservadora que se consagró posteriormente. Numerosos territorios, ya en ese revolucionario decenio, se encontraban en una nueva era, como apuntaba el musical Hair en 1967 en su canción The Age of Aquarius. Aunque a veces parezca que no —como en las elecciones de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Nayib Bukele, Viktor Orban, Giorgia Meloni, Narendra Modi, Kais Saied o Ferdinand Marcos Jr.— lo cierto es que hoy las relaciones humanas se están modificando en todos los sitios, en un proceso que se puede ralentizar pero no se podrá detener. Estamos cambiando, y de manera global. Hay personas que ya lo hicieron; otras lo están haciendo; otras lo harán; otras no lo harán pero lo harán sus descendientes; otras no tienen descendientes y no lo harán pero desaparecerán más pronto que tarde.
Realmente nos encontramos en una realidad nueva. Ya no estamos en la de los señoros. ¿A alguien le puede parecer posible que se repitan las guerras mundiales, el fascismo y el nazismo o los totalitarismos de inspiración leninista del siglo XX, con los avances actuales —insuficientes, claro está— de los feminismos, de los derechos LGTBQIA+ y del antirracismo? Si ahora tenemos a la ultraderecha instalada en gran cantidad de áreas del planeta es porque el patriarcado se siente amenazado.
Ha quedado claro que no construir una organización que se centre en esos cambios y dejar que estos vayan permeando en las diferentes culturas, está consiguiendo al final que sus efectos se retrasen y que esperar que las sociedades cambien con el tiempo resulta un poco iluso —se podría decir que naíf o ingenuo—, en tanto en cuanto conocemos perfectamente la terrible reacción a ellos. Hemos de acelerar el proceso.
Siempre han existido regímenes teocráticos pero desde finales del siglo XX la mayoría se han mostrado claramente antifeministas Quizás sea porque antes no les resultaba necesario, ya que el machismo es parte de una ideología que estaba muy presente en todas las culturas que nos han precedido. Además, en los últimos años hemos visto como se impone la retórica anti-diversidad1 en diferentes zonas. En todas ellas necesitamos constituir una alternativa a los sistemas hegemónicos. Gracias a las formas actuales de comprender, interiorizar la realidad y de conducirse en la sociedad de consumo, la ultraderecha gana cada vez más fuerza, así que una nueva opción parece deseable.
El mundo resultante a partir del segundo cuarto del siglo XXl va a ser muy diferente al del XX y anteriores. De hecho, ya es otro. Todavía hay quienes piensan que las poblaciones de origen no europeo son inferiores; quienes creen que las mujeres deben tener menos derechos; quienes consideran que que solo existen dos géneros: varón y mujer; que las relaciones sexuales y de pareja únicamente pueden darse entre géneros diferentes y que hay que conformarse con el que nos fue asignado al nacer. Pero ahora, en extensas áreas del planeta, hay leyes contra el racismo, para reducir la brecha de género, la violencia que esta provoca y contra la discriminación de cualquier tipo.
Durante los últimos milenios lo usual fueron el imperio del patriarcado y de la cisheteronormatividad. A medida que unos pueblos entraban en contacto con otros fue extendiéndose el racismo. Desde los 60 del siglo XX hemos cosechado algunos éxitos en la lucha contra estos marcos de referencia, unos éxitos que están siendo amenazados por la ultraderecha y hemos de dejarnos la piel para defenderlos. Estoy ofreciendo un instrumento para hacerlo.
Además, la naturaleza está ya muy dañada, hemos rebasado demasiados límites planetarios y el caos climático nos acecha. Es probable que muy pronto ocurran eventos que alteren radicalmente nuestros modos de vida. Vienen tiempos duros y es previsible que la ultraderecha siga aumentando su poder de decisión ante la insatisfacción de las expectativas de lxs ciudadanxs. Necesitamos un movimiento que sepa valorar todos los derechos conseguidos en los últimos sesenta años, añadidos a los civiles y sociales obtenidos desde el siglo XVIII y que exprese que no vamos a renunciar a nada de eso.
Si ya sabemos que las cosmovisiones clásicas nos llevaron a sociedades machistas, heteropatriarcales, clasistas, supremacistas blancas, colonialistas, racistas (que llegaron a esclavizar personas y transportarlas grandes distancias en condiciones infernales) y con una enorme obsesión por el crecimiento y el beneficio individuales; si es patente que partiendo de presuposiciones antropocéntricas, estamos provocando le sexta extinción masiva, calentando el planeta y cruzando el resto de sus límites de seguridad, entonces todas esas concepciones del mundo deberían ser sustituidas.
Necesitamos un gran cambio. Una metamorfosis, como señala Yayo Herrero en su libro homónimo de 2025:
La metamorfosis requiere un gigantesco esfuerzo de educación social. Las dos grandes dificultades son la reorientación de las aspiraciones y deseos de una buena parte de la sociedad y la acumulación de poder por abajo para forzar los cambios. Por ello, una de las mayores dificultades para la transición ecosocial justa es el enorme trabajo que se requiere para que sea comprendida y deseada.
Hay que crear, como hacen los ecosistemas en sus inicios, un suelo que permita sembrar. En plena ofensiva de respuestas distópicas y con una buena parte de las izquierdas desorientadas, es obvio que la tarea política es ingente.2
Hacen falta otras perspectivas, se necesitan nuevos paradigmas, o dicho de otro modo, nuevos modelos con los que reconstruir la realidad en nuestras cabezas, y creo que la Congregación del Infinito los ofrece. Los Encuentros Asamblearios del Infinito podrían convertirse en reuniones de comunidades de mujeres, personas de géneros no binarios y hombres, donde puedan converger feministas, LGTBQIA+, gente que se defina como antipatriarcal, antirracista, antixenófoba, anticolonial, ecologista, antiespecista, etc.
Es frecuente que hablemos mucho sobre discriminaciones y ecología, que critiquemos ciertas actitudes discriminatorias y comportamientos antiecólogicos. Pero a menudo lo único que hacemos es hablar. Con la organización que aquí propongo pasaríamos a la acción.
El símbolo del uróboros puede servir para aglutinarnos. Juntxs seremos más fuertes, podremos entrenarnos en técnicas de autodefensa y será más fácil que nos ayudemos mutuamente, así estaremos mejor preparadxs para cualquier indeseable futuro que pueda acontecer.
1 Sobre todo estoy pensando en países de Europa Central y Oriental, Asia, África y las pequeñas islas del Pacífico, aunque en ocasiones sus efectos llegan a más tierras. Que se lo digan a lxs supervivientes del atentado de 2016 a la discoteca gay Pulse en Orlando (Florida, EE.UU.), en el que mataron a 49 personas y otras 53 resultaron heridas, que además, han de soportar las leyes contra la comunidad LGTBIQ+ de ese conservador estado.
2 Herrero, Yayo: Metamorfosis. Una revolución antropológica. Barcelona: Arcadia, 2025.
