Siempre he tenido mis creencias personales pero de ahí a escribir esta extravagante propuesta hay un abismo. Estoy convencido de que es necesario plantear algo distinto para que las grandes religiones milenarias no sean tan fuertes y que, al mismo tiempo, se desarrollen nuevas formas de agrupamiento social. Es hora de ofrecer un paradigma diferente. Merece la pena lanzarse a ese abismo teniendo en cuenta lo que podría obtener la humanidad. Sobre todo cuando alguien está en mi situación y ve que el mundo no está nada preparado para lo que va a venir.
Esta nueva organización trataría de suponer una excusa para formar comunidades de tamaño considerable en las que intentemos que no haya jerarquías. El objetivo es articular un pretexto para que fluya la ayuda mutua.
Espero que haya quedado claro que para formar parte de ella no es necesario pensar lo mismo que yo, que aquí no hace falta que todxs confiemos en que hay algo después de la muerte, ni siquiera hace falta tener fe en la existencia de ninguna figura. La diversidad de puntos de vista cuando se busca el bien común y se respetan los DD.HH. es muy beneficiosa.
De todas formas, cualquier creencia, por absurda o estrambótica que parezca, es más positiva para relacionarse, que el constructo de un dios que nos otorgó un alma inmortal, se encarnó en el hijo de una mujer virgen y nació hace mas de dos mil años en tierras palestinas. Tener fe en esas historias, además de negativo, ya que ha fomentado unos dañinos cultos a la virginidad y a la pasividad de las mujeres, es muy anticuado. Si vamos a creer en que hay algo después de la muerte —porque somos una exorbitante cantidad quienes elegimos tomar esa opción—, va a resultar más frúctifero que lo hagamos, por ejemplo, en apariciones sucesivas del mismo cuerpo —un punto de partida de en quién se convertirá cada persona en función de sus vivencias— en el contexto del espacio-tiempo infinito. En cualquier caso, no necesitamos uniformidad en cuanto a planteamientos. El objetivo es estar organizadxs y formar comunidades: lx que quiera y se sienta capaz de hacerlo, que crea en cualquier cosa; lx que no, que no crea.
Los relatos de las viejas religiones místicas y de las revelaciones son, en el fondo, muy absurdos, pero a menudo no lo percibimos porque nos resultan habituales, dado que los hemos escuchado en incontables ocasiones. Estas truculentas historias, además de destilar misoginia no reflejan los grandes cambios que se produjeron en los años sesenta del siglo pasado.
Felizmente, millones de personas vivimos instaladas en esa realidad nueva que empezó en los años sesenta del siglo XX. Sus mayores hitos fueron el movimiento por los derechos civiles de EE. UU. —parte de un proceso que, con el tiempo, tendría su eco en todos los movimientos antiapartheid y antirracistas de la Tierra—, el desarrollo de la segunda ola del feminismo (a la que décadas después seguirían otras dos), el despertar de la conciencia ecológica —hecho en el que tuvo una gran influencia la publicación del libro Primavera silenciosa de Rachel Carson en 1962— y el inicio del gay power, una lucha que se convertiría con el tiempo en el movimiento por los derechos LGTBIQA+. A esto hay que añadir la aparición de la cultura hippie —que incorporaba un deseo de vivir con mucha más simplicidad— y el desarrollo de multitud de comunas. Hoy, es absolutamente necesario recuperar esa voluntad de vivir de una manera más sencilla y en unas laxas comunidades (como las comunas hippies) para poder recuperar el mundo salvaje y adaptarse a los límites de nuestro entorno.
Todos estos cambios comenzaron a ocurrir en sociedades con un relativo bienestar fruto de una abundancia de recursos y energía —abundancia material que, en las décadas posteriores y en las primeras del siglo XXI, se mantendrá a costa del deterioro de la naturaleza hasta unos extremos que ponen en peligro la misma supervivencia humana y que ha producido ya la extinción de numerosas especies (o su desaparición en muchos territorios)—, así como de las conquistas obtenidas tras decenios de lucha obrera y social en los últimos doscientos años, en el contexto de una presunta descolonización que acabó en neocolonización y de la competencia con los regímenes de inspiración leninista o del llamado socialismo real.
Es destacable la influencia que tuvo el despliegue de los soldados estadounidenses en la II Guerra Mundial en las posteriores luchas por los derechos civiles en EE.UU. Fueron desplegados miles de soldados negros en la zonas en conflicto. En Europa la población blanca los trató como libertadores, sin tener que sufrir ninguna medida de apartheid y mezclándose más libremente que en su país. Al regresar a casa volvieron a encontrarse con la aplicación de las leyes segregacionistas. No obstante, ya habían comprobado que esa situación podía no existir. Esos veteranos, con veinte años más, seguramente formarían parte de las manifestaciones que demandaban el fin de la segregación.
Los movimientos sociales que comenzaron a demostrar fuerza en los años sesenta y setenta del siglo XX cambiaron la vida humana y tuvieron eco alrededor de todo el globo terráqueo. Conformaron una realidad posterior que ha sido diferente de forma definitiva. Algunos países, después de que ocurrieran estos cambios, se han empeñado en ignorarlos y en recuperar las tradiciones más opresivas para mujeres, disidentes sexuales y de género, pero tampoco en esos lugares la gente es ya la misma y va encontrando resquicios para saltarse las normas.
Estas nuevas cosmovisiones y modos más igualitarios de entender las sociedades siguieron creciendo y evolucionando durante el más de medio siglo que ya ha pasado desde entonces, a pesar de la reacción conservadora que se consagró posteriormente. Numerosos territorios, ya en ese revolucionario decenio, se encontraban en una nueva era, como apuntaba el musical Hair en 1967 en su canción The Age of Aquarius. Aunque a veces parezca que no —como en las elecciones de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Nayib Bukele, José Antonio Kast, Sanae Takaichi, Giorgia Meloni, Narendra Modi, Kais Saied o Ferdinand Marcos Jr.— lo cierto es que hoy las relaciones humanas se están modificando en todos los sitios, en un proceso que se puede ralentizar pero no se podrá detener. Estamos cambiando, y de manera global. Hay personas que ya lo hicieron; otras lo están haciendo; otras lo harán; otras no lo harán pero lo harán sus descendientes; otras no tienen descendientes y no lo harán pero desaparecerán más pronto que tarde.
Realmente nos encontramos en una realidad nueva. Ya no estamos en la de los señoros. ¿A alguien le puede parecer posible que se repitan las guerras mundiales, el fascismo y el nazismo o los totalitarismos de inspiración leninista del siglo XX, con los avances actuales —insuficientes, claro está— de los feminismos, de los derechos LGTBIQA+ y del antirracismo? Si ahora tenemos a la ultraderecha instalada en gran cantidad de áreas del planeta es porque el patriarcado se siente amenazado.
Ha quedado claro que no construir una organización que se centre en esos cambios y dejar que estos vayan permeando en las diferentes culturas, está consiguiendo al final que sus efectos se retrasen y que esperar que las sociedades cambien con el tiempo resulta un poco iluso —se podría decir que naíf o ingenuo—, en tanto en cuanto conocemos perfectamente la terrible reacción a ellos. Hemos de acelerar el proceso.
Siempre han existido regímenes teocráticos pero desde finales del siglo XX la mayoría se han mostrado claramente antifeministas Quizás sea porque antes no les resultaba necesario, ya que el machismo es parte de una ideología que estaba muy presente en todas las culturas que nos han precedido. Además, en los últimos años hemos visto como se impone la retórica anti-diversidad en diferentes zonas1. En todas ellas necesitamos constituir una alternativa a los sistemas hegemónicos. Gracias a las formas actuales de comprender, interiorizar la realidad y de conducirse en la sociedad de consumo, la ultraderecha gana cada vez más fuerza, así que una nueva opción parece deseable.
El mundo resultante a partir del segundo cuarto del siglo XXl va a ser muy diferente al del XX y anteriores. De hecho, ya es otro. Todavía hay quienes piensan que las poblaciones de origen no europeo son inferiores; quienes creen que las mujeres deben tener menos derechos; quienes consideran que que solo existen dos géneros: varón y mujer; que las relaciones sexuales y de pareja únicamente pueden darse entre géneros diferentes y que hay que conformarse con el que nos fue asignado al nacer. Pero ahora, en extensas áreas del planeta, hay leyes contra el racismo, para reducir la brecha de género, la violencia que esta provoca y contra la discriminación de cualquier tipo.
Durante los últimos milenios lo usual fueron el imperio del patriarcado y de la cisheteronormatividad. A medida que unos pueblos entraban en contacto con otros fue extendiéndose el racismo. Desde los 60 del siglo XX hemos cosechado algunos éxitos en la lucha contra estos marcos de referencia, unos éxitos que están siendo amenazados por la ultraderecha y hemos de dejarnos la piel para defenderlos. Estoy ofreciendo un instrumento para hacerlo.
Además, la naturaleza está ya muy dañada, hemos rebasado demasiados límites planetarios y el caos climático nos acecha. Es probable que muy pronto ocurran eventos que alteren radicalmente nuestros modos de vida. Vienen tiempos duros y es previsible que la ultraderecha siga aumentando su poder de decisión ante la insatisfacción de las expectativas de lxs ciudadanxs. Necesitamos un movimiento que sepa valorar todos los derechos conseguidos en los últimos sesenta años, añadidos a los civiles y sociales obtenidos desde el siglo XVIII y que exprese que no vamos a renunciar a nada de eso.
El mundo no está preparado para un descenso energético. En la mayoría de ficciones estadounidenses, vemos que la única manera de escapar de la lógica de buscar solo el propio beneficio y empezar a mirar por la sociedad la ofrecen las religiones místicas y de las revelaciones. Sucede lo mismo en otras tierras en las que el neoliberalismo impera mientras que el anarco-eco-socialismo es una tendencia socialmente proscrita y en aquellas en las que, a pesar de considerarse una opción válida, resulta ser muy minoritaria. No podemos permitir que esto siga siendo así.
Si ya sabemos que las cosmovisiones clásicas nos llevaron a sociedades machistas, heteropatriarcales, clasistas, supremacistas blancas, colonialistas, racistas —llegaron a esclavizar personas y transportarlas grandes distancias en condiciones infernales— y con una monumental obsesión por el crecimiento y el beneficio individual; si es patente que partiendo de presuposiciones antropocéntricas, estamos provocando le sexta extinción masiva, calentando el planeta y cruzando el resto de sus límites de seguridad, entonces todas esas concepciones del mundo deberían ser sustituidas.
Necesitamos un gran cambio. Una metamorfosis, como señala Yayo Herrero en su libro homónimo de 2025:
La metamorfosis requiere un gigantesco esfuerzo de educación social. Las dos grandes dificultades son la reorientación de las aspiraciones y deseos de una buena parte de la sociedad y la acumulación de poder por abajo para forzar los cambios. Por ello, una de las mayores dificultades para la transición ecosocial justa es el enorme trabajo que se requiere para que sea comprendida y deseada.
Hay que crear, como hacen los ecosistemas en sus inicios, un suelo que permita sembrar. En plena ofensiva de respuestas distópicas y con una buena parte de las izquierdas desorientadas, es obvio que la tarea política es ingente.2
Hacen falta otras perspectivas, se necesitan nuevos paradigmas, o dicho de otro modo, nuevos modelos con los que reconstruir la realidad en nuestras cabezas, y creo que la Congregación del Infinito los ofrece. Los Encuentros Asamblearios del Infinito podrían convertirse en reuniones de comunidades de mujeres, personas de géneros no binarios y hombres, donde puedan converger feministas, LGTBIQA+, gente que se defina como antipatriarcal, antirracista, antixenófoba, anticolonialista, ecologista, antiespecista, etc.
Es frecuente que hablemos mucho sobre discriminaciones y ecología, que critiquemos ciertas actitudes discriminatorias y comportamientos antiecólogicos. Pero a menudo lo único que hacemos es hablar. Con la organización que aquí propongo pasaríamos a la acción.
El símbolo del uróboros puede servir para aglutinarnos. Juntxs seremos más fuertes, podremos entrenarnos en técnicas de autodefensa y será más fácil que nos ayudemos mutuamente, así estaremos mejor preparadxs para cualquier indeseable futuro que pueda acontecer.
1 Sobre todo estoy pensando en países de Europa Central y Oriental, Asia, África y las pequeñas islas del Pacífico, aunque en ocasiones sus efectos llegan a más tierras. Que se lo digan a lxs supervivientes del atentado de 2016 a la discoteca gay Pulse en Orlando (Florida, EE.UU.), en el que mataron a 49 personas y otras 53 resultaron heridas, que además, han de soportar las leyes contra la comunidad LGTBIQ+ de ese conservador estado.
2 Herrero, Yayo: Metamorfosis. Una revolución antropológica. Barcelona: Arcadia, 2025.
